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domingo, 24 de febrero de 2013

Fantasías animadas


FANTASÍAS ANIMADAS

De pequeña oía decir a mis padres que soñar era gratis. Como éramos pobres de solemnidad, yo me lo tragué tan contenta y me dispuse a alimentar a los monstruos agazapados en mis pesadillas con truculentas historias. Durante mi infancia y juventud los  tuve sometidos, o eso creía yo, que mis largas noches de terapia con los peluches me costaron.
Luego yo crecí y ellos se multiplicaron y, agobiados por la falta de espacio, decidieron pasar a la acción: hace ahora casi tres años que se aficionaron a campar a sus anchas del teclado a la pantalla del ordenador. Al principio algo cohibidos, después con muy mala uva. Desde entonces solo me dedico a su crianza.
Como nunca tuve claro qué quería estudiar o hacer con mi vida, un día aposté veinte duros a la primitiva y me tocó el premio gordo. Para poder dedicar más tiempo a esta prole, contraté a un paseador de perros, un personal shopper y un monitor de pilates. «A estos diablillos los domestico yo como sea, que no se crean que se me van a subir a la chepa así como así», me prometí, solemne, siguiendo los consejos del artículo de una revista, «cómo enfrentarse a las compañías tóxicas y mantener un rostro sin arrugas».
Así que lo de que soñar es gratis, nada de nada. Mantener a esta plantilla incentivada cuesta un dineral. Las navidades pasadas les tuve que comunicar que no les abonaría la paga extra, pero parece que se lo han tomado bien: cada viernes por la noche se siguen turnando los tres para hacer realidad mis fantasías nocturnas. Y hasta ahora no he recibido ninguna queja. 


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