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viernes, 30 de octubre de 2015

Ni una perra gorda

NI UNA PERRA GORDA

—Dicho sea entre nosotros ese asunto hubiera habido que liquidarlo de una forma más precisa y menos intempestiva: sin remilgos ni imposturas baladís, pero con indulgencia y finura, pues no soy partidario de andar mareando la perdiz, ¡qué puñetas!, pero tampoco del escarnio gratuito. Y como hablando se entiende la gente, amigo mío, sepa usted que por comprar un miserable puro y una caja de cerillas me encuentro ahora en este brete; vamos, que estoy sin blanca. Y haga usted el favor de parar de moverse, caramba, que está esparciendo la sangre del finado por todo el local.
—Entonces, señor comisario, si he entendido bien —se rindió aturdido el mesonero sentándose en un taburete y alzando los pies— el café con leche y la copita de ojén no me los abona, ¿verdad?