domingo, 30 de marzo de 2025

Zodíaco

ZODÍACO

Que evitasen a toda costa las alturas, decía el horóscopo de hoy para el signo Acuario. Que bajo ningún concepto se subieran a una silla a cambiar una bombilla, ni se encaramasen al armario para bajar de arriba una maleta. Que mucho cuidado con los peldaños de las escaleras, con las aceras.

Menos mal que Alberto no lee esas tonterías. No es que no crea en las fuerzas del universo, en las energías cósmicas, en las conexiones neuronales y en la supraconciencia. De hecho, está convencido de que hay un equilibrio universal entre todos los seres vivos del planeta; esto lo dice el budismo y él así lo siente. Pero lo de los horóscopos no le gusta, le dan mal rollo esos presagios, aunque sean invenciones de algún memo de la revista o periódico correspondiente.

Y precisamente hoy, dos de febrero, para celebrar que es su cumpleaños, ha escalado una montaña de más de dos mil metros y está experimentando en lo más profundo de su alma esa espiritualidad, esa unión con la naturaleza que le rodea. Acaba de llegar hace un momento a la cima —para lo que llevaba preparándose bastante tiempo— y está respirando el aire puro de la cumbre y disfrutando de la majestuosidad de la cordillera a sus pies. Le entra entonces hambre y saca de la mochila el bocadillo que ha comprado en el bar de carretera donde tomó esta mañana el café, y al desplegar la hoja de periódico donde va envuelto empiezan a asomar, amenazadores, una cabra, un león, un cangrejo, un escorpión, unos peces…

Un menú especial

UN MENÚ ESPECIAL

Veintitrés repeticiones llevan de la comida de Acción de Gracias. Porque o estornuda un técnico de sonido o suena el móvil de un cámara o se confunde uno de los actores con su frase, ¡y vuelta a empezar! A la señora Harris, que al principio no sabía cocinar, a estas alturas del rodaje le queda de rechupete el pavo relleno; la hija mayor abre latas de judías con mucho desparpajo; y la pequeña corta en rodajas la zanahoria casi sin mirar.

Y el señor Harris rellena de sidra la ponchera y, disimuladamente, esconde los cascos vacíos debajo de la mesa.

Sola

SOLA

Te sientes genial sola, comiendo a la hora que te da la gana, sin tener que cocinar ni enfadarte con Dani cuando apartaba en una esquina del plato, poniendo cara de asco, los trocitos de zanahoria que echabas a las lentejas; o cuando reducía a mazacote, aplastándolo con el tenedor, el pescado; o cuando volcaba sobre la mesa —mantel ni te molestas ya en poner— un vaso de Cola-Cao, de zumo o de agua.

«Qué torpe eres, hijo», le gritabas, y mírate ahora, cuánto le echas en falta, qué ganas de que regrese del campamento, qué triste está la casa.

Se alquila

 SE ALQUILA 

—Súper céntrico es —va diciendo el de la inmobiliaria a Laura mientras suben por las escaleras hasta el último piso: un sexto desde el portal—. Ya, ya sé que en el anuncio ponía que era un tercero, pero hay que sumar la entreplanta, el entresuelo y el principal. Es lo que tienen estos edificios nobles. Sí, sí, no le quito la razón: muy antiguo también. Ascensor no tiene —confirma innecesariamente, tomando resuello, mientras gira la llave en la cerradura del piso—, pero usted es joven; imagínese, cada vez que suba, que está en una clase de step y ya está. ¿Cuando llegue cargada con bolsas, dice? Pues que está levantando pesas, jaja. Hay que saber adaptarse a todo, ¿no cree? Resiliencia lo llaman ahora. Si al final se va a ahorrar la cuota del gimnasio, ya lo verá. Tenga muy presente que la oferta habitacional en esta zona es casi inexistente. Considere el lujo que es vivir en el centro y a un paso de la estación de metro Sol. Y a un precio verdaderamente de risa. Ya le digo yo que por setecientos euros por aquí no va a encontrar nada. La mensualidad incluye todo: calefacción, Wi-Fi, gas y limpieza dos veces por semana. La decoración, bueno, deja un poco que desear: el papel de la pared es de cuando reinó Carolo, eso es verdad, no le voy a engañar. Podría decirle que es vintage, pero no se lo digo, para que vea que no la quiero engatusar.

