domingo, 22 de marzo de 2020

El congreso


EL CONGRESO

Soñar despiertos era nuestro juego favorito en aquel paraíso de aguas turquesas y caracolas en la orilla. Mientras veíamos cada tarde la puesta de sol, nos dejábamos arrebatar por la pasión y nos revolcábamos bajo las palmeras o en mi bungalow, sin importarnos llenar de arena la cama, donde lamíamos la sal de nuestros cuerpos hasta el amanecer.
Sin haber dormido apenas nada, te ponías el uniforme e ibas a atender los desayunos al comedor, mientras yo acudía a las soporíferas ponencias de los más eminentes estomatólogos del mundo, girando distraída la alianza de oro entre los dedos.




El comisario


EL COMISARIO

En las macetas del balcón se contorsionaban esqueletos de ficus y geranios sobre la tierra agrietada. Hasta los cactus agonizaban. Tener plantas chuchurrías en una casa tan de diseño, con sus vigas en blanco decapado, sus sillas de forja, sus puntos de luz tan bien orientados, no me cuadraba.
―¿Y estos cadáveres? ―Escogí adrede esa palabra para acorralar al sospechoso. Después le miré fijamente a los ojos, sin pestañear, hasta que se derrumbó. Tengo una mirada que desarma, lo suelen decir mis conquistas cada vez que salgo a ligar.
Entonces confesó. Encontramos el cuerpo de la prostituta junto al de otras dos desaparecidas tras un muro de carga. Caso cerrado.

El cliente


EL CLIENTE 

Centelleaba con tanto rencor su mirada que si hubiese sido viento podría haber derribado un roble milenario o levantado una tempestad. Un desagradecido, eso es lo que era. Mil veces me había repetido que a la cárcel no quería volver, que antes se mataría, que las rayas del uniforme de preso le disturbaban, que los grilletes le apretaban mucho, que en las celdas de dos por dos apenas cabía… Y que comprase al jurado, al juez, o lo que hiciese falta, pero que evitase un nuevo pleito, las deliberaciones, los juicios mediáticos y los recursos interminables. 
Y eso hice. Pero claro, intentando conciliar sus intereses con los de la comunidad. Porque a un monstruo así desde luego que en la calle no iba a dejarlo, menudo peligro. «Además la camisa de fuerza te sienta fenomenal», le dije mientras cerraba tras de mí la puerta de la habitación acolchada.

El casorio


EL CASORIO

Parecía que todo aquel revuelo no fuese con ella, y eso que era la novia. No paraba de repetírselo su madre, mientras le daba instrucciones precisas de cómo posar para la foto: que si ponte así que si ponte asá, que si no te apoyes en la chimenea, que si qué poca gracia has tenido siempre, hija.
Inés obedecía, pero con la mirada ausente. Del vestido se habían encargado las tías solteronas.
—Largo hasta los pies, abotonado por detrás y marrón, que seguro que se tira encima la copa de vino y así no se ven las manchas.
Sus dos abuelas, mano a mano, habían decidido el menú, no sin antes discutirlo mucho y cambiar varias veces de idea.
—Entremeses y jamón. Consomé, langostinos, lechazo y merluza rellena. De postre, tarta de hojaldre.
Entre los más de doscientos invitados no figuraba ningún amigo de Inés.
Estaba ya lista, frente a la cámara, cuando disparó el fotógrafo. ¡FUUM! Entonces se oyó una explosión y se formó una espesa humareda. Cuando se diluyó la nube se quedaron todos mudos al ver el vestido almidonado ahí, todo tieso junto a la chimenea. Pero sin ella dentro.
Del fotógrafo tampoco volvió a saberse nada.

