lunes, 26 de diciembre de 2022

Autopsia

AUTOPSIA

A Hilda le parece preciosa la letra del doctor. Mientras pone una lavadora con las sábanas sucias, observa admirada su caligrafía: eses como cuellos de cisne, mayúsculas que se estiran altivas, vocales saltarinas que parecen estar vivas. Lleva escrita una hoja entera sin tachones ni enmendaduras.

Ha venido en cuanto ella le telefoneó. Está sentado frente el cadáver del esposo, anotando la causa de la muerte. El desgraciado tiene el rostro como un pergamino, los labios morados y la lengua negra bajo el bigote gris. Hay vómito húmedo en el pijama y está hasta arriba de caca líquida, se ve que ha vaciado enteras las tripas, piensa el doctor mientras apunta en su cuaderno que una soga ficticia le quebró el cuello y murió asfixiado por ahorcamiento.

También piensa, mientras redacta una nota de suicidio llena de faltas de ortografía, que esa mujerona lujuriosa se ha pasado con el matarratas.

Voces

VOCES

Interrumpen el sueño de Clara dos gorriones que trinan alborotados en el alféizar de la ventana. «Algo va mal», murmura, amodorrada. Sin fuerzas para despegar los párpados, y aunque quisiera no oír nada, le deslumbra a través de la persiana la claridad del día y le llegan las bocinas de los coches, un frenazo en el asfalto, el bullicio del tráfico ahí abajo.

Contra su voluntad, cuenta las ocho campanadas del reloj de la iglesia. Lentamente, va percibiendo también los sonidos de alrededor: el goteo de un grifo mal cerrado, el despertador del vecino, una pinza que cae al patio. Y, de pronto, las voces. Al principio son un murmullo lejano, pero van acercándose a ella hasta susurrarle al oído, recriminándola, «qué haces sobre tu vómito, qué asco das, eres una desgraciada».

Se sienta en la cama y hunde la cara en la almohada, «no puedo más, no quiero oíros, marchaos», pero las voces no callan. Como se hace tarde, se recompone como puede y se seca las lágrimas para no alarmar a Laura al despertarla, y mientras le prepara el Cola-Cao y un bollo para el recreo calcula mentalmente que con dos blísteres, la próxima vez, no podrán despertarla.

 

Atrezo

ATREZO

Cuesta entender que las calles de Avalon amanecieran cada día ocupadas por tenderetes que ofrecían manzanas al visitante. Y no porque estuviesen podridas, o con gusanos, o picoteadas por las aves, nada de eso, al contrario. «One apple a day keeps the doctor away», podía leerse en las cajas que contenían ese fruto de un olor penetrante, de un color rojo, amarillo y verde que hipnotizaba, de un sabor, dulce o ácido, que hacía la boca agua.

Lo sorprendente era que en sus barrios y plazas había cientos, miles de manzanos a rebosar de frutas en sus ramas. Entonces, ¿para qué ir al mercadillo a comprarlas, si podías cogerlas gratis del árbol? Aquella mañana, todo parecía indicar que nada había cambiado y no se veía ni un solo ciudadano por las callejuelas desiertas, ni ningún vendedor detrás de la mercancía. Porque Avalon es una isla mitológica que unas veces sí, otras no, aparece entre las brumas de los pantanos.

martes, 14 de junio de 2022

Boletín de noticias

BOLETÍN DE NOTICIAS

Salvo cuando hay cortes de electricidad y para soportar el silencio que les rodea, el televisor de los Petrov está siempre encendido. Cada cincuenta minutos irrumpe en todos los canales un militar dando el parte de guerra y se llena la pantalla de imágenes tremendas: autobuses incendiados, hospitales sin ventanas, niños con vendas en la cabeza, muertos en las aceras.

En la despensa de los dos ancianos aún quedan arenques en conserva y mermelada de grosella. Resistirán, dicen, hasta que acabe la contienda. Mientras, se turnan con el mando a distancia para no ver los informativos, para no morir de pena.

En la Toscana

EN LA TOSCANA

Las manchas de tomate en el mantel de hilo se quitan vaya, algo tienes que frotar, pero las de vino son más complicadas. Por eso hay que dejarlo toda la noche a remojo en una palangana, con agua caliente y polvos de oxígeno activo, que ayudan a eliminarlas. A veces, cuando lo vas a tender, te das cuenta de que aún queda el cerquillo y hala, a repetir todo el proceso desde el principio: frotar, remojo, lavar y colgar para secar.

