miércoles, 4 de mayo de 2022

En línea recta

EN LÍNEA RECTA

Con miedo a decepcionar a sus padres, que tanto se habían sacrificado por él, creció Pablo, evitando distracciones y huyendo de toda tentación. Su vida discurrió, pues, por el buen camino: el que iba derecho del pupitre del instituto a la facultad, del Colegio Mayor al apartamento de alquiler, de la asesoría que heredó del padre al chalet adosado. Llegarían también, cada cual a su debido tiempo, el noviazgo largo, la boda, el pastor alemán, un hijo tan espabilado como él, una hija tan rubia como su madre, e igual de guapa o más.

Pero ahora que lo tiene todo, siente en la boca un regusto amargo cuando sus pensamientos regresan, cada vez con más frecuencia, hacia aquellos desvíos sinuosos, polvorientos y sin asfaltar que no tomó, y donde durante años acecharon las fiestas de la universidad a las que no fue, las compañeras de blusa transparente, ojos ahumados, labios jugosos y tejanos ceñidos a las que no hizo caso, los viajes de fin de curso a los que no se apuntó, los veranos de playa, puestas de sol y amaneceres que no vio y martirizándose, cada vez más abatido, por una vida que no vivió.

 


El corredor

 EL CORREDOR 

Suena el timbre mientras está viendo un programa de maratones olímpicas en streaming: es un repartidor que trae las zapatillas de running que compró ayer por Internet. Entre las diez más vendidas eran las más caras, casi trescientos euros, pero es que tienen de todo: espuma reactiva, memory foam, placa de fibra de carbono, suela con diferentes ángulos de tracción, amortiguación adicional… y además son súper ligeras y transpirables.

Abre la caja y se las pone, para que se vayan haciendo al pie, para que el día que empiece a correr no le salgan ampollas y le dé por desanimarse. Ha acertado con el número, un 42 y 2/3, como indicaba la tabla de tallas según la longitud del talón al dedo. Tirando de una lengüeta que ofrece una fijación uniforme se las ajusta a la perfección; es una compra de diez.

Se levanta, recorre al trote el pasillo, va a la cocina. «Me las dejo puestas, son más cómodas que las pantuflas», se dice complacido. Regresa con otra lata de cerveza y más patatas fritas al salón, se repantinga en el sofá, agarra el mando y da al Play justo cuando un africano descalzo atraviesa la meta proclamándose ganador.

El oro de Tenochtitlán

 EL ORO DE TENOCHTITLÁN 

Un sol sangrante fue lo último que vio Moctezuma mientras agonizaba con el cráneo destrozado.

Como máxima autoridad, había acudido con sus guerreros a la playa a recibir aquellos templos flotantes. Había agasajado a la tripulación con jade y plumas exóticas, águilas y jaguares, maíz y cacao, les había entretenido con sus enanos y jorobados… pero ellos solo querían el oro.

―Podríais cargar un poco en cada viaje ―había sugerido.

―Le quita las ganas de vivir a cualquiera, tanto vete y ven ―había rechazado Hernán Cortés.

Y durante el rifirrafe, se llevó la pedrada que lo enviaría a reunirse con sus dioses.

El heredero

 EL HEREDERO

Preocupa a su majestad el rey que su único hijo varón sea de modales tan delicados. Le ve deslizarse por las galerías del castillo ligero como un soplo de aire y arrullarse como un gatito cuando la doncella le cepilla los rizos dorados antes de acostarse. Y, en contra de su criterio, ha preferido recibir clases de arpa y canto, junto a sus hermanas, que salir con él a cazar jabalíes, corzos y venados.

Le disgusta también, y mucho, que ande siempre entre las faldas de la cocinera. Hoy, mientras ensillan su caballo en los establos, observa al chiquillo en el gallinero. Con qué suavidad escoge un huevo, lo acaricia, le retira las briznas y plumas pegadas, se lo pone en la mejilla para sentir su tibieza, lo coloca con ternura junto a los otros en la cestita que la cocinera se lleva. Al hombre le da una rabia tremenda, piensa que este hijo tiene una tara muy gorda, que no va a servir para el oficio que le espera, pero de pronto el niño agarra una gallina por el pescuezo y con sus manitas gordezuelas le da un giro completo, y otro más, y otro, hasta que separa la cabeza del cuerpo, y sale corriendo con el animal muerto hacia la cocina, y el rey respira con gran alivio y contento porque hoy habrá su guiso preferido en el almuerzo.

