miércoles, 27 de noviembre de 2013

Superdotada

SUPERDOTADA

La cucharada de puré que sostiene Julián queda suspendida en el aire unos segundos que parecen no acabar nunca.
—Papi, te dispersas. ¿Y esta por quién? —inquiere la niña sujetándole la mano.
Le sale una voz autoritaria a Diana, cualquiera diría que solo tiene tres añitos.
—Pues esta… esta… por la tía Luisi, la de…
—¿…Cuenca? No, papá, ¡ya la dijiste antes!
—Entonces por el abuelito Dimas,  que está en el…
—…cielo. No, tampoco vale, te repites, papi. Va a tener razón mami cuando dice que no tienes cabe…
Salió su madre, claro. Como todos los viernes, de comida con sus amiguitas. Pero ya son casi las nueve.
—¿Y… por el primo  Andresín?
—¡Nooo! No le soporto, siempre está metiéndose el dedo en la nariz, es asqueroso.
Julián quita el babero a la niña y le limpia la boca.
—Bueno, nena, ya has comido suficiente. ¿Quieres ver los dibujos?
—¿Y el postre? ¡Quiero un…!
—Yogures no quedan. Toma, un quesito.



Residuos urbanos

RESIDUOS URBANOS

Mientras su  padre cerraba la tapa del contenedor de basura orgánica, vio una mano que colgaba inerte de un agujero de la bolsa. Habían desvestido el cadáver para llevar sus ropas a Cáritas, pero con la oscuridad y las prisas se les había pasado quitarle el reloj.
«¡Vaya, qué putada!», se lamentó el padre al desatarlo de la muñeca. Entre ambos cubrieron el bulto con restos de inmundicias y se quedaron embobados mirando la baratija.
—Pues nada, hijo —resolvió tras un rato de dudas—, tendremos que retroceder aun a riesgo de que nos pillen. El de envases y plásticos está justo en la otra punta del parque.


viernes, 15 de noviembre de 2013

Romance breve

ROMANCE BREVE

La moto se detiene frente a un edificio del casco viejo, en un barrio de casas rehabilitadas. Dos hileras de arbolitos adornan las aceras empedradas y docenas de buganvillas de todos los colores cuelgan de los balcones. El motor da sus últimos rugidos y Mateo me ofrece la mano para apearme, qué galán. Se acerca a una entrada de garaje y empuja la moto al interior. Yo le sigo, cierro la puerta tras de mí y miro alrededor. Boquiabierta me quedo con lo que veo. 

El tío este vive en un garaje, loft o algo así lo ha llamado, no sé qué querrá decir. No hay ni un solo tabique para separar los espacios, solo para el inodoro. Hasta la cabina de la ducha se puede ver desde cualquier ángulo, qué falta de intimidad. Las paredes son de ladrillo rojo, como las de las fábricas antiguas, con lo decorativo que queda el papel pintado. Y muebles pocos, muy pocos, se le agotaría el presupuesto entre la motaza y la mesa de billar que tiene plantada ahí en medio, vaya ocurrencia. Y, por supuesto, la moto aparcada dentro, no me parece serio. Unos ventanales separan un patio interior lleno de plantas, el trabajo que tiene que dar limpiar tanto cristal y la de bichos que habrá ahí. Y el colmo ya, la cocina. Todos los electrodomésticos escondidos dentro de armarios, que vas a buscar algo y no veas la de puertas que tienes que abrir hasta encontrarlo. Lo mismo ocurre con la tele, el vídeo y el equipo de música. Y la cantidad de botones y mandos a distancia por todas partes, ufff, qué fatiga.

Mateo me pregunta si tengo hambre y que si quiero me prepara un brunch, pero un inoportuno dolor de cabeza me hace improvisar una excusa y me escabullo del cuchitril a toda prisa.

La gran estafa

LA GRAN ESTAFA



Y nunca le recordaba lo que no se debía contar a los clientes cuando estampaban su firma en el papel. La sombra del despido le acechaba desafiante detrás de la letra pequeña.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Barco a la vista

BARCO A LA VISTA

Un buque norteamericano hizo sonar la sirena al mismo tiempo que sus caderas se acoplaban furiosas a ritmo de merengue y sus gritos acallaban el embiste de las olas sobre las rocas del acantilado en el momento del clímax. Mientras, un sol sangrante se hundía dolorido en la línea del horizonte.
A Usnavy, fruto de aquella puesta de sol, que le inmortalizaran con ese nombre nunca le hizo mucha gracia, y menos cuando tenía que soportar las carcajadas de los funcionarios cada vez que iba a renovar su tarjeta de identidad.





