LA GUERRERA
No puede estar más rica
el agua. Ha sido alcanzar la meta, meter un pie, después el otro, caminar por
el fondo de arenas blancas, avanzar lentamente hasta cubrirte por la cintura,
sumergirte entera y después dejarte flotar en el lago, ingrávida. Una gozada
sentir la tibia humedad acariciando tu piel. La pena es lo poco que dura el
deleite, esa sensación tan placentera que quisieras alargar, de lo a gusto que
te hallas. Pero te has dormido. Ha sido cerrar los ojos, notar la ligereza de tu
cuerpo y ponerte a roncar. Porque siempre llegas agotada.
Saliste al alba a por
el sustento para tus crías y te adentraste en la jungla abriéndote camino a
machetazos entre la maraña, pinchándote con las espinas de los arbustos,
esquivando víboras, carroñeros y trampas, defendiéndote de sus ataques con colmillos
y garras… para, al final de la jornada, regresar con el alma magullada a casa.
Y justo ahora, cuando
más profundamente dormida estabas, va y suena un pitido, un ruido estridente,
horroroso, que te hace dar un respingo, asustada. Como cada día, a las cinco de
la mañana, apagas de un manotazo el despertador, te levantes legañosa de la
cama y te metes a la ducha, pensando que mejor no recordar que todavía es
martes, que te queda por delante toda la semana.