lunes, 21 de enero de 2013

Sodoma en el jardín


SODOMA EN EL JARDÍN

Mientras suelto las pastillas en las hierbas altas, acuden bandadas de cuervos a picotearlas atraídos por la novedad de los brotes azules. Desde que el dormitorio de los dueños enmudeció, las juergas nocturnas se han trasladado a mi terreno y los ronquidos de estos gnomos depravados no me dejan dormir. Además, antes de que se levante el viejo gruñendo y empiece a rastrillar el césped con su bastón,  tengo que recomponer el desmadre de  barbas y gorros y colocar a cada uno en su sitio, no sea que nos sustituyan por inservibles. En cuanto empiece el coro de trinos, les va a estallar a todos la cabeza.

domingo, 20 de enero de 2013

Tres deseos


TRES DESEOS

«…a  ver si consigue así que papá no haga más el indio. Ya está». Y dicho esto, Annie se acomoda en la alfombra voladora saboreando sus golosinas y arroja por el acantilado la lámpara oxidada. No ha sido tan difícil decidirse. Cuando llegue a casa, ya no tendrá que esconderse de la mala bestia que les tiene a mamá y a ella intimidadas: desde hoy, papá estará acompañando al genio hasta el final de los tiempos.

La herencia de Isidoro


LA HERENCIA DE ISIDORO

—Este Semana Santa iremos a ver al abuelo Isidoro. Si no quieres que papá se enfade, pórtate bien y préstale atención cuando te hable. Espero que tengamos la fiesta en paz, eh, Javier. No te lo voy a repetir.
Las amenazas de mamá anunciaban las odiosas vacaciones. Un par de veces al año íbamos de visita a la casa del pueblo, donde vivía mi abuelo paterno, un vejestorio caduco a quien mi padre llamaba de usted. A mí me habían insistido en que le dijera «abuelo Isi», vaya nombre de mierda, aunque la verdad es que pocas veces tuve que hacerlo, pues apenas le dirigía la palabra. No me gustaba. Esos pelillos que le asomaban por la nariz como alambres, la boina siempre incrustada en el cráneo, los ojillos de ratón que se me clavaban en el cogote…  ¡Si hasta me avergonzaba asistir a misa con el viejo, que parecía que iba al entierro de una momia con ese traje de paño! Evitaba coincidir con él en el salón o la cocina, me ponían de mal humor sus silencios, sus sentencias inacabadas… Aunque sí es cierto que me enseñó a hacer un tirachinas, esto sí que me gustó; y un anzuelo para pescar y otras cosas de ese estilo que no sirven para nada… Se pasaba las horas paseando por el pueblo y los prados, mirándolo todo, charlando con los vecinos de cosas absurdas. Yo no le hacía ni caso, me molestaba y mucho: me parecía un estorbo.
Esos días me los pasaba deseando que terminaran aquellas vacaciones infernales. Durante nuestra estancia, sin embargo, papá se transformaba. Sonreía mucho y besaba a todas horas a mamá. Algunos días, antes de que amaneciera, se iba con el abuelo al monte y cuando regresaban al atardecer, se tiraban horas charlando delante de la chimenea. Mamá quería que yo me quedase con ellos, «escúchales, hijo, son historias muy bonitas», pero ¡qué va! Yo me escapaba con la Playstation a mi cuarto, menudo rollo escuchar a esos dos. A veces, a través del tabique, oía cosas como que «al fuego hay que saber escucharlo, la lluvia se anuncia antes de llegar, las primeras nieves se huelen, los grajos anticipan malas cosechas… », y chorradas así. Cuando por fin volvíamos a nuestra casa, todo volvía a su sitio. Y papá también, aunque tardaba un tiempo en quitársele los coloretes y volver a ser el mismo gruñón de antes.
La verdad: no soporto estar con la tele apagada tanto tiempo, ni sin mi ordenador y mi PSP; ni que me expliquen las rutas de las hormigas a las que siempre piso o si el tejo es venenoso y bla, bla, bla… Cuando se lo cuento a mis amigos del cole, nos partimos con sus ocurrencias. ¡Vaya con el carcamal del abuelo…!

Incorpóreo. La momia de Lille


INCORPÓREO. LA MOMIA DE LILLE.

