miércoles, 4 de mayo de 2022

Sus labores

SUS LABORES

Hace un par de semanas, mientras Marushka quitaba a paladas la nieve del tejado de su cabaña, resbaló y cayó desde gran altura, rompiéndose una pierna y las dos muñecas. A sus noventa años, acostumbrada a hacer ella todo lo de la casa, da ahora órdenes al marido desde la cama.

—¡Alexei, hace media hora que te he pedido el orinal!
—¡Alexei, atiza la chimenea, que me estoy quedando helada!

—¡Alexei, échale agua y hierba a la cabra!
—¡Alexei, eres un inútil, te estás haciendo viejo!

Y el pobre anciano, que lo único que sabía hacer era beber vodka en la cantina y cantar con sus amigos, tuvo que ponerse el delantal y obedecer, qué remedio. Por suerte, está aprendiendo rápido y lo que más le gusta son los fogones. Ya sabe preparar paté de caviar y unos arenques con salsa agria que consiguen dejar boquiabierta a su exigente mujer.

 

 

Superstar

 SUPERSTAR

Sombra aquí, sombra allá. Colorete para realzar los pómulos, labios perfilados y carmín rojo con efecto gloss. Dientes alineados del color de la porcelana blanca. Agua oxigenada para aclarar la melena de ella, el tupé de él. Chaqueta de lentejuelas para él, vestido de látex negro para ella, marcando las tetas o, mejor dicho, dejando media teta fuera. Mucho brilli brilli, glamour y purpurina, gafas de diseño, manicura perfecta.

Pero nada de esto ve Wendy en el televisor de su cocina, mientras fríe en aceite unas arepas para la cena. Ella tiene la mirada fija en la larguísima alfombra roja que sale en todas las imágenes: inmaculada, sin arrugas, perfectamente dispuesta. Y se siente muy orgullosa de la tarea bien hecha.

Río revuelto

 RÍO REVUELTO

El domingo que se desbordó el río que atravesaba el pueblo lucía un sol espléndido, así que todos los chavales estaban jugando en los columpios donde la chopera. A Lino no le dejábamos ir allí, porque es muy torpón y temíamos que pudiera resbalar y llevárselo la corriente, pero algunas veces desobedecía, dejaba encendida la tele y salía sigilosamente.

Aquel día de marzo soplaba con tanta fuerza el sur que derritió de golpe la nieve de las montañas, provocando una gran riada. Cuando vimos que Lino no estaba en casa, salimos para allá corriendo, pero las aguas turbulentas arrastraban todo a su paso y contemplamos impotentes cómo era engullido por el lodo.

Como a esa edad hay muchos niños similares a él, mi marido y yo cruzamos una mirada de apremio y no tardamos ni un segundo en tomar la decisión de empujar al río a los papás de Telmo.

Pura

 PURA

Mientras vemos en la tele un programa después de dar la cena y acostar al abuelo, Pura señala la pantalla y me dice que me fije en los labios carnosos de una, en el culo respingón y las tetas firmes de otra, en aquella cintura de guitarra de la de más allá. Y, de manera inconsciente, se lleva las manos a su tripita y a su seno derecho, el otro no está, y la veo tan triste que le tomo suavemente de la barbilla, giro su cara hacia mí, beso sus párpados, su nariz, hasta que consigo sacarla una sonrisa, y sigo besando sus patas de gallo, sus arruguitas de reír, sus ojeras hinchadas y siento en lo más profundo de mi corazón que es del todo imposible amar a nadie así.

Paseo

 PASEO 

Con mi amigo Nacho nunca me aburría. Siempre que íbamos a algún sitio, se fijaba en los detalles más inesperados: un búcaro en el cuadro de «Las Meninas», un grafiti de Banksy en la pared del baño de una tasca, el móvil 5G que asomaba en el bolsillo de un mendigo, un tendal donde ondeaba la máscara de un payaso… Algunos domingos de invierno, de esos de lluvia tediosa y aburrimiento, le llamaba para dar una vuelta por alguna parte desconocida de la ciudad. Me encantaba descubrir, a través de su mirada, sus calles y plazas; incluso en aquellas que habitualmente recorría, me señalaba alguna particularidad en la que ni me había fijado.

