LA CANTINA
Casi
nadie se acerca ya a lo que fue la antigua cantina. Hace unos días se
desprendió un barrote que en su día formaba parte de la balaustrada y por poco
mata al viejo Howard, que estaba apoyado en la fachada. Tuvieron que darle ocho
puntos de sutura en la frente y desde entonces está prohibido pasar a menos de diez
metros de distancia.
A
los más jóvenes, la ordenanza municipal ni les va ni les viene. Ellos iban allí
a pintarrajear con sus espráis o a tirar
piedras a las ventanas, pero como ya no queda espacio para más grafitis ni
cristales sin reventar, prefieren ir a vandalizar otros sitios. Al resto de los
del pueblo también le da igual. Es al viejo Howard ―el único que queda vivo de cuando el
establecimiento estaba abierto― a quien un agente del orden público invita, un día sí y otro también, a
marcharse. Entonces hace como que obedece, se va arrastrando los pies, da una
vuelta por ahí con una mano en un bolsillo y otra apoyada en el bastón y a los pocos
minutos, cuando cree que le ha dado esquinazo, ahí está de nuevo. Acumula ya
unas cuantas multas que esconde en el fondo de un cajón, pero es incapaz de
resistirse al magnetismo de esas ruinas.
Porque
la vieja cantina no es otra cosa que un despojo de sí misma, como lo es él. La
decrepitud es imparable. Si se mira hacia las ventanas, se las ve
desvencijadas, con las bisagras dobladas de cansancio, como si al edificio le
pesaran los párpados. También sufre de cataratas desde que los visillos ―antes blancos, ahora de un gris sucio― se desgarraron, se hicieron nudos entre sí y no
permiten pasar la luz a través de la tela. Soportar tanto peso es agotador, así
que va dejando caer a la acera tejas, cascotes y trozos enteros del balcón y la
fachada que luego recogerán los servicios de limpieza para que no bloqueen la
calle.
Eso
por fuera. Por dentro corretean alimañas, en cada grieta crece un hierbajo cuyas
raíces se abren camino rajando el yeso y la tarima ―para en cuestión de tiempo convertirse en matojo― y en el suelo más porquería no cabe. Del reúma
provocado por la humedad se desconchan techos y paredes y la osteoporosis que
aqueja a las vigas de madera amenaza con que no van a durar en pie mucho más. De
sus tuberías y desagües afloran gorgoteos y silbidos, de las tablas de madera
crujidos. La casa, moribunda, se queja, como pidiendo que la echen abajo y
poder por fin descansar.
Y
pese a tantos peligros y la amenaza de la sanción, cuando el agujero de la
nostalgia no le deja respirar y la soledad le atenaza, Howard pega el oído a
una puerta tapiada, cierra los ojos y permanece allí escuchando los cubiletes
de los dados golpear las mesas de nogal, el transistor de pilas con alguna
balada o la radionovela de la tarde, los chasquidos de las moscas
electrocutadas al recibir la inesperada descarga, el murmullo de los paisanos
acodados en la barra, las discusiones habituales, alguna bronca de borrachos,
los chistes y carcajadas, el descorche de una botella de vino, una copa que se
rompe en mil pedazos o el tintineo de los centavos rodando por la barra. Si
aguza el oído, puede incluso oír la voz de aquel amigo tan querido que ya no
está, invitándole a entrar a tomar un trago y charlar. Y sabe que eso es el
bálsamo que necesita su alma.