El camino


EL CAMINO

«Cuidado con los tréboles de cuatro hojas ―decía Miguel― es una mentira. Y ni caso hagáis a lo de que si tocas sin respirar una ortiga no te ortigas ―insistía mientras las pisoteaba descalzo, tan tranquilo―. Son todo chorradas».
Lo de los tréboles nunca encontré ninguno, y eso que cuando salía al campo iba fijándome en el borde de los senderos. En cuanto a las ortigas lo dejé pasar, no me apeteció nunca repetir ampollas a lo tonto.
Luego dejamos de ser jóvenes, salimos del pueblo, tuvimos hijos y lo de perder el rato con minucias así nunca más ocurrió.

El búnker


EL BÚNKER


Ahora que nadie las pisotea ni las matan a escobazos ni pulverizan con espray, andan las cucarachas de lo más distendidas por los pasillos y oficinas de la Casa Blanca. Desde las puertas acristaladas del Despacho Oval se entretienen mirando a sus parientes, los escarabajos peloteros, que escarban galerías en el jardín y salen a veces con papelitos de debajo del rosal.
«SOS, ayúdennos, la puerta está bloqueada», y cosas así decían los primeros mensajes, tres años atrás. Hace pocos meses un superviviente escribía, desquiciado: «Han muerto todos, solo quedo yo, apenas quedan provisiones ni agua, ¡sáquenme de aquí!». «Si hay alguien por ahí, por favor, no estás solo» ponía en el último folio, entre otras incoherencias, escrito, sin duda, por un perturbado mental.
Pero a los escarabajos ese calvario ni les viene ni les va. Lo suyo es hacer túneles en la tierra, salir y volver a entrar.


El anfitrión


EL ANFITRIÓN

Nada más sentarlos a la mesa supe que aquella cena terminaría mal. ¡Eran trece! O doce más uno. El del medio debía estar celebrando algo y los otros le agasajaban. Especialmente Pedro, venga a hacerle la pelota, y Judas, este muy besucón. Y el homenajeado, con voz indulgente, decía:
—Cantará tres veces el gallo y las tres me negarás, Pedro. Lo sé fijo porque soy omnipotente, no te olvides.
Y Pedro que no, que «tú eres mi mejor amigo», insistía.
Luego supe que, efectivamente, Pedro le negó, pero fue el otro comensal, Judas, quien le vendió por treinta monedas.

El amigo


EL AMIGO

Toda la vida se pasó Quino intentando demostrar su inocencia, negar las acusaciones que le señalaban siempre a él, pero el pobre era un enclenque mental, qué le vamos a hacer. Ya de crío le tacharon de maltratador precoz en la guardería: arrancaba cabezas de muñecas y, si pillaba una cucharita o algo, les sacaba los ojos también. Un sádico es lo que es, murmuraban las maestras de primaria. Un psicópata en ciernes, dictaminó el psicólogo del instituto cuando descubrí en su mochila una lagartija viva atravesada en canal con un pelo de marquetería.
Solo me tenía a mí. Y yo solo le tenía a él. Con eso me bastaba, con tener aunque fuera un único amigo.
En el viaje de fin de curso fuimos a París y un día nos llevaron a visitar la Torre Eiffel. Yo estaba excitadísimo, convencido de que el asqueroso de Nacho perdería pie, caería desde arriba y todos acusarían a Quino.
Pero había demasiadas medidas de seguridad. Tendría que esperar otro momento mejor.

Dónde vas triste de ti


DÓNDE VAS TRISTE DE TI

Dolores, mi faro, un sol en este charco de alcohol, la melodía del silencio que me atenaza cuando despierto por las tardes con la cabeza dándome vueltas en la cama. ¿Cómo podría respirar si no supiese que cada noche, acodada en la barra, agitando el hielo de tu vaso de whisky, tarareas las canciones que arranco a mi guitarra? Los demás no escuchan, no miran. Solo les preocupa tener sus copas llenas, echarse el humo de los cigarrillos en la cara, celebrar bromas idiotas y emborrachar a alguna amiga para conseguir una mamada floja en el baño y correrse en su cara, pensando en la cerveza que dejaron en la barra.
Dolores, Lola. No me recuerdas, ¿verdad? No sé qué fue de tu vida, me dijeron que mal. Sé que cada noche contemplas desde un taburete a este viejo músico aporreando su instrumento. Hasta que a las diez aparece el encargado del tugurio, te quita la copa, te coge de un brazo y te empuja a la calle, dejándome como un náufrago sobre el escenario.

