lunes, 16 de julio de 2018

Miracolo


MIRACOLO

Ni por asomo se le habría ocurrido a nadie llamar «lamparones, cagarruta y pis» a las manchas del sudario... hasta que vino la signora Albertina desde Palermo a visitar a su sobrino el obispo.
Nada más llegar, se puso a curiosear por el patio, y al ver las sábanas y toallas agitándose al viento en el tendal se quedó maravillada. Eran de un blanco tan inmaculado que cegaban. Ya preguntaría a las monjas qué le echaban al agua para conseguir ese albor. Pero luego, cuando entró en la iglesia, se cabreó muchísimo al descubrir aquella tela toda sucia dentro de una vitrina. Obsesiva con la limpieza, porfiada y medio sorda, no oyó lo de la santidad de la sábana y urdió un plan para esa misma madrugada.
En cuanto se aseguró de que no había luz en ninguna de las habitaciones, bajó a la capilla con un trozo de esparto y una garrafa de sosa cáustica. Pero el aleteo de un ser translúcido, surgido como por ensalmo del retablo, y al que Albertina confundió con un tábano descomunal, hizo que olvidase su misión y saliera persiguiéndolo por el claustro, por los jardines, dando bastonazos al aire, intentando espachurrarlo.


lunes, 18 de junio de 2018

Pulso


PULSO

—A buenas horas se me ocurrió dar vida a este leño, con lo tranquilo que estaba yo haciendo taburetes —se lamentaba el viejo carpintero mientras se agachaba para esquivar el serrín que le lanzaba el muñeco. Insistía en que le lijara las orejas de soplillo.
—Bueno, bueno, no te enfades —accedió, cogiendo una lima.
—Como artesano eres bastante torpón —se insolentó, apuntándole con la nariz—. ¿Ya está? Pues hala, recórtame la napia o verás —gritó, amenazándole con una astilla.
—Pero solo un poquito —dijo, serrándole la punta—. Piensa que esa es tu seña de identidad.
El muñeco se miró al espejo. Después de darle una pincelada por aquí y hacerle algún retoque por allá, se veía por fin atractivo.
—Resulta que ahora —anunció de repente— no quiero estar solo. Necesito una novia maciza, de labios carnosos, mirada felina…
—Para, paaara, jovencito. ¿Pero qué te has creído? ¡Si solo eres un chiquillo!
—… que tenga buenas tetas —añadió sin escucharle— y el culo respingón.
—¿Algo más? —se rindió, mientras comenzaba a tallar un tronco en forma de ocho.
—Pues mira, sí. La quiero para hoy.
—Esto me pasa —mascullaba el hombre, arrepentido— por jugar a ser Dios.



Ajetreo


AJETREO

Vuelve a pedirme que le empuje, le patee y le pise, que le ate las muñecas y le inmovilice, le escupa y le insulte, que le asfixie un ratito más con su corbata de seda y le pellizque… pero que me dé prisa. Porque se le había olvidado que hoy es el cumpleaños de su hijo y que en media hora tiene que estar en el jardín de sus exsuegros con la cara pintada, la nariz roja y la peluca de rizos inflando globos.

Amor de verano


AMOR DE VERANO

Salieron juntos cogidos de la mano bajo un arcoíris de pétalos al sol del Caribe, donde se habían conocido aquellas vacaciones. En el cóctel de la playa hubo langosta, caviar y champán, se llenó el cielo de bengalas y bailaron juntos muy pegados. Se besaron y manosearon en la limusina, entraron al hotel sin esmoquin y desabrochados, terminaron de desnudarse en la suite y follaron sobre la encimera del baño. Entonces uno de los dos arrugó la nariz: «Cierra la pasta de dientes, tira de la cisterna, quita esos pelos del lavabo…». Durmieron de espaldas y al día siguiente se despidieron con un apretón de manos.