 

El guardián

 EL GUARDIÁN 

Fue un instante, un segundo, ni tiempo para un pestañeo hubo. ¿Pudo ser el cansancio acumulado del día? ¿La fatiga de aquellos cuatro años con Sara? A saber, porque menuda lata dio la niña desde que nació de seis meses, tan chiquitina que en varias ocasiones los médicos pensaron que no sobreviviría.
Esa tarde, en la feria, estuvo vigilando que no saltase fuera del hinchable, que se estuviera sentada en el tiovivo, que no se tirase de cabeza por el tobogán, que masticara despacio los churros… y ella venga a dar chillidos. Después, mientras esperaban a subirse al tren de la bruja, un repentino soplo de viento se llevó el globo de la niña, que echó a correr tras él cuando pasaba el primer vagón. Pero gracias a su habilidad, de un tirón consiguió arrastrarla fuera del raíl, lo justo para que solo tuvieran que amputarle un pie.

La cosa es que, desde ese día, la familia le tiene en gran consideración, «¡ay, su ángel de la guarda, cuántas veces la ha protegido!», comenta la abuela en el parque mientras la niña juega quietecita en la arena, y así sus remordimientos se van entibiando mientras sestea plácidamente al sol.

 

El guardabosques

 EL GUARDABOSQUES

Siempre prefirió las noches sin luna para abandonar su cabaña y merodear por el bosque, y con el tiempo llegó a tener muy afinados los sentidos. En la densa negrura, distinguía de qué árboles eran las hojas caídas que pisaba, a qué planta pertenecía cada ramita que le arañaba el rostro, cuántos polluelos dormían en la seguridad de su nido, o qué tipo de insecto masticaba un topo escondido en su madriguera.

Pese al paso de los años, y aunque ya solo se dedica a dormitar y ver los canales de la tele mientras bebe una lata tras otra de cerveza, sigue diferenciando, con exagerada nitidez, cada uno de los sonidos que trae consigo el viento. En particular los quejidos lastimeros de las ánimas que vagan desvalidas, sin rumbo, perdidas. Sentado en la mecedora del porche, concentra la mirada y aguza el oído. No ha olvidado el nombre de ninguna de ellas. Lilly, siete años, solo encontraron su bicicleta; Allison, la del MacDonald´s, su linda melena rubia convertida en una maraña mohosa;  Nora y Cathy, las mellizas de la granja Miller, tan preciosas, llevan décadas lloriqueando, cogidas de la mano, con sus vestiditos sucios de barro y verdín; Kimberly, ¡ay, qué chica, cómo se resistía!, sonríe mientras se acaricia el muñón del meñique que le arrancó de un mordisco.

El estratega

 EL ESTRATEGA

Erico, el rey de suecia en 970, gobernó junto a su hermano Olof hasta que este falleció, pero no detallan las crónicas el trastorno que le supuso tamaño contratiempo. A él lo que realmente le entretenía y le daba mucha paz interior era atender la huerta que había detrás de palacio, rebosante de frutales y hortalizas. Era Olof el encargado de emprender las guerras hasta que un día, mientras talaban unos pinos para hacer más barcos, le cayó un tronco encima y le aplastó el cráneo.

—Qué faena —se lamentaba Erico mientras le ajustaban la corona a la cabeza.

Lo de seguir construyendo buques le era tedioso a más no poder, hasta que se le ocurrió incorporar su pasión, la alimentación sana, a las expediciones. Cinco raciones de fruta y verdura para cada grumete, cada día, les aportó tanta energía y vitalidad que así lograron ampliar muchísimo las fronteras.

El esclavo

EL ESCLAVO

Ni él mismo sabe sus años. «Sesenta, o setenta», sonríe a sus nietos cuando se arremolinan a su alrededor para que les cuente historias. A menudo piensa que ya debería estar muerto, pues no fueron pocas las veces que a punto estuvieron de llevárselo consigo los espíritus de sus antepasados.

