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sábado, 20 de abril de 2013

Resaca


RESACA


El primer destello de sol se batía inexpugnable contra la amodorrada niebla nocturna cuando bajó los desgastados peldaños de la escalera y se adentró en el temible domingo, tropezando contra el aparador de la entrada y las paredes del pasillo.

Nunca antes había sentido tanta sed, o al menos no lo recordaba. La cabeza le giraba como una noria, la luz abrasaba sus ojos, sentía el estómago arrugado y tenía por lengua un estropajo. Aquello era un descenso en toda regla a los infiernos, que inevitablemente emprendía de cuando en cuando. De sábado en sábado, para ser más exactos. Lo que sí recordaba (ahora), es que tendría que cumplir con esta dura penitencia; por lo menos, hasta después de comer algo. De momento, lo que necesitaba era dar un trago de agua.
Comenzó su escalada el sábado al mediodía, al salir de la oficina. Era el cumpleaños de Rafa, el de informática, que se empeñó en convidarle a «un vinito». Ahí iniciaron, mano a mano, el ascenso a la cumbre: que si unos aperitivos y unos vermús por aquí, que si unas cañas y unas tapas por allá… Así hasta las nueve de la tarde, momento álgido del día, cuando uno de los dos, qué importa quién, propuso tomar unas raciones en una bodeguita de moda. Ninguno consideró oportuna la retirada ni vio el peligro, así que allí se fueron a picar algo de queso y a trasegarse unos litros de vino.
Unas horas más tarde, ya convertidos en incondicionales amigos de toda la vida, los dos compañeros brindaban cada trago… ¡Pero qué bien se lo estaban pasando! Después de ventilarse unos chupitos para hacer la digestión y con el ánimo por las nubes, se acercaron a la zona de ambiente a tomar una copichuela «tranquila» en una terracita. Que al final se convirtió en varios cubatas y unos bailes con la camisa desabrochada y la corbata anudada en la frente.
Cuando salieron del pub comenzaba a clarear el cielo. Aquí sería, más o menos, donde nos encontrábamos al principio de esta crónica etílica.
Al despertarse en su habitación, con los pies sobre la almohada y los números rojos del reloj de la mesilla marcando las 13:24, lo último que recordaba de la noche anterior era la luz verde del taxi que le llevó a casa y los escalones torcidos y resbaladizos que le separaban de su cama.
Y lo primero que se le ocurrió fue que, si se espabilaba un poco, lo justo para darse una ducha, todavía estaría a tiempo de acercarse a la tasca del barrio para hacer la ronda de blancos.

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