martes, 8 de abril de 2014

El origen de los tiempos

El ORIGEN DE LOS TIEMPOS

Le despertaron unos ruidos que procedían del exterior de la gruta. No sabía cómo había llegado allí ni recordaba nada de su pasado. Lo cierto es que le daba igual. Comenzó a desencajar la mandíbula como intentando un bostezo, aunque más que bostezo le salió una mueca amenazadora por los dos colmillos afilados y la lengua bífida que asomaba entre ellos. Estiró su alargado cuerpo y se desperezó, sacudiéndose la modorra acumulada durante todos los milenios que llevaba enroscada como un ovillo.
Después se restregó los ojos y se mudó la piel, dejando un montoncito de escamas pegajosas a su lado. Sintió un rugido en el estómago y como era lo que más cerca tenía las engulló de un bocado. Saciado el hambre, aguzó el oído hasta que los sonidos de antes le fueron llegando con más claridad, convertidos ahora en voces. Y luego en gritos. Al principio no lograba entender nada, pero poco a poco fue acostumbrando el oído a ese idioma hasta hace un momento desconocido y muy interesada se acomodó para seguir la conversación.
—¡Ya me has oído, no te lo pienso repetir! —Era una voz ronca, displicente. Le gustó.
El Creador estaba dando los últimos retoques a un muñeco de barro que no parecía muy conforme.
—Bueno, te voy a dar la razón porque la tienes. Tú eres mi gran obra, hecha a mi imagen y semejanza, y es lógico lo que pides. Necesitarás compañía para disfrutar del paraíso que he creado para ti.
—A ver, ya me contarás. Te ha quedado todo muy chulo, pero fíjate —señaló hacia una colina—, el ciervo con la cierva, el oso con la osa, ¡si hasta el cuco tiene compañera! No me puedes dejar aquí solo. Si no arreglas este desbarajuste, me declararé en huelga de hambre y moriré de inanición —aseveró muy serio cruzándose de brazos.
«Me ha salido respondón el monigote», se entristeció el Creador. Mientras se acariciaba la barba se le ocurrió una idea.
—Para que veas que soy benevolente, voy a modelar con una de tus costillas una mujer que te hará feliz. Un momento, no te muevas. ¿Listo? A la una, a las dos, a las tres… ¡Ya está! ¿Te ha dolido? —Tiró el hueso al suelo y cubrió el torso del hombre con un puñado de tierra.
—No, la verdad es que no me he dado ni cuenta —reconoció dando una patada a la costilla—. ¿Y de esto vas a sacar una pareja para mí? Estoy deseando verlo.
Aunque acusaba el agotamiento tras una larga semana creando ríos, océanos, estrellas, volcanes, animales y selvas, todavía le quedaban fuerzas para completar su obra.
—Espérame aquí, que voy fuera a  por un poco más de barro y verás —dijo al tiempo que desaparecía.
La serpiente no se había perdido detalle del espectáculo. Observó por el rabillo del ojo al hombre, que yacía en la entrada de la cueva y se dejaba acariciar por los rayos del sol mientras se hurgaba los dientes con un palito. Se arrastró silenciosa hasta donde había quedado la costilla, clavó sus colmillos en ella e inoculó hasta la última gota del veneno que almacenaba. Después regresó tan tranquila a su escondrijo y agazapada siguió muy atenta los siguientes acontecimientos.
El Señor modeló la nueva figurita de barro. Sus formas eran un poco más redondas que las del hombre, que no paraba de exigir determinados detalles en la fisonomía de la mujer: que si unas tetas más grandes, que si mejor un culo respingón, que si los ojos color turquesa… Al final llegaron a un acuerdo y Adán, ese era su nombre, quedó satisfecho con su media naranja, Eva. Cuando esta abrió los ojos, se quedaron mirando durante una eternidad, se cogieron de las manos y se fundieron en un prolongado magreo. El Señor carraspeó varias veces, incómodo, reclamando su atención.
—Solo quiero recordaros que la belleza que contempláis a vuestro alrededor —dijo abriendo mucho los brazos, abarcando todo el terreno— ha sido creada pensando en vuestro disfrute. No tendréis que trabajar y dispondréis de alimento y agua de sobra, animales de carga y de compañía, cobijo… No necesitaréis nada más. Y lo mejor de todo: seréis inmortales. Pero os impongo una única condición. —Salió de la gruta y se situó bajo la sombra que proporcionaba un espléndido árbol cargado de frutas rojas y verdes y amarillas—. ¿Veis este manzano? Pues no podréis comer de su fruto. Ni falta que os hará, porque ya veis que hay cientos, miles de ellos todos iguales, o sea, que sería tontería. Ahora bien, si decidís desobedecerme, si caéis en la tentación de probar sus manzanas, me enojaré y os expulsaré del paraíso. Tendréis que sudar para ganaros el sustento; padeceréis enfermedades, conoceréis el dolor... Vosotros veréis. Yo os dejo, que estoy agotado y necesito descansar. —Dicho esto agitó la mano y se despidió—. ¡Mucha suerte, chicos!
A Adán le pareció bien, aunque la advertencia le resultó innecesaria. Eva no dijo nada.
Durante algún tiempo, vivieron muy felices Eva y Adán bañándose en las aguas cristalinas de los arroyos, degustando los delicados manjares que les ofrecían los bosques, revolcándose entre las flores… Y durante ese tiempo la serpiente, que se había dedicado a explorar todo el paraíso de una punta a la otra, llegó a la conclusión de que aquello era de un aburrimiento mortífero y empezó a urdir un plan. Una mañana, se presentó ante la pareja y con la más falsa de sus sonrisas les ofreció un fruto recién arrancado del árbol prohibido.
—Jamás en vuestra vida habéis saboreado nada más delicioso que esto —les tentó con voz meliflua—. Néctar de los mismísimos dioses, no sabéis lo que os perdéis. Tomad, probadlo y me decís.
Una vez, cuatro veces, cien, se negó Adán a aceptarla, mientras apartaba a empujones a la joven de la presencia de la víbora. Pero Eva no quitaba ojo a la manzana y no hacía más que salivar. Estuvieron así ni se sabe cuánto tiempo, en un tira y afloja, hasta que al final vencieron el empecinamiento de la bicha y la curiosidad de la mujer frente a la oposición y la prudencia de Adán.
—Un mordisquito de nada, cariño, te lo prometo —le aseguró ella poniendo morritos. Y así fue como desobedecieron al Señor. Y este se enfureció, como ya había avisado. Y en cuestión de segundos, el cielo se cubrió de nubarrones negros, retumbaron miles de truenos, sintieron un frio atroz y cayeron de rodillas al suelo temblando de miedo, implorando clemencia. Habían despertado la ira de su Dios.
Pero, por desgracia para ellos, no había vuelta atrás.
Por su necedad, fueron forzados a abandonar el paraíso, y tuvieron que dedicarse a arar los campos para ganarse el alimento y criar ganado para tener ropas de abrigo y carne y leche y sufrir al parir a sus hijos y enfermar y morir…
Con el transcurso del tiempo, los hijos de los hijos de los hijos de los dos expulsados del paraíso fueron poblando la tierra con nuevas generaciones. La serpiente, siempre atenta a sus movimientos pero escondida entre tinieblas, intervenía de vez en cuando con alguna de las suyas.
Como aquella vez cuando convenció a Caín, el hijo mayor de Adán y Eva, de que lo mejor que podía hacer era aplastarle con una roca el cráneo a su hermano Abel y asegurarse así en exclusiva el cariño de sus padres.
O como en aquella otra ocasión, cuando se puso a diluviar y el planeta entero se inundó. Subido a la montaña más alta, Noé, un carpintero de la zona, trataba de poner orden en su arca de madera, donde parejas de animales de distintas especies se hacinaban para ser conducidas a un lugar seguro. Aprovechando el caos la serpiente, con su mala baba milenaria, se zampó al último par de palomas de la paz que había sobrevivido al hambre y al frío.
—¡Harta, estoy muy harta! —resopló al cabo de años de tedio. Le fastidiaba y mucho tanta caza y cópula, todo el rato lo mismo—. En cuanto te descuidas, se llena todo de cachorros y de mocosos humanos. ¿Esto no va a terminar nunca? De verdad que no lo soporto.

