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lunes, 23 de septiembre de 2013

Otro rollo

OTRO ROLLO

Ahí llega el 16, el que me deja justo al ladito del portal. Parece que viene abarrotado, pero yo tengo que pillar sitio como sea. Estoy tan fatigada…
—Señora, le he dicho ya tres veces que no se me cuele —me empuja a codazos un señor muy feo de bigotes que sujeta bajo el brazo una carpeta negra en la que pone «AZ»—, y usted dando saltitos ya se ha adelantado dos puestos en la cola. Qué se piensa, ¿que somos tontos o qué?—. Me hago la sorda, muchas veces funciona. —Llevo aquí media hora, ¿se entera de una vez? —me amenaza con el dedo, qué bochorno— así que estese quietecita.
Yo me abrocho y desabrocho un botón de la chaqueta hasta que pase la marea. Me da como seguridad. Lo hago mucho en misa, es que no sé a veces qué hacer con las manos.  —En mi época, la juventud era más respetuosa —ruto por lo bajinis, a ver si alguien sale en mi defensa. Pero no, nadie me apoya: ya no queda ninguna solidaridad con las ancianas.
—Buenos días, Dios de Dios —saludo educada. —Mucha gente tiene la mala costumbre de meter la tarjeta del bonobús en la maquinita y pasar de largo como si no existiera el conductor. Esta vez es él quien me ignora a mí, atontado como está hurgándose los dientes con un palillo de madera, así se lo trague; maleducados los hay en todas partes
PSSSS. Se cierra la puerta delantera y la de salida. Gracias a la ventaja que he ganado en la acera, consigo encontrar asiento y el autobús arranca, dando trompicones, como siempre. Delante de mí van dos chicas disfrazadas. Esta juventud parece que solo piensa en divertirse, no me suena que los carnavales caigan en octubre.
—Lo que oyes, tía —le dice la de la cresta verde a su amiga, a quien le acaba de estallar un enorme globo de chicle en toda la cara. Con lo mal que se quita el chicle—, que me encuentro al muy capullo en el baño del «Dis Paradis» morreándose con la zorra de la Jessi. ¿Pero tú te crees? ¿Cómo es capaz, el mamonazo ese, ahora que me había tatuado su nombre? —se baja el escote de la camiseta y le enseña a la otra las tetas. No alcanzo a ver el nombre del muchacho ni estirando el pescuezo.
Parece que van vestidas de brujas, ¿será jalogüin, esa fiesta de los americanos? La del chicle ha sacado un espejito y se está embadurnando los ojos con una barra de betún. Deja el bolso entreabierto y me da tiempo a echar una ojeada al interior: chatarra y más chatarra, no hay ni un solo objeto reconocible, salvo una cajita de algo, serán más chicles, qué vicio. Aunque no sé por qué pone «sabor manzana ácida, máximo confort, ¿Confort? Y un bote de espray, que lo mismo es para el pelo que para ensuciar los muros de las calles. Igual estas dos pertenecen a uno de esas bandas que van pintarrajeando la ciudad. Aprieto fuerte el bolso en el regazo, no sea que me den un tirón.
—No te chines, tía, tú míralo por el lado bueno. A ver —continúa la del bolso mientras su móvil no para de pitar— ¿No te has fijado que el Jonatan no te quita ojo? Pues aprovechas el tatu del hijo puta del Jon y lo estiras… hasta Jon…atan, ¡no me digas que no mola!
—Lo que más me jode es que la pedorra esa me levante al churri delante de mis narices. Y con las pintas que lleva, que el otro día le colgaban los flecos hasta del coño, parecía Pocahontas, pero en plan macarra —ahora suelta una carcajada y veo unos aros metálicos en su lengua, qué horror—.  Hala, a tomar por culo, ya se me ha pasado el mal rollo. Qué bien que somos coleguis y me das cuartelillo. Luego le mando un whassap al Jonatan, a ver si se baja esta tarde al botellón
—Claro, tía. Y al Jon que le den. Total, ¿cuánto tiempo habéis estado saliendo juntos? ¿Dos semanas? —Yo me pregunto intrigada, ¿cómo hará esta chica para llegar a estas profundas reflexiones, inflar globos de chicle uno dentro de otro y teclear en el móvil a tanta velocidad, todo al mismo tiempo?

—¡A la mierda el Jon! Venga, mueve, que es nuestra parada —. Se levantan y me fijo que una lleva unas mallas negras agujereadas y minifalda de plástico y la otra un chándal fosforito. Ahora me entran dudas: igual esta viene de una carrera popular y la primera de hacer la calle, y solo son dos vecinas que se han encontrado en el bus. Y yo pensando en el jalogüin ese, jaja, ¡pero qué boba soy!

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