Y esto a otra persona le da igual, hay sirvientas que hacen su trabajo, terminan la jornada, luego dan las buenas noches y se van a la cama, sin que se les ocurran cosas raras. Pero Antonella no es una mujer muy equilibrada que digamos y cada día está más y más enojada, se enfurruña ella sola, porque nadie la escucha en esa casa. Ella propone poner manteles de papel, comer sopa, salmonetes al horno, patatas guisadas, y beber agua. Pero los Lombardi que no y que no, que quieren la mantelería fina, y el vino Chianti, faltaría más, y espaguetis a la boloñesa, para comer y cenar, y a la pobre Antonella la tienen tan rabiosa que por su cabeza están empezando a circular ideas descabelladas. Y no vamos a adelantar acontecimientos, que seguro que es un pronto y se le pasa, pero hoy se ha puesto a buscar en Internet cómo se hacen desaparecer las manchas de sangre en una colada.

Cinema

CINEMA

Cada año, la mañana de Navidad, conducía nuestro padre hasta el pueblo para traer a la tía Fuencisla. La llamábamos «tía y pico», porque era hermana o prima o pariente lejana de una bisabuela de mi madre. Realmente, nadie de la familia conocía su verdadera filiación, pero ya era tradición que por Navidad se sentase siempre a nuestra mesa.

Para la ocasión, la peluquera de su residencia le quitaba las horquillas del moño, le echaba un champú para dar volumen y le secaba el pelo al aire, para que quedase más suelto. Después en casa, había que tirar de ella para que dejara de mirarse en el espejo de la entrada. Se la veía feliz con su pelambrera morada y gris, aunque a mí me recordase a un león. Como además estaba media sorda y tenía un buen vozarrón, cada vez que abría la boca para pedir otro langostino o más moscatel, sonaba como un auténtico rugido y me parecía que temblaban las paredes y se movían las cortinas del comedor.

Recuerdo que al principio le tenía un poco de miedo. Pero después de los postres, mi hermano mayor me llevaba al sofá del salón y se sentaba entre ella y yo, y mientras seguía comiendo mazapán y turrón y bebiendo alguna copita más de aquel vino dulce tan cabezón, no paraba de contarnos unas historias entretenidísimas que escuchábamos con la boca abierta. Y después, justo antes de quedarse roque, siempre nos daba un billete de cien pesetas, con la condición de que nos lo gastásemos esa misma tarde en ir al cine a ver una película «de esas americanas en color».

Juegos de niños

JUEGOS DE NIÑOS

Le había prometido Mirta al hijo el regalo que quisiera si aprobaba el curso, convencida de que suspendería. Por eso se le puso esa cara de incredulidad y alegría cuando el niño, que no abría un libro ni de casualidad y estaba todo el día en la calle con los pandilleros, pasándose el balón, oyendo rap o fumando, que aunque él lo negaba ella no era tonta, que le olía el aliento, trajo las notas a casa: todo cincos pelados, pero el año que viene iría al instituto.

Pensaba que le pediría un patinete eléctrico, las zapatillas Air Jordan o un videojuego, pero cuando escuchó lo que quería se le ensombreció el semblante.

―El juego de investigador forense o una cartuchera con revólver.

Lo que me faltaba, pensó, mi hijo de bandolero con un arma por el barrio. El dilema estaba entre elegir tener al niño husmeando por el piso en busca de ADN, rascando con el palito el sofá, el mando a distancia, las dos copas de vino de la noche anterior, recogiendo pelos de su almohada, de la toalla de la ducha, sacando sus bragas de la lavadora para recoger restos orgánicos y dibujando el retrato robot de su amigo Antón cada vez que venía a verla, arriesgándose a que se fuese de la lengua cuando el padre volviese el viernes por la noche con el camión… o las dichosas pistolas.

Y eligió, aun sabiendo lo que opinaban las otras madres de los juguetes bélicos.

 

Los últimos atlantes

 LOS ÚLTIMOS ATLANTES

Mientras tensaban las velas de las dos naves que aún flotaban y se proveían de manzanas, tiras secas de anguila, agua dulce, además de herramientas, planos y manuales de construcción, los únicos supervivientes presenciaban, a través de una nube de ceniza, cómo un río de lava incandescente engullía su isla. Todo el esplendor de una civilización levantada sobre aquella tierra fértil, protegida por dioses esculpidos en oro en templos que rozaban el cielo, se hundía en el océano.

Les llegaba el agua por el pecho cuando, entre lágrimas, se despidieron. Uno partiría hacia Egipto, el otro llegaría a la costa de México.