Los niños escuchan, muy callados, su relato. Cuando de un machetazo le fue amputado un brazo en la primera plantación donde fue vendido; cuando el siguiente amo le abrasó ambos ojos con un hierro de marcar caballos; cuando le dejaron toda una noche desangrándose tras recibir cien latigazos. Pero su preferida es la de cuando el patrón tuvo hambre, arrastró a la orilla del río a una esclava de trece años, hincó sus colmillos y garras en los tiernos pechos y nalgas y el abuelo, de un garrotazo a ciegas, lo mandó al fondo del Mississippi, donde nunca lo encontraron.

El arma del delito

 EL ARMA DEL DELITO

No paraba de sobar y dar vueltas a aquella bola de cristal, ensimismado. Le recordaba a una ciudad del norte de Rusia que había visto en un documental de La 2. Sus habitantes dejaban el coche aparcado con el motor encendido para que no se congelara; era eso o no volvías a arrancarlo hasta el verano. Los que usaban gafas ya podían comprarlas de plástico, porque las metálicas se quedaban adheridas a la cara, del frío que hacía. Y si calentabas agua en una tetera y la lanzabas al aire, el líquido se convertía en escarcha antes de llegar al suelo, parecía cosa de magia

Después de un buen rato venga a frotar, decidió guardársela en el zurrón, junto a las joyas y el dinero de la vieja. Había intentado limpiarla echando saliva y con la manga, pero la sangre se congela al quedar pegada a un paisaje nevado.

El apagón

 EL APAGÓN

A este vigilante de museo se le está pasando por la cabeza que peor habría sido si el apagón le hubiese pillado dentro de un ascensor, rodeado de gente histérica chillando «¡vamos a morir, vamos a morir!». O por qué no arriba de todo de una noria, en medio de una tormenta eléctrica, en una cabina con una parejita de enamorados mirando pálidos al vacío y prometiéndose amor eterno. Como es muy morboso el individuo, se imagina como observador en un quirófano en plena operación, yo qué sé, de corazón, por poner un ejemplo. De esas que se hacen mirando el cirujano un monitor. Pero lo que tiene que ser realmente horroroso, piensa, es estar en la sala de espera de un aeropuerto y contemplar cómo choca el avión en el que viajan tus seres queridos con otro en la pista, y a continuación ver impotente a algunos pasajeros corriendo, envueltos en llamas, achicharrándose vivos, desplomándose en el suelo.

Todas estas calamidades se le van ocurriendo a este señor, más que nada para tranquilizarse, para restar importancia a lo suyo, porque nota que está hiperventilando al comprobar que su móvil acaba de quedarse sin conexión a la red.

Domingo

 DOMINGO

Fuencisla está deseando que llegue el domingo para que Domitila, la sobrina, no venga a casa y la deje por fin a su aire. Es una buena muchacha y sin su ayuda y la comida que le prepara seguro que ya estaría bajo tierra, criando malvas. Porque a ver cuántas almas caritativas hay que atiendan a una vieja impedida, a domicilio y gratis. Y aunque le costó convencerla, han acordado que el sábado le deje café con leche para desayunar y sopa para comer y cenar. Solo hay que calentarlo al microondas.

Así, cada domingo, Fuencisla entra con su silla de ruedas a la cocina, saca del fondo de un cajón una cajita que pone «membrillo» y revuelve, con la cucharilla del café por la mañana y la de la sopa después, el matarratas que guarda dentro. Pero nada, que no hay manera, que le falta el coraje.

Doble, nada

 DOBLE. NADA

Arranca el viernes por la tarde y para calentar motores juega unos quinitos con un amigo en una taberna. Pierde todas las tiradas y tiene que beber a pares, su vino y el del colega. Como están bajando ya la persiana, deciden cambiar de bar, yendo a otro y al siguiente hasta que se les acaban todos los de la acera. Propone entonces ir en su coche al centro, les queda la noche entera.

En un pub de moda un par de gintonic, dos jagermeister, y en la barra unas gemelas, dos pibones, que se les unen a la fiesta. Como son idénticas se las reparten así: para ti esa, para mi esta. Ya lleva la vejiga llena y dando algún traspié, chocando contra una mesa, se encamina al lavabo a vaciarla, quedándose admirado mientras mea de la disposición de los cuatro urinarios: de dos en dos, uno junto a otro. Como muy artístico, piensa, parece una obra maestra.