Hace un par de años quedamos para hacer un itinerario por el barrio fantasma: una zona deshabitada por estar sus edificios enfermos debido a «un conjunto de molestias y males como la mala ventilación, la descompensación de temperaturas, humedades, partículas en suspensión y gases y vapores químicos» y no sé qué más, porque no me dio tiempo a terminar de leerlo en el código QR que había a la puerta de una librería cerrada. Un golpe de viento arrancó de la fachada el letrero oxidado de «Libros» que estaba justo encima de donde se encontraba Nacho.

Desde entonces me quedó por dentro como un temor a la exploración y la aventura que antes tanto disfrutaba. Por eso ya solo viajo en excursiones organizadas, nada de improvisación, con todos los circuitos, comidas y hoteles programados. Sin embargo, siempre, siempre, y gracias a aquellas salidas con Nacho, descubro algún detalle oculto en el lugar más inesperado.

 

Órganos

 ÓRGANOS

No se han olvidado de traer un par de botellas de whisky, hielos y unos vasos largos, porque lo de hoy es como para celebrarlo: un condenado a muerte de solo dieciocho años, con su hígado rosado, sus pulmones intactos, los riñones en perfecto estado.

—¡Esto no se ve todos los días! —brindan los cirujanos mientras realizan la extracción.

El quirófano es clandestino, sí, pero los funcionarios y toda la cadena de mando están conchabados, todos se llevan su comisión. Y además, ¿qué hay de malo en que las vísceras de un negro descarriado terminen sirviendo de algo?, comentan entre ellos, mientras se pegan sus buenos lingotazos.

Lo de sacar los ojos del ajusticiado lo dejan siempre para el final, porque asomarse al pozo oscuro de su mirada llena de pánico, de súplica, de terror y desesperación, es mejor hacerlo cuando ya están totalmente borrachos.

Océanos

 OCÉANOS

Ir pisando arena en la exposición de fotografías del comandante Jacques Cousteau le da un encanto especial. Ver por las esquinas caracolas y conchas, la espuma del mar salpicando las paredes y hasta algún cangrejo huyendo hacia atrás y amenazando con sus pinzas es algo que fascina al público que la visita. Si añadimos, además, el olor a algas y salitre y los graznidos de albatros y cormoranes que envuelven la galería, todo el mundo coincide en que es una experiencia única que nadie debería perderse.

Lo que no gusta tanto a la gente es salir de allí con cagadas de gaviota en el pelo.

Obra póstuma

 OBRA PÓSTUMA

En su última exposición, el joven artista iba de acá para allá tambaleándose, mecido por la espuma del champán y la heroína. Mientras, el dueño de la galería se frotaba las manos; había acordado con el pintor unos precios muy elevados y como lo más chic de New York no iba a perderse tal acontecimiento, se estaba vendiendo todo de maravilla.

En pleno colocón, el artista metió las manos en unos frascos de témpera y pintarrajeó una chaise longue que había en una esquina y una Bultaco. Y si te acercabas lo suficiente a él y tenías la suerte de que diese un traspié, tropezara y apoyase su mano pringosa en tu chaqueta o vestido, te ibas a casa con una obra de arte puesta. ¡Que ni se te ocurriera meterla a la lavadora!

Para cuando, dos horas más tarde, vino una ambulancia y se lo llevó en coma al hospital, ya no quedaba nada por vender, así que todas las miradas se dirigieron a la moto y el sofá, que no estaban en el catálogo, y comenzaron a hacer pujas.

 

"Novedades Paquita"

«NOVEDADES PAQUITA» 

Le costó a Paquita decidirse a contratar un CEO y un Community Manager para reflotar su negocio. «Reinventarse», habían dicho ellos. Desde que pusieron una franquicia de la competencia en el local pegado al suyo no le alcanzaba ni para pagar la renta, y eso que era un alquiler antiguo y su género mil veces mejor.

Les dejó la llave un viernes por la tarde y marchó el fin de semana a donde su tía al pueblo. Cuando el lunes fue a abrir, se encontró la acera llena de vecinas que murmuraban entre sí. Lo primero que vio fue el nuevo letrero: ahora se llamaba «Françoise París». Muy chic le pareció. Después se fijó en el escaparate: estaba lleno de neones y cosas que no guardaban relación con su actividad empresarial, y letreros que ponía que si Season, que si Sales, que si Outlet, que si Spring. Pero lo importante, le había dicho el CEO, era llamar la atención, que la gente se fijara, que todo el mundo se parase a mirar.

