martes, 11 de marzo de 2014

El vigilante

EL VIGILANTE

Tanto visitante inesperado me tiene más que harto: una legión de japoneses no para de lanzar flashes con sus cámaras; una guía con un paraguas abierto dirige a unos rubios gordinflones y medio borrachos que aplauden sin ton ni son cada cuadro de la galería… Pero los que me dan pena son los estudiantes de Bellas Artes ahí, sentados en el banco frente al cuadro, inmóviles como estatuas, con sus lápices afilados, incapaces de dibujar nada en sus cuadernos sin estrenar...
En la tienda del museo venden láminas del famoso «Lienzo en blanco». No sé qué pensará mi mujer cuando me vea llegar esta noche con una de esas réplicas a casa.



domingo, 2 de marzo de 2014

La familia Dumm

LA FAMILIA DUMM

—Pero ¿cómo pudo salir el bebé despedido por el parabrisas? —preguntó el técnico a su compañero, que tomaba fotografías del cuerpo desmadejado en el asfalto a quince metros del vehículo—. ¿No iba sujeto con el cinturón a la sillita? Estas distracciones, Douglas, salen muy caras, qué desastre… ¿Dónde ha ido a parar la cabeza?
—Un lamentable error, sí —reconoció este. Metió el despojo en una bolsa que llevaba al hombro y señaló hacia las ramas de un árbol—. ¿No es aquello de allí?
Asintió con fastidio y siguió anotando en su cuaderno hasta el último detalle del accidente: al señor Dumm le habían desaparecido la nariz y los ojos tras estampar la cara contra la luna delantera. Al menos a la del asiento del copiloto se le había abierto el airbag y solo tenía algunos rasguños en la frente y varias costillas rotas.
—Queda demostrado que a noventa en una curva, con charcos y lloviendo, estos neumáticos no agarran bien, tendremos que seguir investigando. Ah, y no olvides revisar el dispositivo de apertura de los airbag.
Terminado el informe, sujetaron por las piernas a los dos muñecos y los arrastraron hasta el almacén.

Sin perdón

SIN PERDÓN


Agazapado tras su mesa de roble, el ministro miró por el objetivo y apuntó al chico de gafas que tenía un libro entre sus manos, al músico callejero y a un mimo disfrazado de estatua de la libertad.

Servicio doméstico


SERVICIO DOMÉSTICO

Y allí sigue en silencio, acumulando polvo, junto al proyector de cine, el barco pirata y la nave espacial. Toooda una colección de chatarra en la estantería que cada mañana tengo que repasar con el plumero.
Arturito, con las legañas todavía puestas, no les quita ojo mientras yo paso el aspirador de un extremo a otro de la sala. Su padre, sin afeitar y pendiente del teléfono, rumia que «este niño tiene madera, se fija en todos los detalles, le veo  futuro como artista…». Vaya cantidad de sandeces. Lo único que veo yo son dos zapatillas de Bob Esponja debajo de la mesa del salón. Malditas vacaciones escolares. Y ya veremos si este mes me pagan.