Recortes de plantilla

RECORTES DE PLANTILLA

—Demasiados asientos vacíos para un vuelo low-cost —murmura Charito mientras araña con la uña un boleto de «Rasca y gana» que ha encontrado en el suelo.
Me giro sobre mi asiento y estiro el pescuezo. Desde la primera fila constato que todas las plazas están ocupadas, menos la de un señor con barriga cervecera que se ha atascado en el pasillo. Le comento que el avión va hasta arriba.
—Pa´eces bobo, Julián, de verdad —me sujeta la barbilla con sus dedos pulgar e índice y me señala hacia la cabina. Las cortinas floreadas que la separan del resto de la nave se han descolgado por la derecha y compruebo sorprendido que en el sitio del piloto y el copiloto no hay nadie.
—Querrás decir «demasiado vacíos los asientos», querida, no es lo mismo; hay que hablar con propiedad.
—Aaay, qué cansino eres, hijo. Anda, saca los billetes que lleva el revisor media hora esperando.


Coreografía

COREOGRAFÍA

Faltan solo unos minutos para que comience el ensayo general. Mañana en el estreno no puede haber errores ni dudas, todo tiene que brillar. Águeda, con el cabello recogido en un moño, se esmera deslizándose como un cisne con sus zapatillas blancas sobre el suelo perfumado. Con la mirada, pues no se atreve ni a rozarlo, acaricia el vestidito que lucirá la primera bailarina, qué preciosidad. Sus manos enguantadas giran en círculos sobre al espejo y cuando todo el escenario reluce, se dobla por la cintura haciendo una reverencia a un público inexistente que la aclama en una gran ovación.
Plas, plas, plas. Tres palmadas de su compañera apoyada en el quicio de la puerta la devuelven a la realidad.
—Águeda, guapina, espabila con la mopa que todavía nos queda el vestuario y la sala de pilates.




Inquilinos

INQUILINOS


A la bestia que habita en mí le encanta ensayar su sonrisa de golfo antes de salir de caza por las noches. Siempre consigue sus trofeos, aunque a veces por las malas. Hoy regresó a las tantas con una mirada salvaje; por la mañana se levantó el otro y tras arreglarse y frotar unas manchas de sangre del billetero, asistió a sus clases en la facultad; y a la hora de comer hemos tenido bronca, como siempre. Ellos me conminan a que elija, pero yo me he encariñado con ambos, así que seguiremos juntos hasta que el cuerpo aguante.

Noche de San Juan

NOCHE DE SAN JUAN

De esa es de la que tú no quieres hablar.
Porque te despertó de tu imberbe letargo con sus labios de calimocho al ritmo que la hoguera devoraba tus cuadernos de apuntes en la playa. Porque en su garganta creíste derramar toda la sal y el agua del océano, sintiéndote cada vez más lleno. Porque con sus lametazos te hizo esponjarte cerca del momento de la pleamar para luego, al despuntar el sol, abandonarte a tu suerte  en la orilla mientras salpicaba con su espuma la boca de los otros náufragos.


martes, 8 de octubre de 2013

Cazado

CAZADO

El pequeño antílope se agita convulsionado sobre la tierra polvorienta, es lanzado por los aires como un pelele y cae preso en las fauces de la leona, que lo sujeta con fuerza.
—Ramírez, ¿está usted sordo o qué? Deje de mirar a las musarañas y salga de una vez al encerado a resolver la ecuación.
En un intento de huida se marca un instintivo zigzag, pero no consigue ponerse a salvo junto al resto de la manada. Su verdugo le oprime el cuello y comienza a sentir que no le llega el oxígeno. En un estertor de muerte trata un escape a la desesperada.
—Señorita, es que me he torcido la muñeca saltando el potro en clase de gimnasia.
La mandíbula de la felina da un giro a su pescuezo y se oye un fuerte craaack que retumba en su cabeza y en toda la meseta del Serengueti. El cielo azul se oscurece y el sol deja de brillar para él, para siempre.
—Recoja sus bártulos y abandone el aula. Esta tarde tendré unas palabras con sus padres. Y no me mire con esa cara de cordero degollado, que todavía no me he comido a nadie, aunque nunca se sabe…



