domingo, 16 de julio de 2023

Próxima parada

PRÓXIMA PARADA

Pese a la niebla tan densa que impedía ver lo que había a un metro de distancia, el autobús continuaba su ruta sin salirse de los márgenes de la carretera. A través de alguna ventana que había quedado sin cerrar, se colaba esa bruma húmeda, tan espesa que aunque la madre rodeaba con un brazo el cuello y con el otro el torso del niño apenas podían verse los cuerpos y era imposible que sus miradas llegaran a cruzarse. Aún así el niño detectaba con inquietud que algo iba mal, pues nunca antes le había temblado de aquella manera la voz a su madre mientras le susurraba palabras tranquilizadoras. Decía «pronto llegaremos» y «ya falta poco».

Pero las horas pasaban y nada ocurría. Fue entonces cuando el pequeño empezó a revolverse en el asiento. Pese a que ella lo sujetaba con firmeza, logró zafarse y se puso en pie. En ese momento, su cabeza cayó rodando por el pasillo hasta debajo del asiento donde debería haber estado sentado el conductor, quedando atrapada entre los pedales donde tendrían que haber estado sus pies.

Nadie conducía aquel autobús.

El niño se sintió rarísimo mientras su madre recogía la cabeza del suelo, regresaba a su sitio, la colocaba encima de los hombros de donde se había caído y volvía a abrazarlo como al principio. Por la mente aterrorizada del niño se sucedieron en ese momento una serie de imágenes: él desobedeciendo, travieso, y quitándose el cinturón de su sillita para hacer rabiar a la madre; la madre soltando el volante y girándose para abrochárselo; de repente una curva; un muro de hormigón; salir despedido hacia la luna delantera. Y nada más. Todo teñido de rojo.

En ese instante unos rayos de luz comenzaron a colarse débilmente entre la niebla.

 

Performance

PERFORMANCE

La señora Baker, ama de llaves de los Brown, fue llamada a la presencia del Todopoderoso estando plácidamente dormida en su cama, con su mejor camisón y tapadita hasta las orejas con una manta. Ocurrió un domingo por la tarde, al rato de haberse acostado después de concluida su tarea, así que le cogió la muerte con la satisfacción del deber cumplido y minutos antes del desastre que le habría provocado, con toda seguridad, un jamacuco irreversible. Alabado sea por tanto el Señor por su don de la oportunidad, dirían aliviados los Brown unos días más tarde, durante su funeral.

Porque la señora Baker había servido en aquella casa desde los quince años, y con noventa y cinco, ya retirada, continuaba viviendo con la familia y por no sentirse una inútil la permitían el mantenimiento de la vajilla de porcelana. Así que, desde primera hora de cada domingo, sacaba las piezas del aparador, las disponía delicadamente en el suelo y se sentaba junto a una palangana de agua espumosa que ya tenía preparada. Después, jabonaba uno a uno los doce platos llanos, los doce hondos y los doce de postre, así como cada una de las doce copas de agua, vino blanco, vino tinto, licor y cava. Una vez que estaba todo limpio, secaba cada pieza con muchísimo cuidado con unos paños de algodón, y tras abrillantar, volvía a colocarlo todo en sus baldas. A continuación, hacía lo mismo con las tazas de té, soperas, ensaladeras, salseras, hasta dejarlas relucientes. En fin, que se pasaba toda la mañana y parte de la tarde entregada a la labor. Ese día almorzaba únicamente un sándwich sentada en el parqué y se retiraba a su alcoba como a las cuatro, deslomada pero feliz.

El resto de la semana se dedicaba a descansar, hacer algún crucigrama del Daily News y recuperarse hasta el siguiente domingo al que, como ya se ha dicho, no llegaría la buena mujer, pues los Brown tenían una hija, Cloe, que cuando no se tomaba la medicación lo mismo le daba por decir que quería ser misionera en el Congo o puta en una esquina del Soho, y ese domingo, mientras la señora Baker exhalaba su último aliento, apareció la muchacha diciendo que era artista. Su obra consistió en estampar, una a una, todas las piezas de la vajilla contra el suelo y la pared mientras lo grababa con el móvil.

Oro

ORO

Después de cada infidelidad, de cada bofetón, él siempre se arrodillaba a sus pies, se encogía en su regazo y llorando y gimiendo con todo su ser, le suplicaba que le perdonase, que no lo volvería a hacer, que había sido un arrebato, un desliz pasajero, que ella era su único amor, su única mujer. Entonces le ponía en un dedo un anillo de oro de varios quilates, en la muñeca un reloj Cartier, una cadena en el cuello… y tantos habían sido los arranques de cólera que se iba llenando de alhajas el joyero al mismo tiempo que su corazón se convertía en un témpano de hielo.

