viernes, 30 de octubre de 2015

David contra los Goliat

DAVID CONTRA LOS GOLIAT

Repartió mandobles a diestro y siniestro hasta descoyuntarse el hombro. Al principio, con la ayuda de su escudero. Pero cuando este huyó espantado continuó solo, sorteando como pudo los cañonazos del enemigo; estaba decidido a sacrificarlo todo por defender el honor de su gente. Durante el combate, resistió días de emboscadas y noches en vela, protegiendo su aldea, y en algún momento, vitoreado por sus fieles seguidores, creyó haber neutralizado el avance de aquellas tropas sobradas de munición. Pero todo fue en vano.

Una mañana, mientras cambiaba las vendas de sus heridas, no escuchó el silbido del sable que le seccionó el brazo derecho. Derrotado, el aguerrido cabecilla griego cayó de rodillas al suelo y su pueblo fue vilmente sometido por el ejército de gigantes, liderado con mano de acero por una guerrera teutona.

Arte rupestre

ARTE RUPESTRE

Soplaba fuerte el viento afuera, así que papá dijo que nada de salir a por hierbajos y flores, que mejor hacíamos dibujitos con arcilla, cenizas y caldo del guiso. En un momento dado, mientras estampaba mis manos llenas de barro en la pared, nos quedamos a oscuras. Como no me apetecía ir a ver qué pasaba, me acurruqué en el suelo y me dormí. Entonces me despertaron unos golpes seguidos de unos gruñidos de dolor y me arrastré hacia donde venía el jaleo; en la entrada de la gruta, sosteniendo un garrote, estaba mi madre en delantal llamando gandul a mi padre que, enfurruñado, frotaba un palito sobre el serrín y encendía antorchas sin parar.

Al otro lado

AL OTRO LADO


Todo lo que pasaba, pasaba por la escalera. Apostado tras la puerta de la entrada, Matías vigilaba el trasiego de los vecinos. Los tablones centenarios crujían con suavidad o protestaban quejumbrosos, abrumados por el peso de sus cuerpos. Algunos peldaños se hundían rendidos bajo las pisadas de las viejas, los saltitos de los niños, el trote de los adolescentes… Matías era capaz de reconocer a muchos de los inquilinos por sus andares cansados o por sus taconeos firmes; incluso identificaba, por su forma de resoplar y arrastrar los pies, a la asistente que venía dos veces por semana cargada con la compra.
Desde que le dio el ictus unos años atrás, no había vuelto a salir de casa. Sentado en su silla de ruedas, permanecía siempre atento al bullicio de la escalera; en su vivienda la única ventana daba a un callejón sombrío, de modo que tuvo que conformarse con oír pasar la vida, en lugar de verla.
Hasta que un jueves oyó en el rellano a dos mujeres comentar que la comunidad había aprobado la instalación de un ascensor. Cuando al lunes siguiente llegó la de Servicios Sociales, tuvo que empujar con todo su cuerpo la puerta bloqueada por la silla para descubrir allí sentado el cadáver de Matías. Llevaba puesto su traje de calle, el sombrero de fieltro y unos  relucientes zapatos negros.



A tres manos

A TRES MANOS

El Avelino tenía muy mal perder a todo lo que jugáramos, pero le cabreaba especialmente que siempre le ganara al póquer de dados. Los viernes por la noche, antes de que cerraran la tasca, me gustaba picarle a una partida mientras la Mari, aprisionada entre sus brazos, rellenaba de clarete su vaso, que se vaciaba varias veces antes que el mío. Agarrado a su cintura, no la soltaba ni cuando volcaba sobre el tapete los dados. Pero cuando tropezando contra sillas y mesas salía a mear al patio y se desplomaba bajo la higuera, la Mari me arrastraba al almacén y entre cajas de vino y cerveza se desabrochaba gustosa el vestido para saldar la apuesta perdida.


Las hermanas Clayborne

LAS HERMANAS CLAYBORNE

La intención de seguir siendo solo amigos les duró poco al duque de Chesterton y a su cuñada Chloe desde que aquel enviudara inesperadamente de la bondadosa Clarisse. Fue entonces cuando la amante comenzó a frecuentar su mansión, a probarse frente al espejo los collares y pulseras de perlas de la difunta y ya, desposados, a esperarle todas las madrugadas junto a la puerta, llena de reproches.
Pronto dejaron de enredar sus cuerpos desnudos bajo las sábanas, de dormir en el mismo lecho, de mirarse a la cara; lo que tardó el duque en quedarse prendado esa primavera de Claire, la pequeña, inofensiva y prometedora hermana menor.