Malvas y blancas

MALVAS Y BLANCAS

Sale el sol aligerando de rocío las telarañas y despertando los aromas del campo: limón, lavanda, tierra mojada, estiércol fresco de vaca. Se oyen ladridos, ruido de tractores, el trino de aves alborotadas.

De estos sonidos y olores, Hanna no percibe nada. Cada mañana disimula los pinchazos en el pecho para no preocupar a sus compañeras del albergue, que intentan animarla charlando con ella, sacándola a pasear. Llega después la traductora y les enseña en español el nombre de algunas plantas: hortensias, margaritas, lirios, jaras.

Pero su mente está en su balcón, a miles de kilómetros de distancia. Allí tras el verano no sobrevivían ni azaleas ni camelias ni nada; se amustiaban en cuanto se debilitaban los rayos de sol. Además era tan pequeño que apenas cabían cuatro macetas, el tendal y la silla donde se sentaba Viktor a fumar. Siente otra punzada en el alma al recordar cómo le reñía cuando se encendía un cigarrillo, ¿no tragas bastante humo en la fábrica?, solía decirle, mientras le quitaba el paquete enfadada.

Hanna escucha esas palabras extrañas y reza en voz baja. Solo pide que su corazón resista, para poder regresar y depositar una corona de flores en su tumba improvisada.

 

 

Encantamiento

ENCANTAMIENTO

Le pareció mágica su luna de miel rural: el murmullo del arroyo acompañado del coro de ninfas y hadas, los cientos de cometas que surcaban un cielo de purpurina malva y, por supuesto, las caricias y el revuelo de sábanas en el colchón de agua.

Cuando los días de ensueño terminaron, ya todo le molestaba: el canto del gallo de madrugada, oír a cada hora las campanadas, las arañas dentro de la habitación, las vacas llenas de boñiga pegada…

Más adelante se enteraría de que aquello era lo normal; en un segundo se rompe el hechizo y pasas de novia a casada.

Sapiens

SAPIENS

Andan últimamente apáticas las musas, sin ánimo de acompañar al artista en sus momentos de éxtasis creador. Muchas no se levantan hasta después del mediodía y se pasan la tarde bostezando, deseando volverse al jergón.

Las que alumbraron aquellos cazadores abatiendo bisontes en las cuevas prehistóricas temen la ira de los animalistas; las del David desnudo, las bacanales renacentistas, la Lolita de Nabokov, causan indignación entre el sector más conservador; las de los cuentos infantiles como La Bella Durmiente o Caperucita son acusadas de tóxicas y sexistas; y las que inspiran las canciones de reguetón y desamor han sido condenadas a la hoguera y amordazadas en un rincón.

Una de las que aún resisten se presentó hace poco ante un escritor. Pero cuando este se bloqueó con un párrafo donde una puta negra de tetas flácidas era brutalmente sodomizada en un callejón del Bronx, la musa hizo ¡Plof! y desapareció.

 

 

domingo, 8 de mayo de 2022

Carnal

CARNAL

Se le ha pasado por la cabeza meter en el jacuzzi que hay en la azotea del chalé pirañas y así, cuando como cada tarde se sumerja junto a ella en el agua burbujeante mientras en el horizonte se diluye el sol y empiezan a parpadear estrellas, morir juntos, morir de amor, morir para siempre con su reina.

«Me estoy volviendo majara, ¿de dónde saco estas ideas?», se dice en un instante de lucidez, frotándose los ojos enramados de no dormir, que lleva cuatro días en vela desde que llegó la nueva doncella. Que dice que como el uniforme le aprieta, anda todo el día desnuda, y él solo de ver sus nalgas ya se marea. Y a nada que se descuida aparece silenciosa por detrás, le rodea la cintura con sus brazos color canela y desliza una mano por dentro del pantalón mientras chupetea golosa su oreja. Entonces es cuando él pierde la noción del espacio, del tiempo y hasta de la gravedad, y se convierte en el juguete de ella, que parece que nunca se cansa. Porque tras dejarle sobre la cama empapado en sudor, recuperando el aliento, se pone a probarse frente al espejo del vestidor, moviendo con gracia las caderas, bikinis y lencería de seda, como si fuera la dueña y señora de la mansión, ¡y qué bien que le sientan a la puñetera! Y en vez de ayudarle a ventilar, quitar el polvo, limpiar la piscina, llenar la despensa, podar los rosales, que la familia está al caer para comenzar su veraneo, lo tiene del todo hechizado, tan arrebatado que está perdiendo la razón y percibe borroso y desdibujado, o más bien no lo percibe, el límite entre amar y morir desmayado de amor.