Al principio, sentada en su tocador frente al espejo, se le pasaba por la cabeza dejar atrás todo aquello y huir de esa jaula de oro. Pero enseguida cogió gusto a ponerse y quitarse broches y pulseras y pendientes, a pasearse por la casa con la diadema de diamantes. Y tanto se admiraba de poseer unas joyas tan valiosas que pronto ignoró esos anhelos, aunque cuando se cubría con maquillaje cada último moratón lo hacía apretando fuerte los dientes.


Los últimos

LOS ÚLTIMOS

No hablaban, aunque si lo hubiesen hecho no habrían podido oírse. Debajo de las escafandras, en cuyo dorso podía leerse Sidney McGregor y Leslie Smith,  los dos últimos supervivientes llevaban tapones y las orejas vendadas para aislarse del crujido de huesos, de los chillidos de las ratas, del zumbido de los miles de insectos que revoloteaban sobre los pedazos de carne humana.

Al salir de sus zulos, después de la explosión, se habían topado con una jauría de carroñeros que masticaban los dedos de una mano, arrancaban los ojos, nariz y labios de una cara y rasgaban a dentelladas y zarpazos el vientre de una mujer embarazada, despedazando como si fuera plastilina el cuerpo del feto no nacido, aún caliente y con latido.

Era más de lo que podía soportar un ser humano. Pero ahí estaban los dos supervivientes, entregados a dar sepultura a tantos cadáveres como pudiesen, hasta que las fuerzas dejaran de acompañarlos. A pedradas, con palos y un soplete que encontraron, los ahuyentaban y durante varios días, mano a mano, los fueron enterrando, bajo la mirada acechante de cientos de pares de ojos, ávidos de carnaza.

Cuando hubieron terminado, echaron a andar por los campos abrasados. Al poco tiempo, caminaban cogidos de la mano y un sentimiento nació entre ambos. Buscarían un lugar donde el aire se pudiera respirar, donde el horizonte fuera azul, no de color malva y morado, donde no oliera a quemado. Donde poder empezar una nueva vida, donde tener esperanza.

Una tarde, llegaron a un arroyo de aguas claras y sintiéndose a salvo, decidieron desprenderse de los buzos protectores y los cascos. Completamente desnudos, de pie uno frente al otro, se examinaron de arriba abajo y se abrazaron. Si no hay más supervivientes, pensaron los dos hombres, el fin de la civilización ha llegado.

Los siete pecados

LOS SIETE PECADOS

La lujuria y la gula las tenían garantizadas Eva y Adán, así lo había dispuesto el Creador para tenerlos contentos y entretenidos. Venga de revolcones aquí y allá, de jugar al «a que no me pillas, bandido», de explorar con lenguas y dedos sus cuerpos desnudos, al alba y antes de que volviera a ocultarse el sol, sobre el césped mullido a la orilla de un arroyo cuajado de nenúfares y pececillos.

Paraban solo para saciar su apetito, que aquello daba mucha hambre: arándanos, cebollas dulces, avellanas y castañas, piñas tropicales, plátanos de Canarias, miel de abejas, canela en rama. Todo en abundancia, de la mejor calidad y cuando les diera la gana. En definitiva, comer, dormir, fornicar y holgazanear. Que qué necesidad había de ponerse a emprender, de tener iniciativa, de esforzarse en nada, con la pereza que todo aquello daba.

Pero con todo lo a gusto que estaban estos dos en el paraíso, que no les faltaba de nada, les brotó del corazón la envidia al ver la cara de felicidad que ponía una serpiente mientras saboreaba una jugosa manzana, al contemplar cómo hincaba los colmillos en la pulpa blanca, al oír la piel roja triscar y a la bicha salivar, al percibir el olor fresco de la fruta madura. Y siendo lo único que tenían prohibido, comer manzanas, la avaricia les empujó a varear el árbol para hacer caer toda la fruta. Menudo festín se dieron, y eso que aún nada sabían ―ya lo irían desarrollando más adelante― de productos derivados como la tarta de manzana, las manzanas asadas, la compota de manzana, las manzanas de  caramelo… y para quitar la sed, la sidra de manzana.

Con la panza llena a reventar y la osadía de la transgresión, se encararon provocativos y soberbios al cielo. ¿Cuántos más placeres, manjares, diversión, les estaría ocultando el idiota de ahí arriba?