Ruidos

RUIDOS

Iba a pasar la aspiradora cuando llamaron a la puerta. O eso le pareció, que volvía a sonar el timbre, porque cuando se asomó a la mirilla no había nadie en el rellano. Desde que enviudara de Braulio, dos semanas atrás, la única presencia en aquel piso había sido la de la portera, tan aficionada a los duelos y velatorios ajenos. Mejor así, tranquilita y sola en casa, que ya bastante había tenido que aguantar durante treinta años. Pero desde el entierro, todas las tardes habían seguido llamando al timbre. Permaneció unos minutos en silencio en la entrada, arrimada a la pared, sin volver a escuchar nada. Se abrochó los botones de la bata, echó el pestillo por precaución, y giró cuatro veces la llave.
Aquella misma mañana había sonado también el telefonillo del portal, pero aunque preguntó varias veces quién era, no había recibido respuesta.
A tanto timbrazo y tanta llamada no estaba acostumbrada. Respiró hondo para alejar la sospecha que iba tomando forma en su imaginación, fijó con los dedos un rulo que se le estaba soltando de la coronilla y volvió a la sala a repasar con el plumero el polvo de las estanterías. Le resultó más fácil ahora que se había deshecho de la espantosa colección de elefantes africanos de Braulio; la de polvo que cogían y el trabajo que le daban. Siguió limpiando con el aspirador la alfombra de la sala y a continuación preparó un cubo de agua caliente con lejía y se puso a fregar el parqué del pasillo, que había ido perdiendo su color caoba de tanto restregarlo.
—He visto junto al contenedor antes de subir no sé cuántas cajas con la ropa y los trastos de tu esposo —le había soltado la portera dos días después del funeral—. Podías haber esperado un poco, digo yo. ¿Qué crees que pensarán los vecinos de este arrebato de limpieza?
Lo cierto es que en los vecinos no se había parado a pensar, pero desde que viera en la tele aquel programa de «Crimen e investigación» había decidido dejar el piso como un espejo, por si acaso.
Cuando ya llevaba la mitad del suelo hecho, se acordó de que había dejado agua a hervir para hacerse una tisana y fue a la cocina. Mientras bebía a sorbos de la taza, escuchó de nuevo unos golpes intermitentes en la entrada. Y juraría que también unos lamentos. Se dirigió de puntillas allí, descorrió la cerradura, giró temblorosa el picaporte y asomó la nariz por la puerta entreabierta sin quitar la cadena. Nada. Nadie.
Media hora más tarde, vaciaba el cubo de agua sucia por la baza cuando oyó unos golpetazos en el dormitorio. Al asomarse a la puerta, vio las contraventanas chocando contra los cristales y el bailoteo frenético de las cortinas contra la pared. Con el corazón saliéndosele por la boca, recorrió todas las habitaciones de la casa, cerrando ventanas y bajando persianas hasta quedarse a oscuras, y se acurrucó en la butaca cubriéndose hasta la cabeza con la mantita de cuadros. Ya no tenía ganas de seguir limpiando. Se tomaría una pastilla de las de dormir, aunque fueran las siete de la tarde, y se olvidaría de todo durante unas cuantas horas.
Al rato, sonó el teléfono. Ring, ring, ring. Pese a tenerlo al lado de la mano, no quiso sacar el brazo de su refugio protector y lo dejó sonar varias veces. Hasta que paró. Al poco, volvió a repetirse la llamada.  Pero no descolgó.
Presintió que sería la pesada de la portera. Solo de imaginarse las conclusiones a las que llegaría aquella mujer cuando le contara lo de los ruidos y golpes de los últimos días le entraba pavor. ¿Sospecharía, como ella, que era el espíritu de Braulio, dispuesto a vengar su muerte y seguir haciéndole la vida imposible incluso desde el Más Allá?