Y bien ¿qué me dice? ¿Que la cama es diminuta? Bueno, de largo son 1,90 centímetros los pies no se le van a salir por fuera. El ancho, 60 centímetros, no puede decirse que sea lo más ideal. ¿Que no sabía que vendieran camas tan pequeñas? En realidad la mandaron hacer a medida, como casi todo lo que hay en la vivienda. Ya se habrá dado cuenta de que esto que se alquila era el armario empotrado de la habitación de al lado. Pero los dueños decidieron alquilarlo aparte, por eso el precio es tan bajo. El baño es esa puerta de ahí y es compartido con los inquilinos que ocupan las otras tres habitaciones. Pues sí, treinta metros cuadrados bien aprovechados. La reforma que se hizo en este antiguo palomar, rentabilizando al máximo el espacio, es desde luego digna de admiración.

Veo que anda con prisa. Como ya tiene usted mi teléfono, y si de verdad está interesada, le recomiendo que no se lo piense demasiado. Como decía mi abuelo, a veces menos es mejor que nada.

 

Playa, playa

PLAYA, PLAYA

Desde la habitación del hotel de Nati y Pedro se ve un sol radiante, un cielo azul precioso y una nube inofensiva, blanca, que parece como si flotara. Apoyados los codos en la barandilla de la pequeña terraza, observan en silencio la playa. No necesitan comentar nada, ambos piensan igual.

Arderá tanto la arena que ni con chanclas se librarán de quemarse la planta de los pies desde el paseo hasta la orilla. Habrá que recorrer ese tramo a pasitos cortos y rápidos, casi sin apoyar. Ya instalados cerca del mar, abrirán la sombrilla, se untarán mutuamente de crema protectora la espalda, estirarán las toallas y al rato fijo que una pelota o un niño los salpicará de arena y se les quedará pegada. A los cinco minutos el bochorno y la sensación de pegajosidad, tan incómoda, les obligará a bajar a remojarse en el agua, pero debido a unas corrientes marinas estará helada y al meter el tobillo dará la sensación de que un cuchillo lo rebana. Aun así, se refrescarán con las manos, se salpicarán el uno al otro, mirándose como dos bobos, y una vez empapados una nube negra tapará el sol y tendrán que salir a toda prisa del arenal, protegiéndose con lo que puedan de las gruesas gotas de agua de esta tormenta estival.

Pero se miran, se meten para adentro, se ponen los bañadores y bajan cargados con bolsas, sombrilla y toda la parafernalia. Y cada año repiten una semanita en la playa. Porque hay que aprovechar ahora que podéis, les dicen los hijos. Que lo mismo otro año ocurre una desgracia, o uno enferma, o se rompe algo, o vete a saber. Y en ello están, en rellenar las horas como mejor pueden, aparte de tachar los días que faltan para regresar a casa que es donde mejor están.

 

Nubes

NUBES

Nadie en la casa entiende por qué Juanita, la vieja criada, no se muere de una vez. Y es que a sus ciento cuatro años poco, por no decir nada, le queda ya de hacer en esta vida. Con lo fácil que sería presionar un almohadón sobre su cara ni siquiera con demasiada determinación un minutito de nada y estaría. La pobre vieja, toda huesos y sin fuerzas, ni el más mínimo movimiento haría por defenderse. O sea, que no quedaría el ADN del ejecutor dentro de sus uñas, ni se llevaría en el antebrazo un rasguño al revolverse la mujer en su lucha por respirar. Tampoco quedarían moratones en la cara de ella. Ya digo, sería apretar flojito, como quien no quiere la cosa, y ayudar a la pobre anciana a iniciar el viaje eterno.