Y dicho esto, abandonó la jungla en busca de un cambio de aires. Siguiendo un reguero de rumores que circulaba por aquí y por allá, fue reptando por el calendario de los siglos hasta llegar al año cero, a un pueblo llamado Belén, lleno de arroyos, lavanderas, pastores, gallinas y cerdos, donde un tal Rey Herodes la recibió con un abrazo en las puertas de su castillo. Después de compartir confidencias y hacerse tan amiguitos, maquinaron un plan muy perverso que bañó de sangre la aldea. Y aunque no obtuvieron el éxito deseado, la serpiente se sintió tan a gusto en aquella nueva civilización que dos mil años después todavía sigue por allí dando sus coletazos.

Clase de gimnasia

CLASE DE GIMNASIA

Le deseé que tuviera un buen turno al pasarle el testigo y para mi sorpresa me dio un abrazo. No me soltaba el muy idiota, para qué le habré dicho nada, pensé. Desde las gradas, sonaban silbidos y abucheos. También algún insulto. Para cuando se decidió a arrancar, ya habíamos perdido toda la ventaja y quedamos los últimos clasificados.

Ya en el vestuario tuvo que soportar varios coscorrones y burlas por parte de los otros chicos. Yo no me atrevía a levantar la mirada del suelo, turbado, sintiendo un agradable latido entre las piernas que nunca antes había experimentado.

La beata

LA BEATA


La vergüenza que nos ganamos aquella noche, en cambio, nos acompañaría para siempre: los dos en cueros, danzando ebrios delante de una hoguera en una playa de Brasil, qué cruz. Cada vez que me acerco al confesionario me santiguo una y mil veces para alejar el tormento de mi corazón. Noto que se me eriza hasta el vello del pubis, pese a la ventanilla cuadriculada que me separa del atractivo padre Greg, tan bronceado... 

martes, 1 de abril de 2014

En el infierno

EN EL INFIERNO

—Jopeee, qué calor— refunfuña Ramón mientras se sube el saco hasta las cejas. Se cree así a salvo del enemigo, pero a ratos necesita respirar y al destaparse queda expuesto de nuevo a los ataques. Desde su trinchera de plumas enciende el móvil y alumbra alrededor; solo distingue sombras y los números de la pantalla. ¡Ostras, las cuatro de la mañana! Entonces empieza a arrepentirse de haber renunciado al sosiego de su casa para emprender esta travesía por tierras inhóspitas. ¡Cómo añora su cama! ¡Hogar, dulce hogar…! Pero es inútil lamentarse, ahora tiene que velar por su integridad y la de Marta, que ronca a su lado ajena al peligro que corren.
«No me rendiré o acabarán con nosotros». Inmóvil como un cesto, aguza el oído hasta que percibe un zumbido: ha localizado a otro intruso. Saca un brazo fuera del saco y sujetando el mapa ¡zas! lo aplasta de un golpe. Sonríe triunfante al imaginar los pegotes espachurrados en las páginas;. De momento, va ganando la batalla.
―Oye, Ramón ―le recrimina Marta dándole la espalda― tú sigue embadurnando de sangre el plano y mañana me cuentas cómo encontramos la ruta. Es la última vez que salgo contigo de acampada. 


