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domingo, 22 de diciembre de 2019

La última vida del Gato con Botas


LA ÚLTIMA VIDA DEL GATO CON BOTAS

¿Es posible imaginar un final peor que ser disecado? Sí: pasarse el resto de la eternidad en una vitrina de cristal, expuesto a las miradas de curiosos y los flashes de sus cámaras.
Nunca le había tragado al Gato con Botas la esposa del rey. «Que lo llena todo de pelos, que me raya los suelos de parqué», renegaba todo el tiempo. Una ingrata. Pues anda que no sabía ella que, gracias a sus tretas, aquel mindundi del marido se había adueñado del castillo, del título de monarca y de todas sus posesiones y privilegios.
Y el Gato, por tener la fiesta en paz, había consentido en llevar chaqué, usar botas de gamuza y beber leche de cabra en una jarra de plata. ¡Con lo mundano que había sido él, que si le llegan a ver sus compañeros de parranda de esa guisa no le iban a reconocer!
Pero un día apareció ahogada una estúpida gata de angora y la bruja aquella le señaló y dijo «ha sido él», y el rey, que era un calzonazos, protestó un poquito, pero nada, muy poco. Entonces la reina mandó disecarlo. Pero el taxidermista andaba liado y envió a un aprendiz. Por fuera le quedó bien chulo el gato: tiesas las patas, brillante el pelo, unos ojos de cristal preciosos. Pero ¡ay! se le olvidó vaciarle por dentro y ahí seguía el corazón, latiéndole, y la cabeza dándole vueltas del cabreo.
La mañana de Nochebuena, a la reina le dio por hacer limpieza y llamó a un anticuario para que se llevase todos los cachivaches que, según ella, estorbaban en el Gran Salón: lámparas de aceite, una foto enorme del rey anterior, una colección de libros de caballerías, las alfombras persas, unos jarrones chinos. Y el Gato.
Lo pusieron encima del remolque, sobre el resto de trastos, al Gato con Botas, camino de una tienda de antigüedades. Ah, pero no, ¡aún seguía vivo y podía cambiar su destino y morir con dignidad! Y con un enorme esfuerzo, se balanceó sobre las alfombras, cogió impulso y cayó rodando a la carretera.
Y tuvo mucha, pero que muchísima suerte, porque unos minutos después pasó por allí el trineo de Santa Claus y lo espachurró contra el empedrado. Tan cargado iba de regalos que no quedó más que la sombra del Gato sobre el suelo.
Tal como siempre había soñado él.