Pronto lo descubrirían, pues así fue como se encendió la ira del Señor.

 

Línea erótica

LÍNEA ERÓTICA

Hoy daba comunicando el teléfono de Pamela, pero Bernardo no llama a ninguna otra y espera. Tiene una voz dulce, cálida, sensual, que le pone muy cachondo, y se imagina una mulatita preciosa, con las tetas firmes pero pequeñas, un culo redondo y suave, una piel de canela, unos labios carnosos que le besan, le lamen, le succionan, y, y, y, y tiene que levantarse a por una lata de cerveza a la nevera, refrescarse la cara, calmarse, aguantarse un rato más hasta que vuelva a marcar su número y conteste esa reina caribeña, «tengo empapado el tanga, mi fiera».

Como otras veces, Pamela, que se llama María Luisa y es de Cuenca, le habla en susurros mientras da la papilla a cucharadas a su bebé y le cuenta lo caliente que está al tiempo que le golpea en la espalda para que expulse los gases. Cuando escucha al otro lado los jadeos y los ayayays, María Luisa se pone a gemir, acunando al niño, hasta que Bernardo llega al orgasmo. Alarga lo que puede la llamada mientras mete al hijo en la cuna y le pone el chupete, y le dice al otro todo lo que quiere oír, o sea, lo hombre que es y lo mujer que con él se siente.

Cuando por fin recupera el aliento, Bernardo se despide y cuelga. No se queja, ha estado bien, aunque últimamente se le queda un regusto raro, como a ocho cereales, galleta, leche y miel.

La travesía

LA TRAVESÍA

Mientras se despide en silencio de sus padres y se hace sitio en la embarcación, contempla Malek el cielo estrellado y sonríe, ilusionado, imaginándose con la camiseta del Olympique de Marsella, metiendo un gol decisivo y siendo aplaudido durante varios minutos por un estadio a rebosar de aficionados.

―Nada podrá pararme ―había dicho testarudo a sus padres.

Lleva en la mochila almendras con miel, pan de maíz, tres naranjas, higos deshidratados. En los bolsillos interiores, envueltos en paquetitos que la madre ha forrado con mucho celofán para que no se mojen, ha metido el padre el documento de identidad, el móvil, unos billetes de veinte euros y una libreta con teléfonos de parientes y vecinos que viven en algún lugar de Francia o España. Sobre las mudas y calcetines, un pellejo con cinco litros de agua, porque aunque se supone que serán solo unas horas de viaje, por si se complicara. Porque los tres han oído, aunque ninguno habla de ello, de olas de cinco metros que se forman a veces en medio del Estrecho, que avanzan amenazantes y pueden desestabilizar una lancha de goma sobrecargada, hacerla zozobrar, arrojar al agua a Malek, dejarlo a la deriva en el mar.

La jaula

LA JAULA

A la institutriz de Beatrice no le queda otra que mentir a los padres de la niña cada vez que telefonean desde donde estén: Bombay, Sidney, Cuzco, Johannesburgo. Todos sitios muy lejanos. Son gente con muchos compromisos allende los mares y en cuanto terminan algún negocio o a lo que sea que se dediquen, lo que necesitan ―le explican― es relajarse en un crucero, tomarse unas vacaciones, tumbarse panza arriba en la tumbona de alguna playa. Y si es en otro continente, mejor, piensa ella. El caso es que verlos, solo los ve dos o tres semanas al año.

Se le pasa por la cabeza a veces que, si vivieran en otra época, podría encerrar a la chiquilla bajo llave en el desván, con las ventanas tapiadas, como a las princesas de los cuentos, que las castigaban en los torreones de los castillos. Pero estamos en el siglo XXI y eso no puede ser, la denunciaría la mocosa y la meterían en la cárcel. Así que tiene que resignarse cada tarde a ver escabullirse por la puerta trasera un pimpollo lleno de lazos, con su vestidín blanco y sus tirabuzones dorados y al cabo de un par de horas comprobar horrorizada cómo regresa hecha un asco, toda despeluchada y llena de barro.

Pero comprende la buena mujer que a esta criatura, que lo tiene todo ―una casa que sale en las revistas de decoración, profesores que la educan sin necesidad de moverse de su cuarto, doncellas, mayordomo, juguetes de madera hechos de encargo―, lo que realmente le entusiasme sea juntarse con los mozalbetes del barrio y comer pipas en un banco, correr detrás de una pelota, jugar a las canicas, saltar sobre los charcos, tirar piedras a los gatos.

