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domingo, 20 de enero de 2013

Incorpóreo. La momia de Lille


INCORPÓREO. LA MOMIA DE LILLE.

«Otra jornada más sin nada que llevarse a la boca», pensaba malhumorada Cesárea mientras se agachaba para robar un repollo de la huerta de la vecina. «Prepararé con la hortaliza un guiso para toda la semana. Añadiré abundante  agua y una patata, no puedo hacer milagros». En esas estaba cuando sintió un terrible calambre en el espinazo que la hizo retorcerse de dolor. Se arrastró como pudo hasta la cocina y en cuestión de minutos una masa viscosa y sanguinolenta se escurrió de entre sus piernas. «Carajo, lo que faltaba», masculló para sus adentros. «Ya me parecía a mí que andaba yo muy pesada últimamente». El bebé emitió un ruidito, un tenue quejido más  de gato que de humano. La mujer miró fijamente al cubo de la basura, no sería difícil deshacerse de él ahora que no había nadie en casa. Ya eran demasiadas bocas que alimentar, y con un marido tísico no se vislumbraba una salida a su miseria.
En ese momento el niño abrió mucho los ojos y se le quedó mirando, aterrorizado. Cesárea creyó que le había leído el pensamiento y sintió un ramalazo de arrepentimiento. Se incorporó con el pingajo en brazos y mientras lo lavaba con agua fría en el fregadero se prometió confesarse el domingo siguiente. «Qué cosas se me ocurren. Donde comen dos comen tres. Además siempre son bienvenidas dos manos para trabajar, en cuanto levante un palmo del suelo podrá ayudar a los vecinos en las labores del campo».
Cuando regresó el resto de la familia, el marido de jugar la partida y los dos hermanos, Genaro y Manoli de la escuela, echaron un vistazo al canastillo del gato, miraron interrogativos a la madre y se sentaron a comer la sopa. Después, cada uno siguió a lo suyo.
Así fue la acogida que tuvo el pequeño Alberto el día que vino a este mundo. Pasaron los años, y el niño continuó siendo una sombra, un ente invisible, un cero a la izquierda. Como era tan pequeño, a menudo no conseguía probar bocado del puchero, pues no llegaba a la mesa, pero nadie parecía darse cuenta. Se acostumbró a comer hierbas y raíces y a hurgar en las bolsas arrojadas al callejón de detrás de la tasca. En la escuela no le mencionaban al pasar lista, porque sus padres habían olvidado matricularle, así que tampoco podía presentarse a los exámenes. Daba lo mismo, el maestro ni siquiera había notado su presencia en el aula.
Entonces, un día, escuchó en la radio que se había declarado la guerra civil. Con dieciocho años, tomó la primera y única decisión importante de su vida: marcharse a Francia. Y no fue por ideales políticos, ni por temor a ser reclutado, ni por miedo a resultar herido en la contienda. No. Lo que ocurrió fue que su hermana iba a casarse y él debía estar obligatoriamente presente en la ceremonia. Él, que apenas sabía hablar, que nunca había sido invitado a un cumpleaños, ni había jugado con los otros niños… Así que cogió las cuatro cosas que tenía y sin un duro en el bolsillo, cruzó la frontera y no paró de andar hasta que tres meses después llegó a una gran ciudad llamada Lille, un buen sitio donde podría seguir pasando desapercibido.
Y consiguió su objetivo: vivir en paz. Aprendió el oficio de pintor y vivió tranquilo el resto de sus días. Después de haber alcanzado la gloria eterna, unos operarios del ayuntamiento, alertados por la vecina que se quejaba de humedades en su vivienda, echaron abajo la puerta de su casa y se encontraron el esqueleto de Alberto sentado en la mecedora. La última hoja del calendario de la pared llevaba sin ser arrancada casi quince años.

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