Cuentos a tutiplén

CUENTOS A TUTIPLÉN

Érase una vez un pirómano que incendió el banco que gestionaba, redujo a escoldos los ahorros de miles de clientes y se refugió de la lluvia de cenizas en su castillo de fuegos artificiales. Y colorín colorado, diecinueve horas entre rejas después, este cuento se ha acabado. Qué cortito, ¿no? Si quieren, les cuento el de un yerno  que…

Subasta

SUBASTA

—Érase una vez a la una…—. El banquero se remueve incómodo en su sillón.
—¡Érase una vez… a las dos!—.  Las uñas del político parecen astillas.
—Érase una vez…  ¡a las tres! Adjudicada al cuentista.

Por mucha maña que se dieran inventando historietas,  la frase de inicio jamás les pertenecería.

jueves, 3 de octubre de 2013

Sobredosis de arte

SOBREDOSIS DE ARTE

Después de dos horas pateando salas y más salas llenas de retratos, bodegones, paisajes, esculturas y tapices… descubrí una puerta con un letrero que ponía: «Solo personal autorizado». Esta es la mía, me dije, y en un despiste del guía la empujé con disimulo y me colé dentro. 
Derrengada, me dejé caer en el suelo del cuartucho. Cuando mis ojos se hicieron a la oscuridad, casi se me saltan las lágrimas de la emoción al ver tan bien ordenaditos en aquel hueco: una escoba, un recogedor, unos trapos amarillos con rayitas rojas y un plumero.


El restaurador

EL RESTAURADOR

El doctor Esteve medita en el asiento del vagón sobre las citas de los últimos meses: las salidas intempestivas del hospital, las disparatadas excusas al cirujano jefe…  Tiene que parar esta locura cuanto antes, no debe arriesgar así su reputación.
Se baja del metro en Atocha y se encamina a toda prisa al museo. Tras identificarse en la entrada se dirige a la sala de restauración. «¡¡¡«La maja desnuda» preñada otra vez!!!». Indiferente a los lamentos del personal abre el maletín y dispone sus bártulos. Sin temblarle el pulso practica una incisión horizontal en el abdomen y extrae un feto chorreante de pintura. «Lo que habría que evitar a toda costa», se dice muy serio, «es un cuarto aborto; la tela no resistirá tantas puntadas».
Un rato después en el lavabo se aclara las manos teñidas de bermellón y se ajusta al cuello una pajarita que saca del bolsillo. Mira el reloj, todavía llega a tiempo al cóctel de esta noche. Da un lingotazo a su petaca de ginebra y decide que es el último favor que le hace a su amigo el director del museo. Hoy a más tardar le sugerirá que cambie a «Los borrachos» a otra sala.


lunes, 30 de septiembre de 2013

Recaída

RECAÍDA

A grandes zancadas sobre las olas atravieso el arrecife de coral que bordea tu islote y nado hacia el horizonte. En los labios me llevo el sabor a leche agria de tus cocos y cicatrices en el cuerpo de mis resbalones sobre las rocas. En medio del océano las fuerzas me abandonan, me rindo a la corriente y la marea de la noche me arrastra de vuelta a tu playa.