«Otra jornada más sin nada que llevarse a la boca», pensaba malhumorada Cesárea mientras se agachaba para robar un repollo de la huerta de la vecina. «Prepararé con la hortaliza un guiso para toda la semana. Añadiré abundante  agua y una patata, no puedo hacer milagros». En esas estaba cuando sintió un terrible calambre en el espinazo que la hizo retorcerse de dolor. Se arrastró como pudo hasta la cocina y en cuestión de minutos una masa viscosa y sanguinolenta se escurrió de entre sus piernas. «Carajo, lo que faltaba», masculló para sus adentros. «Ya me parecía a mí que andaba yo muy pesada últimamente». El bebé emitió un ruidito, un tenue quejido más  de gato que de humano. La mujer miró fijamente al cubo de la basura, no sería difícil deshacerse de él ahora que no había nadie en casa. Ya eran demasiadas bocas que alimentar, y con un marido tísico no se vislumbraba una salida a su miseria.
En ese momento el niño abrió mucho los ojos y se le quedó mirando, aterrorizado. Cesárea creyó que le había leído el pensamiento y sintió un ramalazo de arrepentimiento. Se incorporó con el pingajo en brazos y mientras lo lavaba con agua fría en el fregadero se prometió confesarse el domingo siguiente. «Qué cosas se me ocurren. Donde comen dos comen tres. Además siempre son bienvenidas dos manos para trabajar, en cuanto levante un palmo del suelo podrá ayudar a los vecinos en las labores del campo».
Cuando regresó el resto de la familia, el marido de jugar la partida y los dos hermanos, Genaro y Manoli de la escuela, echaron un vistazo al canastillo del gato, miraron interrogativos a la madre y se sentaron a comer la sopa. Después, cada uno siguió a lo suyo.
Así fue la acogida que tuvo el pequeño Alberto el día que vino a este mundo. Pasaron los años, y el niño continuó siendo una sombra, un ente invisible, un cero a la izquierda. Como era tan pequeño, a menudo no conseguía probar bocado del puchero, pues no llegaba a la mesa, pero nadie parecía darse cuenta. Se acostumbró a comer hierbas y raíces y a hurgar en las bolsas arrojadas al callejón de detrás de la tasca. En la escuela no le mencionaban al pasar lista, porque sus padres habían olvidado matricularle, así que tampoco podía presentarse a los exámenes. Daba lo mismo, el maestro ni siquiera había notado su presencia en el aula.
Entonces, un día, escuchó en la radio que se había declarado la guerra civil. Con dieciocho años, tomó la primera y única decisión importante de su vida: marcharse a Francia. Y no fue por ideales políticos, ni por temor a ser reclutado, ni por miedo a resultar herido en la contienda. No. Lo que ocurrió fue que su hermana iba a casarse y él debía estar obligatoriamente presente en la ceremonia. Él, que apenas sabía hablar, que nunca había sido invitado a un cumpleaños, ni había jugado con los otros niños… Así que cogió las cuatro cosas que tenía y sin un duro en el bolsillo, cruzó la frontera y no paró de andar hasta que tres meses después llegó a una gran ciudad llamada Lille, un buen sitio donde podría seguir pasando desapercibido.
Y consiguió su objetivo: vivir en paz. Aprendió el oficio de pintor y vivió tranquilo el resto de sus días. Después de haber alcanzado la gloria eterna, unos operarios del ayuntamiento, alertados por la vecina que se quejaba de humedades en su vivienda, echaron abajo la puerta de su casa y se encontraron el esqueleto de Alberto sentado en la mecedora. La última hoja del calendario de la pared llevaba sin ser arrancada casi quince años.

La noche más larga


LA NOCHE MÁS LARGA



El monstruo estira sus retorcidos tentáculos de fuego y va creciendo en columnas de humo intentando lamer el cielo. Su fiebre se propaga en todas direcciones y, alimentada por el fanatismo de los pirómanos, la gran hoguera censora engulle las montañas de libros prohibidos.
Las llamas los muerden y mastican, los regurgitan y tragan; a algunos los escupen y vomitan  lanzándolos en cascada lejos del calor sofocante. Pero con hábiles lengüetadas, no tardan en aferrarlos de nuevo, fundiéndolos en masas amorfas de papel, esqueletos de tapas y tendones de hilos, polvillo negro de tinta… dejándolos reducidos a un montón de cenizas. El rugiente parpadeo de la lumbre ilumina la noche, que se va consumiendo acompañada del quejido fantasmal de los libros, que no dejan de brincar sobre las brasas intentando huir de la fiera inmisericorde. Finalmente, sucumben a la realidad incandescente y se mezclan con las ruinas de los textos que, humeantes, yacen carbonizados en el suelo.
El hollín tizna los rostros de los que acuden a entregar sus vergonzosas pertenencias para cumplir con la ordenanza oficial. Hipnotizados por las llamaradas, se demoran en volver a sus casas, deleitándose con la escena, atrapados por el espectáculo del incendio devastador. Una lluvia de chispas renegridas planea mansamente desde las nubes de vapor seco, cubriéndolo todo con una pátina cenicienta: trocitos de frases, palabras sueltas, letras doradas desprendidas de los tomos deshilachados se dejan caer, exangües, sobre los escombros, vencidas por el poder destructor del fuego.
Las librerías, bibliotecas, imprentas, editoriales y almacenes de libros de todo el país sufren el mismo destino en la fecha fijada por los gobernantes. Es la noche de San Juan.

sábado, 12 de enero de 2013

Muñeco de nieve


MUÑECO DE NIEVE

Al muñeco de nieve lo han decorado este año los niños con especial interés: sus ojos son dos caramelos, la nariz un pirulí ¡nada de zanahorias!, la boca un corazón de gominola… Por una vez se ha librado de la apestosa pipa del abuelo. Acostumbrado a que le dejen solo en el jardín, hoy se siente el rey de la casa: la familia al completo está reunida en torno a él.
Y ello gracias a la señora Jones, que esta noche improvisando lo ha elegido para presidir la mesa de Nochebuena. Todo va bien hasta que llegan los postres y ve acercarse una amenazadora cuchara a su cuerpo de merengue.

