TREMENS
La luz de la bombilla del techo filtrándose entre sus párpados y el frío
de las baldosas pegado a sus huesos le hacen suponer que, otra vez, se halla
tendido en el suelo.
Agita los dedos entumecidos de una mano, se frota las legañas, pestañea.
Recorre con la lengua la boca y reconoce el sabor de siempre: a tabaco rancio, a
vómito de ginebra, a aguarrás. No le resulta extraño, a veces da un trago al
frasco equivocado. Del gusto metálico a sangre y los dientes rotos deduce que, esta
vez, ha caído de frente.
Percibe entonces algo nuevo, un cosquilleo que va del tobillo a la nariz.
Al llegar a los ojos, distingue una hilera de hormigas que se cuelan por los
lagrimales y desaparecen dentro, rumbo al cerebro. Ahí escarban, trituran y
arrancan tejido, después emprenden el camino inverso.
Mientras los insectos mordisquean sus últimas neuronas, eleva la vista
al caballete. Allí, un vendaval agita las ramas retorcidas de un sauce que recorta
el ocaso como un espectro. Concentra su mirada en una grieta del tronco y una
mueca de espanto deforma su rostro al divisar la marabunta de hormigas entrando
y saliendo, alborotadas por tanto alimento.