martes, 24 de septiembre de 2013

Las gafas

LAS GAFAS

Me despertaron unos ruidos que procedían de la biblioteca y supuse que sería mi suegro, que solía encerrarse allí a fumar a escondidas. Descalzo para no hacer ruido, avancé de puntillas por el pasillo hasta encontrarme frente a la puerta entornada. Vi una luz por debajo y la empujé suavemente. Cuando entré tuve que pellizcarme un brazo, no me lo podía creer: en una butaca de orejas, a la altura de donde quedaría la cabeza de una persona sentada, distinguí unas gafas de sol con montura rosa suspendidas en el aire. Enseguida las reconocí: aquella mañana mi mujer había ido al mercadillo y, como siempre, había regresado con varias bolsas llenas de trastos inútiles.
Sin moverme del sitio, estuve observándolas un rato. Giraban de izquierda a derecha, frenéticas, a la misma velocidad con que las hojas del libro que tenían delante, también ingrávido, pasaban como azuzadas por una corriente de aire. Miré en derredor: las ventanas estaban cerradas. Una fila de libros iba turnándose de la estantería a la butaca y luego de vuelta a su balda. Me pareció que las gafas me miraban y me hacían un guiño. Como era tarde y se me cerraban los ojos, decidí volverme a la cama; ya seguiría investigando el asunto.
A lo largo de esa semana me mantuve al acecho, espiándolas. Cuando terminaron de leer todos los volúmenes de la enciclopedia, mi colección de tebeos y los libros de viajes, pasaron a las novelas de mi esposa y luego a los álbumes de fotos; parecía que no se contentaban con nada, todo les sabía a poco. Después siguieron su incursión por el botiquín del baño, leyendo atentamente las instrucciones de los medicamentos. También me las encontré en la cocina, estudiando los envases de los productos de alimentación y limpieza. Esto pareció aburrirlas un poco, ya que los siguientes días no se movieron de su estuche.
Hasta que el sábado por la noche las vi salir tan campantes de casa, con unas lucecitas a los lados. Me pareció algo extraño, pero las dejé marchar. Un poco de aire no las vendría mal. El domingo por la mañana estaban quietecitas en su estuche; eso sí, manchadas con unas gotas de kétchup y con el sello de una discoteca en los cristales.
—Esta es una casa decente —les solté, enfadado. Me salió así, sin pensar—. Aquí hay que cumplir unas normas.
Durante la siguiente semana estuvieron muy tranquilas, mirando revistas y echando un vistazo al periódico. Pero el sábado, al levantarme, me las encontré rotas y ojerosas junto a la taza del baño. Apestaban a alcohol. Y eso no lo soporto.
Me agaché a su lado y las sujeté mientras vomitaban. Después las limpié con un paño húmedo, les puse una cadena en las patillas y las guardé en el armario del garaje, anudadas a un gancho. Antes de cerrar la puerta vi que se les caían unos lagrimones. Me dieron algo de pena, pero me prometí que no las sacaría de allí por lo menos hasta el lunes.





Cóncavo, convexo

CÓNCAVO, CONVEXO

Ya en la cola de embarque cruzamos nuestra primera mirada. Lo recuerdo perfectamente. Todo. Los detalles de su vestimenta: la sudadera de capucha azul con el logo de una marca deportiva, los vaqueros de marca con bolsillos raídos, el negro flequillo que le cubría media cara…  su sonrisa de golfo…  Me pareció de esos hombres tan atractivos que nunca se han molestado en preguntarme ni la hora. Pero quizá por la proximidad de nuestros asientos,  P25 Y V26, estuvimos las diez horas de vuelo charlando, como si nos conociéramos de toda la vida. Antes de aterrizar, intercambiamos nuestros números de teléfono.
