domingo, 22 de marzo de 2020

Hora punta


HORA PUNTA

Acercándose un poquito más al borde del barranco donde se esconde el monstruo terminó siendo arrastrado hacia abajo por una fuerza descomunal. Engullido por la bestia, buscó un espacio en aquel vientre inmundo y trató de mantenerse en calma. Lo importante ahora era resistir, intentar no morir espachurrado y respirar. Con la mano que no sujetaba el maletín, se aflojó la corbata. Aguanta, ya falta menos, se decía medio desmayado.
Cuarenta minutos más tarde, la boa de hierro vomitó parte de su carga en la estación de Shinjuku. Miró el reloj, se sacudió la chaqueta arrugada y corrió hacia la superficie subiendo los escalones de tres en tres.

Familia


FAMILIA
  
Era deprimente ver cómo aquel barbudo, indolente y legañoso y que le apestaban los pies, se había comido a su nene chiquitín, a su pequeño Nacho, tan rubito y lindo y risueño y obediente.
Aquel verano Nacho, en plena pubertad, no asomaba por casa ni para ducharse. Solo salía de su habitación ojeroso y gruñendo para coger la paga, y después desaparecía hasta dentro de dos días, cuando se le gastaba la pasta. Y cuando volvía oliendo a alcohol no daba ni un beso y dejaba toda la ropa sucia tirada por el suelo.
Algo había que hacer. Y lo harían, eso fijo. A no mucho tardar luego, después de la playa, que qué bien se está aquí, jugando a las palas, tomando el sol en la toalla, tomando sangría en el chiringuito, y luego la paella con los amigos y la siesta…
Ea, ya está. Después de la siesta hablarían con Nacho. O quizá, mejor, mañana.

Estrategia


ESTRATEGIA


Acercándose un poquito más al borde del barranco donde se esconde el objeto de su deseo, así se tira media hora Lily. Después intenta erguirse apoyando las manos, coordinando la flexión de piernas, estirando el cuello, señalando con el dedo hacia abajo y haciendo el amago de alcanzarlo.

Pero no llega. Entonces se sienta tranquilamente en la cuna y se pone a berrear y berrear hasta que alguien le traiga el chupete.




Escombro


ESCOMBRO 

Un tablero con un puzle sin completar, unos frascos con arena de distintos grosores y tonalidades, la foto ajada de un soldado en blanco y negro, un chotis sonando en un transistor… Todo lo que nadie quería terminaba en el contenedor. Parecía que aquella tarde hubiesen desmantelado un piso por allí; quizá por una mudanza, reforma o la muerte de algún anciano. Quién sabe si por un desahucio. Sobre una encimera de granito negro y gris vio una dentadura postiza y una taza de caldo, todavía humeante.
Se sentó sobre los tomos de una enciclopedia y mientras se lo bebía a sorbitos divisó en el suelo un bastón con una cabeza de pato en la empuñadura. Entonces saltó del contenedor a la acera a por él, pero tuvo que estarse un rato forcejeando con un anciano desdentado y en pijama que se resistía a soltarlo. 


Ella


ELLA

Como para olvidarse de aquella noche de verano. Y eso que bebimos tequila como renegados y a mí me sienta fatal. Se me suele ir la olla si mezclo cerveza y licores. Pero a María o Miranda o Amanda, o como se llamase la pelirroja que conocí en el pub donde tocaba mi grupo de rock favorito, con ese bajo tan genial, le apeteció, a las seis de la mañana, subir al faro.
—Así vemos la puesta de sol —me susurró al oído mientras recorría con su lengua mi oreja de arriba abajo.
Yo ya tenía la entrepierna como una estaca y ella que venga, que para el faro tú y yo.
—Sí, sÍ —dije.
Y cuando fuimos a la parada de taxi para no llegar tan fatigados coge la tía y se enamora de uno que había allí.
De mí ni se despidió.