miércoles, 4 de mayo de 2022

Zafarrancho

ZAFARRANCHO

Qué duro le estaba resultando a Marta comprobar que de la casita de chocolate apenas había quedado en pie alguna pared de turrón y poco más. El helado se había derretido y chorretones de fresa, vainilla y limón cubrían por completo toda la estancia. Las nubes de algodón estaban ahora esparcidas por el suelo, junto a chicles, caramelos y piruletas, y los bombones, mazapanes y regalices se amontonaban por todas las esquinas formando una maraña, como un bosque después de un vendaval.

Respiró hondo, retiró con un dedo una lagrimita tonta que estaba que si caigo, que si no, cerró de golpe el libro de cuentos y lo metió junto al resto de tebeos, cuadernos escolares y juguetes de Mario en una caja de cartón. ¡Ay, su chiquitín, dieciocho años ya, qué rápido pasa el tiempo!, pensaba abatida mientras se ponía —por fin— con la limpieza del trastero.

Vencida

VENCIDA

Hoy ni pinto mis labios de rojo, ni máscara en las pestañas,  ni colorete me pongo. Lo sorprendente es que miro mi cara lavada en el espejo del baño, sin maquillaje, ni pendientes, y siento que ya me da igual todo.

En cuanto dejen de temblarme las piernas saldré al descansillo, entraré en el ascensor y daré al botón, pero no del bajo, sino del último piso. Me he metido en la braga un destornillador para romper el cerrojo de la puerta de la azotea. Entraré y caminaré los cuatro pasos que hay hasta el borde. A partir de ahí, terminará toda esta angustia, toda esta miseria. Después, levantarán los bomberos mi cuerpo del asfalto y vendrá el juez. Unos ignorarán, otros se burlarán, de mis uñas pintadas, mi cuerpo depilado, la silicona…  Seré Miguel, un hombre más en las estadísticas y no Fanny, la mujer que siempre quise ser.

 

Vapores etílicos

VAPORES ETÍLICOS

Le pilló a Cayetano el fatal accidente de su tío con tal cogorza que en el velatorio no fue capaz de sacarse de la cabeza el estribillo del tema que sonaba en el tugurio donde estaba cuando recibió la noticia:

    «Pero al loro,


    que el destino es un maricón,


    sin decoro,


    te da champán y después chinchón…»


Así todo el puñetero día, con ese runrún en plena resaca. Más soportable sería, pensaba exasperado, la tortura china de la gota de agua en la frente cada cinco segundos.

Tan rayado estaba que empezó a valorar si ahorcarse con el cinturón en el hueco de la escalera del tanatorio, o salir de allí corriendo y que le atropellara un camión, o tirarse por un puente a la autovía… Pero después de dos Coca-Colas se lo pensó mejor, que todavía faltaba de leer el testamento, y para morir, siempre hay maneras y maneras

Underground

UNDERGROUND

Del trabajo a casa, de casa al trabajo y vuelta a empezar. Así pasan la vida, yendo en metro de sus barrios al centro, Linda, becaria; Harry, cajero en un banco; James, ascensorista; Amanda, vigilante de museo; Billy, camarero en un Starbucks. La mayoría, locos por que termine la semana y llegar a sus hogares, descalzarse, tumbarse en el sofá, hacer cosquillas al hijo pequeño, darse un baño caliente, tomarse una copa de vino escuchando jazz. Y alguno, como Curtis, músico callejero, alargando su jornada hasta que cierra la última tienda, el último bar, para no tener que volver a su pensión. Le pone tan triste meterse en ese cuartucho sin ventana, que se dedica a ir haciendo trasbordos, de una punta a otra de la ciudad. Su línea favorita es la circular, que es la más larga. Calentito, rodeado de gente y con buena iluminación, resuelve sudokus y crucigramas, sonríe a todo el mundo, cede el asiento a ancianas y cojos, y cuando empieza con el primer bostezo se va preparando para bajar.

Un poco de sal

UN POCO DE SAL

Que no, que no, que me he prometido que esta vez no abro y punto. Que son las once y pico y mañana tengo que madrugar, doy una clase a las ocho. Me he puesto los tapones de espuma, he cerrado la puerta de la habitación, he hundido la cabeza debajo de la almohada, pero nada, imposible no oír los timbrazos. Tampoco me ha servido quedarme inmóvil en la cama y hacerme el dormido. Laura, la nueva vecina de abajo, sabe que estoy, fijo que lo sabe. Porque aunque me moví por la casa en zapatillas para que no crujiera el parqué, cené a oscuras un yogur en la cocina y no encendí ni la radio ni la tele, me habrá oído tirar de la cisterna, vaya fallo el mío, siempre se me olvida.

