jueves, 11 de junio de 2026

La cantina

LA CANTINA

Casi nadie se acerca ya a lo que fue la antigua cantina. Hace unos días se desprendió un barrote que en su día formaba parte de la balaustrada y por poco mata al viejo Howard, que estaba apoyado en la fachada. Tuvieron que darle ocho puntos de sutura en la frente y desde entonces está prohibido pasar a menos de diez metros de distancia.

A los más jóvenes, la ordenanza municipal ni les va ni les viene. Ellos iban allí a pintarrajear con sus espráis o a  tirar piedras a las ventanas, pero como ya no queda espacio para más grafitis ni cristales sin reventar, prefieren ir a vandalizar otros sitios. Al resto de los del pueblo también le da igual. Es al viejo Howard el único que queda vivo de cuando el establecimiento estaba abierto a quien un agente del orden público invita, un día sí y otro también, a marcharse. Entonces hace como que obedece, se va arrastrando los pies, da una vuelta por ahí con una mano en un bolsillo y otra apoyada en el bastón y a los pocos minutos, cuando cree que le ha dado esquinazo, ahí está de nuevo. Acumula ya unas cuantas multas que esconde en el fondo de un cajón, pero es incapaz de resistirse al magnetismo de esas ruinas.

Porque la vieja cantina no es otra cosa que un despojo de sí misma, como lo es él. La decrepitud es imparable. Si se mira hacia las ventanas, se las ve desvencijadas, con las bisagras dobladas de cansancio, como si al edificio le pesaran los párpados. También sufre de cataratas desde que los visillos antes blancos, ahora de un gris sucio se desgarraron, se hicieron nudos entre sí y no permiten pasar la luz a través de la tela. Soportar tanto peso es agotador, así que va dejando caer a la acera tejas, cascotes y trozos enteros del balcón y la fachada que luego recogerán los servicios de limpieza para que no bloqueen la calle.

Eso por fuera. Por dentro corretean alimañas, en cada grieta crece un hierbajo cuyas raíces se abren camino rajando el yeso y la tarima para en cuestión de tiempo convertirse en matojo y en el suelo más porquería no cabe. Del reúma provocado por la humedad se desconchan techos y paredes y la osteoporosis que aqueja a las vigas de madera amenaza con que no van a durar en pie mucho más. De sus tuberías y desagües afloran gorgoteos y silbidos, de las tablas de madera crujidos. La casa, moribunda, se queja, como pidiendo que la echen abajo y poder por fin descansar.

Y pese a tantos peligros y la amenaza de la sanción, cuando el agujero de la nostalgia no le deja respirar y la soledad le atenaza, Howard pega el oído a una puerta tapiada, cierra los ojos y permanece allí escuchando los cubiletes de los dados golpear las mesas de nogal, el transistor de pilas con alguna balada o la radionovela de la tarde, los chasquidos de las moscas electrocutadas al recibir la inesperada descarga, el murmullo de los paisanos acodados en la barra, las discusiones habituales, alguna bronca de borrachos, los chistes y carcajadas, el descorche de una botella de vino, una copa que se rompe en mil pedazos o el tintineo de los centavos rodando por la barra. Si aguza el oído, puede incluso oír la voz de aquel amigo tan querido que ya no está, invitándole a entrar a tomar un trago y charlar. Y sabe que eso es el bálsamo que necesita su alma.