El vestido


EL VESTIDO

A Yasmina aquel vestido estampado de cuello cisne y manga larga le parecía horroroso, pero por no aguantar a la monja de Cáritas, y como se le estaba haciendo tarde, se lo llevó a regañadientes. En los aseos del primer McDonalds que encontró recortó el escote y redujo varios centímetros el faldón.
—Ahora sí —se dijo complacida, emborronando su sonrisa desdentada con carmín y ensayando poses provocativas frente al espejo.
Un polvo rápido en el asiento trasero de una furgoneta, dos felaciones y cinco ginebras después, se reunió con el Nando en la boca del metro. Subieron a un vagón, se trasegaron la botella de clarete que traía él y al poco se quedaron dormidos hasta cocheras.
Allí el revisor los echaría a la calle. Buscarían cartones por los alrededores, entrarían en un cajero con olor a meados y se tumbarían bien juntitos. Después aparecerían unos skinheads, les rociarían con gasolina y les prenderían fuego. Sus cuerpos carbonizados yacerían, aún abrazados, en el suelo humeante.
O quizá ese revisor se conmovería al fijarse en el vestido de Yasmina porque le recordaría a su esposa, recientemente fallecida. Hasta el mismo zurcido en un bolsillo tenía.
No, no tuvo coraje para despertarlos.


El protector


EL PROTECTOR                                                    

Nos repartía ceras desgastadas de color verde, rojo, amarillo y azul, y nos decía: «Niños, hoy vamos a colorear el mapa. Al parque de atracciones iremos mañana».
Así conseguía aquel hombre desviar nuestra atención del muro de ladrillo coronado por una alambrada. O: «¡Fijaos, alguien recibirá esta noche la visita del Ratoncito Pérez!», aplaudía cuando atravesaba el campamento alguna rata. Siempre andaba inventándose cosas, siempre con una sonrisa en la cara.
Algunos le chillaban que se callase, que no nos molestara. Pero a mí me fascinaba aquel desconocido que aseguraba oír, más allá de sollozos y lamentos, el trino del petirrojo y el crujido de las ramas; o distinguir, a través de la nube de pólvora que cubría el cielo, la noche estrellada.
Una tarde de tormenta se desbordó el pozo negro y las aguas fecales inundaron el barracón. Entonces me acurruqué en la litera, cerré fuerte los ojos y, concentrándome mucho, pude percibir el olor a tierra mojada.




El paisano


EL PAISANO

Había cambiado la forma de comportarse y hasta de fumar. Ocurría siempre que la parienta se iba, diciéndole que le esperaba en menos de una hora en casa. Con ella las caladas las daba sin tragarse el humo, y dejaba caer al suelo las pavas por la mitad. Sin ella apuraba los cigarrillos hasta quemarse los labios y lanzaba las colillas poniéndolas entre el corazón y el pulgar. Y nos invitaba a los de la barra a todos los chupitos de anís.
Para cuando ella regresaba a las tantas, con su cara avinagrada, ya le habíamos cogido la cartera para pagar la bebida, porque sabíamos que volvería.


El náufrago


EL NÁUFRAGO

Con lo cómodo que era teclear en el ordenador, usar el corrector, elegir el tamaño y tipo de letra, justificar márgenes…
No estaba acostumbrado yo a andar escribiendo mensajes con tinta de cachón en una mierda de papel secado sobre una roca, me cabreaba que no veas. Pero según me iba bebiendo las botellas de vino de unos viñedos de Ruiloba que encontré dentro de un contenedor en la playa, me fui animando con la escritura, me daba menos pereza escribir.
Y mandé esto a un concurso. Dentro de una de aquellas botellas, claro.

El narrador


EL NARRADOR

Se le hizo tardísimo sumando facturas, pero antes de medianoche consiguió enviar el IVA trimestral por Internet. Cuadraba al céntimo. Para celebrarlo, sacó una botella de vino de detrás de los archivadores y se bebió la mitad. Desinhibida, empezó a contonearse pegada a la impresora, meneando el culo y frotándose el pubis contra las teclas.
¡Vaya con la secretaria, me estaba poniendo a cien!
Entonces descolgó el teléfono. 
—¿Digaaa? —contestó seductora.
—Quítate las braguitas, anda. 
—¿Quién es usted? —dijo desconcertada. Pero obedeció y se bajó lenta, muy lentamente, el tanga. 
El resto, querido lector, se queda entre ella y yo.