Bloqueo


BLOQUEO


Se levanta a las siete puntual cada mañana. Mientras sorbe en silencio el café, termino de anudarle la corbata. Su mirada divaga perdida en el infinito cielo crepuscular. Por disimular su tristeza, asegura que le emociona el frágil equilibrio del tráfico. «Un ecosistema perfecto» suele sentenciar. Habla así desde que engaña las horas en algún parque viendo afanarse a hormigas y arañas, o pelearse patos y palomas por las migajas del pan que cuando no miro se guarda.
Antes de salir con su maletín descolorido, me cuenta que hoy toca juzgados. Ayer tenía la renovación del DNI. ¿Qué inventará mañana? Lleva desde el despido fingiendo, y sollozando a escondidas en el baño. A mí no me quedan lágrimas ya.
Le veo subirse al autobús que va en sentido contrario. Ni siquiera en eso repara. Ni en que la chaqueta crema que lleva puesta no combina con la corbata de rayas.


Casting


CASTING


Princesa de cuento, eso es lo que siempre he querido ser: llevar lindos vestidos, tiaras de diamantes, y tener a la puerta de palacio un carruaje con dos corceles blancos. Pero hay cosas por las que no paso: comer manzanas envenenadas o ir besando sapos por las charcas, puag, qué asco. Tampoco tengo intención de pincharme el dedo con el huso de una rueca y tirarme siglos roncando; ni ser la chacha de una madrastra y dos hermanastras, todo el día fregando. Ni hablar. Por eso he venido a este casting  y aquí estoy, tumbada sobre diez colchones, con un guisante debajo. Voy a cruzar los dedos porque, de verdad, qué mal anda el patio.

Contactos


CONTACTOS

—Cuando éramos jóvenes salíamos de bares, conocíamos gente auténtica… —decía ella, poniendo una carita triste—. No había móviles, tablets ni redes sociales. Ahora vivimos tan aislados…
—Sí. En las verbenas se ligaba cantidubi —contestó él marcándose un zapateado flamenco—. Y en los guateques.
—Tío, eso es de viejunos. ¿No tenías 48 tacos?
—Bueno, alguno más —reconoció guiñándole un ojo—, pero no los represento, ¡estoy hecho un chaval!
—¿Qué deporte dijiste que practicabas?
—Voy al fútbol todos los domingos. —Y puso el icono del balón.
—¿Y tu foto de perfil?
—Bah, eso qué importa ya…
—…
—¿Hola?
—…
—¡Eeooo!
—…
—Mujer, ¿sigues ahí?

Crecer


CRECER

De una patada nos enviaban a las calles y no volvíamos hasta que empezaba a oscurecer, al grito de «subid ya o la tortilla os la coméis fría». En medio, entre partidos en el patio, peleas, casetas en los árboles, pactos de sangre, brechas en la cabeza, cigarrillos a escondidas y los primeros besos con lengua, pasamos los años más maravillosos de nuestras vidas. Entonces, sin darnos cuenta, nos hicimos hombres y adiós a la inocencia.

Deliberaciones


DELIBERACIONES

Caminar hasta el trabajo, qué vulgaridad. Un juez elegante tiene que llegar a los juzgados en coche, no oliendo a sudor. Por mucho que insista el médico con lo de los kilos de más. Encima, los atascos me rinden una barbaridad. Entre agentes de tráfico y stops, resuelvo el primer expediente de la mañana con la cabeza muy despejada. Porque ir al volante, completamente solo, escuchando música de jazz… esa intimidad no la encuentro en ningún otro sitio. En casa siempre están que si esto o que si aquello; en el despacho, señoría que si tal o que si cual. Y así no se puede trabajar.
Si me trabo con algún veredicto, y para poder seguir meditando, simulo a traición que se me ha calado el coche al abrirse un semáforo y no lo arranco hasta que vuelve a cerrarse otra vez. Todas las veces que sean necesarias, faltaría más.

Designios


DESIGNIOS

¿A quién se le ocurriría aquella barbaridad? Dicen que el hambre agudiza el ingenio, será eso. Además tuvimos mucha suerte de que nadie investigara el asunto. El caso es que en aquel mes de enero, los temporales visitaban día sí día también nuestra costa. Una noche, Perico y Sito se escondieron en el faro y manipularon el foco de tal manera que a la mañana siguiente apareció la playa llena de contenedores de galletas, leche y latas de conserva. El carguero se hundió frente al acantilado. Hubo también algún cadáver que fue retirado rápidamente con una carretilla.