Desaparecido


DESAPARECIDO 

Ninguno de los niños que había en el arcón era Tomás. Pobrecillos, daba mucha pena verlos ahí, todo tiesos entre pizzas, pechugas de pollo, empanadillas y barras de helado. Cuántas veces se les había dicho que a la cocina no entraran, que mejor jugasen al escondite en los dormitorios o se entretuviesen con los cachivaches del desván, que luego pasa lo que pasa.
Íbamos a salir al jardín, por si estaba correteando donde la colada, cuando nos pareció oír unos gritos ahogados, ¡¡¡zocoogooo!!!, decían, o algo así. Menudo susto nos llevamos al verle en la lavadora, girando entre toallas y paños, los dos agujeros de su sábana mirándonos espantados. 

Cum laude


CUM LAUDE


Para la orla eligió una moldura sencilla. De color cerezo, lisa y sin adornos. Siempre le había parecido un despropósito eso de enmarcar los cuadros de los museos entre relieves churriguerescos, opinaba que era distraer la atención de lo realmente importante.
Su título universitario, aunque lleno de sobresalientes, no era un Goya, claro. Pero le hizo muchísima ilusión verlo, por fin, en la pared de una oficina, junto al diploma del Colegio Oficial de Abogados. Tan contento estaba que ni siquiera le molestó que el despacho fuese diminuto, que diera a un patio interior, ni que fueran a declarar el edificio en ruinas. Siempre se podría tapar el ventano con un vinilo o poner un ambientador de agua de jazmín para mitigar el olor a repollo hervido o el tufillo de las tuberías. Un apaño, una cosa provisional. «Los inicios siempre son duros», intentaba animarle su padre cuando le veía regresar de noche enojado y abatido.
Y tanto que sí, suspiraba él a dos días de que acabaran sus prácticas en aquella gestoría, mientras colocaba en una huevera, a modo de bandeja, los vasos de la máquina de café: un expresso para el de fiscal y dos cortados y un capuccino para los de las nóminas.



Continuará


CONTINUARÁ…

Al ver a la princesa saltando desde el torreón más alto, el cocinero real dio orden a los criados de suspender los preparativos para el banquete. Tiraron al foso el agua que hervía en los peroles, dejaron de picar cebollas y las perdices fueron devueltas a sus pajareras. 
Entonces el populacho, decepcionado por quedarse sin boda, empezó con sus dimes y diretes, pero era tal el guirigay que armaban las aves que ni se les oía. Las desplumadas trinaban retorcidas de dolor, las escaldadas emitían sus últimos graznidos y solo las suertudas que habían salido ilesas piaban con alivio. 




Cita


CITA

Donde el bebedero de patos estaba Pedro, sentado en un banco. Supuse que sería él, porque los calvos suelen llevar visera y cuesta diferenciarlos.
Tenía la frente perlada ―me encontré perlada en un poema, me pareció un horror y pienso ahora que con Pedro encajaba― de gotas de sudor y un tic en una rodilla. Pum pum pum hacía con el pie todo el rato. Estaba muy nervioso, lo normal cuando te dejan plantado.
Porque me había mentido en el chat. De maduro interesante nada: un viejuno despeluchado. Decidí, pues, no sacar del bolso el paraguas rosa que me identificaba.