Enterrado vivo

ENTERRADO VIVO


Luego cruzó el pasillo, bajó al sótano y mató al prisionero con una espada de samurái. Tras aclararse las manos con agua sucia se tumbó en el camastro, abrazado a él. Al día siguiente le estampó un puñetazo directo en la frente, en eso había sido de joven campeón. Noche tras noche, año tras año, repitió la misma rutina probando distintos métodos: una soga al cuello, la cabeza metida en la taza del váter, un tiro en la sien… Cuando cuarenta años después un juez anuló su sentencia a morir en la horca, el anciano que atravesó el corredor de la muerte hacia la salida iba acompañado de miles de cadáveres andantes.

martes, 11 de marzo de 2014

El mal

EL MAL


«Hubo una, no habrá otra y nadie la echará de menos jamás», se regocijaba la serpiente mientras se hurgaba los colmillos con la auténtica costilla de Adán.

Rutina

RUTINA


Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida. Olvidadas por las habitaciones del caserón de Félix y Ángela, docenas de palanganas languidecen llenas de agua, un agua al principio clara y escasa, que con el paso del tiempo ha comenzado a derramarse por los bordes creando canales y ríos, estanques y mares, y así hasta formar un océano cada vez más profundo que inunda todo el piso. Un agua que años después se ha teñido de negro, de óxido, como si los techos y vigas y tabiques y suelos de este lugar se hubieran aliado para llamar la atención, «¡¡¡…ehhh, necesitamos revoco, que alguien sustituya las tejas rotas, hay que tapar estas grietas…!!!», pero ni Félix ni Ángela advierten la urgencia de esas voces y así continúan, con la monotonía de un matrimonio anegado de goteras y silencios, de charcos e indiferencias, de humedades y apatía. Como toda la vida.

Bob

BOB

Nuestros mismos ojos tiene, no le des más vueltas que me mareas; es nuestro nieto y punto. Sí, está como descafeinado desde que nació, no se oscurece ni a la sombra. ¡Pero mira qué gracioso y chiquitajo es el muy endemoniado, eh!  Déjale, mujer, déjale que dé palmas al barril, que no lo va a romper. No, yo tampoco sé de dónde se ha sacado esa palabra, ¿cómo era? Ah, sí, reggae. ¿Que no se deja cortar el pelo? Bueno, ¿y qué? A mí me gustan esas greñas.





El vigilante

EL VIGILANTE

Tanto visitante inesperado me tiene más que harto: una legión de japoneses no para de lanzar flashes con sus cámaras; una guía con un paraguas abierto dirige a unos rubios gordinflones y medio borrachos que aplauden sin ton ni son cada cuadro de la galería… Pero los que me dan pena son los estudiantes de Bellas Artes ahí, sentados en el banco frente al cuadro, inmóviles como estatuas, con sus lápices afilados, incapaces de dibujar nada en sus cuadernos sin estrenar...
En la tienda del museo venden láminas del famoso «Lienzo en blanco». No sé qué pensará mi mujer cuando me vea llegar esta noche con una de esas réplicas a casa.



domingo, 2 de marzo de 2014

La familia Dumm

LA FAMILIA DUMM

—Pero ¿cómo pudo salir el bebé despedido por el parabrisas? —preguntó el técnico a su compañero, que tomaba fotografías del cuerpo desmadejado en el asfalto a quince metros del vehículo—. ¿No iba sujeto con el cinturón a la sillita? Estas distracciones, Douglas, salen muy caras, qué desastre… ¿Dónde ha ido a parar la cabeza?
—Un lamentable error, sí —reconoció este. Metió el despojo en una bolsa que llevaba al hombro y señaló hacia las ramas de un árbol—. ¿No es aquello de allí?
Asintió con fastidio y siguió anotando en su cuaderno hasta el último detalle del accidente: al señor Dumm le habían desaparecido la nariz y los ojos tras estampar la cara contra la luna delantera. Al menos a la del asiento del copiloto se le había abierto el airbag y solo tenía algunos rasguños en la frente y varias costillas rotas.
—Queda demostrado que a noventa en una curva, con charcos y lloviendo, estos neumáticos no agarran bien, tendremos que seguir investigando. Ah, y no olvides revisar el dispositivo de apertura de los airbag.
Terminado el informe, sujetaron por las piernas a los dos muñecos y los arrastraron hasta el almacén.

Sin perdón

SIN PERDÓN


Agazapado tras su mesa de roble, el ministro miró por el objetivo y apuntó al chico de gafas que tenía un libro entre sus manos, al músico callejero y a un mimo disfrazado de estatua de la libertad.