Salchichas


SALCHICHAS

Hoy mamá va a probar con la pistola de gotelé, mañana aplicará el antihumedad y luego pintaremos la trastienda de rojo bermellón. Tres o cuatro manos, ha insistido,  las que hagan falta para que cubra bien la pared y no haya que volver a repasar cada poco por las filtraciones. Espero que así sea suficiente, pero lo que más deseo es que mamá encuentre de una vez un novio de verdad. Estoy harto del desfile de pretendientes y de abrir y cerrar el dichoso muro para ocultar sus despojos, Además el barrio se está llenando de gatos y mis clientas echan de menos el sabor de antes.

martes, 1 de enero de 2013

La cabalgata


LA CABALGATA


Un desaliñado Papá Noel arrastraba los pies por la plaza vendiendo globos de colores. Su traje lleno de lamparones y su mirada de chacal parecían pasar desapercibidos esta noche, en la que solo había sitio para la fiesta y la alegría. Con sus garras mugrientas, sujetaba los hilos de un puñado de globos que se sacudían en el aire y avanzaba a empujones entre el gentío.

Su rostro se retorció con una siniestra sonrisa cuando descubrió con deleite a la pequeña Celia, que iba sentada en su sillita de paseo aunque ya sabía andar: era la víctima idónea. Le anudó el globo más grande en la muñeca y esperó paciente acechando por el rabillo del ojo.

Impulsada por una fuerza maligna, la niña se escurrió de su asiento dando saltitos de gusto ¡parecía que volaba! El hombre se relamió las fauces al verla llegar al borde de la calzada, y a punto de ser aplastada por la carroza de un Rey Mago, una potente ráfaga de luz blanca que solo él pudo ver envolvió a la pequeña llevándola de vuelta a la acera.

Sulfurado, metió el peludo rabo entre las patas, y resoplando, desapareció por una esquina rumiando su siguiente misión.

Al límite


AL LÍMITE

Noto en los párpados el peso de mil telarañas polvorientas, y cuando consigo apartarlas tardo unos minutos en asimilar la situación. En mi cabeza anida un enjambre de moscas en incansable actividad. Tan intenso es el zumbido que mi cerebro funciona como a cámara lenta. Lo primero que veo al abrir los ojos es la luz del fluorescente del techo y el piloto rojo de la lavadora: una vez más estoy tendida en el suelo de la cocina.
No intento moverme, prefiero esperar a que mis sentidos despierten. Me llega entonces el pestazo de las inmundicias que cubren mi cuerpo: las mondas de las naranjas del desayuno, los restos de colillas de los ceniceros, las sobras del pescado al horno que preparé ayer…  El cubo de la basura está volcado, lo ha vaciado sobre mí, el muy hijo de puta. Las náuseas  que me provoca me traen de vuelta a la realidad.
Las piernas no me obedecen, pero al final consigo moverlas, debo llevar horas sobre estas baldosas frías. Intento tranquilizarme, respiro hondo y mientras me incorporo unos restos de macarrones resbalan sobre mi cara.
Mi brazo izquierdo cuelga como un pingajo desde el codo. La lengua está tan hinchada que ocupa toda la boca y no me deja respirar. Escupo en el fregadero: dos dientes que navegan en una baba rojiza caen en el fondo metálico, clinc, clinc. Bebo de un trago un vaso de agua del grifo y siento como si un relámpago viajara por mis venas. El reloj parado de la pared me anuncia que ha llegado la hora.
Avanzo por el pasillo esquivando vidrios rotos. Al entrar en el salón tropiezo contra una silla caída y una vaharada etílica me saluda. Veo una botella de vino derramada junto al sofá donde ronca la bestia. Se me eriza la piel, ese olor pestilente siempre anticipa malos presagios. Pero hoy no siento miedo, aunque una arcada irrumpa como un volcán en mis entrañas.
Cuando me acerco a él empiezo a levitar y desde el techo de la sala observo cómo mi magullado yo clava el cuchillo del jamón en su pecho, certero, chooof, directo a la víscera. No me inmuto al escuchar sus últimos estertores, ni cuando dejan de brotar las gárgaras de sangre que tiñen su bigote.
Por fin se queda quieto del todo. Mi otro yo, el que hace un siglo blandía un cuchillo ahí abajo, se acerca a la ventana y contempla las luces de un cielo que le hace guiños de complicidad. Saborea con placer las lágrimas saladas de libertad, acaricia sus canas y se deja mecer por el sonido del silencio.


Carcoma


CARCOMA

¿Qué hace ahí fuera Lucas arañando la ventana? Con la dentera que le daba… Pero ha vuelto a casa, no está todo perdido. «Ya voy mi amor, espera…» TOC TOC,…  «No, no golpees tan fuerte, que te lastimaras los nudillos, estás poniendo los cristales perdidos de sangre…»
Aturdida, intenta aflojar el nudo de la soga que aprieta su cuello. Escucha los timbrazos y las patadas con que Lucas intenta echar la puerta abajo. A punto está de liberarse de la presión de la cuerda cuando un fuerte CRAAAC retumba en la habitación vacía de lo que fue su hogar: una pata de la silla se ha quebrado vencida bajo su peso.