Cinco segundos


CINCO SEGUNDOS 

Nunca había sentido antes ese hormigueo que me erizaba la nuca y subía hasta mis orejas, haciendo que me ardiera toda la cara y me palpitara la sien. Tampoco sabía lo que era el vértigo, hasta que noté que el suelo bajo mis pies se desmoronaba.
Y eso que estábamos sentados. En el banquillo, Marcos y yo. Él sudaba congestionado, yo no podía ni respirar. Nos jugábamos la liga y en las gradas un público enfervorizado animaba con cánticos y aplausos. El marcador era favorable al equipo contrario, 91 a 93, y solo faltaban cinco segundos para el final. 
Entonces uno de los nuestros atrapó la pelota, se giró ciento ochenta grados y la lanzó sin pensar, encestándola desde el otro campo. Canasta de tres. El estadio estalló en un clamor, comenzó a llover confeti y el banquillo entero saltó a la cancha, dando botes, gritando. Algunos hasta lloraban.
Pero yo no me moví. Ajeno al ruido y a las imágenes de la celebración, que percibía desenfocadas, me quedé allí, como flotando, añorando ya el roce de nuestros dedos entrelazados.


Catorce años


CATORCE AÑOS

Cogió el primer tren. Sabía que, después de tantos años, estaba por fin preparada.
La mañana de Nochebuena la ciudad había amanecido escarchada y los prados que se veían por las ventanillas lucían blancos por la helada.
Se bajó en el apeadero de su pueblo y subió el camino tapizado de pedruscos y musgo hasta que llegó donde estaba su hijo. Habló con su lápida, le escupió toda su rabia, pero también le dijo que le perdonaba por escaparse aquella noche y estrellarse con la moto contra la puñetera tapia. Y que él también la perdonara.
Lloró todo de golpe.
Después regresó a casa.
Aquella Navidad sería distinta.


Anuncios por palabras


ANUNCIOS POR PALABRAS


Cada viernes me pongo guapa para ir a casa de Vicente. Cenamos en silencio sopa jardinera y de postre natillas o yogur. Después vemos el «Sálvame», un beso en la mejilla y a la cama a dormir. Me trata como si fuera su tía del pueblo que viene a visitarle. No es por quejarme: pagar paga bien. De momento es mi mejor ―y único― cliente. Pero estoy pensando en abrir mercado: voy a actualizar mi campaña de publicidad, para no encasillarme. Mañana aviso al periódico y que cambien el «Madurita, rellena, cariñosa» por «Morenaza, pechugona, viciosa», a ver qué tal.

Anglicismos


ANGLICISMOS

Qué cómodo es censurar desde la poltrona, como si fuera tan fácil para un licenciado sin experiencia laboral como yo encontrar trabajo. Ni de abogado ni de camarero. «¿Hablas inglés?», te pregunta un tipo que ni distingue una factura de un albarán ni ha visto nunca un gin-tonic que no fuera de MG con hielo. Y eso para recoger vasos en la terraza de un bistro. Bistro. Cágate lorito. Porque ahora, si vas a montar un bar, o buscas un nombre en inglés o no entra ni Blas. Da por perdida tu inversión si no pones un rótulo cool. ¿Pero estamos tontos o qué? ¿Es que ningún ministro, o académico, o lo que sea, piensa abogar por nuestro idioma? Yo, de mientras, hasta que encuentre un empleo que me vaya como anillo al dedo, me quedo en casa de mis padres, oyendo refunfuñar al viejo. Qué le vamos a hacer.


Al filo


AL FILO

Llevábamos cerca de tres años ahorrando para aquella expedición y tenía que torcerse un tobillo justo a mitad de escalada. No paraba de quejarse y sollozar, y que no le moviéramos, decía, que le dolía horrores. O sea, que ni para adelante ni para atrás. Entonces ¿qué hacíamos? Dejarle allí, a veinte bajo cero, habría sido condenarle a una lenta agonía. Se le habían helado las lágrimas y la punta de la nariz la tenía renegrida, claramente principio de congelación. Y lo peor: más que hablar, farfullaba. Eso significaba que estaba empezando a delirar.
Entre los dos le sujetamos de los brazos y le ayudamos a levantarse. Al moverle, un pedrusco cayó al vacío. Me quedé mirando el abismo bajo nuestros pies y me dio por calcular cuánto tardaría en llegar al fondo.