Esto lo ha pensado alguna vez, para sus adentros, la señora de la casa, el señor, los hijos y alguno de los nietos. Porque, quieras que no, mantener con vida a Juanita conlleva un gasto: hay que alimentarla por sonda, abonar las visitas del doctor y la auxiliar que viene cada día, pagar en la farmacia las recetas, comprar pañales, mantener el servicio de lavandería, etcétera. Y sobre todo, sería estupendo recuperar ese dormitorio para otros usos más convenientes. Pero ninguno de ellos, dadas sus profundas convicciones religiosas, se atreve a hacerlo.

Además, mira que la pobre mujer lo repitió cientos de veces: que qué asco de vida, todo el puñetero día recogiendo la mierda de los demás, que no se me quitan ni los sabañones ni el olor a lejía, que a ver si pronto el señor me llama a su presencia y dejo de trabajar como una mula. Por eso, cuando le agarró aquella neumonía a los noventa años, todos pensaron que no lo superaría. De hecho, hasta avisaron al sacerdote de la parroquia para que le administrara la extrema unción cuando le retiraron el respirador.

Pero Juanita, tan deseosa que estaba por reunirse con el Señor, no termina de encontrar el camino al Más Allá, no ve por ningún lado la luz que cree que hay que seguir y que le conducirá a Él. Solo ve nubes y más nubes, lo mismo que en su perra vida, y la pobre, que esperaba una señal más clara y definitiva, no se orienta, no se atreve a moverse y se ha quedado paralizada, esperando ese ansiado rayito de sol, en las entretelas de la muerte.

Mundo hostil

MUNDO HOSTIL

Parece que siempre tiene que ocurrir algo que haga enfadar a Vicente. Unas veces, es el fastidio que le supone subirse al bus y tener que viajar de pie, aunque haya solo dos paradas hasta el bar donde le gusta tomar el café, porque nadie tiene la educación de levantarse y ofrecerle su asiento a un jubilado. Otras, el trastorno que le ocasiona que, en el paso de peatones, no paren los coches y tarde unos minutos más de lo habitual en entrar al local, los suficientes para que otro parroquiano se le adelante y se agencie el periódico del bar.

Este contratiempo le cabrea mucho. La rabia empieza entonces a reconcomerle por dentro y la nota trepar desde las tripas hasta las sienes, mientras el tipo ese, además de leer despacísimo, se chupa el dedo pulgar cada vez que pasa una página. Cuando casi una hora después lo devuelve a su sitio, Vicente se pide otro café, este descafeinado porque bastante alterado está ya, y lo despliega en la barra ante él dispuesto a disfrutarlo a gusto.

Pero muchos días, no es esta tarea fácil. ¿Por qué? Pues porque o se le pone uno a la chepa mientras lee los deportes, lo cual le da mucha rabia; o en la página de las esquelas ve a un conocido de su edad, a quien veía cada mañana corriendo o montando en bici; o porque los vecinos de un barrio cercano al suyo protestan porque el ayuntamiento ha retirado un banco donde se sentaban a tomar el sol, ¡dónde vamos a parar! O porque ha perdido su equipo, o la película programada para esta noche no es de su agrado, o encuentra una falta de ortografía grave —«argallo»; ¡hay que ser garrulos, ya ni los periodistas saben escribir!—. O hay un pesado venga a echar a la máquina tragaperras, con lo molesto que es el ruido. O el perrito de la clienta que hay a su lado no hace más que frotarse el morro lleno de babas con la pernera de su pantalón. O, simplemente, porque se le tiznan los dedos de negro.

Peor hoy no puede ir la cosa, se dice, así que se termina de un trago el café, ya frío, se levanta y cierra de mala gana el periódico antes de la sección de pasatiempos, porque lo más seguro es que algún imbécil haya completado ya el autodefinido.

