domingo, 29 de marzo de 2015

El móvil

EL MÓVIL

—¿Cuándo piensa aparecer el fiscal? —El juez sacaba aburrido papeles del portafolios y los volvía a meter. Miró de nuevo el reloj de la sala. —Llevamos  una hora de retraso y tengo otra vista en breve. «Encima estoy sin tablet y no puedo navegar», masculló disgustado.
—El señor Romero —intervino Yagüez, el charlatán de Siniestros— me acaba de mandar un wassap, señoría. —Se acercó al estrado y le mostró la pantalla. «¡Qué fenómeno este dispositivo, si no pesa nada! Y yo con esta mierda patatera del siglo pasado», murmuró manoseando la pantalla. —Parece ser —prosiguió Yagüez, intentando sin éxito arrebatarle el aparato— que subió el viernes a la nieve, pero ha coincidido con la semana blanca del calendario escolar y dice que hay atasco; o sea, que aún tardará en llegar.
El juez garabateó en su agenda la marca y modelo del móvil y suspendió la sesión.



El extranjero

EL EXTRANJERO

—Con este decomiso ya van cuatro hoy —aseveró el juez al tipo que levitaba en la sala, señalando la esterilla tirada delante del estrado—. Y esta vez tenemos el testimonio del propietario de la lavandería, que le vio salir con ella. —Y dirigiéndose al traductor, prosiguió—: ¿No cree que el detenido debería considerar un plan serio de futuro como, no sé, sacarse el carné de conducir, por ejemplo?  Es peligroso ir volando por ahí en una moqueta, ¿sabe? Y no digamos en un tapete de cartas. ¿Tiene algo que decir?
—El acusado, señor —intervino tímidamente el intérprete— ronca hace rato. ¿Podemos aplazar la vista unas horas?
—Tendrá sueño, pobre —se enterneció el juez, arropándole con una alfombra de la sala—. No me extraña, con tanto trajín. Que descanse, déjele. Pero asegúrese de que, cuando despierte, no vaya a escaparse subido en el felpudo de la entrada.



El reino pobre

EL REINO POBRE

Cansada de esperar al marido y al hijo, la Reina se levantó de la mesa y fue a buscarles por el castillo.
—¡Doriiistires! ¡Pepiiindio! ¡Que se enfría la sopa!
Recorrió pasadizos y aposentos, lamentándose de los desconchones y humedades en las paredes; bajó a las mazmorras tapándose la nariz, y subió las escaleras con cuidado de no tocar la barandilla agrietada.
—¿Qué estáis haciendo aquí?
—Pepindio se ha fundido la colección de monedas en juergas. Esta mañana llegó haciendo eses y se cayó al foso, así que le he ordenado fregar los cañones. Si no quiere casarse, algo útil tendrá que hacer.
—¡Estoy harto de tanto frotar!
—Hijo, por una vez  tu padre tiene razón; deberías encontrar una princesa adinerada que nos saque de esta ruina.
—Vaaale... Pero la elijo yo
—¡Con lo escogido que eres! Que si la que se pinchó el dedo con la rueca es un muermo, que si la del guisante bajo el colchón una tiquismiquis…
—En la taberna he oído hablar de la Princesa del Pueblo. Es de un reino muy lejano: Hispania o algo así.

—Toma —se entusiasmó el Rey—: papel, tintero y pluma. Escríbele una carta. Pero sin faltas de ortografía, ¿eh?

miércoles, 18 de marzo de 2015

La asistenta

LA ASISTENTA

A su edad, bastante agradecida tiene que estar Gregoria a doña Luisa por no echarla de la casa y sustituirla por una chica joven y vigorosa; porque con setenta y ocho años, la verdad, una ya no trajina igual con los cacharros y la colada que cuando era moza y no sufría de artritis. Por eso realiza las tareas del hogar feliz y sin rechistar. Y en silencio. Que la señora, desde lo del esposo, anda un poco de los nervios y cualquier ruido de nada le suele alterar.
Así que cada mañana, después de tomarse despacito las galletas reblandecidas con el café y las pastillas que le ha recetado el doctor, Gregoria se pone a acaldar la casa: que si airea estas sábanas por el balcón, que si pica ajo y cebolla para el caldo de pollo, que si revisa las bolitas de alcanfor repartidas por armarios y cómodas…
A lo largo de la jornada, ella va tomándose sus descansos. Hay veces que hasta se queda traspuesta en la mecedora de la galería, tan a gustito al sol, o en alguna de las camas; pero en cuanto consigue reponerse, continúa doblando camisones o pasando el polvo de las baldas; de las más bajas, que a las otras no llega.
Cuando a eso de las nueve y media doña Luisa se bebe su vasito de leche caliente con ron y empieza a bostezar, Gregoria va al cajón de la cocina, se pone los guantes de podar los rosales y entre las dos levantan del sillón de orejas el cuerpo disecado de don Federico y lo acuestan en su cama. A continuación, Gregoria da las buenas noches, apaga las luces del pasillo y se retira derrengada a su alcoba.
Y al día siguiente vuelta a empezar.


