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martes, 28 de febrero de 2012

El traje


EL TRAJE

En la terraza de aquel hotelito se reunían todas las noches del mes de agosto decenas de veraneantes. Jóvenes y no tan jóvenes se divertían al son de la música; los más atrevidos chapoteaban en la piscina, otros ni se movían de las hamacas, saboreando el placer de una buena conversación. André, el atractivo turista que se alojaba en la suite, bebía y bailaba como si fuera a ser la última velada. Disfrutaba como el que más seduciendo a las más hermosas jovencitas, que se dejaban encandilar con risitas de colegialas.
Los cócteles de frutas y licores circulaban a buen ritmo hasta altas horas de la madrugada, y a la mañana siguiente la tintorería siempre aparecía a rebosar de bolsas llenas de trajes de etiqueta y vestidos de mujer impregnados de las vergonzosas señales del ajetreo de la noche anterior. Lo habitual era encontrar trocitos de algún manjar pegados a las corbatas, manchas de bebidas de colores, restos de carmín en el cuello de las camisas, roces de césped en las prendas íntimas…  Las bolsas de ropa sucia, etiquetadas con el número de habitación de los huéspedes, eran arrojadas para su limpieza por un hueco al que cada una de las estancias tenía acceso, para evitar así indiscreciones por parte del personal. Aunque también estaban los que preferían entregar sus prendas en persona, como André. Casi no había amanecido cuando Claudia llegó a su puesto y allí estaba él, esperándola en paños menores. Con una sonrisa encantadora, le entregó el traje, insistiendo que lo necesitaba bien planchadito y almidonado para esa misma tarde. «Tengo que estar impecable en la despedida, vendrá todo el mundo. No lo olvide, que quede bien almidonado».
Claudia ya había visto de todo, o casi, en este lugar y estaba inmunizada contra las sorpresas. Pero lo que desde luego no se esperaba al recoger el chaqué era que cayese al suelo un papel doblado: una nota de suicidio. Muy asustada, corrió en busca del gerente del hotel, pero a esa hora todos dormían y aún faltaban unos veinte minutos para que llegasen los camareros y abrieran la cafetería para los desayunos. Así que tuvo que tomar una decisión, algo había que hacer.
Telefoneó a la suite y al no recibir respuesta subió las escaleras hasta el último piso. La puerta estaba entreabierta y al asomarse comprobó con horror que había llegado demasiado tarde: colgando de una lámpara del techo se balanceaba el cuerpo sin vida de aquel adonis, el mismo que la noche anterior había deslumbrado a tantas mujeres con su elegancia. Con la nota temblorosa entre las manos, Claudia terminó de leer las últimas líneas: «…y este traje será mi mortaja. Que quede tieso, y que huela a alcanfor…». Incidía, y mucho, en lo del almidón «…y que quede bien almidonado».

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