En busca de ideas


EN BUSCA DE IDEAS

Siempre andan camufladas, pero si uno presta atención en seguida las descubre. La hora a la que pasan las ideas no entiende de relojes y suelen aparecer cuando menos te lo esperas. A veces, te las encuentras en la marquesina del autobús, o en la mirada del viejo que alimenta a las palomas del parque, o en el desgraciado que hurga en el contenedor de basuras. Asoman incluso en los sueños, hay que estar muy atentos.
Una vez vi una que se lanzaba al vacío desde la azotea de un edificio. Llegué a tiempo y la rescaté de una muerte segura. La llevé a casa magullada y estuve cuidándola hasta que se recuperó del susto. Durante un tiempo, la alimenté de palabras bonitas y signos de puntuación, y fue creciendo y poniéndose gorda. Tuve que imprimirla para que no tuviera la tentación de desaparecer. Y acabó convertida en relato.

Sin rumbo


SIN RUMBO

Quizá por repetido y cotidiano la gente no se percata a veces de detalles como este. No es que disfrute con este entretenimiento, pero  tampoco puedo evitarlo. Cada vez que veo en la tele o la prensa imágenes de un accidente en carretera lo busco de inmediato y casi siempre está ahí.
Me refiero al zapato huérfano tirado en la calzada en cualquier tipo de siniestro, ya sea de automóvil, autobús o moto, incluso en los atropellos a peatones. También me fascinan los tapacubos que decoran las cunetas sin choque previo. Estos parecen desarrollar una vena independentista: marchan rodando por su cuenta para luego quedar por ahí tristemente abandonados. Pero volvamos al tema del zapato impar.
Si me pongo a pensar en ello se me ocurren algunas explicaciones. Por supuesto, la más lógica, la que explicaría el fondo del asunto, sería la que dicta la ley de la inercia: el cuerpo choca y queda atrapado en el vehículo o tirado en el suelo, pero el zapato, por su relación masa velocidad, tiene otras variables matemáticas con las que cumplir y sigue su curso hasta quedar parado un poco más lejos. Esta sería la deducción científica, pero yo tengo otra, sin duda más peregrina y menos contrastada.
A mi estos zapatos descarriados que siguen su ruta sin el pie me invitan a pensar en un afán vano por continuar su camino, un camino que se ha interrumpido en un instante. Ellos solo entendían de andar, de pedalear, de pisar el embrague y demás, pero nadie les informó de cuándo ni de qué manera serían jubilados. Dejan de rozar el asfalto, de arrastrarse por el suelo, de taconear, pero tardan unos segundos en darse cuenta.
Suelo hacer suposiciones de a quién pertenecían y ahí se me dispara la imaginación. La zapatilla deportiva es la que más me despista: su dueño lo mismo podría haber sido un chaval o un padre de familia que buscaba comodidad en la conducción. Hasta un abuelete. Con el zapato de tacón saco otras conclusiones más trágicas: una chica joven que regresaba a casa después de una fiesta. La imagino escogiendo el modelo, el color, posando ante el espejo de la tienda, calculando si le provocarían ampollas y lo bien que combinarían con el vestidito de tirantes recién adquirido. Con las sandalias infantiles se me escapan las lágrimas.
Son zapatos descalzos, olvidados, inútiles. El destino los arrancó cruelmente del ser que en su día los escogió con más o menos esmero.
Al menos los tapacubos eligieron libremente su suerte.