Lo de dentro había quedado muy en plan minimalista, más neones y pocos percheros y baldas. Tardó un rato en hacerse con el lugar y encontrar las prendas. Se fijó en las etiquetas de los precios y ahí sí que alucinó: casi el doble habían subido los precios en aquellos dos días.

Pero conforme avanzaba la mañana y la calle iba llenándose de gente, empezó a entrar clientela a mirar, a preguntar y a probarse, y Paquita, toda una profesional de lo suyo, pues encantada haciendo lo que mejor se le daba: asesorando de bragas de puntillas o algodón, sujetadores con aros o sin, fajas, rellenos, pantis, encajes y satén.

 

 

Noches de verano

 NOCHES DE VERANO

Durante aquel verano de 1985 coincidíamos cada noche en la discoteca del puerto. En cuanto terminaba en la tienda de souvenirs de mi tío, me iba para allá corriendo y sentadas en la barra solían estar Irene y su prima Bea. Bea cada día más guapa, el pelo más rubio y la piel más bronceada. Me atrevería a decir, incluso, que la falda más corta y la camiseta de tirantes más pegada, marcando los pezones y dejando ver claramente la redondez de sus tetas. Todos los chicos andaban tras ella, y se turnaban para invitarla a porros o cervezas, para después meterle la lengua en la boca, el dedo por abajo o lo que se pudiera, que cada vez estaba más suelta.

Había siempre un corrillo en torno a Bea que Irene y yo aprovechábamos para escapar de las miradas y meternos debajo de una barca varada en la arena.

 

Melancolía

 MELANCOLÍA

Cada sábado el recluso Chester W. Jones espera impaciente a que abran la biblioteca de la penitenciaría para devolver la revista de la semana anterior y recoger con ilusión una nueva. Con el carné de lector y una cuota simbólica de un dólar al año, se ha suscrito a todas: de coches, de bricolaje, de decoración del hogar, de recetas de cocina. Las de porno y tías desnudas, que eran las que le obsesionaban de joven antes de que le enchironasen, esas no, esas las tiene prohibidas. 

Cuando llega un nuevo ejemplar, corre a recluirse en su celda, se acomoda en el camastro, lo abre y mete la nariz entre sus páginas. Primero emplea unos minutos en aspirar el olor del papel cuché y, una vez saciado, se centra en las fotos de los anuncios, que es lo único que le conecta con la vida. Se deleita entonces con el aroma de los perfumes, Chanel y Lancôme son los que más le gustan. Luego pasa la lengua por las hojas donde hay botellas de ron, de tequila, y sigue avanzando por la revista dejando que sus dedos acaricien el pantaloncito o la faldita de cada niña, sus labios se posen en los de cada mujer y sus ojos se llenen de sus pechos voluptuosos, de sus sonrisas dentífricas, de sus caras de felicidad, de su alegría.

A lo largo de la semana manosea, olisquea y chupetea repetidamente la publicación hasta el sábado siguiente, que la devuelve toda húmeda y descolorida. Y con cada nueva entrega no tarda en hacérsele la boca agua al recluso Chester W. Jones mientras se dirige a toda prisa a su celda. 

Mascotas

 MASCOTAS 

La habitación de Candy estaba siempre perfectamente arreglada: cada juguete en su sitio, cada cosa en su lugar. Y limpísima. Pasabas un dedo por cualquier balda y ni una mota de polvo; en la moqueta, ni una pelusa ni un calcetín tirado. Abrías el armario y te encontrabas sus falditas dobladas con esmero y las blusas colgadas en perchas, ordenadas por colores. Los zapatitos, relucientes; las playeras, sin barro ni nada. Todo así, en ese plan.

Además era ella quien lo hacía, no su mamá. Su mamá solo entraba cuando la nena estaba en el cole, y solo cuando olía mal. Retiraba entonces algún animalillo recogido en la calle. Esta mañana, por ejemplo, encontró en una caja de cartón los tres cadáveres mutilados de tres ratas enormes, menudo asco le dio, todo salpicado de vísceras y sangre. Por lo demás, quitando esa manía, su Candy era tan adorable, tan angelical.

