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domingo, 9 de noviembre de 2014

Depredadores

DEPREDADORES

Lo que aterrorizaba a Samia cuando cumplió los once años no eran las sombras que atravesaba cada mañana cuando dejaba atrás el campamento camino de la escuela, ni los gruñidos de los coyotes.
Madre, no me obligues a vivir donde el tío Malik suplicaba agarrada de su túnica.
Hija, se hará lo que tu padre ordene sollozaba esta, mientras doblaba su ropita dentro de un saco.
Desde entonces, cada vez que se acostaba, Samia apretaba muy fuerte los ojos. Y las piernas. 
Cuando tres años después llegó su hermana pequeña al infierno de adobe, supo lo que debía hacer.
Aquella tarde, dos niñas corrieron de la mano hacia las dunas.
Aquella noche, no se escuchó ningún aullido en el desierto.






2 comentarios:

  1. Ir recabando el coraje para escapar de la penumbra. Como Samia, mejor si hay alguien a tu lado para sostenerte en la huida. :-) Un saludo

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  2. A veces, Patricia, reconocemos el infierno no cuando lo padecemos, sino cuando un ser querido se aproxima a él. La vida es un aprendizaje muy muy jodido.
    Un abrazo.

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