jueves, 20 de diciembre de 2012

En un instante


EN UN INSTANTE

—Café largo con una nube de leche desnatada, y que esté muy caliente, por favor. Sírvamelo en vaso de vidrio con asa y no olvide traer la sacarina líquida. —Pierre se asegura de que el camarero anota bien la comanda estirando un poco el cuello para ver la pantalla táctil—. Y traiga también un digestivo, sin hielo. Ginebra, eso es.
—Bien, señor. ¿Y usted qué tomará?
—Un cortado, gracias —pide Michel.
Los dos hombres están sentados en la terraza de la cafetería «Chez André» en el paseo marítimo de Niza. El azul del Mediterráneo lame las arenas blancas, a escasos metros de sus pies. Las mesas y sillas son de un material resistente al salitre y llevan la firma de un conocido diseñador, como el resto del mobiliario de este local. Hasta los camareros que atienden parecen sacados de las fotografías de una revista de moda.
En la acera de enfrente, un vagabundo con aspecto de náufrago arrastra un carrito de supermercado lleno de trastos. Se acerca a los contenedores de basura e introduce medio cuerpo dentro de uno para reaparecer al rato con una tostadora escacharrada que coloca con cuidado en el fondo del carro, junto a otros objetos variopintos.
Pierre da un sorbito al café y lo vuelve a posar en el platillo. Se seca una inexistente mancha en los labios con la punta de la servilleta y comenta con desprecio:
—Deberían prohibir el acceso de pordioseros a las zonas nobles de la ciudad. Date cuenta de que aquí se vive del turismo; flaco favor hacen merodeando de acá para allá con esas pintas y esos cachivaches.
—Este fenómeno no es exclusivo de aquí, Pierre. Es una injusticia social que existe en todas partes, no podemos pretender obviarla. Es el lado oscuro del progreso. —Michel observa al indigente con curiosidad, le recuerda a alguien, pero no consigue dar con quién.
—Ya, ya, pues podían quedarse hurgando en las basuras de sus barrios, la verdad: me molestan. Mírale, ahora dándole a la botella: esta gente tiene lo que se merece, no hacen nada por salir de su situación. Bebiendo no se soluciona nada. —Pierre apura pausadamente su copa de ginebra añeja y hace señas al camarero para que le sirva otra—. Seguro que no ha trabajado en su puñetera vida, y con esas barbas mugrientas y esa capa de mierda que lleva encima, tampoco creo que tenga en mente hacer ningún intento por encontrar un empleo.
Michel sigue sumergido en el pozo de sus recuerdos, intentando rescatar esa imagen olvidada. Siente un poco de vértigo cuando empieza a aparecérsele una cara conocida, y como en una pantalla de ordenador, ambas imágenes, la del mendigo y la de su recuerdo, se solapan hasta conformar un rostro con nombre: Paolo Lavigne, un antiguo colega del departamento de investigación y desarrollo.
—Fíjate en nosotros dos, querido Michel, cómo hemos sabido aprovechar las oportunidades que nos ha brindado la vida: internados en Suiza, lejos de nuestras familias; las mejores universidades privadas, esforzándonos por seguir las materias en otros idiomas… ¿Nos hemos ganado nuestra posición, sí o no? En este mundo hay triunfadores y perdedores, nadie regala nada. Todo a base de sacrificio y tesón. Es lo que hay, no intentes justificar lo contrario.
El náufrago se aleja empujando el carro. De vez en cuando hace una reverencia a las señoras con las que se cruza en el paseo, tan elegantes con sus pamelas y parasoles, y ellas elevan la barbilla altivas, o se aprietan fuerte al brazo de sus acompañantes, que sonríen condescendientes. Michel hace un esfuerzo por recordar: hace cuatro años, Paolo, de cincuenta, fue despedido y sufrió un escarnio mediático por un asunto de abuso de menores que no quedó lo suficientemente aclarado. Cometió el error de confiar en su inocencia y no recurrir a un buen abogado. Su familia le dio la espalda, abochornada, y ninguna empresa volvió a contratarle.
—Cualquiera de nosotros —susurra entristecido por estos recuerdos— puede hundirse en el fondo de un pozo, Pierre, cualquiera. —Su amigo está consumiendo la quinta copa, y con los párpados entrecerrados mece su mirada al ritmo de las olas—. Solo hace falta que concurran las circunstancias necesarias y el cóctel explosivo está servido. Ninguno estamos libres.
—No te dejes engatusar por esa cháchara comunista, Michel: nosotros somos caballos ganadores. Hemos conseguido un tejido social bien armado, unas familias estructuradas, ¡tenemos madera de triunfadores! Los que caen tan bajo nacieron sin estrella y se han visto atrapados en callejones sin salida porque son unos desgraciados. Venga, vamos al club a hacer unos hoyos, hoy me siento particularmente contento, esta brisa marina me aclara el espíritu. —El camarero les trae la cuenta—. Deja, deja, que yo me hago cargo. De momento, jeje, puedo permitirme convidar a un buen amigo.
Pierre deja un billete de propina en el platillo y los dos hombres se dirigen a sus respectivos automóviles. El club está a diez minutos de allí, siguiendo una sinuosa carretera. Pierre arranca su deportivo rojo, pese a las insistencias de su amigo «no conduzcas en ese estado, te vienes conmigo y mañana te acerco a por el coche», y baja la capota para sentir la caricia del viento en su cara. Con su música favorita de fondo, entorna un poco los ojos, sintiéndose el ser más dichoso de la tierra.  
Ni en el peor de sus sueños podría Michel haber imaginado que su amigo tomaría la siguiente curva a demasiada velocidad, provocando que un autobús lleno de escolares se despeñara desde una altura de cincuenta metros hasta el fondo rocoso sacudido por las olas.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Añoranza


AÑORANZA

De su vida en blanco y negro no quedó rastro cuando irrumpió ella como un torbellino. Sin preguntar, llenó las paredes con cuadros de impresionistas, cambió la moqueta  por una alfombra de patchwork japonés y descolgó las cortinas para dejar paso a la luz del sol. Con todo, lo más perturbador fueron las pastillas de jabón que invadieron los armarios, cuya esencia diluía en su alma el alcanfor de una rutina gris.
Un día ella se marchó como había llegado, sin avisar. En el vacío de su ausencia quedó flotando una nube de pompas pulverizadas, y ni siquiera el paso de los años ha logrado disipar el aroma que aún rezuma de su recuerdo en las tardes de lluvia salada.

