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viernes, 6 de enero de 2012

El goloso


EL GOLOSO

Simón  trabajaba como mozo de almacén en la fábrica de postres y helados desde hacía unos meses. Joven y diligente, había aprendido rápido todo lo relacionado con su puesto. Se sentía a gusto en el turno de noche pues su labor se limitaba a dejar lista la mercancía para la llegada de los primeros camiones de reparto, a las cinco de la mañana.
Aquel día se despidió de los compañeros del turno anterior y entró en la cámara frigorífica para verificar que todo estaba en orden. No se sabe cómo, pero de pronto se quedó a oscuras. Desorientado en la humeante negrura, logró dominar el pánico y se le ocurrió una idea para encontrar la salida: como buen observador, recordaba con exactitud la disposición de los paquetes apilados en paredes y pasillos, así que empezó a abrir cajas y probar sus contenidos.
Mientras saboreaba las natillas y los flanes, las copas de fresa y nata, las trufas de chocolate, los deliciosos dulces almendrados…, se olvidó por completo del frío glacial que lo atenazaba. Avanzaba poco a poco, a tientas, dejando tras de sí un reguero de envases vacíos. Casi desmayado pero insaciable, rebañaba con sumo placer todo lo que se le ponía por delante.
Cuando por fin dio con la salida, su cerebro apagado y su irrefrenable gula no pudieron resistirse a su postre favorito: la bebida de frutas de la pasión.
Y así fue como le encontraron a la mañana siguiente: cubierto de escarcha, con una mano agarrotada en la palanca de la puerta y en la otra un botellín del dulce con sabor a muerte.

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