 

Mujer

MUJER

Se levanta de lunes a sábado a las tres de la mañana. No tarda nada en asearse, en calentar en el micro el café con leche que dejó anoche preparado, y en diez minutos sale a toda prisa a la calle. Para poder estar puntual en el aeropuerto, tiene que andar tres manzanas hasta la parada, cambiar dos veces de autobús y atravesar de un lado a otro la ciudad. Llega con el tiempo justo para saludar a las compañeras, ir a su taquilla, ponerse la bata y las zapatillas y agarrar la mopa y el carrito con los estropajos y productos desinfectantes. Y hasta las diez, con una pausa para el bocadillo, se dedica a fregar suelos, vaciar cubos, limpiar aseos. Cuando termina, se echa encima del uniforme un chal y sale disparada para no perder el bus que le lleva hasta una academia, un gimnasio, una boutique, un parvulario, una oficina de abogados —según el día de la semana que sea— donde trabaja el resto de la mañana antes de regresar, nunca antes de las dos, a casa.

Hoy va con algo de retraso por culpa de un atasco en el camino de vuelta, así que recorre apurada los pasillos del supermercado, tachando de la lista los artículos que va echando al carrito, mientras piensa —calcula mentalmente— que, si se da prisa y no hay demasiada gente en la caja pagando, podrá llegar a casa antes de que empiece a llover, que ya está oyendo tronar. Y así podrá recoger la ropa del tendal antes de que se cale. Plancharla, doblarla y guardarla en el armario lo dejará para después. Y si termina con esto rapidito, podrá hacer paquetes con los filetes y el pescado que ha traído y congelarlos. Si se apresura, y mientras pone a calentar en el fuego la olla con el estofado, podrá darse una ducha de dos minutos; el pelo no va a darle tiempo, no pasa nada: ya se lo lavará más tarde en el fregadero.

Y si con suerte —suspira para sus adentros— no le pasa lo de los últimos días, que se tiene que sentar en el suelo del baño angustiada porque le fallan las piernas, porque no puede respirar, porque nota unas palpitaciones en el pecho que se cree que se va morir ahí mismo y solo acierta a frotarse las manos y sollozar —abriendo un grifo para no hacer ruido—; si no le pasa nada de eso, piensa, se vestirá deprisa y llegará justo a tiempo de poner en la mesa donde espera sentado el marido —que desde que le operaron de un quiste en la nariz, anda el hombre cabizbajo y decaído—, con la mirada fija en la tele, los dos platos calientes del guiso. Que aunque sabe que no va a oírselo decir, le ha quedado muy rico.

Mar adentro

MAR ADENTRO

—¿Oyes las gaviotas, Celine? —musitó el hombre. Tosía las sílabas, desfallecido. La enfermedad había licuado su cerebro, no podía dormir y llevaba horas delirando.

Entre las rendijas de la persiana se filtraba una claridad púrpura: pronto saldría el sol. Ella iba y venía, poniendo paños húmedos en su frente, cambiando las sábanas empapadas en sudor.

—Tengo los pies helados —gimió, angustiado—. La marea me arrastra, Celine, ¡por favor, ayúdame! —Sus ojos la miraban suplicantes.

Ella tomó su mano y él la asió con fuerza.

—No tengas miedo, Marcel —dijo dulcemente—. El mar está en calma, iremos entrando poco a poco. Mira el azul del cielo, siente la arena bajo tus pies. Ahora nos cubre por el pecho; no, no te suelto. ¿Ves aquel barquito velero? Tenías razón: en el mástil están posadas las gaviotas que antes oías.

Notó entonces Marcel que una corriente lo abrazaba, lo envolvía. Las olas lo arrullaban, lo mecían, mientras le invadía una inmensa paz. Nunca había sentido tanta gratitud. Aflojó la mano que lo sujetaba y se dejó llevar hacia el fondo.

En ese momento le pareció a Celine que una brisa de algas y yodo impregnaba con su aroma toda la estancia.

 


La postal

LA POSTAL

A Cecilia le huele la postal a crema bronceadora, a brisa de yodo y algas, a orilla del mar. Con ambas manos la pone —mejor dicho la restriega— en su nariz y entorna los ojos, concentrada en aspirar todo su aroma. Huele a verano, huele a su hijo Damián. Expira el aire y vuelve a llenar sus pulmones con ansia renovada; y no se cansa y se pasa así toda la jornada.