El nido


EL NIDO

(Don Ricardo está leyendo la editorial del ABC en su butaca. Lleva puesto su batín de seda granate y las pantuflas a juego, su traje de los domingos. Para no tener que salir de casa, va a misa los sábados por la tarde).
DON RICARDO: (levantando la vista del periódico) Ah, eres tú, Enrique, no te había oído entrar.
ENRIQUE: (retorciéndose las mangas de la camisa) Hola, papá. ¿Te… te importa que me siente aquí? (se deja caer en el sofá contiguo).
DON RICARDO: No, no, para nada, hijo.  ¿Has desayunado? Tu madre ha hecho tortitas.
ENRIQUE: Sí, papá. Mamá ha salido a comprar el pan. Quería comentarte una cosa… es importante…
DON RICARDO: (golpeando el periódico con un dedo) ¡Esto es indignante! Ya sabía yo que antes o después estos inútiles meterían mano a las pensiones. Menos mal que nosotros tenemos un buen colchón. ¿Decías algo, hijo?
ENRIQUE: Mira, verás… (bajando la vista a la alfombra) Lo he pensado mucho, papá. Yo… quería decirte que ha llegado el momento de…
DON RICARDO: (quitándose las gafas muy despacio) ¿Te encuentras bien, Enriquito? Tienes mal aspecto. ¿Has tenido algún problema en la universidad? Cuéntame, soy todo oídos.
ENRIQUE: (lanzado) Que me voy de casa, papá. He decidido independizarme.
DON RICARDO: (elevando un poco el tono de voz) ¿Cómo irte de casa? ¿Y dónde vas a estar tú mejor que aquí? ¿Tienes alguna queja de nosotros, has discutido con tu madre?
ENRIQUE: No es eso, papá. Es solo que creo que necesito un poco de espacio para…
DON RICARDO: ¿Es que no es grande tu habitación? ¡Si tienes hasta una bicicleta estática! Y el baño, bueno, sí, tenemos que compartirlo los tres, pero nunca te he oído quejarte.
ENRIQUE: A vosotros dos también os vendría bien disfrutar de un poco de intimidad. Siempre protestáis cuando viene algún amigo.
DON RICARDO: La juventud de hoy en día es que no sabéis reuniros sin poner la música a todo volumen, pero eso lo podemos hablar con tranquilidad, hijo, no saques las cosas de quicio. Además, con lo cara que está la vivienda, te va a resultar imposible encontrar un sitio decente (abre mucho los brazos abarcando todo el salón). Esta es tu casa, tu madre se va a llevar un disgusto. Con lo delicada que está….
ENRIQUE: (resoplando) Mamá está como un roble, papá, y tú también. Así le quito una carga de encima, que ya va siendo hora. Yo vendría a visitaros con frecuencia, no te preocupes por eso.
DON RICARDO: (refunfuñando) ¡Qué egoístas sois los jóvenes! En cuanto nos hacemos viejos los padres ya queréis salir huyendo, como si apestáramos. Cuéntale la verdad a tu padre: ¿estás mal a gusto en esta casa? Si tienes alguna queja, hablemos sobre ello. Todo tiene solución en esta vida… menos la muerte (suspira en un lamento). No lo entiendo, Enriquito, no lo entiendo.
ENRIQUE: (frotándose la barba) Papá, tengo cuarentaitres años y he conocido a una mujer, una compañera del departamento. Estoy dirigiendo su tesis y llevamos saliendo juntos desde mayo.
DON RICARDO: (alterado) Pero, hijo, ¿es que no tuviste bastante con aquella pelandusca de Isabel? ¡Cómo nos engañó a todos! Lo que te hizo sufrir la muy víbora. Recuerdo cuando volviste a casa tras el divorcio, parecías una piltrafa, y tu madre y yo te acogimos con los brazos abiertos. Pensé que habrías escarmentado, la verdad.
ENRIQUE: (se acomoda en el sofá, cansado) Bueno, sí, papá, y os estoy muy agradecido por vuestro apoyo. Pero esta chica es distinta y queremos intentarlo juntos. Se llama Ester y tiene treintaicinco años y es una muy buena persona. Me voy a vivir con ella, ya hemos alquilado un apartamento.
DON RICARDO: Sabes muy bien lo que opino de los alquileres: eso es tirar el dinero. Aquí vives a cuerpo de rey y sin derrochar un duro. ¿Lo has pensado bien? Las mujeres, a excepción de tu santa madre (coge con delicadeza una foto del matrimonio que hay sobre la mesita) son todas unas brujas; y además dices que a esta la conoces desde hace solo unos meses. ¿Habéis pensado en boda? ¡Ay, una boda por lo civil! No sé si el corazón de tu madre lo resistirá.
ENRIQUE: (levantándose) Mamá está al tanto y le parece muy bien. Se ha empeñado en regalarme una vajilla y dos juegos de sábanas. Y me ha pedido que la invite a casa esta tarde para que la conozcáis. Ya verás como os gusta.
DON RICARDO: (volviendo a su lectura con desgana) Veo que habéis estado conspirando a mis espaldas, como siempre. Bien, haz lo que quieras. Ya sabes que aquí estaremos siempre esperándote tus ancianos padres. Las mujeres son todas unas pécoras, ve con cuidado, hijo.
(Enrique cierra la puerta por fuera y respira aliviado, parece que no ha sido para tanto. En la sala, don Ricardo va pasando distraído las hojas del diario hasta que su mirada se acuna en la foto de un bebé sonriente. Acaricia con su dedo el rostro del niño del anuncio y su cara se ilumina con una sonrisa).


viernes, 7 de diciembre de 2012

Tabiques de papel


TABIQUES DE PAPEL

Antes de que vuelva papá el doctor pellizca en el culo a mamá, que se ríe como las tontitas de mi clase mientras se abrocha hasta arriba los botones del vestido. Cuando él termina de meterse la camisa por dentro del pantalón, recoge su maletín, me da unas monedas y me susurra muy bajito que «es mejor que tu padre no sepa que he venido; se preocuparía. Además, mamá ya está curada». No diré nada, lo he prometido, pero de hoy no pasa: en cuanto papá entre por la puerta le preguntaré por qué don Basilio y yo somos como dos gotas de agua.