Servicio doméstico


SERVICIO DOMÉSTICO

Y allí sigue en silencio, acumulando polvo, junto al proyector de cine, el barco pirata y la nave espacial. Toooda una colección de chatarra en la estantería que cada mañana tengo que repasar con el plumero.
Arturito, con las legañas todavía puestas, no les quita ojo mientras yo paso el aspirador de un extremo a otro de la sala. Su padre, sin afeitar y pendiente del teléfono, rumia que «este niño tiene madera, se fija en todos los detalles, le veo  futuro como artista…». Vaya cantidad de sandeces. Lo único que veo yo son dos zapatillas de Bob Esponja debajo de la mesa del salón. Malditas vacaciones escolares. Y ya veremos si este mes me pagan.



sábado, 1 de marzo de 2014

Malos tiempos

MALOS TIEMPOS

—Qué nubes tan negras… ¿Ni en abril nos va a dar el tiempo un respiro? —se lamentaba Luigi apoyado en el quicio de la ventana. Le dio otro ataque de tos «…me acabo este paquete y lo dejo, son ya más de cuarenta años fumando…» y se acercó a escupir al lavabo, evitando mirar el rostro cetrino que le devolvía el espejo. Arrojó la colilla al inodoro y tiró de la cisterna.
Lo primero que hacía Luigi nada más levantarse era liarse un cigarrillo. Se vestía a toda prisa para no quedarse helado, despertaba con suavidad a Mary y calentaba en el hornillo el café que había sobrado del día anterior. Mientras se abrasaba la lengua con el brebaje, la observaba ponerse el disfraz y sacaba de debajo de la cama la antorcha y los zapatones. Después, le pintaba la cara de verde y ella le dibujaba algo parecido a una sonrisa con ceras de colores. Ya preparados, bajaban las escaleras de la pensión en dirección al parque. Hacía dos años que Luigi compartía acera y cama con Mary, la Estatua de la Libertad.
—Si se da bien el día, hoy cenamos en la taberna —le prometió él.
Se despidieron rozándose los labios para no estropearse el maquillaje. «…Y no fumes tanto, Luigi, que no te hace bien…» le insistió la mujer antes de irse a buscar la caja de cervezas vacía que escondía en un callejón cercano. Se colocó junto a un semáforo, se subió encima de la caja y se dispuso a pasar la jornada allí, inmóvil, observando a los ejecutivos hablando por sus móviles; a los escolares con sus mochilas a cuestas; a las señoras arrastrando los carros de la compra… Él caminaba de arriba abajo saludando a los peatones, ofreciendo sus globos medio desinflados a las mamás con niños, haciendo juegos de malabares…
—Ese payaso debería mudarse de vez en cuando ¡vaya lamparones! —Dos señoras sujetaban con ambas manos sus bolsos mientras se alejaban alameda abajo a paso ligero. De tanto en tanto volvían la cabeza. Luigi se dejó caer en un banco; a veces la presión del pecho no le dejaba respirar.
—No les hagas caso, Luigi —le intentó animar el barbudo del violín ofreciéndole tabaco de liar al tiempo que señalaba con un dedo el cielo gris—. Igual hoy aguanta, ni los de la tele lo saben. Pero estoy pensando en irme a alguna ciudad del sur donde no llueva todo el año. Y tú deberías hacer lo mismo, esta humedad no es buena para la salud.
—Gracias, amigo. Mientras saquemos para dormir y comer caliente, estaremos bien. A mi edad ya no espero nada. En cambio, me preocupa Mary, oh Dios… Si la hubiese conocido hace treinta años… Pero mejor no darle vueltas.
Un trueno retumbó a lo lejos. Los días que les pillaba la lluvia, las gotas de agua resbalaban por sus caras arrastrando sus máscaras, emborronándoles el rostro, lo que significaba tener que regresar temprano a la pensión con apenas un puñado de monedas en el bolsillo. Entonces se sentaban sobre el colchón a compartir un bocadillo de mortadela hasta la hora de meterse bajo las sábanas. Unas veces muy pegados el uno al otro, como el que presiente que se hunde el suelo bajo sus pies; otras, cada uno en su lado de la cama, en silencio, con la mirada fija en la pared desconchada de enfrente, aguardando la llegada del sueño.
—Date prisa, Mary, que va a caer una buena. —Un cielo cada vez más encapotado les urgía, amenazante. Escondieron la caja al fondo del callejón y cogidos de la mano atravesaron corriendo el parque.
Al llegar al cuartucho los dos estaban empapados. Se secaron con unas toallas y comieron unas galletas. Mary colgó las ropas caladas en unas perchas antes de meterse tiritando en la cama. Luigi se acostó a su lado, abrazándola por la espalda hasta que se quedó dormida.
Con mucho cuidado para no despertarla, Luigi se levantó y se dirigió al váter. Tapándose con un puño la boca, trató de ahogar la tos mientras escupía sangre en el lavabo. Con la mano con la que se aferraba a la loza se topó con la maquinilla de afeitar. Deslizó una y otra vez un dedo sobre el filo oxidado y con los ojos cerrados se dejó caer sobre las baldosas
Afuera, la lluvia seguía golpeando furiosa el cristal de la ventana.