Dulce hogar


DULCE HOGAR

No se me ocurrió anotar todo en un bloc y mi memoria no es precisamente buena. Pero sí puedo afirmar que el mes que pasé en la ciudad se me hizo muy pesado. Allí la gente se pasaba el día corriendo de acá para allá, con prisas, ruidos y jaleo, pendientes de niños, horarios, colegios, de hacer la compra, de lucir siempre bellos… Vamos, que el día que recuperé mi cola de escamas plateadas y regresé al mar fue el más feliz de mi vida. Tendré que pensarme mucho los otros dos deseos que me concedió el genio de la lámpara que encontré en el fondo del océano.


El butanero


EL BUTANERO


Vivir en un quinto sin ascensor tiene sus encantos y no son precisamente las vistas, que el piso da a un patio cerrado. Ver, ver, solo veo tendales y geranios. Pero cuando se acaba el gas, suelen subir la bombona unos maromos de pelo en pecho que cortan la respiración. A veces viene un gordinflas que enseña la raja del culo y llega arriba resoplando, pero esta mañana la trajo uno nuevo.
En cuanto abrí la puerta me enamoré y, sin darme cuenta, comencé a desnudarle con la mirada. Me pasa a veces. Primero le desabroché del todo la camisa; fue fácil, con esos corchetes que ponen ahora. Después le solté el botón del vaquero y le bajé la cremallera. No llevaba calzoncillos y me puse muy nerviosa. Me quedé embobada mirándole el sexo henchido, palpitante: un cosquilleo me recorrió los muslos y noté cómo se me endurecían los pezones. Todo mi cuerpo temblaba.
Entonces oí la voz censora, quisquillosa; la voz interior que decía: «Paquita, te estás congestionando. Relájate, que solo es un chaval… y tu Antonio está al caer». Así que le despedí con unas monedas y salí con el batín abierto al balcón a quitarme el sofoco.



El espectador


EL ESPECTADOR


Una rata enorme cruza un paso de peatones sorteando los charcos. Despreocupada, se detiene unos segundos a olisquear una bolsa de plástico. Una nube de pólvora cubre completamente el sol; todo se ve brumoso, como a través de un cristal empañado. Las calles están desiertas y los coches, sin lunas, esparcidos por la carretera o enterrados bajo los escombros.

Por encima de los tejados, el cielo está encendido. Parecen estrellas fugaces, ojalá lo fueran. Pediría entonces un deseo: que no hubiera más guerras. Pero son misiles que iluminan esa ciudad donde ya solo se escuchan sirenas y estallidos. La rata de antes acaba de desaparecer por un agujero.

Enseguida terminará el informativo, a las diez empieza «Juego de Tronos». Me levanto de un respingo del sofá al oír el timbre de la puerta y abro al repartidor que trae mi pizza con pepperoni, extra de parmesano y salsa barbacoa.


El forense


EL FORENSE

Los pulmones llenos de agua y espuma, todavía con olor a jabón de bebés. No había moratones en cuello o cara. Concluí la autopsia: ahogamiento sin violencia. Una distracción de la madre, que se entretuvo, según el informe, contestando un whatssap.
Nacer, morir.
Cuando disecciono cadáveres de niños no puedo evitar imaginarlos gateando en pijama, bajando el tobogán, metiendo goles en el patio, afeitándose los cuatro pelos de la barba, cogiendo olas con sus tablas, enamorándose por primera vez.
No crecer.
Esa noche Laura me anunció, dichosa, que estaba embarazada. La abracé, llorando. Ella pensó que era de felicidad.


El protector


EL PROTECTOR
                                                    

«Niños, hoy mejor vamos a colorear el mapa; al parque de atracciones iremos mañana», nos decía a los más pequeños aquel hombre fijando su mirada en el suelo encharcado. O «¡fijaos, alguien recibirá esta noche la visita del Ratoncito Pérez!», aplaudía mientras atravesaba el campamento alguna rata. Siempre andaba inventándose cosas, y siempre con una sonrisa en la cara. Algunos, malhumorados, le pedían que se callase, que no nos molestara, pero a mí me fascinaba aquel desconocido que aseguraba oír, más allá de sollozos y lamentos, el trino del petirrojo y el crujido de las ramas; o distinguir, a través de la nube de pólvora que cubría el cielo, la noche estrellada.