La viuda negra


LA VIUDA NEGRA



Ramona espera bajo la lluvia a que su madre pulse el botón del telefonillo para abrir el portal. Está convencida de que se demora a propósito, siempre lo hace cuando está jarreando. Sube las escaleras y al entrar apenas le roza con sus labios la mejilla. Arrastra sus pasos hasta la cocina cargando con las bolsas de la compra y la farmacia. El pasillo está a oscuras, doña Elvira tiene el hábito del ahorro, «por eso habéis podido estudiar tu hermano y tú, haciendo tu difunto padre y yo tantos sacrificios», le gusta insistir. «Aunque para lo que ha servido…», puntualiza siempre con desprecio.

Deja en la mesa de la cocina las bolsas y  empieza a distribuir por la alacena y el frigorífico los alimentos.

—¡Ramoni, se te han olvidado las magdalenas! —ruta mientras hurga en las bolsas—. Siempre se te olvida algo, no tienes cabeza.

—Madre, recuerde lo que dijo el doctor: nada de azúcar. Es por su salud. Tómese la infusión y las pastillas —dice vigilando de reojo cómo se las traga. Sabe que si no viene ella a dárselas no se las toma—. ¿Qué prefiere hoy para cenar?

—¡Café y magdalenas! —chilla golpeando con la cucharilla la taza— eso es lo que quiero, lo sabes de sobras, no sé por qué preguntas.

Ramona no contesta y empieza a  batir un huevo para hacer una tortilla. Todas las tardes le resultan igual de agotadoras. Cuando termina su jornada como dependienta en una tienda de ropa, va al piso de su madre para arreglar un poco la casa y traer los recados antes de regresar a la suya.

—Esta mañana vino a verme tu hermano. Un encanto, tan guapo, tan bueno. Me trajo unos bombones muy ricos, coge uno —señala hacia la repisa —están ahí.

A Ramona le sacude un mal presagio: su hermano Javier, el ausente, el jeta. Hace como seis meses que no saben nada de él y mejor así, siempre que aparece empiezan los problemas.

—Andará justo de dinero, para variar—. Ramona recuerda el disgusto que se llevó su madre cuando el día de su cumpleaños no recibió la tan ansiada llamada de su hijo predilecto, pero prefiere morderse la lengua. Su madre tiene una memoria selectiva y solo escucha lo que quiere oír.

—Ay, Ramonita, no seas envidiosa, que siempre estás con lo mismo. Javier es un buen chico. Me reí mucho con él, hacia tiempos que no me reía tanto; contigo es distinto, tú eres muy seria —se queja haciendo con los labios un puchero de desamparo—. Además, una anciana impedida como yo siempre se alegra de recibir visitas. Me paso el día sooola y me aburro mucho.

Ramona empuja una silla y se sienta junto a ella. Abre el estuche de esmaltes y limas y comienza a arreglarle las uñas.

—Madre, tiene usted setentaicinco años y no está impedida, puede salir cuando guste; y no, no me venga con esas de que la calle está llena de malhechores que atacan y violan a las ancianas, ve usted demasiada tele. Y si se siente sola es por su culpa, nunca le agradan las chicas que contrato para acompañarla durante el día. Y claro que conmigo es distinto, ¡yo vengo todos los días y él solo asoma cuando le falta dinero!  ¿O acaso no se da usted cuenta? ¿Cuánto le pidió esta vez?

—Pero qué pesetera que me has salido, Ramoncha —le lanza una mirada de reproche—. Decir esas cosas de tu pobre hermano. Si además todo queda en casa, no entiendo por qué te tienes que poner así. Javier está pasando por una mala racha y ya está. Tú siempre pensando en las perras. En la cartera tenía unos billetes, eso le di, pero me prometió que a la siguiente vez me los devolvería; qué desconsiderada eres.

Ramona friega los platos sucios, deja preparada una cafetera de descafeinado para el desayuno y descongela una ración de alubias para el almuerzo. A la cabeza se le viene la imagen de su hermano, aquel niño de rizos rubios y ojos azules que derrochaba desparpajo, convertido ahora en un cuarentón calvo que vivía a costa de sablear a familiares, amigos y conocidos vendiéndoles los distintos productos que desfilaban por sus manos como comercial. Desde luego, la cara dura la seguía teniendo.

—Mírame a ver estos pelitos que me salen del bigote, hija — dice la vieja con su voz más meliflua— que los toco y pinchan.

—Madre, eso mañana. Hoy es miércoles y ya le he hecho la manicura. Mañana nos ponemos con la pinza, hoy no da tiempo a todo, tengo que irme, ya lo sabe.