Delirio

DELIRIO

Es tan mofletudo y lindo y graciosín Mateo que el resto de las mamás del parque desvían la atención de sus nenes para quedarse mirando a ese angelito. Se desviven por él y hacen turnos para empujar su columpio, secar con un clínex la baba que gotea de su chupete o sacudir la arena que se le mete en las botitas al tirarse del tobogán. Incluso apartan a sus propios hijos, tirando con fuerza de ellos ―ignorando sus llantos y protestas― de la cola del balancín, para que Mateo se monte a gusto.

Además ven a Cloe, la mamá del niño, tan pálida y ojerosa, tan flacucha y desganada, mirando desquiciada el columpio donde se encuentra ahora el chiquitín, que consideran que es su obligación, como madres solidarias, echar una mano a esa pobre mujer, que por algún motivo que ya averiguarán ―«ya nos enteraremos», cuchichean entre ellas―, está del todo ausente y como en otro mundo.

Porque Cloe nunca habla, no cuenta nada, y por eso no saben que lleva veintidós meses y tres días, desde que nació Mateo, sin pegar ojo. Y año y medio sin marido, que dijo que o lo estampaba contra la pared o se iba, que él sin sus ocho horas de sueño no era persona. Y es que es cerrar ella un ojo y el niño ponerse a berrear hasta que lo carga en brazos y a pasear por el pasillo. Y como se siente un momentito a descansar en el sofá, se arranca de nuevo con el berrinche. Ni en la siesta ni de madrugada se duerme ese crío. Las que están encantadas son las de la guardería donde lo deja  para ir a trabajar, porque cae grogui según llega y duerme de un solo tirón las diez horas.

No le han funcionado a Cloe los métodos de los libros, los masajes, los baños con lavanda ni los consejos recibidos. Pero hoy, gracias a la bruma que se va adueñando de su mente, ha sentido cierto contento y alivio al confundir con una silla eléctrica, llena de cables, electrodos y correas de cuero con hebillas para sujetar brazos y piernas, el columpio donde, electrocutado y saliéndole de la cabeza humo, se balancea su hijo.

Deberes

DEBERES

Hay varias gallinas que picotean el suelo, unos cuantos polluelos, una cabra y un burro que sirve para tirar de un arado y labrar la huerta. Maquinaria no tienen, pues no llega la luz eléctrica.

Todas las tardes, después del almuerzo, Pedro coge un rastrillo y limpia el corral, cambia el heno de los animales, llena los bebederos, ordeña a la cabra y barre de excrementos la tierra. A continuación quita las malas hierbas, retira caracoles y pulgones, riega las tomateras y recoge alguna hortaliza ―una cebolla, un calabacín― para la cena. Huevos siempre hay, así que en el hornillo de gas prepara una tortilla, calienta un cuenco de leche a Liam, su hermano pequeño, y le cuenta un cuento para que se duerma.

Para entonces, ya ha caído la noche. La madre aún tardará en regresar de la casa donde sirve, del padre ni se acuerda. A Pedro, los ojos se le cierran. Por las mañanas se levanta antes de las seis para recoger los huevos, poner grano a las gallinas, despertar al hermano y preparar los desayunos. Aún no ha amanecido cuando salen caminando para la escuela, se tarda más de una hora en llegar por sendas polvorientas.

Pero cada noche, antes de acostarse, Pedro mete en la cartera sus lápices y libretas, se sienta debajo de la farola que alumbra la carretera y, con mucha concentración, hace las tareas que le puso la maestra. Tiene que esforzarse con la caligrafía, piensa mientras escribe unas frases para la clase de lengua. Es lo que más le cuesta.

Flower power

FLOWER POWER

Janis no se llama Janis, pero se presenta con ese nombre a Steve, el muchacho que está tan ricamente tumbado en una manta fumando hierba. Se acomoda a su lado y le cuenta lo hippie que es, lo bien que se está jajá jijí, sin responsabilidades, yendo de un lado para otro, hoy aquí, mañana Michigan, al otro California, y vivir al día, sacándose unos dólares con la guitarra para subsistir, ¿acaso se necesita más para ser feliz?

Se pone entonces a llover y él ni se da cuenta, pese a que las gotas de lluvia le apagan el canuto, porque para entonces ya está en un estado zen supremo, muy rico, todo todo le parece súper bien, gloria divina, esa hormiguita que trepa por su dedo pulgar es desde ya mismo su amiga, el olor a tierra mojada le sobrecoge hasta caerle unos lagrimones de la emoción y las nubes del cielo hacen una coreografía preciosísima.