sábado, 1 de marzo de 2014

Malos tiempos

MALOS TIEMPOS

—Qué nubes tan negras… ¿Ni en abril nos va a dar el tiempo un respiro? —se lamentaba Luigi apoyado en el quicio de la ventana. Le dio otro ataque de tos «…me acabo este paquete y lo dejo, son ya más de cuarenta años fumando…» y se acercó a escupir al lavabo, evitando mirar el rostro cetrino que le devolvía el espejo. Arrojó la colilla al inodoro y tiró de la cisterna.
Lo primero que hacía Luigi nada más levantarse era liarse un cigarrillo. Se vestía a toda prisa para no quedarse helado, despertaba con suavidad a Mary y calentaba en el hornillo el café que había sobrado del día anterior. Mientras se abrasaba la lengua con el brebaje, la observaba ponerse el disfraz y sacaba de debajo de la cama la antorcha y los zapatones. Después, le pintaba la cara de verde y ella le dibujaba algo parecido a una sonrisa con ceras de colores. Ya preparados, bajaban las escaleras de la pensión en dirección al parque. Hacía dos años que Luigi compartía acera y cama con Mary, la Estatua de la Libertad.
—Si se da bien el día, hoy cenamos en la taberna —le prometió él.
Se despidieron rozándose los labios para no estropearse el maquillaje. «…Y no fumes tanto, Luigi, que no te hace bien…» le insistió la mujer antes de irse a buscar la caja de cervezas vacía que escondía en un callejón cercano. Se colocó junto a un semáforo, se subió encima de la caja y se dispuso a pasar la jornada allí, inmóvil, observando a los ejecutivos hablando por sus móviles; a los escolares con sus mochilas a cuestas; a las señoras arrastrando los carros de la compra… Él caminaba de arriba abajo saludando a los peatones, ofreciendo sus globos medio desinflados a las mamás con niños, haciendo juegos de malabares…
—Ese payaso debería mudarse de vez en cuando ¡vaya lamparones! —Dos señoras sujetaban con ambas manos sus bolsos mientras se alejaban alameda abajo a paso ligero. De tanto en tanto volvían la cabeza. Luigi se dejó caer en un banco; a veces la presión del pecho no le dejaba respirar.
—No les hagas caso, Luigi —le intentó animar el barbudo del violín ofreciéndole tabaco de liar al tiempo que señalaba con un dedo el cielo gris—. Igual hoy aguanta, ni los de la tele lo saben. Pero estoy pensando en irme a alguna ciudad del sur donde no llueva todo el año. Y tú deberías hacer lo mismo, esta humedad no es buena para la salud.
—Gracias, amigo. Mientras saquemos para dormir y comer caliente, estaremos bien. A mi edad ya no espero nada. En cambio, me preocupa Mary, oh Dios… Si la hubiese conocido hace treinta años… Pero mejor no darle vueltas.
Un trueno retumbó a lo lejos. Los días que les pillaba la lluvia, las gotas de agua resbalaban por sus caras arrastrando sus máscaras, emborronándoles el rostro, lo que significaba tener que regresar temprano a la pensión con apenas un puñado de monedas en el bolsillo. Entonces se sentaban sobre el colchón a compartir un bocadillo de mortadela hasta la hora de meterse bajo las sábanas. Unas veces muy pegados el uno al otro, como el que presiente que se hunde el suelo bajo sus pies; otras, cada uno en su lado de la cama, en silencio, con la mirada fija en la pared desconchada de enfrente, aguardando la llegada del sueño.
—Date prisa, Mary, que va a caer una buena. —Un cielo cada vez más encapotado les urgía, amenazante. Escondieron la caja al fondo del callejón y cogidos de la mano atravesaron corriendo el parque.
Al llegar al cuartucho los dos estaban empapados. Se secaron con unas toallas y comieron unas galletas. Mary colgó las ropas caladas en unas perchas antes de meterse tiritando en la cama. Luigi se acostó a su lado, abrazándola por la espalda hasta que se quedó dormida.
Con mucho cuidado para no despertarla, Luigi se levantó y se dirigió al váter. Tapándose con un puño la boca, trató de ahogar la tos mientras escupía sangre en el lavabo. Con la mano con la que se aferraba a la loza se topó con la maquinilla de afeitar. Deslizó una y otra vez un dedo sobre el filo oxidado y con los ojos cerrados se dejó caer sobre las baldosas
Afuera, la lluvia seguía golpeando furiosa el cristal de la ventana.