miércoles, 4 de marzo de 2015

Penurias

PENURIAS

Antonia remueve el agua con fideos y la pastilla de caldo vegetal mientras añade un huevo duro troceado al puchero.
—Está buena —dice Mauricio sirviéndose otro cacillo—. Un poco sosa. ¿Tú no comes?
Antonia empuja el salero al brazo izquierdo del marido; del derecho le cuelga una manga vacía.
—Después, ahora no tengo apetito.
—¿Hay segundo?
—Si quieres, puedo asarte una manzana.
—Hace mucho que no comemos carne.
—El sábado traeré pollo. Pediré un adelanto a la señora.
—Trabajas demasiado, Antonia. Esos señoritingos se aprovechan. Para la miseria que te pagan…
—Nos da para pagar las facturas. —Al instante, se arrepiente—. No quise decir eso.
—No. Tienes razón. Soy un inútil.
—En serio, perdona.
—Mañana iré a ver al Genaro —se anima de pronto—, quizá necesite una mano con el reparto. —Sonríe amargamente tocándose el muñón—. Ya verás —le acaricia la mejilla— este domingo ¡chuletas!
—Claro, Mauricio —suspira ella tragándose las lágrimas.

—Y pasteles, Antonia. Y pasteles.

Negocio familiar

NEGOCIO FAMILIAR

Desde pequeña, Juliette se dedicaba a garabatear monigotes y paisajes hasta en el papel pintado de su habitación. Su madre los fregaba con lejía, pero la niña, testaruda, seguía haciendo retratos en el cuarto de baño y bodegones en las paredes del salón. Valiéndome de mi autoridad paterna, tuve que hacer algún secuestro furtivo de ceras y acuarelas, aunque según sus profesores tenía un gran futuro con los pinceles. Cuando al cumplir los dieciocho nos anunció que quería irse a vivir en plan bohemio a una mansarda frente al Sena, nos enfadamos mucho y le cortamos la asignación. En el negocio de tu padre, le dijo mi mujer, también puedes ganarte la vida con los colores. No sé si acertamos, porque ya no nos habla y anda siempre enfurruñada; con el buen salario que le pago como maquilladora en la funeraria.


Once de septiembre

ONCE DE SEPTIEMBRE

A nadie se le ocurrirá que solo quiso volar como hacían antes las mariposas en su estómago. La noticia abriría todos los informativos, y ella nunca podría perdonarse el haberle abandonado.
Antes de saltar desde la azotea apretará en su puño la alianza, pero el choque de aquel inoportuno avión contra la torre le robará todo el protagonismo.



La madre

LA MADRE


En el último momento la vocecita de Jana en el asiento trasero me hizo dar un volantazo antes de salirme en aquella curva. Miro por el retrovisor: nuestra pequeña se parece dolorosamente cada vez más a ti. Ahora consuela a su muñeca con la misma nana que inventaste para acunarla cuando una pesadilla le asaltaba en sueños. No ha vuelto a pedirme que se la cante; en estos siete meses hemos aprendido juntos a no vernos llorar.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Escarmiento

ESCARMIENTO

Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca. «Las carcajadas del público nos darán de comer, pero un ratón en mi chaleco fuera del escenario, no. Ahora verás lo que es reírse», le dice Andy arrastrándole hacia las fieras. Bertus se pone histérico: con su única mano le araña la cara, le mete dos dedos en los ojos hasta vaciar sus cuencas. Pero nada consigue detenerle.
Con medio cuerpo atrapado entre los barrotes, Bertus nota un zarpazo y cae hacia atrás. Lo último que ve, antes de desangrarse, es la cabeza de su siamés rodando entre las garras de los felinos. Lo último que oye, su esperpéntica risotada.







miércoles, 11 de febrero de 2015

Turismo espacial

TURISMO ESPACIAL

En la Base Espacial los científicos contemplaban atónitos en sus monitores cómo un agujero negro engullía la nave convertida en bola de fuego.
―Hemos fracasado ―balbuceó hundido el director desplomándose en una silla.
―¡Señor, rápido, aquí! ―chilló un técnico sujetándose los auriculares―. Está llegando una señal. ¡Escuche!