Eran mis primeras vacaciones desde hacía mucho tiempo. Con César, mi ex, había montado una empresa de restauración, seis años atrás, pero todo se fue al garete, la empresa y el matrimonio. Menos mal que no tuvimos hijos. Me asocié con Carol y con mucho esfuerzo conseguimos reflotarla. Y por fin me cogía dos semanitas de vacaciones, casi empujada por Carol, que insistía en que «estás muy desmejorada, tienes que relajarte y divertirte, reina». Y decidí seguir su consejo.
Cuando el avión aterrizó en aquella isla paradisiaca, recogí mis maletas y tomé un taxi. No había ni empezado a deshacer el equipaje en el hotel cuando sonó el timbre del móvil. Era él, Pablo, que me preguntaba si me apetecía salir a cenar. Resultó que se alojaba a dos avenidas de mi hotel.
Nerviosa, acepté su invitación. ¿Por qué no?
Las dos semanas que siguieron a esta primera cita las viví como un sueño. Desayunos en la cama, servidos en una bandeja con flores por el personal del hotel, (el suyo o el mío, todo nos parecía bien); piscolabis en la playita… Después del almuerzo, cócteles y por las noches, antes de dejarnos llevar por los deliciosos combinados de la terraza, llenábamos el estómago con las excelentes carnes a la parrilla que preparaban al lado de la piscina. Nunca antes me había sentido así, como una reina.
Engordé ocho quilos.
A la vuelta de las idílicas vacaciones estaba más llenita. Los vaqueros no me entraban, así que tiré de la ropa de antes de la ruptura, más ancha. Lo que perdí con la depresión después del divorcio lo había recuperado con el relax de las vacaciones. Mis amigas me decían: «estás fenomenal, hija, parecías un cadáver, un alma en pena, ahora vuelves a ser tú» y yo, la verdad, me veía estupenda. Mis pechos, el culo, y sobre todo, la cara, habían vuelto a tener vida, después de tan largo letargo.
Pero a Pablo no le pareció lo mismo.
Después de dos breves encuentros, en los que le vi muy frío y distante, dejó de contestar a mis llamadas y mensajes. Desesperada, provoqué un encuentro a la salida de su estudio de arquitectura.
—Nena— me dijo—, deberías hacer algo de ejercicio—, soltó el muy cabrón,  y me entregó, apático, la tarjeta de un gimnasio. Después se largó con la excusa de no sé qué reunión de última hora.
Nunca se me olvidará lo que me jodió su consejo. Pero lo seguí y me acerqué a un gimnasio a informarme.
Con el menú de actividades programadas en una mano y una copita de vino en la otra, contemplaba a través de los cristales del bar del gimnasio cómo las gruesas gotas de lluvia golpeaban sin compasión, igual que las lágrimas que a duras penas contenía se estrellaban contra mis retinas.
Entonces, una chica en chándal rosa fosforito que sorbía con una pajita una bebida isotónica a mi lado, se giró y me tendió un clínex.
—Hoy es el primer día del resto de tu vida. Es que vengo del yoga y es lo que nos han contado esta tarde. ¡Y me encanta este mensaje!
Y con una sonrisa transparente como el vidrio que sostenía, se terminó el refresco, recogió su mochila y salió del local
Me quedé pensando en su frase, dándole vueltas. Y tras apurar la copa y abrocharme el abrigo pagué la consumición y me dirigí a la entrada. Forcé una sonrisa frente a la puerta giratoria del gimnasio al salir.
Y me vi guapa.
Al pisar la calle me sumergí en el aguacero y, dejándome mojar por la persistente lluvia, dirigí mis pasos hacia ningún lugar, feliz,  saltando en los charcos como la niña rolliza que fui hace treinta años, sintiendo las gotas deslizándose por mi rostro, calándome, empapándome. 