sábado, 22 de febrero de 2014

A la hora de la cena

A LA HORA DE LA CENA

—Muy rica la sopa. —Ernesto sujeta el plato con las dos manos y se lo lleva a la boca para darle unos lametones.
—Ernesto, ni se te ocurra hacer esas guarradas mañana en casa de tu hija, que la pones en ridículo delante del marido y no quiero tenerla otra vez.
—Uuuy, sí, el señorito que mea colonia. Ni que por tener una perfumería fuera más que nosotros, —Hace unas gárgaras con el tintorro antes de tragárselo—. Qué finos os habéis vuelto todos, de verdad. Pues si me ha gustado qué, leñe. Mira —le estira el plato como si fuera un trofeo— lo he dejado reluciente. ¿Qué hay de segundo?
—Muslo de pollo que sobró de ayer. Yo ya no tengo más hambre, me la has quitado. —Luisa recoge los dos platos y las cucharas y desaparece por el pasillo. Al rato se oye el clinc del microondas y vuelve a la sala con un plato humeante.
—No te cabrees, gordi, vengaaa… —mete la mano por debajo de la bata de franela mientras ella pone la comida en la mesa— que luego te digo un par de cositas en la cama, ya verás…
Ella le da un manotazo en la cabeza no muy fuerte y se sienta a su lado.
—A ver, tontina, no te me enfades —le dice con voz meliflua—. ¿Te ha pasado algo hoy? No me digas que se te ha vuelto a escapar el perro.
Ella apoya la mandíbula sobre la mano y suspira.
—Estoy un poco fatigada. Ya sabes que hoy ha caído la primera nevada y lo que eso significa.
—Ese viejo me tiene hasta los cojones. ¿Por qué no te buscas otra casa que limpiar?
—Paga muy bien, ya lo sabes. Y casi no ensucia. Y a mi edad no estoy yo ya como para andar deslomándome fregando suelos en casas llenas de niños.
—Bueno, y entonces ¿qué? ¿Lo mismo de todos los años, o qué? —interroga cruzándose de brazos.
—Pues sí. Hemos subido al desván y he tenido que apartar no sé cuántos cachivaches. Luego he pasado el plumero por encima al dichoso muñeco y nos hemos llegado al parque arrastrándolo. La gente nos miraba raro, un poco de apuro pasé. Y, o cada año pesa más, o me estoy haciendo vieja.
—Está un poco soso el pollo. Pásame la sal, anda  —ella le alarga el salero y él se queda mirándolo muy concentrado—. Pues mira, se me acaba de ocurrir una idea. Igual una noche de estas que no me vea nadie, cuando saque al Buddy, me acerco al parque ese con un paquete de sal y se la echo por encima al puto muñeco de nieve. A ver si se derrite de una vez.

sábado, 1 de febrero de 2014

Alimañas

ALIMAÑAS

Aunque cada día me esmeraba en cambiar las sábanas de hilo empapadas en sudor y limpiar sus llagas purulentas, nunca abría las ventanas. Así conseguía que las visitas que recibía sir Cedric fueran breves: ninguno de aquellos parientes lejanos soportaba el pestazo más de unos minutos. Cuando aparecían los sobrinos, enseguida les desenmascaraba y le susurraba al anciano: «unos buitres con corbata acechan tras la puerta, dos hienas con lazos de organdí merodean impacientes…», y sus alaridos les espantaban del todo. Si venía la enfermera a sacarle sangre, le aterrorizaba con vampiros y sanguijuelas. Vamos, lo que se me iba ocurriendo. Tan solo conmigo se sentía en paz. «¡Mi adorada Henriette, esposa mía!», deliraba mientras le enjugaba el sudor de la frente. Sir Cedric no se había casado nunca, pero no quise quitarle la ilusión.

Una noche, después de darle su tisana, le propuse hacer las maletas y alejarnos de aquella jauría. Sin mucho esfuerzo, le sonsaqué la combinación de la caja fuerte que, fisgoneando, había descubierto detrás del aparador. A la mañana siguiente, el viejo no respiraba. Recoloqué el cojín de damasco en la butaca de orejas y me senté a esperar sin prisa la llegada del doctor.

martes, 28 de enero de 2014

Superstición

SUPERSTICIÓN

Suspiró profundamente y recogió dos cubiertos. ¡Pues que alguna de sus hijas o nietas le hubiese ayudado a poner la mesa, carajo, en vez de sentarse tan frescas en la salita a terminarse su botella de moscatel! No era culpa suya que le temblaran las manos y se le rompiera una copa de vino, bastante tenía con disimularlo. Y trece a la mesa, ¡nunca! Sacrificó sin mucho esfuerzo a la cafre de su cuñada. Y al tontaina de su hermano.



sábado, 25 de enero de 2014

Alguien al otro lado

ALGUIEN AL OTRO LADO

—Judit, cariño, cierra los ojos y duérmete. —Carlos la arropa con el edredón de dibujos y  le da un beso en la frente.
—Papi, no apagues la luz del pasillo, eh. —La niña abraza a su muñeca Dora—. ¿Has mirado debajo de la cama?
—Que síii…, tranquila. Hala, a dormir, que es tarde. —Sale del cuarto dejando la puerta entornada.
Y comienza la pesadilla.
Debajo de la almohada, Judit esconde siempre su linterna de los campamentos. Sigilosa se incorpora, se arrodilla sobre la moqueta y alumbra con el foco bajo el lecho. Nada. Se acerca de puntillas al armario, revuelve entre los vestidos colgados. Tampoco nada. Entonces observa un temblor tras las cortinas. «¡Qué mal te has escondido hoy, tonto!», le censura divertida, agarrándole del rabo y arrastrándole por el suelo. Deslumbrado por la luz, el monstruo se tapa los ojos con las garras, indefenso. La niña le sujeta a la sillita de paseo de su bebé y le obliga a tragarse todo el mejunje blanco del biberón. Después, le peina las greñas y le hace unas coletitas.
—Ahora te pondré el disfraz de princesa, ya verás, ya…
Momento que aprovecha el pobre diablo para saltar por la ventana.