―Oh là là, mon Dieu. ―Parecía el millonario que viajaba de pasajero―. ¡Esto es el PARAÍSO! Tías desnudas, palmeras, playas… Un momento, que el comandante no se aclara con el dueño del terreno. Listen, sir: apple, apfel, pomme, 蘋果. ¡Manzana, coño! Pero qué cabezota el barbudo, no nos permite tocar este árbol.

Intrusismo

INTRUSISMO

—Usted es el primero que la abre, ¿y dice que no quiere pedir ningún deseo? —El genio se daba golpecitos en la sien con el dedo índice mirando atónito a aquel hombrecillo que masticaba una manzana tras otra. Se rascó pensativo una oreja; este primer fracaso supondría una mácula en su incipiente carrera como personaje literario. Tras observarle un rato, se le ocurrió una idea.
—Le proporcionaré una compañera virtuosa… y sin que tenga que sacrificar ninguna costilla. ¿Qué dice?
—Que se ha confundido usted de fábula, amigo. —Y con las mismas le empujó dentro de la lámpara y la cerró con un tapón.


A la tercera

A LA TERCERA


«Le faltarán, al menos, un par de centímetros para alcanzar la barra del trapecio; como acróbata no me sirve», calculaba con cara de desaprobación el propietario del circo mientras ofrecía asiento al tipo enclenque que acababa de entrar en su camerino. «Ja, no irá a sacar una varita, ¿no?», pensó desconfiado cuando vio cómo acariciaba su maletín, «porque más que mago parece de la funeraria». El hombrecillo se ajustó con un dedo las gafas de pasta sobre su narizota roja. «¡Eso es, de payaso! ¿Cómo no me había fijado antes?».
—Buenos días —saludó el desconocido alargándole una tarjeta—. Me llamo Cristóbal Lapa, y vengo de la Inspección de…


sábado, 31 de enero de 2015

Verde pasión

VERDE PASIÓN

Con Anabel todo es distinto. Le cambié el nombre en cuanto me encariñé con ella: Pamela me sonaba más a puta. Cuando la vi el miércoles en aquella tienda, supe que tenía que ser mía; bueno, también por no aguantar a mi madre, qué pesada. «Hijo, ¿cuándo te vas a echar novia? Que tienes cincuenta y siete años y estás como amargao, ay». Así que me la traje a casa.

Al principio, a mis padres les costó aceptarla, y me molestaba mucho pillar a mi hermano babeando cada vez que la miraba. Por eso ahora, cada mañana, la desinflo y la guardo en su caja.

Una brisa en el alma

UNA BRISA EN EL ALMA

Isabella seguía en pie al borde del acantilado contemplando a su derecha la playa, la espuma de las olas en la orilla, un castillo de arena a medio terminar. Durante unos instantes cerró los ojos y aspiró el salitre, dejándose embargar por una deliciosa sensación de paz.

Entonces se sentó sobre una roca. A esperar. Unas horas más tarde la marea comenzó a retirarse abandonando sobre el arenal caracolas rotas, algas, un zapato sin cordones y una muñeca matrioska; de la colección de Marcel, su difunto, que tanto aborrecía a los niños y el mar. Con sus cenizas dentro.

Un poco de sal

UN POCO DE SAL

—No creo que pueda pedirse mucho más para ser un lunes por la tarde, ¿eh, zorra? —Ramón se sube la bragueta antes de colocarse la alianza en el dedo anular—. Lo has pasado bien, ¿a que sí? —dice mientras le soba los pezones chorreantes de cera derretida—. Ah, enseguida llegará Carlitos del cole, así que ya puedes ir limpiando el desorden. Y a la próxima te pones el tanga ese que tanto me excita, ya sabes, el de camuflaje. ¡Te vas a enterar!
Maricarmen se hace una coleta, recoge el condón de su marido, prepara la merienda del chiquillo y se pregunta por qué coño se ha dejado arrastrar a este estúpido juego.


La tierra prometida

LA TIERRA PROMETIDA


Nos despedimos de Hassam deseándole mucha suerte y arrancamos unos clavos mohosos de un tonel que había en la bodega para clavarlos en el borde de la caja. Entre Yusef y yo llevamos el cadáver del soldado a cubierta, lo lanzamos al océano y corrimos a escondernos en los bajos de un camión.

Tanatopraxis

TANATOPRAXIS

Inmediatamente pedí que cerraran la tapa del ataúd y, horrorizado, puse en el regazo de mi suegro la fotografía de sus Bodas de oro, la que siempre llevaba a todas partes y con la que había pedido ser enterrado. Pero justo en ese momento vi a mi sobrino pequeño encaramado a un lateral del féretro.