sábado, 22 de febrero de 2014

A la hora de la cena

A LA HORA DE LA CENA

—Muy rica la sopa. —Ernesto sujeta el plato con las dos manos y se lo lleva a la boca para darle unos lametones.
—Ernesto, ni se te ocurra hacer esas guarradas mañana en casa de tu hija, que la pones en ridículo delante del marido y no quiero tenerla otra vez.
—Uuuy, sí, el señorito que mea colonia. Ni que por tener una perfumería fuera más que nosotros, —Hace unas gárgaras con el tintorro antes de tragárselo—. Qué finos os habéis vuelto todos, de verdad. Pues si me ha gustado qué, leñe. Mira —le estira el plato como si fuera un trofeo— lo he dejado reluciente. ¿Qué hay de segundo?
—Muslo de pollo que sobró de ayer. Yo ya no tengo más hambre, me la has quitado. —Luisa recoge los dos platos y las cucharas y desaparece por el pasillo. Al rato se oye el clinc del microondas y vuelve a la sala con un plato humeante.
—No te cabrees, gordi, vengaaa… —mete la mano por debajo de la bata de franela mientras ella pone la comida en la mesa— que luego te digo un par de cositas en la cama, ya verás…
Ella le da un manotazo en la cabeza no muy fuerte y se sienta a su lado.
—A ver, tontina, no te me enfades —le dice con voz meliflua—. ¿Te ha pasado algo hoy? No me digas que se te ha vuelto a escapar el perro.
Ella apoya la mandíbula sobre la mano y suspira.
—Estoy un poco fatigada. Ya sabes que hoy ha caído la primera nevada y lo que eso significa.
—Ese viejo me tiene hasta los cojones. ¿Por qué no te buscas otra casa que limpiar?
—Paga muy bien, ya lo sabes. Y casi no ensucia. Y a mi edad no estoy yo ya como para andar deslomándome fregando suelos en casas llenas de niños.
—Bueno, y entonces ¿qué? ¿Lo mismo de todos los años, o qué? —interroga cruzándose de brazos.
—Pues sí. Hemos subido al desván y he tenido que apartar no sé cuántos cachivaches. Luego he pasado el plumero por encima al dichoso muñeco y nos hemos llegado al parque arrastrándolo. La gente nos miraba raro, un poco de apuro pasé. Y, o cada año pesa más, o me estoy haciendo vieja.
—Está un poco soso el pollo. Pásame la sal, anda  —ella le alarga el salero y él se queda mirándolo muy concentrado—. Pues mira, se me acaba de ocurrir una idea. Igual una noche de estas que no me vea nadie, cuando saque al Buddy, me acerco al parque ese con un paquete de sal y se la echo por encima al puto muñeco de nieve. A ver si se derrite de una vez.

sábado, 1 de febrero de 2014

Alimañas

ALIMAÑAS

Aunque cada día me esmeraba en cambiar las sábanas de hilo empapadas en sudor y limpiar sus llagas purulentas, nunca abría las ventanas. Así conseguía que las visitas que recibía sir Cedric fueran breves: ninguno de aquellos parientes lejanos soportaba el pestazo más de unos minutos. Cuando aparecían los sobrinos, enseguida les desenmascaraba y le susurraba al anciano: «unos buitres con corbata acechan tras la puerta, dos hienas con lazos de organdí merodean impacientes…», y sus alaridos les espantaban del todo. Si venía la enfermera a sacarle sangre, le aterrorizaba con vampiros y sanguijuelas. Vamos, lo que se me iba ocurriendo. Tan solo conmigo se sentía en paz. «¡Mi adorada Henriette, esposa mía!», deliraba mientras le enjugaba el sudor de la frente. Sir Cedric no se había casado nunca, pero no quise quitarle la ilusión.