Los días que no hay correo, se queda como un vegetal, respira sin ganas, bebe del vaso que el marido apoya en sus labios, traga la cucharada de sopa que introduce hasta su garganta. Pero cuando llega carta del hijo es como si resucitara. En la foto de la postal sale un arenal con sombrillas y hamacas y toallas, un cielo muy azul, niños chapoteando en el agua, una pelota lanzada al aire, colchonetas con gente tumbada un barquito más allá. Y en el anverso unas pocas líneas del hijo, «… es una playa preciosa, mamá. Un beso. Damián».

Cuando a la noche cae rendida, feliz, el marido guarda la postal donde las otras. Tenerife, Venecia, Portugal. Las compra por Internet. Sellos no pone, hace años que no hacen falta.


La casa de muñecas

LA CASA DE MUÑECAS

Que en su primer día como asistenta en aquella casa le encargase doña Asun fregar el suelo de su casita de muñecas, pasar el polvo y repartir por la diminuta sala dedales decorativos con brotes de lentejas, le pareció a Fernanda una chaladura. No sabía si contárselo a la hija que la había contratado para limpiar un poco entresemana y dejar algo hecho para la comida y la cena. Y que además ese viernes le pidiese la anciana, antes de irse a la peluquería, que envolviera en papel transparente un dadito de queso curado de oveja, otro de paleta ibérica, un biscote, una fresa y un botellín de cava de los de hotel que guardaba en la alacena y que lo metiera en la mini nevera, ya le hizo sospechar de una posible demencia.

Pero cuando el lunes, tras no lograr despertarla de su sueño, se arrodilló a regar con un cuentagotas las lentejas, observó atónita que en los peldaños de la escalera estaban esparcidos, como un reguero, unos mocasines, un traje y camisa gris, una corbata y, en el suelo del dormitorio, unos calcetines y unos calzoncillos negros.

Y, como era de esperar, las sábanas de la cama revueltas.

El recreo

EL RECREO

Es una delicia contemplar a los pequeños jugar felices y pegar gritos de alegría. Madeleine y Linda están dando saltos sobre un charco de agua, remangándose divertidas las faldas, poniéndose de barro hasta arriba. Nicholas hurga con un yerbajo en un agujero del suelo, provocando un caos en el hormiguero. Pero en cuanto se aleja a perseguir una lagartija para cortarle el rabo y ven pasar el peligro, las hormigas vuelven a cerrar filas y continúan entrando y saliendo tan tranquilas, como si nada hubiera ocurrido. A Bobby lo que más le gusta es subirse al peral, comerse sentado en una rama una pieza de fruta, sentir los jugos resbalando por su barbilla y después, cuando cree que nadie le mira, quitarse la ropa y saltar, en plan Huckleberry Finn, al río. Un río de aguas turbias y caudalosas y que suele bajar con mucha fuerza formando remolinos. Pero él, tan aventurero, casi siempre logra agarrarse a un tronco y nadar hasta la orilla. Menos hoy, que ha tenido que cogerle de los pelos la maestra, que le estaba viendo de reojo, y tirar de él para fuera. Cuántas veces le habrá repetido que no sea tan bruto y que juegue a cosas normales, como los otros niños.

Les encanta el contacto con la naturaleza, por eso es comprensible que unos hagan pucheros, otros protesten iracundos o que algunos, como Bobby, manifiesten a chillidos su cabreo, dando patadas y puñetazos, cuando, concluida esta hora semanal de asueto, el robot encargado de la sala de descanso les retire sin contemplaciones las gafas 4D, desconecte monitores, apague las luces y les envíe a sus cápsulas a dormir. Y sin hacer ruido.

 

El desayuno

EL DESAYUNO

Es una manía que arrastra desde siempre Julián: anticiparse a los acontecimientos poniéndose en lo peor. Igual es porque cuando algo le ilusionaba mucho, la dicha poco le duraba. Si un globo que llevaba anudado al puño en la cabalgata el viento se lo podía arrebatar, adiós globo. Si a una bici nueva iba a pinchársele una rueda, tenía que ocurrir lo más lejos posible y hala, a volver tirando de ella no sé cuántos kilómetros hasta casa. Si la tinta de un Rotring podía gotear sobre un diseño que le había quedado perfecto y arruinarlo, tenía que ser en el examen final de dibujo técnico del último curso de la carrera.