—¡Tío Guillermo! —chilló el pequeño tirando de la peluca color gris—. ¿Qué hace el abuelito Cruz disfrazado de señora?

lunes, 5 de enero de 2015

Escurridiza

ESCURRIDIZA


Me desesperaba que apareciera por casa cuando le daba a ella la gana, sin avisar; así, claro, siempre me cogía desprevenido. Hace apenas unos días descorrió la cortina de la ducha mientras me estaba jabonando, pero al intentar retenerla me sacó burlona la lengua y se escapó; en otra ocasión me pilló friendo unas croquetas y cuando fui a ver qué quería, casi se quedan pegadas a la sartén; anteayer se plantó a mi lado en la ventana mientras tendía la colada y por su culpa se me cayó al patio un calcetín. Muchas noches incluso me he quedado dormido en esta silla frente a la pantalla encendida del ordenador, esperándola. Qué duros estos destierros.
Pero hoy por la tarde me pareció oír un ruido en el pasillo: era ella, que se acercaba de puntillas a mi habitación. Entonces aguardé paciente a que entrara, aporreé con saña el teclado y por fin pude atraparla.
El caso es que ahora, que son ya las cuatro de la madrugada y llevo escritas varias páginas de mi novela, no me atrevo ni a levantarme para ir al baño. No sea que se escabulla otra vez.




Tradición oral

TRADICIÓN ORAL

Mariasun sirve otro cacillo de puré a su nieto. Está encantada de lo bien que come el niño cuando se queda con ellos alguna noche de sábado. Aunque sabe que no todo el mérito es suyo.
―Esta por la brava Rosa, la mamá deee… ―continúa el abuelo Jesús, acercándole despacito una cucharada a la boca.
―¡…del tío Vidal, el del río! ―chilla entusiasmado el pequeño.
―Eso es. Y esta otra por Simona y Balbina, ¿te acuerdas, Pablito?
―¡Síii! ¡Las carboneras!
Jesús rebaña bien el plato.
―Y esta por los tatarabuelos Dionisio y Victoriano. Hala, se acabó. ―Le limpia con el babero y le besa en los mofletes―. Y ahora a la camita, a dormir.
―Abuelitooo… ¿Me contarás otro cuento esta noche?


(Dedicado a Jesús Alfonso Redondo Lavín)

viernes, 26 de diciembre de 2014

La ilusión del señor Floren

LA ILUSIÓN DEL SEÑOR FLOREN


Con la nariz pegada a una ventana de la sala y apoyado en su bastón, espera impaciente el señor Floren la llegada de Dori, su asistenta. Está muy ilusionado porque anoche no paró de nevar, ¡hoy es el gran día! Por fin distingue una figura que desciende del autobús y avanza con dificultad por la acera nevada en dirección a la casa. Como un chiquillo, se esconde detrás de la puerta antes de que la mujer la empuje para entrar.
—¡No me dé estos sustos, Floren! —protesta ella dando un respingo. Mientras cuelga en el perchero el chaquetón, le muestra una bolsita de papel—. Le he traído unos churros calentitos, voy a prepararle un café antes de ponerme con la aspiradora.
—Nada de eso, Dori —responde dirigiéndose a las escaleras—. ¿No ves que ha nevado? Deja la limpieza para mañana, que hoy tenemos otra misión. No lo habrás olvidado, ¿no?
«Oh, cielos, no me acordaba —se dice resignada la mujer—. Bufff, todos los años lo mismo, y no hay manera de hacerle cambiar de idea».
Y sin más demora, suben al desván. Dori tropieza con varios cachivaches antes de llegar hasta el muñeco. Como era de esperar, está cubierto de polvo, así que dedica un buen rato a pasarle el plumero. Después le anuda bien la bufanda, le sacude el sombrero y se lo coloca derecho. Entre los dos («o cada año pesa más o me estoy haciendo vieja. ¿Es que no se va a derretir nunca?») lo bajan al recibidor, se ponen los abrigos y los guantes, y arrastrándolo se acercan hasta el parque del barrio. Algunos peatones les señalan y cuchichean entre ellos; los niños se burlan sin ningún disimulo; un agente de policía se les queda mirando, «cada día se ven cosas más raras por la calle», le escucha una apurada Dori decir.
A una distancia prudente de los columpios, por si acaso, colocan el muñeco de nieve. El señor Floren le pone una pipa en la boca y se aleja unos pasos para contemplarlo; frunce un poco el entrecejo, algo no está en su sitio, pero enseguida detecta el qué y, sujetándose del brazo de la mujer, le dice:

—¡Qué despistados somos, Dori! Se nos ha olvidado parar en la frutería, no le vamos a dejar con esa zanahoria del año pasado, ¿verdad? Ayyy, qué cabeza…