Lo sustancial

 LO SUSTANCIAL

«¡No me lo puede creer!», grita Matilda fuera de sí, yendo de un lado para otro de la habitación donde se está vistiendo, «¡esto no puede estar sucediendo!». Un año entero preparando la boda, todo tan bien organizado, y justo unos minutos antes de salir, cuando ya no tiene arreglo, va y le tiene que pasar esto. Con lo laborioso que fue conseguir un sábado de agosto la ceremonia en la catedral, encontrar una limusina blanca con asientos de cuero, la reserva del restorán del club, el banquete de diseño, reunir a unos invitados tan selectos, la orquesta más chic del momento, fuegos artificiales y cóctel de champán, fiestón y Paquito el Chocolatero. Todo calculado al milímetro, hasta el más mínimo detalle del uniforme de los camareros. Y su traje de novia, lo más de lo más, realzando a tope su moreno y su nueva talla de pecho.

Pero los nervios, las prisas, el ponme el moño más tieso, un manotazo sin querer en el espejo ¡y adiós a la uña del dedo donde iba a ir el anillo! Un horror, se desespera Matilda imaginando las fotos de recuerdo. Un drama, una tragedia, se dice mientras posa su mirada en la tele que alguien ha puesto. El boletín de noticias lo ocupa desde hace una semana la erupción de un volcán en Japón. Decenas de muertos sepultados bajo la lava, pueblos enteros borrados de la faz de la Tierra, pero a Matilda eso qué más le da, si está muy lejos. Lo realmente grave es que hoy iba a ser su gran día y la ruina de verdad es lo de su uña partida.

Las palabras son cansancio

LAS PALABRAS SON CANSANCIO 

«No resistiré otro golpe», gimió Gustavo mientras aquel peso pesado le empujaba contra una esquina del cuadrilátero. «A m´hija le quedan las lentejas… Mmm». Era una lucha desigual que su contrincante aprovechaba con cada gancho. «Fíjate qué sarpullido tengo aquí…». La gorda no descansaba y el siguiente directo le dejó contra las cuerdas. «Este es Lucas, mi sobrino nieto, a que es gracioso…», le espetó con voz triunfante pegándole la pantalla del móvil a la nariz.

Cuando sonó la campana y se abrió la puerta del ascensor, Gustavo se juró y perjuró que en adelante subiría andando hasta su oficina.

 

La vida misma

 LA VIDA MISMA

Cerró su Instagram nada más casarse y nacer la cría y borró todas sus fotos. No dejó ni una. En ellas aparecía siempre en situaciones de lo más temerario y provocador: o estaba haciendo el pino con una mano en el borde de una azotea nevada, o colgada bocabajo de un puente sobre la M30, o saludando con todo el cuerpo fuera de un vagón de metro a punto de entrar en un túnel… En unas lucía un bikini diminuto o un vestido de tirantes, siempre tan mona y glamurosa, y en otras llevaba puesto un abriguito sin nada debajo. Aún le tiembla el cuerpo al recordar las tonterías que hacía, ¡con lo friolera que era y el vértigo que tenía! Pero nada comparado al pánico que siente ahora que su hija de diez años, tan parecida a ella, ha conseguido que su ex le regale un móvil 5G.

La señora Williams

 LA SEÑORA WILLIANS

Vivir en mitad de un bosque a treinta kilómetros del pueblo más cercano tiene sus ventajas. La principal, a juicio de Harriet, es la ausencia de miradas indiscretas, de visitas inesperadas, de dimes y diretes, de murmullos y cotilleos. Se vino hace siete años a vivir a esta cabaña de un antepasado suyo y, según sus cuentas, pronto, muy pronto, podrá mudarse al apartamento soleado frente a la costa californiana que está pagando. Ya falta menos para abonar la última letra.

El inconveniente es que, si se descuida y no airea y limpia con la suficiente frecuencia, entra la maleza y lo invade todo. Lo que más lata le da es quitar el musgo, las raíces y las enredaderas del cárdigan de Arthur, porque le resulta súper laborioso volver a meter las mangas al cuerpo amojamado del difunto marido a quien, después del telele que le dejó tieso hace siete años, mantiene escondido para poder seguir cobrando su pensión.

La felicidad era aquello

 LA FELICIDAD ERA AQUELLO 

Mientras yo crecía no me daba cuenta de que el abuelo iba haciéndose viejo, pero siempre encontré tiempo para escuchar sus relatos de habitantes del bosque, de animales fantásticos, de lejanos reinos.