  


viernes, 25 de septiembre de 2015

El vivo al bollo

EL VIVO AL BOLLO

Pero mira cómo moquea la Gabriela, ahí de rodillas abrazada al féretro de su madre, la muy falsa. No, si ya lo vi yo clarito cuando entré a servir en esta familia; no levantaba un palmo del suelo y siempre conseguía todo lo que se le antojaba a base de llantos y pucheros; qué bien se le da eso de mojar la pestaña. ¿Pero cuántos años hace que no se dejaba caer por el pueblo? Ni cuando el Norberto, su hermano, el pobre infeliz, la telefoneó cuando ingresaron a doña Palmira en el hospital con una neumonía, que a punto estuvo de llevarla para el otro barrio; ni cuando tropezó con un escalón y se rompió la cadera. Ni  siquiera este último mes, que sabía perfectamente, porque se lo dije yo, que la mujer estaba en las últimas.
Siempre, siempre, ponía alguna excusa: que si no puedo dejar sola la boutique, que si mi marido está de negocios fuera de la ciudad y tengo que atender a mis hijos… Que digo yo que me río de la educación recibida por estos dos mocosos; se podían haber quedado en casa con su padre o encerrados en algún internado. ¡Que no se puede venir a la iglesia a alborotar, que esto es un lugar sagrado! Qué poco respeto inculcan ahora a la juventud, de verdad. En mis tiempos por toser o rascarte la nariz te daban un pescozón que ya podías quedarte tiesa en el banco durante toda la misa por la cuenta que te traía.
Ahora no, ahora cada uno hace lo que le da la gana. Pero no me extraña, no: de tal palo tal astilla. Los niños venga a enredar y molestar y nadie, ni siquiera el cura, les llama la atención. Claro que viendo a su madre hacer el paripé con sus lamentos y lloriqueos, a estos dos casi ni se les oye.
Muy mal bicho es la Gabriela. Ayer tarde cuando llegó, tras aparcar el descapotable en el garaje, lo primero que hizo al atravesar la puerta de la casa fue taparse con los dedos la nariz. A los niños los mandó a esperarla al coche y ya en el hall arrastró al Norberto, que no dejaba de arrancarse los pelos de las manos, a la cocina, y me mandó que le preparase una tila. Ella se encerró un buen rato en la biblioteca, supongo que a buscar documentos importantes. Y creo que los encontró, porque cuando salió tenía una sonrisa de oreja a oreja y apretaba unos sobres muy abultados bajo el brazo. Sería el testamento, digo yo.
Al dormitorio donde su difunta madre recibía la Extremaunción ni se asomó. Con su boquita de piñón bien perfilada de rojo, dijo que prefería recordarla trajinando feliz en la cocina, mientras preparaba aquel delicioso chocolate y su hermano y ella moldeaban galletas con formas de peces y estrellas. Habían pasado más de cuatro años desde la última vez que vino a verla y ahora se ponía nostálgica con los bizcochitos. Lo que tiene una que aguantar.
«Nos quedaremos un par de días en el hostal del pueblo, Renata, así no te damos que hacer», me dijo saliendo a toda prisa con el botín. Pero yo no tengo un pelo de tonta, qué se piensa esta. Lo que pasó es que la señoritinga es muy delicada y no soportaba el olor que desprendía el cuerpo de la difunta. Y eso que había muerto esa misma mañana. Pero la infección se le había extendido semanas atrás por todo el cuerpo y las llagas purulentas, por más que me dedicase a cambiarle las vendas cada tres horas, no dejaban de empapar las sábanas y el colchón. Yo ventilaba la habitación, cambiaba la ropa de cama y la enjabonaba con una esponja cada mañana, pero el hedor se había ido extendiendo inevitablemente por toda la casa.
Y ahora me toca verlos aquí, a todos juntitos, sentados en el primer banco de la iglesia, como corresponde a los familiares más cercanos. Y yo en la cuarta fila, como una apestada, como si no hubiera estado atendiendo a esta familia durante casi cuarenta años y cuidando con abnegación a la señora en los últimos meses de su enfermedad. Ninguno de los parientes ha venido a saludarme, ni a preguntarme cómo estaba, o a ver si necesitaba algo.
Imagino que en unos días, al Norberto lo ingresarán en alguna institución para enfermos mentales. Estaba muy apegado a su madre y ahora el pobrecín no para de morderse los puños de la camisa. La Gabriela querrá vender el caserón y sacarse unos cuartos; y a mí, una pobre anciana desvalida de setenta años, me pondrán de patitas en la calle sin una frase de agradecimiento y con una compensación de risa por los servicios prestados.