Agente Secreto


AGENTE SECRETO

Mientras firmaba en la Feria del Libro mi última entrega de la detective Constanza, mi alter ego, le vi. Estaba en la cola, lanzando miradas hostiles en derredor. Llevaba una trenza canosa engominada, sombrero de fieltro, los cuellos del gabán subidos y gafas de pasta azul. Tenía pinta de sospechoso, con aquella cicatriz en el mentón, y noté que me ponía nerviosa y empezaba a temblarme el pulso. ¿Sería un revólver el bulto aquel del bolsillo?
Cuando le llegó el turno y le tuve con la novela entre las manos frente a mí, levanté un instante la vista. Apestaba a pachuli y le asomaban unos pelillos por la nariz. Abrió la tapa y me pidió que le de-de-dedicase el libro a su ma-ma-madre, Angus-gus-gus-tias Gil. Me pareció un tipo de lo más anodino y gris.
Estoy valorando seriamente dejar a un lado, al menos de momento, a la detective Constanza. Es agotador esto de ver indicios y pistas y asesinos por todos lados. Quizás me atreva con la poesía o quizás con un cuento infantil.


domingo, 22 de diciembre de 2019

La última vida del Gato con Botas


LA ÚLTIMA VIDA DEL GATO CON BOTAS

¿Es posible imaginar un final peor que ser disecado? Sí: pasarse el resto de la eternidad en una vitrina de cristal, expuesto a las miradas de curiosos y los flashes de sus cámaras.
Nunca le había tragado al Gato con Botas la esposa del rey. «Que lo llena todo de pelos, que me raya los suelos de parqué», renegaba todo el tiempo. Una ingrata. Pues anda que no sabía ella que, gracias a sus tretas, aquel mindundi del marido se había adueñado del castillo, del título de monarca y de todas sus posesiones y privilegios.
Y el Gato, por tener la fiesta en paz, había consentido en llevar chaqué, usar botas de gamuza y beber leche de cabra en una jarra de plata. ¡Con lo mundano que había sido él, que si le llegan a ver sus compañeros de parranda de esa guisa no le iban a reconocer!
Pero un día apareció ahogada una estúpida gata de angora y la bruja aquella le señaló y dijo «ha sido él», y el rey, que era un calzonazos, protestó un poquito, pero nada, muy poco. Entonces la reina mandó disecarlo. Pero el taxidermista andaba liado y envió a un aprendiz. Por fuera le quedó bien chulo el gato: tiesas las patas, brillante el pelo, unos ojos de cristal preciosos. Pero ¡ay! se le olvidó vaciarle por dentro y ahí seguía el corazón, latiéndole, y la cabeza dándole vueltas del cabreo.
La mañana de Nochebuena, a la reina le dio por hacer limpieza y llamó a un anticuario para que se llevase todos los cachivaches que, según ella, estorbaban en el Gran Salón: lámparas de aceite, una foto enorme del rey anterior, una colección de libros de caballerías, las alfombras persas, unos jarrones chinos. Y el Gato.
Lo pusieron encima del remolque, sobre el resto de trastos, al Gato con Botas, camino de una tienda de antigüedades. Ah, pero no, ¡aún seguía vivo y podía cambiar su destino y morir con dignidad! Y con un enorme esfuerzo, se balanceó sobre las alfombras, cogió impulso y cayó rodando a la carretera.
Y tuvo mucha, pero que muchísima suerte, porque unos minutos después pasó por allí el trineo de Santa Claus y lo espachurró contra el empedrado. Tan cargado iba de regalos que no quedó más que la sombra del Gato sobre el suelo.
Tal como siempre había soñado él.