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martes, 28 de febrero de 2012

Morriña


MORRIÑA

A día de hoy, frente a esta pantalla y teclado que sustituyen al papel y bolígrafo de siempre, escribo mis memorias; bueno, más bien mis recuerdos. Cuando me jubilé decidí introducir algunos cambios en mi estudio y contraté a Benito, mi carpintero de confianza, para hacer una mesa-estantería. Ahora disponía de todo el día libre y mi afición siempre fue escribir, así que pensé que había llegado el momento de dedicarle más tiempo. Le encargué una pieza sobria que tuviese un espacio debajo de las baldas para escribir y le insistí en que fuera amplio, porque quería tener todo lo necesario a mano. Al cabo de unos días el mueble de roble —siempre me han gustado los materiales de calidad— estaba casi terminado.
Mientras leía una novela en mi butaca favorita, oí a Benito que me reclamaba desde la habitación contigua. “Acérquese, don Lorenzo, a ver qué le parece, que ya está casi terminada. Solo faltan algunos detalles”. El conjunto respondía a mis expectativas: ahí cabrían varios de los libros que hasta entonces andaban por todas partes apilados de cualquier manera.  Me fijé entonces en algo que no me esperaba: había una balda extraíble que sobresalía entre la mesa y la silla.
—Muy bien, Benito, pero esta bandeja ¿para qué es? —le miré extrañado.
—Es para cuando decida usted comprarse un ordenador. Aquí se pone el teclado, por comodidad.
Si quiero ser sincero, que es mi intención en estas memorias, siempre he renegado, y mucho, de los avances tecnológicos. Recuerdo como si fuera ayer que en nuestras primeras conversaciones sobre el diseño de la futura estantería, algo me había mencionado sobre el nuevo artilugio que empezaba a hacer furor, sobre todo entre los más jóvenes. Yo le había asegurado que eso no ocurriría jamás, que ya estaba yo muy mayor para aprender estas cosas y que me las apañaba de maravilla con mis folios, mis bolígrafos y el tippex. Además ya tenía una máquina de escribir, ¿no era esto más que suficiente? Pero se ve que el hombre no captó el mensaje. “Bueno”, me dije, “no es grave. A fin de cuentas puedo poner ahí mis bártulos de escribir, no me estorba para nada”.
Y así continué durante unos años, con mi rutina de escritor chapado a la antigua.
Pero las navidades pasadas, cuando vino toda la familia a cenar, mi hijo trajo a casa uno de esos aparatos y me comentó, como quien no quiere la cosa, que le habían regalado a mi nieto un ordenador nuevo, porque “el anterior se le ha quedado pequeño y a ti te puede venir bien, papá. Es muy sencillo, yo te enseño”. Por curiosidad observé el manejo del chisme y cuando se fueron me quedé con el gusanillo, pero no mostré mayor interés: uno tiene que mantenerse firme en sus convicciones.
—Bueno, déjalo ahí, ya le echaré una ojeada.
A la mañana siguiente, después de desayunar y de que mi mujer saliera a hacer la compra (o sea, cuando me quedé solo, que uno tiene su orgullo y conoce sus limitaciones), me acerqué con reservas al aparato. Lo encendí tal y como me había indicado mi hijo, que además había dejado unas anotaciones sobre el uso del Word encima de la mesa, y me puse a darle a las teclas. Con el tiempo y mucha paciencia le fui cogiendo el tranquillo. Aprendí a borrar, a guardar y archivar, a copiar y pegar, a utilizar las negritas y las cursivas, los márgenes y los distintos tipos de letra (¡cuánta variedad y qué bonitas algunas!), a subrayar…
No me queda más remedio que reconocer que el ordenador es un grandísimo invento, sin duda alguna. Ahora conservo mis artículos y borradores de una manera eficaz y los localizo sin pérdida de tiempo en los archivos que etiqueto conforme avanzo en mis recuerdos.
Pero soy un hombre nostálgico. No sé si cualquier tiempo pasado fue mejor, pero echo de menos ver mi escritura rasgada, mis dedos tiznados de azul o negro, el índice de la mano derecha calloso; añoro la papelera llena de bolas de papel con datos desahuciados, a la que miraba de vez en cuando en busca de inspiración; y mis notas y tachones repartidos aquí y allá sobre la mesa de trabajo, llenos de ideas cogidas al vuelo…
¡Qué tiempos aquellos!


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