—Siempre estás con las prisas; en cambio, tu hermano Javier…

Ramona no puede más. Se despide con un  beso acelerado y escapa apresurada a la calle. Una lluvia fina la recibe, se ha olvidado el paraguas arriba y ahí se quedará hasta el día siguiente. Se sube el cuello del abrigo y con los puños apretados en los bolsillos enfila sus pasos calle abajo.



Voces


VOCES

—¿Y cuándo será el incendio?
—Eso no se lo puedo confirmar, don Luis. Hoy mismo, dentro de unos días… Las órdenes las mandan los de arriba, ya se lo dije.
El de la barba gris garabatea algo en un papel y recogiendo su maletín se levanta para marcharse.
—Te veré en una semana, Rodrigo, a ver si sabes algo más.
El muchacho asiente, aturdido, sin parar de retorcerse las mangas de la camisa.
Agotado tras la última consulta del día, el doctor abandona el edificio. Aspira una bocanada de aire fresco y busca en su chaqueta el paquete de cigarrillos. El vigilante de la puerta le ofrece lumbre. Qué cabeza, otra vez se ha dejado el mechero en casa.

Metamorfosis


METAMORFOSIS

—¡He dicho mil veces que no y que no, y sanseacabó lo que se daba! —atajó mi madre mientras nos sentaba a todos juntos en dos asientos del autobús. Así solía dar por zanjados nuestros berrinches. Normal, éramos cuatro hermanos de entre nueve y cuatro años y no era plan dejarse engatusar con nuestros caprichos. Sin embargo aquel día debía estar soplando el viento sur, o afloró su lado más infantil, o quizá le había dado una insolación. Desde luego, no recuerdo que bebiera. El caso es que, contra todo pronóstico, aquel día nos salimos con la nuestra.
Corría el mes de julio de 1976 y el Seat 600 que utilizábamos para desplazarnos estaba en el taller, por eso no nos quedaba más remedio que coger el autobús para ir a la playa. Detrás de aquella recién descubierta parada de autobús había una tienda de animales. Varios niños pegaban su nariz en el escaparate haciéndose hueco como podían para contemplar el espectáculo: docenas de pollitos de lindos colores correteaban en una urna transparente. Tenían el tamaño de un huevo (lógico, eran casi recién nacidos) y parecían bolitas de algodón de las que emergían el pico, los ojillos negros y dos patitas, finas como alambres. Una auténtica maravilla.
Para nuestra sorpresa al volver de la playa mi madre nos guió al interior del local y salimos de allí con cuatro pollitos. Cada uno escogió un color: amarillo limón, celeste, rosa chicle y rojo. Recuerdo que eran tan chiquitos que nos cabían de sobra en la palma de la mano y tan frágiles que a nada que presionaras su cuerpo sentías todos sus huesecillos. Debían de estar muy atacados, porque sus tibios cuerpos se agitaban al compás de los latidos de su corazón.
Mi padre no dijo nada al vernos entrar en casa con tanto alboroto. Solo torció un poco el gesto antes de desaparecer en su despacho.
Los nuevos inquilinos fueron ubicados dentro de una caja de cartón en el aseo (teníamos dos baños más). Podíamos jugar con ellos en nuestro cuarto y en el pasillo, pero luego había que retornarlos a su cajita. Como nuestra experiencia con mascotas se limitaba a ver nadar a los peces de colores (uno cada vez, cuando saltaba y moría en el suelo de la sala era sustituido por el siguiente), este cambio nos resultaba de lo más divertido. Pero en unas semanas todo cambió.
Nuestro interés por los animalitos fue decayendo conforme ellos crecían. Cuando la pelusilla de colores fue sustituida por un sucio plumaje, sin ningún atractivo, nos dimos cuenta de que eso no era con lo que nos habíamos ilusionado. Además, piaban enloquecidos a todas horas y las paredes y suelo del baño, por más que los limpiaran, estaban siempre llenos de excrementos
Mi padre dijo a mi madre que esto no podía seguir así. La verdad es que el hedor se había propagado al resto de la casa, pero ¿qué se podía hacer?
El verano tocó a su fin y nos incorporamos a las clases. Un día al volver del colegio nos encontramos con la puerta del aseo abierta de par en par. Las paredes y el suelo habían sido fregados a conciencia, el olor había desaparecido y no había rastro de las gallinas. Mi padre había dicho basta. No preguntamos nada, creo que nos sentimos aliviados de la carga y contentos por recuperar el baño.
No se volvió a mencionar el tema, pero durante una temporada desapareció del menú casero el arroz con pollo.

Atrapado


ATRAPADO

Con esa exactitud tan característica de la ciencia, formamos fila en el patio de la escuela bajo la mirada inquisitiva del padre Aurelio. Antes de entrar en el aula, examina concienzudo orejas y uñas y hurga en las carteras en busca de dulces o tirachinas, que requisa a los infractores tras arrearles un buen pescozón. En el fondo de mi maleta voy escondiendo todos esos regalos infames, y cuando salgamos del internado ya tengo un plan para deshacerme de ellos sin que me descubran. «Calladito, eh, o me traigo a tu hermano», eso dijo el cura, y además prometí a mamá defenderle de los abusones.