El caso es que su plan de poner una cafetera para desayunar —podía como mucho ofrecer unos yogures que había en la nevera, nada más, despedirse de las chicas y hasta luego, cada una a su casa, que él mañana tiene comida familiar, intuye que no va a funcionar. Entre tragos, bromas y jijijajá, ha sacado el tema para tantear, como quien no quiere la cosa, y lo ha visto complicado. A Jessica los lácteos no le van nada. De azúcar ni oír hablar, puro veneno. Y el café no le gusta, ella solo desayuna té Kombucha con dos gotitas de pomelo y nada más. Marion, sin embargo, dice que los domingos lo que más le puede apetecer es dormir hasta mediodía y claro, cuando se levanta tiene tanta hambre que devora lo que se le ponga por delante: tostadas con aguacate, salmón y aceite de oliva virgen extra; huevos revueltos con jamón; croissants o churros recién hechos con chocolate; un bol con piña, kiwi y mandarina; y que no falten dos cafés bien cargados, pero con sacarina y leche vegetal. Y Clara, que lleva dos tequilas de ventaja sobre los demás, dice que a ella, para desayunar, le da igual una cosa que otra, pero que unas fresas con nata estarían fenomenal. Eso sí, lamiendo directamente con la lengua del torso desnudo, los pezones, el pene de Julián.

Total, que pese a que la idea de un trío lo de cuarteto les hacía mucha gracias, les sonaba a violines y guitarras con él fue de ellas, a que estaban preciosas con sus vestiditos de tirantes, tan morenas y escotadas, y a que los chupitos les habían desinhibido a los cuatro y ya se acariciaban y besaban sin ningún recato en aquella terraza de verano, a punto de ver salir el sol, Julián les dijo que iba un momentito a mear. Y mientras se alejaba a paso ligero hacia la parada de taxis, se sintió muy aliviado. Menudo peso de encima que se acababa de quitar.

El alimento

EL ALIMENTO 

Unas veces a rastras, otras a trompicones y en general dando bandazos, tropezando y volviendo a tropezar, fue como atravesó Jonathan sus años escolares. Repitió curso en tres ocasiones, aprobando siempre por los pelos o simplemente porque al maestro no le apetecía tener a aquel gañán de catorce años de bigotillo, granos purulentos y boñiga pegada en los botines y el pantalón, sentado en el mismo aula que los nuevos alumnos, niños y niñas inocentes, puros y angelicales de tan solo diez años de edad.

Porque a Jonathan, ya desde la escuela primaria se le puso el tema del aprendizaje cuesta arriba. Quizá fuera por una dislexia sin diagnosticar, un déficit de atención, ese tipo de cosas a las que antes no se daba importancia, o quizá puro desinterés debido a alguna mutación en la secuencia de su ADN. Aunque lo más acertado sería concluir que fue porque su padre, pastor de la pequeña comunidad donde vivían y que le responsabilizaba de la muerte de la madre, que falleció desangrada al parirle, le propinaba pellizcos, coscorrones y tirones de patilla las veces que traía a casa una mala nota, que eran muchas. Odiaba al muchacho y así se lo hacía saber, en cualquier momento, hasta cuando bendecía la mesa y le clavaba en el dorso de la mano las uñas hasta hacerle sangrar mientras recitaba páginas enteras de los evangelios, dando gracias por los alimentos que iban a comer, amén.

Siendo de carácter débil y pusilánime hasta decir basta, sus primeros años de vida transcurrieron, por tanto, entre las burlas de sus compañeros, el rechazo de sus profesores y el desprecio del padre. Después de abandonar la escuela, la cosa no solo no mejoró sino que fue a peor. Trabajaba como una mula en la granja, de sol a sol, segando la hierba, arando con la azada, cosechando maíz, ordeñando las vacas, limpiando la mierda del gallinero, etcétera. Y todo a cambio únicamente del jergón, una manta que picaba, las migajas que le dejaba el progenitor cuando terminaba su almuerzo y cena y el alimento espiritual, como lo llamaba él: cada noche le prohibía dormirse, obligándole a escuchar a voz en grito un pasaje, a veces de varias horas de duración, de la biblia. Los domingos iba a la parroquia, se vestía de monaguillo y se pasaba toda la ceremonia sosteniendo el misal a su reverendo padre.