Secretos de familia

SECRETOS DE FAMILIA


Lo poco que sabía del tío Aniceto era lo que mi madre me había contado las escasas ocasiones en que salía el tema de su familia, que habitualmente prefería esquivar. Decía de él que siempre había sido un hombre huraño y solitario. Vivía en la misma cabaña donde nacieron ambos, apartada de la aldea, y no se relacionaba con nadie. Por ese motivo seguramente nadie le echó en falta hasta el día en que su cadáver fue hallado por un excursionista, aplastado por el tractor que conducía, tres semanas después de ocurrir el accidente. Mi madre no mantenía contacto con su hermano desde hacía más de cincuenta años, pero al ser la única pariente viva que le quedaba, no tuvo más remedio que hacerse cargo del asunto.
Desde que salió del pueblo a  los quince años con mi abuela, tras el repentino abandono de su padre, no había vuelto por allí. Aniceto, de dieciocho años, no quiso marcharse, o eso decía ella, y se había quedado al cuidado de unas cabras y terrenos de donde obtenía lo necesario para subsistir sin necesidad de bajar a comprar al pueblo más que dos o tres veces al año.
Al entierro asistimos mi madre, mi mujer y yo, y como suele ocurrir en muchas zonas rurales, las cinco viejas que no desaprovechaban ninguna oportunidad para darse un garbeo por el cementerio, como para ir familiarizándose con la que sería su futura morada. Aquella tarde de noviembre había caído una gran nevada y me pareció temerario conducir de vuelta a casa en esas condiciones y sin cadenas. En el fondo, también me atraía la idea de pasar allí la noche. Pese al peligro que suponía ponerse en carretera, me costó mucho convencer a mi madre para quedarnos a dormir, pero al final cedió, pues no teníamos más opciones. Desde luego, no la iba a permitir quedarse en el coche como ella quería. «Mamá», le reprendí, «no digas bobadas. Encenderé la chimenea y mañana temprano pediré en el pueblo unas cadenas y volveremos a casa».
Mientras yo avivaba el fuego de la lumbre, mi mujer encendió el hornillo para preparar café. Agotada por la jornada, mi madre se tomó una de sus pastillas y se quedó profundamente dormida en el sofá. Había estado muy callada todo el día, cosa nada habitual en ella, pero claro, estábamos de funeral y no me pareció oportuno molestarla con preguntas. Sentado ante la mesa de la cocina me puse a enredar en los cajones. El tío Aniceto era un coleccionista de objetos curiosos: piedras de río a las que pintaba ojos, nariz y boca, figuritas humanas y animales hechas con palitos y estiércol… También había algunos insectos muertos, no sé ya si pertenecerían a la colección o habían caído allí por accidente. Alargué la mano hasta el fondo del cajón y encontré un papel arrugado y amarillento por el paso del tiempo. Lo desdoblé cuidadosamente para no romperlo y al instante reconocí la inconfundible letra de mi madre. En la parte de arriba figuraba una fecha: 18 de octubre de 1961.
Aniceto, tienes que saber que padre no se fugó, fue un desgraciado accidente, iba a pegar a madre todo borracho y le arreé en toda la cabeza con la sartén y se desangraba y dejó de respirar y se murió. Yo mismamente lo enterré debajo de la bañera donde beben las cabras y ahí se quedará. Nos vamos a donde tío Monchi en la capital que nos ofrece habitación y un plato caliente a cambio de servirle y tú te estás ahí calladito y vigilas que nadie fisgonee por ahí. No cuentes nada, adiós, ah, que dice madre que te cortes las uñas y te cambies la muda todos los domingos. Hala, adiós.
Doblé la hoja y me la guardé en el bolsillo de la pelliza. Mi mujer me sirvió una taza de café y me puso una manta sobre los hombros. «Julián», observó mirándome con curiosidad, «estás blanco como un muerto, ni que hubieses visto un fantasma. Anda, bebe un poco, con esto entrarás en calor».