Una noche, después de darle su tisana, le propuse hacer las maletas y alejarnos de aquella jauría. Sin mucho esfuerzo, le sonsaqué la combinación de la caja fuerte que, fisgoneando, había descubierto detrás del aparador. A la mañana siguiente, el viejo no respiraba. Recoloqué el cojín de damasco en la butaca de orejas y me senté a esperar sin prisa la llegada del doctor.

martes, 28 de enero de 2014

Superstición

SUPERSTICIÓN

Suspiró profundamente y recogió dos cubiertos. ¡Pues que alguna de sus hijas o nietas le hubiese ayudado a poner la mesa, carajo, en vez de sentarse tan frescas en la salita a terminarse su botella de moscatel! No era culpa suya que le temblaran las manos y se le rompiera una copa de vino, bastante tenía con disimularlo. Y trece a la mesa, ¡nunca! Sacrificó sin mucho esfuerzo a la cafre de su cuñada. Y al tontaina de su hermano.



sábado, 25 de enero de 2014

Alguien al otro lado

ALGUIEN AL OTRO LADO

—Judit, cariño, cierra los ojos y duérmete. —Carlos la arropa con el edredón de dibujos y  le da un beso en la frente.
—Papi, no apagues la luz del pasillo, eh. —La niña abraza a su muñeca Dora—. ¿Has mirado debajo de la cama?
—Que síii…, tranquila. Hala, a dormir, que es tarde. —Sale del cuarto dejando la puerta entornada.
Y comienza la pesadilla.
Debajo de la almohada, Judit esconde siempre su linterna de los campamentos. Sigilosa se incorpora, se arrodilla sobre la moqueta y alumbra con el foco bajo el lecho. Nada. Se acerca de puntillas al armario, revuelve entre los vestidos colgados. Tampoco nada. Entonces observa un temblor tras las cortinas. «¡Qué mal te has escondido hoy, tonto!», le censura divertida, agarrándole del rabo y arrastrándole por el suelo. Deslumbrado por la luz, el monstruo se tapa los ojos con las garras, indefenso. La niña le sujeta a la sillita de paseo de su bebé y le obliga a tragarse todo el mejunje blanco del biberón. Después, le peina las greñas y le hace unas coletitas.
—Ahora te pondré el disfraz de princesa, ya verás, ya…
Momento que aprovecha el pobre diablo para saltar por la ventana.

sábado, 18 de enero de 2014

Un paso adelante

UN PASO ADELANTE

Pero esta vez, ella lloró sin correr a disimular su llanto entre fogones y ollas, como venía haciendo los últimos ocho años, cuando le veía derramar el vaso de leche sobre el mantel en las comidas o le limpiaba con la servilleta la boca para quitarle los restos de puré. Esta vez, las lágrimas de Emilia se mezclaban con las de su hijo Ernesto, que aplaudía entusiasmado como un niño al ver que había logrado anudarse los cordones de sus playeras.


sábado, 11 de enero de 2014

El arma del delito

EL ARMA DEL DELITO

—Así, tontamente, acabe pegándome un tiro en la cabeza, o me estrangule, o me apuñale, o algo peor. No se puede confiar uno. Ca. Hace tiempos que no pego ojo por culpa de sus ronquidos, casi me alegro de que se haya muerto el puñetero viejo.

El nonagenario cuenta su versión de los hechos a los sanitarios del asilo sobre la repentina muerte de su compañero de habitación. No suelta el bastón blanco ni cuando llegan los agentes de policía, con sus guantes y sus maletines negros. Ha tenido suerte, esos novatos no se atreverán a quitárselo.

viernes, 3 de enero de 2014

MELISSA G.

MELISSA G.

—… naricilla respingona y un cuerpazo de escándalo. Bien, señor —el empleado aporrea las teclas, la pantalla comienza su búsqueda—. ¿Algún detalle más que pueda sernos útil? ¿Lunares, tatuajes?
Niego con la cabeza, impaciente. Unos minutos después, le oigo decir «aquí la tenemos». Se levanta de la silla y me hace un gesto para que le siga al almacén. Abre una cajonera metálica, señala a la chica. «¿Es esta, verdad?». Asiento. «Déjeme el carné». Se lo entrego y apurado me acerco a una cabina. Meto la cinta en el vídeo, la rubia me guiña un ojo y sin perder un segundo más me desabrocho los pantalones.


lunes, 23 de diciembre de 2013

¡¡¡FELICES FIESTAS A TODOS!!!