Así fueron pasando los años, uno tras otro, hasta que la vejez tomó posesión del cuerpo del pastor en forma de artrosis severa, retorciendo y atrofiando todas sus articulaciones de una forma muy cruel; la senilidad pudrió su cerebro y la culpa trastornó su alma, dejándolo en un estado de vigilia perenne. En otras palabras, no podía moverse ni razonar ni dormir. Así que, postrado en la cama, atormentado al sentir el calor de las llamas del infierno quemando su piel, aceptó la penitencia de pasar, los últimos años de su vida, despierto y escuchando a Jonathan leer escupirle a la cara una a una las páginas de la biblia para después arrugarlas, diluirlas en una escudilla, aplastarlas con la cuchara y hacérselas comer.

 

El cuadro

EL CUADRO

Marca un reloj antiguo que hay en el cuadro de la cocina un tiempo que ya no existe. Las agujas quedaron detenidas para siempre en las cuatro y veinte. De la tarde, no de la madrugada, porque a nadie se le ocurriría levantarse en plena noche para prepararse un té negro o un café. Y es que sobre el mantel se ve una taza con un líquido oscuro humeante el humo no se mueve, quedó suspendido en el aire—, un azucarero con una cucharita dentro, una servilleta a un lado y, en el centro, una jarra con una rosa recién cortada. Por la ventana se ve un paisaje verde, un bosquecillo al fondo y unas vacas que pacen.  

Como el cuadro está en la pared de un primer piso en una zona bastante ruidosa del centro urbano, al viejo que vive ahí le ha despertado el estruendo del camión de la basura que lleva un rato triturando cosas debajo de su ventana. «Así no hay quien duerma», se dice enfadado mientras calienta en el microondas un vaso de leche con miel y espera que regrese el sueño. Se lo bebe a sorbitos de pie, sin encender la luz del techo, y aguarda a que le entre el primer bostezo.

A través de los cristales de la ventana deja vagar la mirada. Por el horizonte salpicado de huertas y el cielo estrellado si viviera en mitad del campo. Pero sobre esto ya bastante ha fantaseado, ha echado cuentas y con la pensión que cobra hace tiempo que lo ha descartado; y tampoco se ve atracando un banco. Así que, resignado, se termina la leche mientras observa al camión de la basura parando en cada contenedor de la calle y vaciándolo.

Mira entonces distraídamente el cuadro que se trajo de la casa donde vivieron sus padres. Y aunque le da rabia arañarse los dedos con las espinas de la rosa cuando le cambia el agua, siente que es un poco como estar en el campo: poder disfrutar del aroma fresco de la flor que se extiende por todas las estancias y del rojo perenne de sus pétalos resistiendo el paso de los años.

Confort

CONFORT

De la noche a la mañana apareció en la finca del vecino una hamaca atada a los troncos de dos manzanos. Nos extrañó, porque no imaginábamos al tipo aquel despatarrado sobre la lona balanceándose, mirando pasar las nubes con los ojos entrecerrados. Al contrario, el Salustiano era un hombre muy activo y siempre andaba atareado con algo: arando la tierra, segando, echando semillas, quitando malas hierbas, recolectando verduras, regando o podando los frutales.

Nos olvidamos del tema hasta que una tarde le vimos instalar un jacuzzi en mitad de la huerta. «Se le está yendo la olla al viejo», pensamos. En los alrededores, muchos granjeros ponían bañeras como abrevadero para el ganado, pero es que el Salustiano no tenía animales; se dedicaba a sus manzanos, su sidra y sus compotas, y a plantar lechugas, puerros, berzas, tomates, calabacines, rábanos. Decidimos que, quizás, lo usaría como depósito para recoger el agua de lluvia y lo dejamos pasar.