sábado, 18 de enero de 2014

Un paso adelante

UN PASO ADELANTE

Pero esta vez, ella lloró sin correr a disimular su llanto entre fogones y ollas, como venía haciendo los últimos ocho años, cuando le veía derramar el vaso de leche sobre el mantel en las comidas o le limpiaba con la servilleta la boca para quitarle los restos de puré. Esta vez, las lágrimas de Emilia se mezclaban con las de su hijo Ernesto, que aplaudía entusiasmado como un niño al ver que había logrado anudarse los cordones de sus playeras.


sábado, 11 de enero de 2014

El arma del delito

EL ARMA DEL DELITO

—Así, tontamente, acabe pegándome un tiro en la cabeza, o me estrangule, o me apuñale, o algo peor. No se puede confiar uno. Ca. Hace tiempos que no pego ojo por culpa de sus ronquidos, casi me alegro de que se haya muerto el puñetero viejo.

El nonagenario cuenta su versión de los hechos a los sanitarios del asilo sobre la repentina muerte de su compañero de habitación. No suelta el bastón blanco ni cuando llegan los agentes de policía, con sus guantes y sus maletines negros. Ha tenido suerte, esos novatos no se atreverán a quitárselo.

viernes, 3 de enero de 2014

MELISSA G.

MELISSA G.

—… naricilla respingona y un cuerpazo de escándalo. Bien, señor —el empleado aporrea las teclas, la pantalla comienza su búsqueda—. ¿Algún detalle más que pueda sernos útil? ¿Lunares, tatuajes?
Niego con la cabeza, impaciente. Unos minutos después, le oigo decir «aquí la tenemos». Se levanta de la silla y me hace un gesto para que le siga al almacén. Abre una cajonera metálica, señala a la chica. «¿Es esta, verdad?». Asiento. «Déjeme el carné». Se lo entrego y apurado me acerco a una cabina. Meto la cinta en el vídeo, la rubia me guiña un ojo y sin perder un segundo más me desabrocho los pantalones.


lunes, 23 de diciembre de 2013

¡¡¡FELICES FIESTAS A TODOS!!!



Cuando despierte el dinosaurio el día 1 de enero espero seguir con todos vosotros por aquí.
Gracias por vuestra simpatía y apoyo. Cuidaros mucho y nos seguimos leyendo.
Besos y abrazos a repartir.
Susana.

domingo, 8 de diciembre de 2013

El profesional

EL PROFESIONAL


Le repugnaba que se le pegaran la camisa y los pantalones a la piel y cada vez toleraba menos las elevadas temperaturas de aquel continente. Aunque todavía le parecía más molesto el zumbido de las moscas que revoloteaban a su alrededor. Lo único que le animaba a seguir inmóvil en su puesto era terminar pronto y darse una ducha de agua fría en el hotel, «lo que tiene que aguantar uno para ganarse la vida», pensaba mientras enfocaba a su objetivo.

Se arrodilló sobre el suelo polvoriento, calculó bien la distancia, buscó el ángulo idóneo y disparó varias veces seguidas mientras aquel desgraciado medio desnudo le observaba silencioso. Tomó docenas de instantáneas del momento en que dos buitres empezaban a picotearle las entrañas. Después guardó en la mochila su cámara, metió el trípode en el maletero del jeep y evitando mirar por el retrovisor puso en marcha el vehículo y se alejó de allí rápidamente.













jueves, 5 de diciembre de 2013

Juntos y revueltos

Los autores de este micro fuimos Esperanza Temprano, Beto Monte Ros y yo. El azar quiso unirnos para componer un texto a tres manos, primera experiencia mía en estas lides. Ha sido toda una satisfacción participar con estas dos grandes personas en esta propuesta de estanochetecuento.blogspot.com. Gracias, chicos.


JUNTOS Y REVUELTOS

Lo peor cada mañana no es oír los aullidos del despertador recordándome de lunes a sábado que soy un puto becario sin sueldo. Ni ver al viejo partir en dos las galletas para que duren toda la semana. Ni siquiera el bochorno que siento cuando guardo en el bolsillo las monedas que deja mi madre debajo del llavero en el vestíbulo, con una nota para que no olvide sellar la bonoloto y que yo, seguro de que nunca logrará un premio, me gasto en cigarrillos.

No. Lo deprimente es levantarse temprano los domingos y lidiar con la abuela. Desde que nos mudamos a vivir con ella, me hace rezar el rosario y me recrimina desde el trono de su mecedora: «¡No pongas los pies en el sofá!». «¡Baja el volumen del televisor!». Como  no tienen dónde ir, mis padres se han resignado y la ignoran, pero me obligan a podar los setos del jardín para contentar a la vieja. Yo, aunque preferiría no hacerlo, obedezco y arreglo los rosales y los nardos, mientras noto en mi pantalón el sobre con cianuro que no me decido a echar en su sopa y que me convertiría en dueño y señor de la casa.