Ya de vuelta, y mientras apura su copichuela, sugiere una de las chicas ir a bailar a una discoteca de las afueras, así que se montan todos en su Audi y venga, a seguir la juerga, que termina abruptamente cuando al final de una cuesta ve dos rotondas, qué raro, duda mientras se decide por una de ellas, justo la que se esfuma antes de empotrarse a cien por hora contra una palmera.

Deportes

 DEPORTES

Click click click y hale, ¡listo! En solo 24 horas lo tendrá todo en su domicilio. El casco, un pantalón ligero, los pies de gato, seis mosquetones, arneses, cuerdas. Una mochila especial, con muchos bolsillos. Estuvo un buen rato dudando entre el rojo o el azul y negro, se decidió por el primero. Y ya puestos, pensó en un impulso aventurero, se ha comprado hasta un vivac y un saco, porque en el reportaje que vio anoche en la tele del Kilimanjaro, salía un tío durmiendo ahí colgado y le pareció de lo más lo de pasar la noche al filo del precipicio.

Son muy de su agrado, muy placenteros, estos momentos que se pasa en la cama los fines de semana, imaginándose todo un experimentado deportista. Se levanta ya clareado el día, se zampa una docena de magdalenas y dos tazones grandes de cacao y de vuelta a la cama con la tablet disfruta enormemente equipándose por Internet para escalar paredes, ascender puertos de montaña en bicicleta, hacer submarinismo o saltar en paracaídas. Con estos gratos pensamientos, solo enturbiados por la sospecha de que tendrá que ir haciendo sitio en el trastero, se vuelve a quedar roque hasta la hora del aperitivo. Porque los sábados y domingos para eso están hechos.

Circular

 CIRCULAR

Cada mañana a las nueve y diez vuelven a sus asientos del vagón de metro, se apean en la misma estación y repiten, una tras otra, las mismas rutinas: tomar un croissant a la plancha y un café en el bar de la esquina, subir la persiana de la zapatería, despachar proveedores y pagar facturas, quitar el polvo de las baldas y barrer, revisar el género, calentarse en el microondas del almacén la fiambrera con la comida y seguir atendiendo clientes hasta las ocho. Los sábados, si hay lío, hasta las tres. «Se pasa la semana volando, eh», le dice el hombre a su mujer mientras vuelven a sus asientos del vagón de metro, se apean en la misma estación y dedican el resto del fin de semana a descansar hasta que el domingo al anochecer, mientras se ponen el pijama, piensan lo rápido que se va la vida.

Catarsis

 CATARSIS

«No es ni mejor sitio ni peor», piensa dubitativo el hombre al llegar al alojamiento rural. Podía haberse ido a un Parador Nacional, una pensión o haberse quedado en casa. Ahora le asaltan las dudas, porque como en casa en ningún sitio, que si necesitas algo te levantas y vas. El retrato de Mariela, por ejemplo, se le ha olvidado traerlo. Los ansiolíticos están, la caja entera. También el botellín de agua mineral, que al alcohol nunca fue aficionado. Y mientras, indeciso, dispone todo en la mesilla de noche, ve un libro de cuentos, lo abre y comienza a leer.

Buen apetito

 BUEN APETITO

Entornó los ojos al dar el primer sorbo a la Coca-Cola y de la emoción comenzaron a resbalarle por las mejillas unos lagrimones. Cerró la boca y la enjuagó con el refresco, como si fuera un colutorio. ¡Añoraba tanto sentir el chispeo de las burbujas en la lengua y el paladar! Cuando se le fue el gas al refresco lo tragó y repitió la operación hasta terminarse el vaso. Pidió entonces si podían servirle más, mientras se ponía a dar cuenta del bistec. En ese momento las lágrimas de felicidad ya le caían a borbotones, ¡al cocinero había que felicitarlo! Lo había dejado por dentro crudo y por fuera churruscado, justo como se lo preparaba su abuela cuarenta años atrás, allá en la granja. Las patatitas le parecieron también deliciosas, todo le estaba sabiendo a gloria. No le importó, en absoluto, que la bebida estuviera calentorra, ni que las patatas fueran ultra-congeladas. Eso qué más daba, si llevaba cuarenta años en el corredor, sin catarlas. Tan abstraído estaba engullendo la tarta de manzana, que tampoco renegó por que no le fuese a dar tiempo a hacer la digestión de esos manjares antes de que le administrasen la inyección programada.

