ESCAPE
Entre los timbrazos de las bicicletas que pasaban a su lado rozándole y
los ladridos de los perros, el buen humor con que había ido a pasear el señor
Evans se fue esfumando. Ni un ratito podía uno caminar y tomar el aire sin
ruidos molestos, oyendo el trino de los pájaros, oliendo a flor de azahar y
lavanda y sintiendo la brisa fresca acariciarle la cara. Así, con tanto ajetreo,
no se podía disfrutar de nada.
Pero como la cosa podía empeorar, empeoró, y de pronto pisó un
excremento de gran danés. Que bien podría haber sido de un elefante, si los
hubiera por allí, porque hasta la rodilla se hundió en él. «¡Qué asquerosidad!»,
gruñó, mientras se acercaba a una fuente a aclarar la pernera y el zapato. Como
el grifo era de los de apretar y costaba, presionó con ambas manos y ¡chofff!,
los pantalones enteros calados. Al poco, se arrancaron los aspersores, todos a
la vez, con un chorro caótico y serpenteante. Había bastantes camuflados entre
la hierba y empezaron a irrigar indiscriminadamente el sendero, el puente de
madera y, con especial saña, el banco donde se había sentado a descansar. Al
césped y los arbustos, que era lo que había que regar, poca agua llegaba. «No
veo mantenimiento ninguno», masculló, airado, mientras se alejaba de allí
chorreando. Decidió entonces tomar asiento apoyado en el tronco de un árbol, a
ver si se relajaba un poco, y estaba medio adormilado cuando recibió un
pelotazo en toda la cara. Era un balón de reglamento, no una simple pelotita de
goma, y cómo dolía aquello, por favor; hasta las lágrimas se le caían al pobre
hombre. Se tocó la nariz, notó cómo ardía y palpitaba, «aaayyy, qué dolor más
horroroso, seguro que me he roto el tabique o algo», se lamentó. Por si esto no
fuera bastante, mientras intentaba recuperarse del golpe, una paloma con
escurribanda que había en una rama se alivió sobre su cabeza.
―Esto ya es demasiado ―resopló, levantándose de golpe y
quitándose las gafas 3D, dispuesto a poner una queja a los encargados del «Travel
Sensation Room». «Lo que no puede ser es que esté prohibido jugar al fútbol y
pasen estas cosas», iba a escribir en su reclamación. Pero se lo pensó mejor y
asumió con resignación que lo barato sale caro y decidió que, para la próxima
escapada, ahorraría algo más de dinero y elegiría una experiencia virtual más
exclusiva y sofisticada.