En fin, es tal el colocón y tan embargado está con la música que suena en el escenario allá al fondo, que la chica esta, Janis o como se llame ―y que se calla lo mucho que le fastidia que la lluvia le deshaga las trenzas, que si lo llega a saber no se tira ayer dos horas en la peluquería en Dansville, el pueblín desde donde ha venido hasta aquí― lo arrastra con ella, «vamos a la furgoneta», y él no ve por qué no, tampoco es que vea por qué sí. Lo cierto es que en ese momento, como ya se dijo, todo le parece que más okey imposible.

En la furgoneta se quitan la ropa mojada y bueno, pasa lo que pasa, ya se lo pueden imaginar, tampoco veo necesario contarlo todo, entrar en detalles, empezar con que si se meten las lenguas hasta el paladar, si él se entretiene mordisqueándole  los pezones, si ella succiona golosamente el glande de él, si se sienta a horcajadas sobre el chico y se retuerce de placer… Todo eso, pienso, forma parte de su privacidad, así que dejémosles en paz. Pero el caso es que Janis, que por cierto se llama Dorothy, hala, ya lo dije, va teniendo una edad en que todas sus amigas le tocan las narices día sí día también con que a ver si se echa novio, «que se te va a pasar el arroz», y tal y cual. En resumidas cuentas, que Dorothy, que ese día se llama Janis porque Dorothy le suena como a provinciana de un pueblo de esos de la América profunda con una gasolinera y un bar de carretera con letras de neón y tíos escupiendo tabaco, ha tenido suerte, pues estaba en sus días fértiles, tan fértiles que nueve meses después le nacen dos niños muy rubios y muy mofletudos. Tres años más tarde ya son cinco chiquillos, que no paran de comer y tener muchos gastos.

Dorothy ha cogido bastantes quilos, pero es una mujer que se siente plena horneando tartas de manzana, poniendo coladas y fregando la tarima de madera de la sala. Da igual, lo que haya que hacer, porque es lo que ella quería. Y Steve, bueno, trabajando de siete a cinco en la serrería, metiendo horas por las tardes limpiando chimeneas y viendo cómo, así a lo tonto, se va pasando una vida que no recuerda haber soñado nunca.

 

Estrés

ESTRÉS

Manuel se sentía eufórico, ¡como para no!, si acababa de volver a nacer. Los mareos, ahogos y dolor abdominal no eran síntomas de cáncer, tal como había leído en Internet, sino ansiedad, según el doctor que acababa de examinarlo.

—Para relajarse ―le explicó el facultativo― es importantísimo respirar bien. Recuerde: 4-7-8, inspirar, mantener, expirar.

La alegría le duró hasta que vio que el ascensor pasaba de largo, algún imbécil se le había adelantado desde otro piso. «Con la prisa que tengo» bufó. Bajó por las escaleras de dos en dos y renegó al dar un traspié, pues las bombillas de los rellanos apenas alumbraban y los peldaños de madera estaban recién encerados. «La hija de puta de la portera, querrá que alguien se mate». Desde el patio interior entraba un olor a coliflor hervida y fritanga que le puso de mal humor. «Qué asquerosidad de comida». Inspiró uno, expiró tres, uno, tres, «¿cómo era?, no me acuerdo…». En el portal, tuvo que aguantar que el pequinés de una vieja que olía a pis le llenase de babas los mocasines nuevos.

Hiperventilaba cuando salió a la calle. Aflojó entonces los puños, miró al cielo, llenó de aire sus pulmones y sonrió.

 

El vivo al bollo

EL VIVO AL BOLLO 

Pero mira cómo moquea la Gabriela, ahí de rodillas abrazada al féretro de su madre, la muy falsa. No, si ya lo vi yo clarito cuando entré a servir en esta familia; no levantaba un palmo del suelo y siempre conseguía todo lo que se le antojaba a base de llantos y pucheros; qué bien se le da eso de mojar la pestaña. ¿Pero cuántos años hace que no se dejaba caer por el pueblo? Ni cuando el Norberto, su hermano, el pobre infeliz, la telefoneó cuando ingresaron a doña Palmira en el hospital con una neumonía, que a punto estuvo de irse para el otro barrio; ni cuando tropezó con un escalón y se rompió la cadera. Ni  siquiera este último mes, que sabía perfectamente, porque se lo dije yo, que la mujer estaba en las últimas.