No tengo ninguna fuerza de voluntad, cuántas veces lo repitió mi madre y qué razón tenía, pienso mientras me pongo unos vaqueros que me ajustan muy bien y una camiseta limpia. Y así, con el pelo revuelto y descalzo, abro la puerta de la entrada y ahí está ella, junto al ascensor, con su melena caoba y su olor a jazmín, que viene a pedir un poco de sal y un limón, y que si la acompaño para ayudarla a abrir una botella de tequila, que no quiere que se le rompa una uña, y que si he oído el nuevo disco de Dorian, que lo acaba de comprar, ya verás qué bien suena. Y aunque sea martes y mañana tenga una jornada maratoniana, bajo con ella, hipnotizado por su perfume embriagador y su sedosa melena.

 

Últimas voluntades

 ÚLTIMAS VOLUNTADES

Anda que no lo repitió Maruja mil veces, ¡si hasta lo dejó firmado en una hoja! «Cuando me muera no quiero misas, ni curas, ni bendiciones, ni olor a incienso, ni una cruz en mi caja, ni hostias en vinagre». Pero el dichoso papel no aparecía por ningún sitio. Algunas de las residentes que la conocían bien insistían que cualquiera que la hubiera tratado sabría perfectamente lo anticlerical que era aquella mujer. Sus razones tendría, decían, aunque los demás no las compartiesen.

Pero no hubo manera. Cuando un anciano fallecía se avisaba al sacerdote y se celebraba el funeral en la capilla del asilo, que para muertes a la carta no estaba esa institución.

Lo único que pudieron hacer por ella sus amigas, insistiéndole mucho al de la funeraria, fue convencerle para que le colocara los brazos a la espalda y pusiera los dedos corazón cruzados sobre los dedos índice.

 

 

Tempus fugit

TEMPUS FUGIT

Fue apearse del taxi, subir a la habitación del hotel, contemplar desde la terraza el azul del Mediterráneo, abrir las maletas, ponerse las chanclas y el bañador, bajar corriendo a la playa, zambullirse en el agua… y de pronto invadirle esa deliciosa sensación de ingravidez que tantos meses llevaba esperando. Once, concretamente.

Después del chapuzón se tumbó sobre la toalla, dejándose arrullar por el vaivén de las olas. «Aah, todo agosto por delante», pensó dichoso mientras cogía un puñado de arena y lo veía escurrir entre los dedos. Pero de repente sintió que la tierra se lo tragaba, como cuando se arremolina el agua en el sumidero o volteas un reloj de arena. Esto último se le ocurrió mientras era arrojado al otro lado; de pequeño se le hacía eterno mirar el hilillo cayendo, pero en aquel momento le pareció más breve que un parpadeo.

No fue hasta que su mujer encendió la luz de la mesilla y le dio un codazo ―«eh, despierta»— cuando comprendió que el eco impreciso que le taladraba el cerebro era el despertador, que estaba en su cama de siempre y que eran las siete de la mañana del lunes uno de septiembre.

TAS

TAS

Faltan solo veinte minutos para terminar su turno, ya pronto amanecerá, y Pedro, el vigilante de la planta química, está muy cabreado, le da mucha rabia reconocer que al final va a tener que pedir cita en el médico, no quería admitirlo pero tiene la memoria fatal, cada vez con más lagunas, y no es de hoy, que lleva semanas que no sabe dónde deja aparcado el coche o se olvida de comprar el pan, que mira que le insiste su mujer cada noche antes de despedirle, lo rico que está calentito para desayunar, recién salido del horno, pues nada, él lleva ya un buen rato mordiéndose la lengua de lo enfrascado que está, le sabe la boca un poco a sangre pero ni se ha enterado de que tiene los dientes clavados, y con el boli pasa algo igual, está rasgando la hoja del pasatiempos al concentrar en ella toda su frustración, y ni el ruido ensordecedor de las sirenas, ni las luces rojas de alarma, ni el humo que va llenando la sala, ni las chispas que le están chamuscando el pelo y la chaqueta del uniforme llega a notar, empecinado como se halla en que le salga la dichosa palabra del autodefinido, tres letras: «yunque de platero».