Aquella tarde la tormenta desbordó el pozo negro y las aguas fecales inundaron nuestro barracón. Entonces me acurruqué en la litera, cerré fuerte los ojos y concentrándome mucho pude percibir el olor a tierra mojada.


El regalo


EL REGALO

Una caja de témperas envuelta en papel charol, con un lazo fuera. Ella apartó a un lado el paquete y sirvió la sopa.
—Esta misma tarde lo devuelves —dijo, tragando saliva.
—Es tu cumpleaños —protestó él, débilmente—. Quiero que vuelvas a pintar, quiero verte contenta.
—¿Cuándo? ¿Después de fregar portales, de atender viejos de noche, de remendar ropa al vecindario? ¿Con qué lo pagaste, con el dinero del terapeuta?
Tenía razón. Desde lo del ictus, la pobre no paraba.
—Me encontré un billete en la calle —mintió.
Ella recogió en silencio la mesa; él se dirigió cojeando al balcón.

El samaritano


EL SAMARITANO

Pesaban muy poco, pero aplastaban sueños. Más o menos esto decía la teoría del caos: que si una mariposa aleteaba al otro lado del mundo, un bróker arruinado podía saltar de lo alto de un rascacielos en Wall Street; o quemársele el pavo a una familia en Michigan; o un adolescente frustrado agitar el frasco de pastillas de su madre, girarlo entre sus dedos abriéndolo, cerrándolo… Así que al ver aquella mariposa atrapada en la telaraña, batiendo sus alas enloquecida, me quedé pensando si ya se habría tomado el chico los ansiolíticos y, por si llegaban a tiempo de hacerle un lavado de estómago, decidí pisotearla.






El sheriff


EL SHERIFF

Tardaría en encontrar la llave que necesitaba, husmearía a través de la mirilla, rozaría con el dedo la cerradura buscando la manera de abrirla, sin dar con ella. A hurtadillas intentaría forzarla con una ganzúa, consiguiendo solo hacer una muesca en la madera. Pero él nunca tiraba la toalla: abriría la puerta y entraría con su revólver y su estrella. Sabía que aquel era un nido de forajidos, aunque no tuviese pruebas.
Y solo ante el peligro se plantó frente a ella y la echó abajo de una patada. La suya no sería una ciudad sin ley, que todo el mundo lo supiera.

En un segundo


EN UN SEGUNDO

No se saca las manos de los bolsillos hasta que no sale del ambulatorio; ni con lejía consigue quitar la roña de las uñas. Le da apuro enseñarlas, ya ves. En la farmacia, igual: guarda rápidamente los antibióticos y después, en vez de irse derechito a la cama, como ha insistido el doctor, se encamina al taller. No puede dejar tirada a la clientela otro día. En un rato vendrá el panadero, le urge cambiar los neumáticos de la furgoneta. Estuvo ayer, pero encontró la persiana bajada.
Mientras le espera, piensa en su hijo. Es buen chico, aunque un poco mandria, qué le vamos a hacer. Hoy está castigado sin salir, alguna habrá liado. Le gustaría que estudiase una carrera, que encontrara un buen empleo, que no fuera siempre lleno de lamparones, como él. Abogado, por ejemplo. Con traje y corbata, eso es.
Sí, estaría bien. Pero ¿y si cuando el niño le ve alejarse calle abajo coge la pelota y sale corriendo hacia la plaza a jugar y cruza sin mirar y el panadero derrapa en un charco y pierde el control del vehículo y le estampa contra una pared?
Un milagro que finalmente todo quedara en un susto.



Evolución


EVOLUCIÓN

Ya se las apañarían para pagar las facturas de la luz y el gas, la hipoteca, los plazos del Audi, las cuotas del gimnasio, los recibos del fisio y las vacunas del galgo. Todo a su momento. Por ahora, dejaban que los días discurriesen plácidamente buscando cangrejos en la orilla, chapoteando en las aguas cristalinas de la playa, despiojándose, copulando sobre la arena fina y blanca… Pero también, qué pesadez, esquivando a sus vecinos los progres, que les lanzaban piedras y palos y les insultaban por comer carne cruda y no llevar taparrabos.