¡Con cuanto cariño le recuerdo! Estaba siempre jugando conmigo o contándome cuentos. Gesticulaba con la cara y las manos y con una voz riquísima en matices —lo mismo era un granjero, una bruja, un cerdito, una piedra o hasta el viento— se inventaba mil historias. Un día, mientras describía una tormenta de nieve sobre las casas de los elfos, el abuelo se perdió para siempre entre la bruma y aunque se fueron disipando sus pensamientos y empañando su mirada, nunca se apagó aquella luz chispeante en sus ojos. Desde entonces hablaba solo, o a las paredes, o al fuego, pero escuchándole supe que sus últimos días los pasó feliz, muy bien acompañado por los personajes de sus cuentos.

 

 

Juego de niños

 JUEGO DE NIÑOS

Entre el sol abrasador que caía sobre sus cabezas durante el día, las heladas nocturnas, las botellas de aguardiente que bebían para combatir el frío y poder conciliar el sueño y su extrema juventud ―apenas sumaban entre ambos cuarenta años―, los dos aspirantes a combatientes perdieron el juicio tras cuatro meses de prácticas en pleno desierto.

Una noche, tras su segunda botella, danzaron con el viento y jugaron a la ruleta rusa. Fue Shafik quien apoyó el arma en su boca y disparó. Afortunadamente, la bala salió por la oreja causando solo una herida, pero al sentir el sabor de la sangre cayó desplomado del susto.

Con tanto alcohol en su debilitado cuerpo, soñó que lo habían enterrado en un reloj de arena. Y que irremediablemente, cada minuto, era engullido y arrojado al otro lado del mismo.

Cuando despertó con aquella terrible resaca, juró que jamás volvería a beber.

I + D

 I + D 

Daba gloria ver las vacas de Manuel, con las ubres tan llenas y sin pegotes de boñiga en las patas. Durante la mañana pastaban por las brañas, al atardecer sesteaban a la sombra de fresnos y hayas y por la noche las lavaba con agua tibia y las cepillaba. Después les ponía jazz, para que se relajaran.

Había instalado unos altavoces en el establo y al comprobar que la producción de leche aumentaba, colgó de una pared una pantalla gigante donde, antes del amanecer, proyectaba vídeos de verdes praderas y toros bravos. Entre la paja donde dormían, puso como adorno unas esculturas de piedra granulada que ellas aprovechaban para rascarse la testuz.

Tanta leche daban que a Manuel se le ocurrió elaborar un queso de nata que le salió riquísimo.

—Eres un artista —decían quienes lo probaban. Pero él, humilde, insistía en que todo el mérito era de las vacas».

Enamorada

ENAMORADA

Qué guapa va Melody, camino del altar. Por fuera, da gusto verla: la piel color canela, ¡nada de rayos ultravioleta!, gracias a los paseos en yate por la costa caribeña. El vestido de diseño, de Yves Saint Laurent, en tonos pastel y con escote de balcón, por donde se asoman a saludar a quien quiera mirar sus tetas. También lleva una tiara de diamantes que ya quisiera para sí la reina de Inglaterra. Aunque lo que más llama la atención, si uno se fija bien, es el brillo intenso de sus ojos.

Pero por dentro, en cambio, la pobre va fatal: los intestinos, desde el amanecer, es un no parar, con retortijones y diarrea; el estómago no lo ha tenido nunca más revuelto, ni después de una noche de champán y desenfreno; tiene la piel de gallina, y eso que el termómetro marca treinta grados y subiendo; y en la boca, nota el sabor del vómito que pugna por salir, pero ella traga, disimula y sonríe a los fotógrafos del papel cuché, que venga flashes y más flashes, vaya mareo.

Uno podría pensar que es que anoche estuvo de juerga y que el resacón es de primera. O que la leche del desayuno estaba agria y ahora tiene un corte de digestión. O que la mujer es nerviosa y oye, que se casa, y es normal que esté atacada. Pero mira, no, no es nada de eso. Lo que siente es un asco tremendo, un desprecio absoluto hacia su persona por casarse con ese anciano millonetis que cada día le firma los cheques para gastar en joyas y ropa cara en las más lujosas boutiques, y por las noches le exige que le chupe su verga fláccida hasta que se pone un poco dura y correrse, que a veces tarda horas. Y la pobre chica lo sobrellevaba bien, se había puesto mentalmente en modo aséptico con el viejo, hasta que cayó enamorada ―«nunca me enamoraré de un muerto de hambre», se había prometido al salir de su pueblo en Arkansas― del jardinero, un vikingo de casi dos metros.

Por eso la muchacha se halla ahora en esta disyuntiva: su corazón late desbocado por Haakoon mientras que sus ojos, como el Tío Gilito, brillan deslumbrados por el destello del dinero.