Siempre, siempre, ponía alguna excusa: que si no puedo dejar sola la boutique, que si mi marido está de negocios fuera de la ciudad y tengo que atender a mis hijos… Que digo yo que me río de la educación recibida por estos dos mocosos; se podían haber quedado en casa con su padre o encerrados en algún internado. ¡Que no se puede venir a la iglesia a alborotar, que esto es un lugar sagrado! Qué poco respeto inculcan ahora a la juventud, de verdad. En mis tiempos por toser o rascarte la nariz te daban un pescozón que ya podías quedarte tiesa en el banco durante toda la misa por la cuenta que te traía.

Ahora no, ahora cada uno hace lo que le da la gana. Pero no me extraña, no: de tal palo tal astilla. Los niños venga a enredar y molestar y nadie, ni siquiera el cura, les llama la atención. Claro que viendo a su madre hacer el paripé con sus lamentos y lloriqueos, a estos dos casi ni se les oye.

Muy mal bicho es la Gabriela. Ayer tarde cuando llegó, tras aparcar el descapotable en el garaje, lo primero que hizo al atravesar la puerta de la casa fue taparse con los dedos la nariz. A los niños los mandó a esperarla al coche y ya en el hall arrastró al Norberto, que no dejaba de arrancarse los pelos de las manos, a la cocina, y me mandó que le hiciese una tila. Ella se encerró un buen rato en la biblioteca, supongo que a buscar documentos importantes. Y creo que los encontró, porque cuando salió tenía una sonrisa de oreja a oreja y apretaba unos sobres muy abultados bajo el brazo. Sería el testamento, digo yo.

Al dormitorio donde su difunta madre recibía la Extremaunción ni se asomó. Con su boquita de piñón bien perfilada de rojo, dijo que prefería recordarla trajinando feliz en la cocina, mientras preparaba aquel delicioso chocolate y su hermano y ella moldeaban galletas con formas de peces y estrellas. Habían pasado más de cuatro años desde la última vez que vino a verla y ahora se ponía nostálgica con los bizcochitos. Lo que tiene una que aguantar.

«Nos quedaremos un par de días en el hostal del pueblo, Renata, así no te damos que hacer», me dijo saliendo a toda prisa con el botín. Pero yo no tengo un pelo de tonta, qué se piensa esta. Lo que pasó es que la señoritinga es muy delicada y no soportaba el olor que desprendía el cuerpo de la difunta. Y eso que había muerto esa misma mañana. Pero la infección se le había extendido semanas atrás por todo el cuerpo y las llagas purulentas, por más que me dedicase a cambiarle las vendas cada tres horas, no dejaban de empapar las sábanas y el colchón. Yo ventilaba la habitación, cambiaba la ropa de cama y la enjabonaba con una esponja cada mañana, pero el hedor se había ido extendiendo inevitablemente por toda la casa.

Y ahora me toca verlos aquí, a todos juntitos, sentados en el primer banco de la iglesia, como corresponde a los familiares más cercanos. Y yo en la cuarta fila, como una apestada, como si no hubiera estado atendiendo a esta familia durante casi cuarenta años y cuidando con abnegación a la señora en los últimos meses de su enfermedad. Ninguno de los parientes ha venido a saludarme, ni a preguntarme cómo estaba, o a ver si necesitaba algo.

Imagino que en unos días, al Norberto lo ingresarán en alguna institución para enfermos mentales. Estaba muy apegado a su madre y ahora el pobrecín no para de morderse los puños de la camisa. La Gabriela querrá vender el caserón y sacarse unos cuartos; y a mí, una pobre anciana desvalida de setenta años, me pondrán de patitas en la calle sin una frase de agradecimiento y con una compensación de risa por los servicios prestados.

Para cuando se lleven al Norberto, tengo pensado abandonar este pueblo. En cuanto me comuniquen el despido, sacaré un billete de autobús a la capital. Allí me alojaré en un hotel y por la mañana iré a buscar una agencia de viajes. Siempre me llamó mucho la atención hacer un crucero y viajar por todos los mares del mundo. Y con los fajos de billetes que encontré en la caja fuerte de la biblioteca —la pobre doña Palmira, en sus delirios de fiebre, me reveló la combinación secreta— solo tendré que volver a tierra firme el día en que me metan en un ataúd.

 

El futuro ya está aquí

EL FUTURO YA ESTÁ AQUÍ

Tan sencillo es como comprarse una Tablet, que te la llevas a cualquier sitio, y todo, todo, todo, desde los clásicos hasta el bodrio de novelita que escribe un mindundi en Albacete, en Wichita o en Melbourne, lo tienes a golpe de clic.