El mismo mar


EL MISMO MAR 

Aunque llevaba pocos meses viviendo con su madre en aquel país y aún no conocía todas las palabras de su idioma, a Yasira le resultaba fácil dejarse contagiar por el entusiasmo de Ingrid, su mejor amiga, en todo lo que hacían juntas, ya fuera lanzarse bolas de nieve en el recreo, aprender a tocar la flauta y el violín, o repasar los mapas con sus lagos y fiordos y montañas nevadas. 
Aquella mañana, en el aula de ciencias, Ingrid le acercó una caracola a la oreja. Decía que se podía oír el canto de las ballenas, el oleaje batiendo contra los acantilados, el ataque de las orcas a los bancos de arenques y hasta el burbujeo de los navíos vikingos hundidos en el fondo del mar.
Pero a Yasira se le llenaron los ojos de lágrimas al escuchar el silbido de los obuses sobre su cabeza en aquella playa lejana, el ulular de sirenas y alarmas, el llanto silencioso de su madre en la lancha, el claclacla del motor averiado y el estruendo de la ola que arrastró a su padre, para siempre, después de que le abrochara el chaleco salvavidas naranja.


El mago


EL MAGO 

Sí, soy su esposa. Fui la mujer bala en sus primeros shows, casi me quemo la lengua con queroseno al escupir fuego y tengo la tripa llena de cicatrices, de tanto ensayar lo de partirme en dos con el serrucho.
Una noche en un cabaret perdí una oreja cuando me lanzaba sables, pero yo, muy profesional, simulé que era parte de la actuación. El público aplaudió entusiasmado de lo hiperrealista que quedó, su fama se extendió y pudimos ¡por fin! contratar una ayudante.
En mi última función decidió hacerme desaparecer. Y aquí estoy, esperando que acabe el truco, que ya tengo los pies fríos.


El juicio final


EL JUICIO FINAL

Sigilosas como siempre se deslizan las sombras que habitan debajo de nuestras camas. En los espejos, los espectros arañan con afán la superficie, intentando resquebrajarla para escapar. Los fantasmas atraviesan las paredes de las casas luciendo sus mejores sábanas, las de satén, como Dios manda. Angelitos con alas de plumón y mofletes sonrosados, recién venidos del limbo, juegan con los peluches de sus cunas sin estrenar.
Por los bosques deambulan almas en pena, espíritus malignos que tiznan el suelo por donde pasan y esqueletos. Del purgatorio llegan ánimas desorientadas preguntando si es aquí la ceremonia. Poco a poco van despertando los que duermen el sueño eterno y la tierra se va cubriendo de cenizas milenarias.
A la hora en punto se pasa lista. No falta nadie.
Y que precisamente en un día tan solemne como hoy el arcángel trompetista se ponga a desafinar, ¿no es como para matarlo?


El hijo


EL HIJO

No podía dejar de llorar mientras sacudía el polvo de los peluches del hijo. La caja parecía que iba a reventar: cochecitos, discos, la colección de Astérix, los Playmobil, el parchís. Faltaban dos dados, un cubilete y varias fichas. Miró debajo de la cama y encontró billetes del Monopoly, calcetines y bolas de pelusa. Suspiró, fastidiada: la de mierda que puede llegar a acumularse en una habitación vacía.
Bajó como pudo la caja de arriba del armario y fue dejando los bártulos por aquí y por allá; el hijo había insistido que quería todo como estaba veintiocho años atrás, antes de casarse con aquella pécora.


El héroe


EL HÉROE

En un camarote de la última cubierta del trasatlántico, un escocés borracho daba bandazos farfullando «your… mother… fucker» de una manera casi ininteligible a su compañero de litera. Intentaba no caerse, agarrarlo de la manga y evitar que escapara llevándose su macuto al hombro, pero antes de terminar de insultarlo se quedó roque de la cogorza que tenía. «Eh, muchacho, sin empujar» protestaban en el pasillo cuando los adelantaba velozmente pisando enseres, chiquillos y maletas. «Oye, tú, a la cola, como todos» se enfadaban los que subían la escalera mientras avanzaba a toda prisa pasándolos por encima. «¡Rápido! ¡Mujeres y niños primero!» gritaba un tripulante arriando un bote lleno de señoras arrebujadas en sus abrigos de pieles y saltando dentro. Entonces vio a un grumete vomitando por la borda, le quitó el gorro y la chaqueta de uniforme y embarcó en la siguiente lancha, sobreviviendo así al naufragio.
Hoy sus descendientes muestran con orgullo el retrato del héroe que tantas vidas salvó.