Poco después, descubrimos que había colocado entre los repollos un inodoro, con su papel higiénico y todo, y un poco más allá, detrás de unos setos, un somier con su almohada y su colchón. Que estuviera chiflado era una opción, claro; pero aunque fuera un hombre solitario siempre nos había parecido muy cabal, y por eso seguimos, atentos y expectantes, cómo iba llenando de cosas —una silla y una mesa, un espejo, una jofaina, espuma y maquinilla de afeitar—, su finca.

Entendimos de qué iba todo aquello cuando, una semana más tarde, le vimos aparcar y sacar de su furgoneta una estaca larga envuelta en un vestido floreado, con dos brazos y dos piernas estiradas y una melena rubia alborotándose bajo un sombrero de paja —que medio cubría una mirada enigmática y una sonrisa sensual— que situó, con exquisito cuidado, bien arrimada a su espantapájaros.

Ascuas

ASCUAS

«Suena distinto el crepitar de la madera dependiendo de si es castaño, olmo, encina o roble. O abedul, como esta». En las largas y solitarias noches de invierno en Wisconsin, encuentra Wilfred compañía en el fuego. «Tampoco emite el mismo quejido al arrojarlo a las llamas que cuando ya lleva un rato ardiendo», continúa, mientras remueve las brasas con un atizador. En sus tiempos de leñador, ha talado muchos árboles, amontonado troncos de todas las formas y tamaños y encendido miles de hogueras. Y la de horas que ha pasado sentado en este taburete frente a la chimenea, como ahora, bebiendo a morro de la botella de bourbon, creyendo desentrañar el mensaje de los chisporroteos y el estado de ánimo —enfadado, nostálgico, preocupado, triste—, según el árbol que estuviera quemándose. No recuerda ninguna rama, ningún madero, que se calcinase feliz. «El olor también es diferente», dice, aspirando profundamente y ensanchando las aletas de la nariz, «y el color de las llamas: rojas, naranjas, azules. Incluso verdes. Si uno observa bien, se ve claramente». Da otro trago, eructa. Un chorrito del apestoso líquido amarillo le resbala por las comisuras de la boca y le apelmaza los bigotes. Hace ya tiempo que no se distingue lo que es cana, pelo rubio, vómito o licor reseco.

Para cuando queda el fuego reducido a un rescoldo silencioso e inofensivo, el calor de la lumbre y el alcohol casi han vencido a Wilfred que, hecho un ovillo sobre el suelo de tierra, se resiste a caer en el abismo del sueño hasta que ese ojo de abedul, que aún no se ha consumido del todo y que lo mira con reproche, sea ceniza gris.

Adicto

ADICTO

Es colarse en el salón de juegos, caminar con las manos a la espalda entre las mesas, elegir una de ellas donde ya está dispuesto un tapete de fieltro verde y sentir Eugenio ese veneno que le abrasa por dentro. Las manos empiezan a sudarle tanto que las mete en los bolsillos de la chaqueta, de este modo las va restregando con el forro para intentar mantenerlas secas. Se queda allí de pie, mirando atentamente, y su corazón se pone a bombear muy fuerte cuando uno de los jugadores sujeta el cubilete de cuero. Al oír el golpeteo de los dados agitados contra el vaso, nota el riego sanguíneo circulando, mejor dicho galopando, por todo su cuerpo, de la cabeza a los pies y desde allí de vuelta, encendiendo mejillas y orejas. Cuando caen los dados sobre el tapete, ¡cinco seises!, es ya el éxtasis, es tocar el cielo. Pero también es faltarle el aire, sentir que se ahoga, que se muere.

Cierra entonces los ojos y respira hondo varias veces, como le enseñaron en terapia a hacerlo. Enseguida se le acerca una auxiliar de la residencia que le toma del brazo, «pero mire que es usted desobediente, don Eugenio, que ya sabe lo que le dijo el médico sobre el juego, que ni se acerque». Y mientras es conducido a la sala de la tele, sin escuchar la reprimenda, no puede evitar mirar la mesa donde unas ancianas juegan al parchís. Eso sí, el subidón ni se le parece.