Es el progreso, que ya está aquí. Poco a poco desaparecen de las ciudades las librerías, dejando de amontonarse diccionarios, novelas, cómics y fanzines en los escaparates, en las estanterías que llegan hasta el techo, en las mesas y sillas, en las tarimas del suelo. Porque ahora, lo más, es quedarse en casa metido, con la legaña en el ojo y en pijama, y saber que lo tienes todo dentro del Ebook, mientras se pasan las horas contestando WhatsApps, echando una partida de Fortnite, subiendo una foto del gato a Instagram, mirando los vídeos de TikTok o dando likes a las últimas publicaciones en Facebook.

No se puede aspirar a más. En una tarde tormentosa de enero, no tener que ponerse el gabán, coger un paraguas y salir a la calle a comprar un libro. Ahorrarse el encuentro con algún conocido por el camino que te obligue a parar a charlar bajo la lluvia. No oír el tintineo de la puerta de la tienda al entrar, no aspirar el aroma nuevo del papel, el antiguo de los pergaminos. Descartar, para siempre, el tacto de los lomos de los libros, el diseño de sus portadas, el roce de sus hojas al abrirlos. Y también, muy importante, no perder el tiempo escuchando las recomendaciones del viejo librero, que seguro que no conoce tan bien tus gustos como el algoritmo.

 

Decrepitud

DECREPITUD

Lento, inexorable, concienzudo, pasa el tiempo por el caserón regodeándose en cada detalle. Se distrae amarilleando el papel pintado, dejando unos cercos de grasa en los retratos al óleo de los antepasados que hay sobre la chimenea, oscureciendo los visillos que cuelgan de las ventanas.

Tan placentero le resulta cubrir con motitas de polvo las baldas, cambiar a sepia el color de las fotos en blanco y negro y deshilachar alfombras, que casi se olvida del vejestorio, un saco de huesos cubierto de pellejo, que está acostado en una cama del piso de arriba. Es lo que queda de la propietaria. Antes de tumbarse, se amortajó con un camisón almidonado con olor a alcanfor y unas bragas de perlé que había tejido. Con la poca fuerza que le queda, aprieta mucho los labios intentando no respirar, rechina los dientes, se nota que está muy cabreada. No imaginaba que la muerte se demoraría tanto con ella: cinco días ahí tendida, sin poderse mover, la lengua como el esparto de la sed.

Pero todo llega, todo se acaba, y por fin su corazón deja de latir. Entonces el paso del tiempo le da el gusto a la mujer, que lo único que pedía era pudrirse de una vez y empezar a oler mal pues aquí, sola y abandonada, no quería seguir más. Después, mientras el cuerpo va descomponiéndose, busca qué más hacer por allí y encuentra entretenimiento en amustiar las plantas artificiales que compraba la vieja en un bazar y marchitar sus flores de papel. Cuando ha terminado con esto se ceba con el frutero que hay en la mesita de la sala y en la manzana pone gusanos, el plátano lo llena de manchas, cubre de moho las cerezas y pudre la corteza del limón sin importarle, para nada, que sean de plástico.

Como una patena

COMO UNA PATENA

Cada noche antes de extender los cartones junto a la tapia para echarse a dormir, limpia la porquería acumulada alrededor: tetrabriks de vino, latas de cerveza barata, colillas, cascos rotos. Con las últimas heladas, se está encontrando también restos de animales.

—Hala, a tomar po´l culo —resopla tras dar una patada a una rata muerta. Después se pone a frotar con esparto un grafiti donde se lee: «Ser como todos es no ser nadie».

—Ahora resulta que el yonqui este era filósofo —se mofa, cogiendo del pie a un tipo que tiene un espray de pintura a un lado y una jeringuilla clavada en el antebrazo y arrastrándole hasta el contenedor.

Catarsis

CATARSIS

Ni en su peor pesadilla habría imaginado Ricardo que al apearse del autobús aquella noche concurriría tal cúmulo de despropósitos. Que la suela de sus zapatos estuviera lisa por el desgaste, que no parase de llover, que hubiese un cerco de aceite justo en la rampa que bajaba hasta su edificio y que la luz de la farola que alumbraba la acera estuviese fundida provocaron, en ese aciago instante, que al apretar el paso para no calarse pisara la mancha, resbalase y cayese hacia atrás, golpeándose la cabeza contra el asfalto. Un golpe seco. «Estoy muerto» asumió tendido todo lo largo que era en el suelo.

