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miércoles, 24 de julio de 2013

El nidito

EL NIDITO

El «estudio diáfano, céntrico» del anuncio resultó ser una antigua carbonera rehabilitada con una ventanita encima del fregadero; eso sí, orientada al sur. Para dividir espacios hice instalar un tabique hasta el techo, con espejos por ambos lados. Daba tal sensación de amplitud que decidí colgar otro detrás del cabecero. El viernes, para la inauguración, descorché unas botellas de sidra con los amigos. Cuando ya nos despedíamos, Diego insistió en que no podía conducir, que veía doble, y se quedó en casa. En mi cama. No me dejó dormir en todo el fin de semana. Insaciable, practicaba todo tipo de posturas, excitado con nuestras imágenes reflejadas. El lunes ni nos levantamos; el martes se acabaron las provisiones de la nevera; así que el miércoles, en el despacho…
—Oye, Clarita, reina —me despertó mi socia. Tenía la cabeza apoyada en el teclado y percibí  cierto tono de reproche en su voz—. Ya te vale, ¿eh? Este expediente era para ayer. Venga, mueve… ¿Llevas betún o son ojeras? —Ahora la noté envidiosa.

Esa tarde le comuniqué a Diego que lo nuestro no podía ser. Por supuesto, los espejos se quedaron donde estaban, con el dineral que me habían costado…

1 comentario:

  1. Bueno, aquello, por pequeño que fuera y con la sidra -de nuevo la sidra, Susana-, sería lo más parecido al paraíso... Y, como siempre, una voz nos devuelve a lo cotidiano, salvo por el espejo. Muy intrépido, con ambigüedades.
    Un saludo
    Juan M

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