Cuando despierte el dinosaurio el día 1 de enero espero seguir con todos vosotros por aquí.
Gracias por vuestra simpatía y apoyo. Cuidaros mucho y nos seguimos leyendo.
Besos y abrazos a repartir.
Susana.

domingo, 8 de diciembre de 2013

El profesional

EL PROFESIONAL


Le repugnaba que se le pegaran la camisa y los pantalones a la piel y cada vez toleraba menos las elevadas temperaturas de aquel continente. Aunque todavía le parecía más molesto el zumbido de las moscas que revoloteaban a su alrededor. Lo único que le animaba a seguir inmóvil en su puesto era terminar pronto y darse una ducha de agua fría en el hotel, «lo que tiene que aguantar uno para ganarse la vida», pensaba mientras enfocaba a su objetivo.

Se arrodilló sobre el suelo polvoriento, calculó bien la distancia, buscó el ángulo idóneo y disparó varias veces seguidas mientras aquel desgraciado medio desnudo le observaba silencioso. Tomó docenas de instantáneas del momento en que dos buitres empezaban a picotearle las entrañas. Después guardó en la mochila su cámara, metió el trípode en el maletero del jeep y evitando mirar por el retrovisor puso en marcha el vehículo y se alejó de allí rápidamente.













jueves, 5 de diciembre de 2013

Juntos y revueltos

Los autores de este micro fuimos Esperanza Temprano, Beto Monte Ros y yo. El azar quiso unirnos para componer un texto a tres manos, primera experiencia mía en estas lides. Ha sido toda una satisfacción participar con estas dos grandes personas en esta propuesta de estanochetecuento.blogspot.com. Gracias, chicos.


JUNTOS Y REVUELTOS

Lo peor cada mañana no es oír los aullidos del despertador recordándome de lunes a sábado que soy un puto becario sin sueldo. Ni ver al viejo partir en dos las galletas para que duren toda la semana. Ni siquiera el bochorno que siento cuando guardo en el bolsillo las monedas que deja mi madre debajo del llavero en el vestíbulo, con una nota para que no olvide sellar la bonoloto y que yo, seguro de que nunca logrará un premio, me gasto en cigarrillos.

No. Lo deprimente es levantarse temprano los domingos y lidiar con la abuela. Desde que nos mudamos a vivir con ella, me hace rezar el rosario y me recrimina desde el trono de su mecedora: «¡No pongas los pies en el sofá!». «¡Baja el volumen del televisor!». Como  no tienen dónde ir, mis padres se han resignado y la ignoran, pero me obligan a podar los setos del jardín para contentar a la vieja. Yo, aunque preferiría no hacerlo, obedezco y arreglo los rosales y los nardos, mientras noto en mi pantalón el sobre con cianuro que no me decido a echar en su sopa y que me convertiría en dueño y señor de la casa.




lunes, 2 de diciembre de 2013

Hermana mayor

HERMANA MAYOR

A Catalina le olían las manos a lejía y el aliento a ajo. Solía venir por navidades a ayudar en la cocina y mientras la veíamos trajinar, nos aseguraba que el barco de su marido estaba ya cerca y que muy pronto recibiríamos nuestras ansiadas bicicletas. La mía sería roja, con una cestita delante.
Pero en mi casa las paredes hablaban. Con la oreja pegada al tabique del comedor, descubrí aquel año que el esposo de Catalina no era capitán, sino un gandul que se había esfumado cuando nació su hija, se asustaría al ver un bebé con bigote. Y que los Reyes eran los padres, bueno, mi madre, que a mi padre no le gustaba ir de tiendas. Enseguida informé a mis hermanos pequeños para que revisaran los juguetes de sus cartas y se fueran olvidando de las bicis.
Aprovechando su estupor les convencí de que a Catalina, la pobre, nadie le regalaría nada, así que rompimos nuestras huchas para comprarle un frasquito de perfume. Me las apañé para rellenar con agua de lavanda uno que encontré por ahí y lo envolví en papel de regalo.
Con el dinero del botín conseguí los patines que llevaba dos años pidiendo