«Uno no se muere todos los días, ¿cómo será esto?», pensó aturdido. Y como hay mucha mística y mucha superchería al respecto, esperó atento los acontecimientos. Al poco rato, unas luces de colores se encendieron. Eran cuadraditos grises, un redondel en medio y más colorines dentro. «La Carta de Ajuste», se dijo en su desvarío. «Va a ser cierto que ves la vida en imágenes al morir». Y entre abrumado e incrédulo, aguardó a que empezara la programación.

Mientras iba pasando el tiempo sin que ocurriera nada, imaginó unas escenas que no vería y que ya no podrían ser: ir de visita los domingos a la residencia donde estaba ingresada su madre y dejarla ganar al parchís, leer un cuento por las noches al pequeño, ayudar a la mayor con el inglés, besar a Laura en el cuello, donde tanto le gustaba, como aquella primera vez…

Pero lo que sucedió a continuación fue que empezaron a diluirse los colores y a desdibujarse el icónico diseño. Notó entonces Ricardo en la boca el sabor dulce de la lluvia mezclado con el salado de sus lágrimas y un hormigueo que, desde los dedos de las manos y los pies, iba recorriendo su cuerpo hasta llegar al cerebro. El tiempo que tardó en recobrarse de la conmoción, levantarse del suelo, caminar mareado hasta el portal, meter la llave en la cerradura y dirigirse a la cocina donde estaba Laura para besarle con ternura el cuello, se le hizo eterno.

Calma chicha

CALMA CHICHA

Al asomarse al abismo azul de los ojos de Nerea, sintió Mauro cómo la inmensidad del océano lo apresaba, lo envolvía y zarandeaba, y cómo la resaca lo arrastraba mar adentro cuando la muchacha de trenzas rubias y labios color frambuesa le dio su primer beso.

Al chico, el vértigo le duró no solo el verano que se conocieron sino toda la vida entera ―que pasó junto a ella a merced de olas, mareas y vientos― hasta hoy, setenta años más tarde, que sentado en el lecho de Nerea llora mientras intenta inútilmente calentar sus manos heladas, sus dedos yertos.

Bambalinas

BAMBALINAS 

En la función de esta tarde a uno de los elefantes se le ha escurrido del lomo el chimpancé vestido de esmoquin que cabalgaba sobre él y lo ha pisado espachurrándole medio cuerpo. El león, que observaba la escena mientras tenía la cabeza de un caniche entre sus fauces, se ha distraído y ha cerrado de sopetón la mandíbula sin darle tiempo a que reaccionase. Como resultado de ambos incidentes, la cuna de la bebé, donde Hugo se ha metido a jugar, es ahora un caos de guata y peluches desmembrados.

Quizá mamá se enfade con él cuando termine de agitar el sonajero a la recién nacida, de hablarle con esa lengua de trapo, de jabonarla en su bañera de plástico, de entretenerla con el patito amarillo, de ponerle polvos de talco, el pañal y el pijama de algodón orgánico, de calentarle el biberón al baño maría, de observar embelesada como succiona la tetilla, de sacarle con palmaditas los gases, de pasearla en brazos por el pasillo hasta que se quede dormida. «O quizá», piensa Hugo esperanzado, «me haga un poco de caso».

              

Baile de salón

BAILE DE SALÓN

Benita y Julián se mueven al son de las coplas que animan la noche del centro de mayores. Ella abrazada a su cuello, él rodeando delicadamente su cintura con las manos. En los vaivenes, Benita gira un poco la cabeza, lo justo para rozar con su pómulo la perilla blanca bien recortada. Entonces deja escapar un suspiro, «aahh», se siente tan confortada.

Julián le hace sentirse una mujer deseada. Con eso le basta.

Regresa después a casa, camina ligera por la acera, aminora la marcha, que le dé el aire frío en la cara. Tiene la respiración desbocada, el cuerpo ardiendo, el alma embriagada. Abre el portal con manos temblorosas y en el espejo del ascensor contempla con arrobo su rostro encendido, su mirada ilusionada.

A Fermín le cuenta que ganó al chinchón y él, después de tantos años viéndola apagada, sonríe, y es una alegría sincera, le sale de dentro ver feliz a su amada, aunque se le pone un rictus de dolor que ella confunde con la incomodidad de la cama articulada. Pero no es eso, no, es que no logra acostumbrarse al olor a loción de afeitado que queda cada viernes flotando en la estancia.