lunes, 23 de septiembre de 2013

El administrador de fincas

EL ADMINISTRADOR DE FINCAS

Cada vez llevo peor estas reuniones, se me sube hasta la tensión. Pero en la oficina somos solo dos, mi socio, Guillermo, y yo. Y su cardiólogo le ha dejado muy claro que debe evitar cualquier situación estresante si no quiere sufrir otro infarto. Así que no me queda alternativa. Solo espero que lo de hoy termine cuanto antes, a ver si llego a tiempo de ver a mi hijo Rubén apagar las velas de su décimo cumpleaños.
—Bien, señores —pongo la voz grave y estiro la corbata, como para darme un brío que no tengo— son las ocho. Parece que estamos todos, así que podemos ir empezando. Aquí traigo el Libro de Actas, si les parece vamos a…
—¡Un momento, señor administrador, que no estamos todos! —. Ya me imaginaba yo que la primera intervención no tardaría en llegar. Esta es doña Mercedes, calculo que tendrá unos setenta. Siempre asiste a las reuniones como si fuera a una cita, repeinada de peluquería y con un tinte de uñas nacarado. Mucho arreglarse, pero no se le quita el olor a lejía. —Falta la del segundo derecha, que siempre falta, parece que todo le importa un comino. A saber si está al día en los pagos. Esa chica es muy rara: los fines de semana llega a las tantas, que la veo yo a través de las cortinas. A mí es que me gusta madrugar, para pensar en mis cosas y…—
Mal empieza el asunto.
—La del segundo derecha, doña Mercedes, —interrumpe el jefe de escalera—, me comunicó que no asistiría y que daba por bueno lo que decidiera la mayoría. Y sí, está al día en los pagos, puede usted quedarse tranquila. Y no hemos venido a hablar de si entra o sale, sino del cambio de jefe de escalera, que por cierto este año le toca a usted. Y de las posibles obras pendientes.
Doña Mercedes pilla un catálogo de un supermercado que hay en el suelo y se pone a leerlo muy concentrada, haciéndose la loca. Cualquier cosa antes que reconocer que ha metido la pata.
Este tío es nuevo en la comunidad, parece majo. Son solo diez propietarios, pero sé por experiencia que el jaleo está garantizado, sean diez o cien. Ahora es el del cuarto izquierda, un cincuentañero arrugado, calvo y con gafas de lupa,  el que toma la palabra para decir lo mismo de siempre, qué cansino.
—Sería muy conveniente y necesaria la instalación de un ascensor—siempre comienza las frases con un tonillo pedante para luego caer en su auténtica esencia. —Me fatiiigo mucho, aaay, —se lamenta golpeando con el bastón (bastón de Camino de Santiago, no de ciego) en el suelo— subiendo las escaleras y he oído que te lo puedes quitar de Hacienda. Mi esposa casi no se puede mover de casa, la pobre está muy trabada, esto es un horror y un sinvivir —baja la vista hacia sus zapatillas de cuadros rojos y negros y se frota los ojos, como retirando una lagrimita inexistente. No voy a entrarle al capote diciéndole que con su mujer coincido con las bicis todos los domingos en el parque. Aunque ganas me dan.
Me aflojo la corbata y el cuello de la camisa, me seco el sudor de la frente y repito la misma cantinela:
—Lo del ascensor, señor Pérez, ya quedó zanjado hace un año. No hay hueco en la escalera ni se puede ocupar la acera, es imposible. Bien, sigamos. Este año se ha cambiado el portero automático, se ha pagado a la limpiadora, la factura de luz de la escalera y la minuta de mi despacho. No ha habido más gastos. Como acordamos, he traído tres presupuestos para el arreglo del tejado y solucionar el tema de las humedades que afectan a los vecinos de los dos últimos pisos.
—¡Habría que arreglar la fachada y pintar el portal! —chilla el propietario de los dos terceros, que por cierto todavía no ha ingresado los tres últimos trimestres. —Parecemos los pobretones de la calle. Y el tejado no es lo único que provoca humedades, como si los que no vivimos en el quinto no sufriéramos lo nuestro. Aquí traigo unas fotos de cómo tengo el dormitorio por las filtraciones de las bajantes, miren, miren.
Varias vecinas se arremolinan en torno a las fotos y se las van pasando, fijándose más en los muebles y cortinas que en las humedades.
—¡Uy, Ramón, que papel pintado más bonito! Y esa cómoda me gusta muchísimo —exclama doña Mercedes manoseando las fotos. —La verdad es que la decoración de esa vivienda, por lo que atisbo a comprobar por encima del hombro de esta mujer, serviría muy bien de decorado para la serie de televisión «Cuéntame». Pero me callo.
—Sí, lo escogió mi hija pequeña, la Yasmina —dice, orgulloso—. Ya sabe usted que es peluquera y tiene muy buen gusto. Pero no es una cómoda, qué va. Es un mueble zapatero. Así queda muy bien ordenadito todo el calzado y luego lo encuentro enseguida, una maravilla.
Miro disimuladamente el reloj. Llevamos así una hora y esto no avanza. Interrumpo a doña Mercedes, la única que está sentada en una silla. Siempre se trae una silla de camping, de esas de tijera. Los demás estamos de pie en el portal. Menos el vecino del segundo izquierda, que parece más normal, el resto ha ido haciendo grupitos y conversan animadamente de diversos temas, por supuesto muy ajenos a la reunión: que si la de la tienda ya no fía, la muy bruja; que si la limpiadora no deja bien los cristales; que si a ver si se mueren de una puñetera vez todas las palomas del mundo, que me dejan perdido el tendal con sus cagadas…
Ante este callejón sin salida, recuerdo el consejo de Guillermo y saco la carta que siempre hay que tener escondida en la manga para estos casos, «no falla en estas comunidades de tercera, Luis, hazme caso», me había insistido.
Y ahí me lanzo, convencido pero con reservas.
—Bueno, sigamos con lo que nos ha traído hoy aquí. En la cuenta hay un saldo de 152 euros. El presupuesto más asequible para la obra del tejado es de quince mil euros más IVA. Sugiero una derrama de cien euros al mes por piso, y dentro de un año nos volvemos a reunir y se decide.
Doña Mercedes, como si tuviera un petardo metido en el culo, pliega la sillita e inicia un rápido ascenso a su piso, las varices parecen haberle dado una tregua. El propietario de los dos terceros sale disparado a la calle, mascullando «qué tarde se me ha hecho, Dios mío, tengo que comprar la cena». El del ascensor se lamenta de la poca solidaridad con su causa y escapa escaleras arriba arrastrando los pies y resoplando a cada escalón. El resto se escabulle como puede. Solo quedamos el nuevo del segundo izquierda y yo.
Me aprieta calurosamente la mano y me da un golpecito en la espalda. No hace falta decir más.
Miro la hora. Las diez. Quizá todavía llegue a tiempo de comer un trozo de tarta.