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viernes, 6 de enero de 2012

Como la vida misma


COMO LA VIDA MISMA

Todo parece indicar que hoy será un día especial. Nos hemos levantado temprano y ya la luz inundaba toda la casa: el verano se va acercando. Yo lo noto muchísimo en los olores que se perciben: esa brisa tan agradable que invade los rincones de la casa, el aroma de los guisos que se preparan en la cocina —más  ligeros y refrescantes—, las cremas solares… También en el trajín doméstico, los horarios más relajados… Esta mañana, Sebas ha estado sacando bolsas y otros trastos del armario, hemos desayunado y… ¡a la calle! Es un gustazo que no llueva ni haga frío: me encantan los días así.
Tras pararnos a saludar a todo el mundo —los vecinos por aquí son muy agradables—, dejamos atrás nuestro barrio y llegamos a la avenida principal. Para mi sorpresa, en vez de seguir el paseo hacia el muelle, nos hemos subido en un autobús urbano. No me esperaba algo así, pero si Sebas lo ha decidido seguro que no se equivoca: él siempre sabe lo que más nos conviene.
Por primera vez en mi vida estoy sentado en un vehículo de estos. Él me mira con una gran sonrisa, nos entendemos sin palabras. El autobús se pone en marcha y ¡allá vamos! La verdad, no sé a dónde; antes me lo explicó, pero estaba yo a mis cosas y no le hice mucho caso. Da igual, siempre disfrutamos tanto juntos…
Mientras Sebas mira por la ventana yo, para distraerme, centro mi atención en las personas que nos rodean. Veo a un señor mayor que me recuerda a Marcial, el del bar, porque lleva en la cabeza una boina con su rabito y va masticando un palillo de madera. ¿Se lo va a tragar o solamente lo rumia? A lo mejor está rico y lo que hace es prolongar el placer de saborearlo. No puedo apartar mi mirada; parece ser que hay gente que se entretiene mordisqueando cosas.
Como, por ejemplo, ese chaval sentado frente a mí: va mascando algo y lleva así un buen rato. ¿Qué sabor tan apetitoso tendrá esa especie de goma para que le dure tanto? A veces Sebas también se está horas con un batir de mandíbulas que me tiene intrigadísimo; quizás algún día lo descubra. Mientras tanto, el chico canturrea y acompaña con los pies su canción. Se ha sentado con las rodillas apoyadas en el asiento delantero, ¡qué postura más incómoda! Los pantalones le vienen un poco grandes, creo, porque asoman unos calzones de un llamativo color rosa, qué gracioso (desde luego a Sebas no me le imagino vestido así). Lleva unas orejeras negras, así se aísla del exterior; esto lo deduzco porque la chica que va sentada a su lado le va diciendo algo y, de cuando en cuando, le da golpecitos en el hombro para llamar su atención, pero él no le hace mucho caso; va a lo suyo.
Ahora dirijo mi mirada hacia atrás y veo algo que me conmueve: un chico sujeta con cariño a su abuelito, que camina encorvado sujetando un bonito bastón blanco; es que si no se apoya en algo, con la inclinación que lleva, se cae fijo. Van caminando despacio hacia la salida, parece que se van a marchar; otros pasajeros, solícitos, les echan una mano. Al poco, el autobús frena con suavidad, se abre la puerta y aparece un escalón que antes no había, lo que facilita enormemente el descenso de ambos. Está bien pensado este mecanismo, ya lo creo.
Después de apearse esta pareja, observo cómo unos escolares entran por la puerta delantera. Son unos cuantos y se les ve con ganas de juerga. Yo, por si acaso, me acerco un poco más a Sebas, no vaya a ser que me pisen. Vienen montando jaleo, pero son educados; los chistes y empujones los hacen entre ellos y parece que no molestan a nadie, menos mal.
En la siguiente parada —ya le voy cogiendo el tranquillo a esto— desaparecen el señor con gafas que iba absorto en su lectura y una mujer enorme que llevaba no sé cuántas bolsas. Me pregunto por qué se va tan lejos a comprar, a lo mejor en su barrio no hay tiendas…
Va pasando el tiempo, unos bajan y otros suben. Ahora es una mamá con tres pequeñines. Muy resuelta ella, los coloca a todos en un solo asiento, bien juntitos. Son unos niños muy simpáticos, hablan bajito y no paran de sonreírme.
Continuamos avanzando, me lo estoy pasando genial. En esta parada, por ejemplo, dos amigas se despiden cariñosas, «muac, muac… tenemos taaaanto de que hablar… nos llamamos… ». Lo curioso es que han hecho todo el trayecto juntas sin dirigirse la palabra; claro, tenían llamadas importantísimas que atender en sus móviles. Seguro que, ahora que se ha ido cada una por su lado, dentro de un ratito la una telefonea a la otra y, por fin, pueden charlar tranquilas de sus cosas, sin interrupciones.
De repente, en un inesperado frenazo, un señor pierde el equilibrio y se choca contra mí. No me ha hecho daño pero gruño un poco para afearle la conducta y él se disculpa. Huele mal, me recuerda a cuando Sebas vuelve de vez en cuando a las tantas, y también le pasa que no anda muy derecho; y encima, a la mañana siguiente, se dedica a molestarme como él solo sabe.
El autobús prosigue su ruta y, aunque no alcanzo a ver el exterior, lo intuyo: el fuerte olor a salitre se va haciendo más y más penetrante. Miro a Sebas, él me hace una carantoña; hemos llegado a nuestro destino. Se abren las puertas y no puedo contener la emoción. Mi querido amigo (¡pero qué bien me conoce!) me ha traído a mi lugar de juegos favorito. Salgo dando saltos de alegría y no puedo reprimir un fuerte ¡guau! El mar azul, las olas, me reclaman…

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