Pesadilla

PESADILLA


Se durmió soñando que él también podía volar. Pero en la duermevela divisó a un tipo con una cara muy familiar, que en un portal muy parecido al suyo y con un llavero con la insignia de su equipo de fútbol en la mano, abría un buzón con su nombre, lleno de facturas y recibos. Despertó empapado en sudor.

Entrevista

ENTREVISTA

Rezó, aun no siendo creyente, para que ni su semblante de moribundo reflejado en el espejo del ascensor, ni el suelo movedizo que pisaba cuando avanzaba hacia la puerta donde se leía «Selección de personal», ni los ojos naranjas del reptil que le escrutaban desde su elevada butaca de cuero, le hicieran tambalearse ante sus preguntas:

¿Nombre, edad, estudios?

Febril

FEBRIL

Desde este camastro maloliente presiento que es cosa de minutos que exhale mi último aliento. Cada inspiración me achicharra los pulmones y cuando expulso el aire, un burbujeo que sube desde lo más profundo de mis entrañas me deja tosiendo hasta casi perder el sentido. Está claro: ha llegado el momento de mi partida.
Entre la niebla que me envuelve, me parece oír unas voces familiares. «¿Es que no se va a morir el puto viejo de una vez?». Mis sobrinos, dos cuervos con traje y corbata, se ríen por lo bajinis, frotándose las manos cada vez que escuchan un estertor y mirando asqueados a la piltrafa en que se ha convertido su tío millonario. ¡Sinvergüenzas! Se creen que no les veo, qué equivocados están. La única que alivia un poco mi agonía es Adela, mi fiel servidora, que me enjuga la frente con paños fríos y humedece a cada rato mis labios agrietados.
Antes de hundirme en este colchón de babas y sudor, me sobresalta la presión de unos dedos huesudos en el brazo. «Ahora querrán que les firme el testamento, los muy buitres», pienso aterrado.
—La infección comienza a remitir, pero aún tiene mucha fiebre y sigue delirando, no sé qué dice de una herencia y unos sobrinos —informa el doctor a mi esposa y mis dos hijos tras auscultarme el pecho y tomarme la tensión—. Intenten que ingiera líquidos, ventilen la habitación a mediodía y cambien las sábanas las veces que sea necesario. En un par de días estará como nuevo.

Anda, pues igual todavía sigo vivo. Estoy agotado. Solo quiero quedarme dormido y que esta vez las pesadillas no regresen para invadir mi sueño.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Superdotada

SUPERDOTADA

La cucharada de puré que sostiene Julián queda suspendida en el aire unos segundos que parecen no acabar nunca.
—Papi, te dispersas. ¿Y esta por quién? —inquiere la niña sujetándole la mano.
Le sale una voz autoritaria a Diana, cualquiera diría que solo tiene tres añitos.
—Pues esta… esta… por la tía Luisi, la de…
—¿…Cuenca? No, papá, ¡ya la dijiste antes!
—Entonces por el abuelito Dimas,  que está en el…
—…cielo. No, tampoco vale, te repites, papi. Va a tener razón mami cuando dice que no tienes cabe…
Salió su madre, claro. Como todos los viernes, de comida con sus amiguitas. Pero ya son casi las nueve.
—¿Y… por el primo  Andresín?
—¡Nooo! No le soporto, siempre está metiéndose el dedo en la nariz, es asqueroso.
Julián quita el babero a la niña y le limpia la boca.
—Bueno, nena, ya has comido suficiente. ¿Quieres ver los dibujos?
—¿Y el postre? ¡Quiero un…!
—Yogures no quedan. Toma, un quesito.