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viernes, 30 de octubre de 2015

El pupilo

EL PUPILO

«Vuelven a ser invisibles, no seas quejica…», repetía mareado Stevie a la muñeca tuerta mientras le pintarrajeaba la cara con rímel y colorete. Tras alisarle los jirones del cabello, la escondió entre los arbustos del jardín y, sacudiendo el índice en el aire, se despidió de ella con un «no te entretengas con nadie por la calle que te conozco, ¿me has oído bien?». Antes de que regresara su madre de la compra se fue a la nevera a por su segunda lata de cerveza, pensando que todavía le quedaba aprender a eructar.


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