Bruma

 BRUMA

Ni ella misma sabe por qué en ocasiones no se traga la pastilla que le trae la enfermera. Se bebe despacito toda el agua del vaso de plástico, le muestra dócilmente por encima y por debajo la lengua con la boca muy abierta y, cuando se marcha con el carrito de medicinas, se la saca del hueco que tiene arriba entre dos muelas, va al baño, la escupe y tira de la cisterna. Al poco rato, comienza a llenarse la habitación de niebla.

Es entonces cuando empiezan a pulular por allí los desconocidos. Un día un vagabundo piojoso se sentó sobre su cama; otro una vieja con cuatro gatos que lo llenaron todo de pelos; hace poco un negro de dos metros que no paraba de botar una pelota de baloncesto. Los celadores entran cuando hay demasiado jaleo, como hoy, que según les cuenta la paciente, había unos niños rompiendo cascos de botellas.

Ellos ya no se sorprenden de que en la habitación 110 a veces haya que fumigar, quitar pelos, barrer cristales  o ventilar una niebla que no entienden por dónde entra, porque ventana no hay, solamente cuatro paredes.

Boeing

 BOEING

Los tiburones de Wall Street están que no caben en sí de gusto: lo han logrado, han conseguido pedidos de más de cinco mil aeronaves de su nuevo modelo a lo largo de todo el mundo y las acciones se han disparado a niveles nunca antes vistos.

Son beneficios de muchos ceros, ha merecido la pena su plan de añadir a los viejos fuselajes de 45 años un motor más eficiente que, aunque desestabiliza el aparato y empuja el morro hacia abajo, es más competitivo que los antiguos. Hubo que encajarlo como se pudo, alargar el tren de aterrizaje y engañar a la inspección diciendo que era solamente una ligera modificación, un añadido al modelo preexistente, y que por tanto no era necesaria formación adicional de los pilotos en el simulador, cosa que por cierto lo habría encarecido mucho.

Los tiburones del océano Índico también se sienten muy agradecidos: en cinco meses, han caído en sus aguas dos aviones de ese nuevo modelo con 346 personas de cebo vivo.

Bajo el puente

 BAJO EL PUENTE

Nunca te molestaste en ponerle nombre al gato, ¿para qué?, te decías, si el día menos pensado lo atropella un coche o se larga y desaparece para siempre. Pero lo considerabas tuyo, cuando silbabas, bisss bisss, cuando lo buscabas en la oscuridad, cuando querías que se acercase, se acurrucase a tu lado, te lamiera las manos con su lengua tibia y te diese calor. Sabías que era lo único que tenías en este mundo y él siempre volvía.

Como hoy, que tras zamparse una raspa por ahí, tu gato se ovilla en tu regazo, ronronea, intenta dormirse. Sopla un viento gélido y húmedo y estos días le cuesta más acoplarse a ti, encontrar acomodo en tu cuerpo antes tan blando, ahora tan rígido. Te olisquea y empieza a dar lametazos a tus orejas, a tus labios, le atrae poderosamente tu olor putrefacto, entonces hinca los colmillos en tu nariz.

Arriba, abajo

ARRIBA, ABAJO

«Lo importante es tener salud» se dice Paqui mientras, en una pausa que hace junto a la máquina de café en el piso cincuenta del rascacielos donde trabaja, se clava los dedos en las lumbares para aliviar el dolor y gira el cuello a ambos lados para desentumecerlo; lo vio en la tele en un programa de yoga. «Incluso las butacas de la sala de espera son más mullidas que mi sofá, que hasta hay para dar a un botón que te alza los pies. Y los cristales se limpian solos, porque es un edificio inteligente no, lo siguiente», piensa admirada, recordando las cagadas de paloma en sus geranios y ventanas.
Por todo ello, mientras pasa la fregona y mira el cielo, sueña con que el Jonathan termine la ESO, que a ingeniero o arquitecto fijo que no llegará, pero al menos que tenga la oportunidad de levantar el vuelo.