lunes, 2 de diciembre de 2013

Hermana mayor

HERMANA MAYOR

A Catalina le olían las manos a lejía y el aliento a ajo. Solía venir por navidades a ayudar en la cocina y mientras la veíamos trajinar, nos aseguraba que el barco de su marido estaba ya cerca y que muy pronto recibiríamos nuestras ansiadas bicicletas. La mía sería roja, con una cestita delante.
Pero en mi casa las paredes hablaban. Con la oreja pegada al tabique del comedor, descubrí aquel año que el esposo de Catalina no era capitán, sino un gandul que se había esfumado cuando nació su hija, se asustaría al ver un bebé con bigote. Y que los Reyes eran los padres, bueno, mi madre, que a mi padre no le gustaba ir de tiendas. Enseguida informé a mis hermanos pequeños para que revisaran los juguetes de sus cartas y se fueran olvidando de las bicis.
Aprovechando su estupor les convencí de que a Catalina, la pobre, nadie le regalaría nada, así que rompimos nuestras huchas para comprarle un frasquito de perfume. Me las apañé para rellenar con agua de lavanda uno que encontré por ahí y lo envolví en papel de regalo.
Con el dinero del botín conseguí los patines que llevaba dos años pidiendo

Pesadilla

PESADILLA


Se durmió soñando que él también podía volar. Pero en la duermevela divisó a un tipo con una cara muy familiar, que en un portal muy parecido al suyo y con un llavero con la insignia de su equipo de fútbol en la mano, abría un buzón con su nombre, lleno de facturas y recibos. Despertó empapado en sudor.

Entrevista

ENTREVISTA

Rezó, aun no siendo creyente, para que ni su semblante de moribundo reflejado en el espejo del ascensor, ni el suelo movedizo que pisaba cuando avanzaba hacia la puerta donde se leía «Selección de personal», ni los ojos naranjas del reptil que le escrutaban desde su elevada butaca de cuero, le hicieran tambalearse ante sus preguntas:

¿Nombre, edad, estudios?

Febril

FEBRIL

Desde este camastro maloliente presiento que es cosa de minutos que exhale mi último aliento. Cada inspiración me achicharra los pulmones y cuando expulso el aire, un burbujeo que sube desde lo más profundo de mis entrañas me deja tosiendo hasta casi perder el sentido. Está claro: ha llegado el momento de mi partida.
Entre la niebla que me envuelve, me parece oír unas voces familiares. «¿Es que no se va a morir el puto viejo de una vez?». Mis sobrinos, dos cuervos con traje y corbata, se ríen por lo bajinis, frotándose las manos cada vez que escuchan un estertor y mirando asqueados a la piltrafa en que se ha convertido su tío millonario. ¡Sinvergüenzas! Se creen que no les veo, qué equivocados están. La única que alivia un poco mi agonía es Adela, mi fiel servidora, que me enjuga la frente con paños fríos y humedece a cada rato mis labios agrietados.
Antes de hundirme en este colchón de babas y sudor, me sobresalta la presión de unos dedos huesudos en el brazo. «Ahora querrán que les firme el testamento, los muy buitres», pienso aterrado.
—La infección comienza a remitir, pero aún tiene mucha fiebre y sigue delirando, no sé qué dice de una herencia y unos sobrinos —informa el doctor a mi esposa y mis dos hijos tras auscultarme el pecho y tomarme la tensión—. Intenten que ingiera líquidos, ventilen la habitación a mediodía y cambien las sábanas las veces que sea necesario. En un par de días estará como nuevo.

Anda, pues igual todavía sigo vivo. Estoy agotado. Solo quiero quedarme dormido y que esta vez las pesadillas no regresen para invadir mi sueño.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Superdotada

SUPERDOTADA

La cucharada de puré que sostiene Julián queda suspendida en el aire unos segundos que parecen no acabar nunca.
—Papi, te dispersas. ¿Y esta por quién? —inquiere la niña sujetándole la mano.
Le sale una voz autoritaria a Diana, cualquiera diría que solo tiene tres añitos.
—Pues esta… esta… por la tía Luisi, la de…
—¿…Cuenca? No, papá, ¡ya la dijiste antes!
—Entonces por el abuelito Dimas,  que está en el…
—…cielo. No, tampoco vale, te repites, papi. Va a tener razón mami cuando dice que no tienes cabe…
Salió su madre, claro. Como todos los viernes, de comida con sus amiguitas. Pero ya son casi las nueve.
—¿Y… por el primo  Andresín?
—¡Nooo! No le soporto, siempre está metiéndose el dedo en la nariz, es asqueroso.
Julián quita el babero a la niña y le limpia la boca.
—Bueno, nena, ya has comido suficiente. ¿Quieres ver los dibujos?
—¿Y el postre? ¡Quiero un…!
—Yogures no quedan. Toma, un quesito.



Residuos urbanos

RESIDUOS URBANOS

Mientras su  padre cerraba la tapa del contenedor de basura orgánica, vio una mano que colgaba inerte de un agujero de la bolsa. Habían desvestido el cadáver para llevar sus ropas a Cáritas, pero con la oscuridad y las prisas se les había pasado quitarle el reloj.
«¡Vaya, qué putada!», se lamentó el padre al desatarlo de la muñeca. Entre ambos cubrieron el bulto con restos de inmundicias y se quedaron embobados mirando la baratija.
—Pues nada, hijo —resolvió tras un rato de dudas—, tendremos que retroceder aun a riesgo de que nos pillen. El de envases y plásticos está justo en la otra punta del parque.


viernes, 15 de noviembre de 2013

Romance breve

ROMANCE BREVE

La moto se detiene frente a un edificio del casco viejo, en un barrio de casas rehabilitadas. Dos hileras de arbolitos adornan las aceras empedradas y docenas de buganvillas de todos los colores cuelgan de los balcones. El motor da sus últimos rugidos y Mateo me ofrece la mano para apearme, qué galán. Se acerca a una entrada de garaje y empuja la moto al interior. Yo le sigo, cierro la puerta tras de mí y miro alrededor. Boquiabierta me quedo con lo que veo. 