El grupo


EL GRUPO

Al entrar saludé cordialmente, como siempre. Hasta me interesé por su fin de semana: que si habían ido a por castañas, a visitar a los abuelos o al centro comercial. Y eso que a mí qué me importaba. Pero enseguida flipé al ver sus muecas de desagrado y sus caras de desdén. Me hacían el vacío, yo creo que hasta hablaban a mis espaldas. Y solo porque había llegado un poco tarde a la cita, qué exageración.
Estaban decidiendo el postre del cumple de Laura. Siete años. Unos defendían a muerte «la tarta con velas, sin discusión»; otros se empecinaban en que «mejor fruta de temporada, que es azúcar saludable. Estamos atiborrando de veneno a nuestros hijos», sostenían sin dar su brazo a torcer.
Noté el ambiente tan caldeado que, por rebajar un poco la tensión, sugerí medio en bromas donuts, flanes, piruletas, bombones, cruasanes, qué sé yo, todas las chorradas que encontré. También di un taconazo ¡olé! y tiré confeti. Pero les debió de parecer fatal porque se pusieron muy hostiles y amenazaron con bloquearme.
—No hace falta —tecleé encantado de ver una ocasión tan clara de escapar de aquel chat de padres del colegio—. Ya me voy yo.

El gato con botas


EL GATO CON BOTAS

Pese a poner toda su gallardía e ingenio al servicio del mindundi que se haría con el castillo, que se coronaría rey y que se casaría con la única hija del destronado, al gato con botas le fue fatal.
La princesa era una cursi que le puso coletitas y le prohibió andar con las botas llenas de barro por los mármoles recién fregados. Pero lo peor fue cuando empezó a llamarle Misifú. Demasiado para él, que se lió a arañazos con la heredera.
Actualmente el gato acumula polvo en la estantería de un museo, mientras lloriquean sus ojos de cristal.

El extranjero


EL EXTRANJERO

Estoy feliz. He conseguido la ciudadanía española, aunque fuera en un segundo intento.
La primera vez que me examiné pensé, ingenuo de mí, que con el dominio del idioma y los conocimientos que tenía de la geografía e historia del país, aprobar iba a resultar muy sencillo. Porque mientras estudiaba Derecho en Madrid recorrí toda España de arriba abajo, visitando los pueblos y monumentos más importantes. Creo que conozco muy bien el país.
Pero…
Las preguntas sobre la Constitución me parecieron fáciles. Los derechos y deberes también. Pero después se fue complicando la cosa. Había que saber quién era Belén Esteban, el aniversario de la muerte de Paquirri o qué edad tendría una tal Cecilia, la de soy rebelde, si no hubiese muerto prematuramente. Yo puse que cuarenta.
Luego en Google vi que murió en 1976 y creo que por eso suspendí la primera vez.

El disfraz


EL DISFRAZ

Era inútil intentar zafarse de tía Luisi en carnaval. «Tú este año de egipcia» me dijo una semana antes, en la comida familiar.
Después del postre, mientras jugaba a que mi Barbie Sirenita se ahogaba en el fregadero y venía Ken a rescatarla y le montaba el pollo por no saber nadar, «tú eres tonta o qué», le reñía el muñeco mientras le masajeaba el pecho, «una sirena, como mínimo, tiene que flotar», tía Luisi me tomó medidas.
El día antes de la función escolar vino a despertarme. Me extrañó que no llegara cargada de bolsas.
—Nena, ven pa´cá.
Y me plantó una nariz en la cara, sujeta con dos gomas a las orejas. «La esfinge, antes de romperse», me explicó, mientras se magreaba con su novio, un tío bien macizo.
Menos mal que mamá sabía lo del nuevo ligue y me compró una túnica llena de jeroglíficos. Preciosa.



El congreso


EL CONGRESO

Soñar despiertos era nuestro juego favorito en aquel paraíso de aguas turquesas y caracolas en la orilla. Mientras veíamos cada tarde la puesta de sol, nos dejábamos arrebatar por la pasión y nos revolcábamos bajo las palmeras o en mi bungalow, sin importarnos llenar de arena la cama, donde lamíamos la sal de nuestros cuerpos hasta el amanecer.
Sin haber dormido apenas nada, te ponías el uniforme e ibas a atender los desayunos al comedor, mientras yo acudía a las soporíferas ponencias de los más eminentes estomatólogos del mundo, girando distraída la alianza de oro entre los dedos.