El tío este vive en un garaje, loft o algo así lo ha llamado, no sé qué querrá decir. No hay ni un solo tabique para separar los espacios, solo para el inodoro. Hasta la cabina de la ducha se puede ver desde cualquier ángulo, qué falta de intimidad. Las paredes son de ladrillo rojo, como las de las fábricas antiguas, con lo decorativo que queda el papel pintado. Y muebles pocos, muy pocos, se le agotaría el presupuesto entre la motaza y la mesa de billar que tiene plantada ahí en medio, vaya ocurrencia. Y, por supuesto, la moto aparcada dentro, no me parece serio. Unos ventanales separan un patio interior lleno de plantas, el trabajo que tiene que dar limpiar tanto cristal y la de bichos que habrá ahí. Y el colmo ya, la cocina. Todos los electrodomésticos escondidos dentro de armarios, que vas a buscar algo y no veas la de puertas que tienes que abrir hasta encontrarlo. Lo mismo ocurre con la tele, el vídeo y el equipo de música. Y la cantidad de botones y mandos a distancia por todas partes, ufff, qué fatiga.

Mateo me pregunta si tengo hambre y que si quiero me prepara un brunch, pero un inoportuno dolor de cabeza me hace improvisar una excusa y me escabullo del cuchitril a toda prisa.

La gran estafa

LA GRAN ESTAFA



Y nunca le recordaba lo que no se debía contar a los clientes cuando estampaban su firma en el papel. La sombra del despido le acechaba desafiante detrás de la letra pequeña.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Barco a la vista

BARCO A LA VISTA

Un buque norteamericano hizo sonar la sirena al mismo tiempo que sus caderas se acoplaban furiosas a ritmo de merengue y sus gritos acallaban el embiste de las olas sobre las rocas del acantilado en el momento del clímax. Mientras, un sol sangrante se hundía dolorido en la línea del horizonte.
A Usnavy, fruto de aquella puesta de sol, que le inmortalizaran con ese nombre nunca le hizo mucha gracia, y menos cuando tenía que soportar las carcajadas de los funcionarios cada vez que iba a renovar su tarjeta de identidad.





Recortes de plantilla

RECORTES DE PLANTILLA

—Demasiados asientos vacíos para un vuelo low-cost —murmura Charito mientras araña con la uña un boleto de «Rasca y gana» que ha encontrado en el suelo.
Me giro sobre mi asiento y estiro el pescuezo. Desde la primera fila constato que todas las plazas están ocupadas, menos la de un señor con barriga cervecera que se ha atascado en el pasillo. Le comento que el avión va hasta arriba.
—Pa´eces bobo, Julián, de verdad —me sujeta la barbilla con sus dedos pulgar e índice y me señala hacia la cabina. Las cortinas floreadas que la separan del resto de la nave se han descolgado por la derecha y compruebo sorprendido que en el sitio del piloto y el copiloto no hay nadie.
—Querrás decir «demasiado vacíos los asientos», querida, no es lo mismo; hay que hablar con propiedad.
—Aaay, qué cansino eres, hijo. Anda, saca los billetes que lleva el revisor media hora esperando.


Coreografía

COREOGRAFÍA

Faltan solo unos minutos para que comience el ensayo general. Mañana en el estreno no puede haber errores ni dudas, todo tiene que brillar. Águeda, con el cabello recogido en un moño, se esmera deslizándose como un cisne con sus zapatillas blancas sobre el suelo perfumado. Con la mirada, pues no se atreve ni a rozarlo, acaricia el vestidito que lucirá la primera bailarina, qué preciosidad. Sus manos enguantadas giran en círculos sobre al espejo y cuando todo el escenario reluce, se dobla por la cintura haciendo una reverencia a un público inexistente que la aclama en una gran ovación.
Plas, plas, plas. Tres palmadas de su compañera apoyada en el quicio de la puerta la devuelven a la realidad.
—Águeda, guapina, espabila con la mopa que todavía nos queda el vestuario y la sala de pilates.




Inquilinos

INQUILINOS


A la bestia que habita en mí le encanta ensayar su sonrisa de golfo antes de salir de caza por las noches. Siempre consigue sus trofeos, aunque a veces por las malas. Hoy regresó a las tantas con una mirada salvaje; por la mañana se levantó el otro y tras arreglarse y frotar unas manchas de sangre del billetero, asistió a sus clases en la facultad; y a la hora de comer hemos tenido bronca, como siempre. Ellos me conminan a que elija, pero yo me he encariñado con ambos, así que seguiremos juntos hasta que el cuerpo aguante.

Noche de San Juan

NOCHE DE SAN JUAN

De esa es de la que tú no quieres hablar.
Porque te despertó de tu imberbe letargo con sus labios de calimocho al ritmo que la hoguera devoraba tus cuadernos de apuntes en la playa. Porque en su garganta creíste derramar toda la sal y el agua del océano, sintiéndote cada vez más lleno. Porque con sus lametazos te hizo esponjarte cerca del momento de la pleamar para luego, al despuntar el sol, abandonarte a tu suerte  en la orilla mientras salpicaba con su espuma la boca de los otros náufragos.