Para cuando se lleven al Norberto, tengo pensado abandonar este pueblo. En cuanto me comuniquen el despido, sacaré un billete de autobús a la capital. Allí me alojaré en un hotel y por la mañana iré a buscar una agencia de viajes. Siempre me llamó mucho la atención hacer un crucero y viajar por todos los mares del mundo. Y con los fajos de billetes que encontré en la caja fuerte de la biblioteca —la pobre doña Palmira, en sus delirios de fiebre, me reveló la combinación secreta— solo tendré que volver a tierra firme el día que me metan en un ataúd.

El té de las cinco

EL TÉ DE LAS CINCO

A Frida le tiembla la jarrita de leche y derrama unas gotas sobre el azucarero. Le desagrada muchísimo que el nuevo pasatiempo de Otto, su marido, coincida con la hora del té. A su lado, la pequeña Ingrid golpea con sus dedotes las teclas del piano. ¿Wagner?
Entre ofendido y asqueado, Otto pega un ojo a la mira del fusil, apoya la culata en el hombro… y vuelve a errar el tiro. El cabrón de rayas ha desaparecido del objetivo. Irritado, lanza el cenicero contra la pared de la terraza. Vaya, otro desconchón, reniega Frida mientras barre los añicos.
Impaciente, mira el reloj; casi las cinco y media. No hay nada que le disguste más que el té frío. Cruzada de brazos espera a Otto, que escupe el cigarrillo antes de apuntar de nuevo. Afortunadamente esta vez, la bala revienta la cabeza del prisionero, que cae desplomado salpicando de sesos la alambrada del patio.
Otto entra relamiéndose al salón, directo a la bandeja de pastelillos; por fin Frida puede echar las cortinas. Antes, contempla con orgullo el letrero herrumbroso que preside la verja de la entrada, «ARBEIT MACHT FREI».
Y duda entre una galleta de jengibre y otra de anís.


viernes, 3 de julio de 2015

Escarmientos

ESCARMIENTOS


—Usted me entiende, ¿verdad que sí, don Blas? Ella era lo que más quería, y después de tantos años juntos ¡ahora pretendía abandonarme! Yo siempre animándola, «veeenga, que ya falta poooco». Pero nada. Caminaba a su lado, tiraba de ella y todo eran protestas. Puede que la culpa fuese mía, no digo que no; tan liado andaba con mis cosas que quizás no presté suficiente atención a sus necesidades. Y de mientras, ella fue volviéndose cada vez más exigente y achacosa y vieja y fea... Hasta que un día, harto de oír sus quejidos, me dije ¡basta! Y la empujé por aquel barranco.

Mientras pasa un trapo sucio por la barra, Blas escucha con aparente desinterés, como suele hacer con los parroquianos de ojos encharcados. Observa al pobre infeliz que ahoga sus penas en un vaso; una bicicleta despeñada no le parece mala idea. Ahora mismo está pensando en decirle un par de cosas a su Vespa, y esta vez va a ir muy en serio, qué se ha creído.



lunes, 1 de junio de 2015

La estocada

LA ESTOCADA


Por fin parpadeas, Sabeliña. ¿Esto es una lágrima? No, no llores, tontina, pero sobre todo no trates de hablar: con tanto tubo que te metieron por la boca y la nariz podrías lastimarte. Y deja de dar manotazos al aire, ¿qué andas buscando, el timbre de la enfermera? Lo enrollé en el gotero; hasta dentro de una hora no pasará el doctor. ¿Sabes que estás muy guapa con la cabeza vendada? Solo recordarte hace un mes, tendida en la cocina con los sesos desparramados por el suelo… ¡Qué sustos me das, malvada! Con lo dura de mollera que eres, me pasmó la facilidad con que reventó el cráneo al estrellarse contra las baldosas. Nunca quisiste entender que una mujer decente no puede ir por ahí insinuándose; claro, así luego el panadero te metía un bollito de regalo en la bolsa cada vez que ibas a comprar el pan, ¿o te crees que no me daba cuenta? Es eso, piensas que soy tonto, ¿verdad? Pues entérate: en el cuartelillo los guardias se tragaron mi patraña del ladrón. ¿Qué intentas ahora, infeliz? ¿Gritar? Mira, ayer estuve afilando el cuchillo jamonero; corta bien, ¿eh? Mala pécora, ya tuviste que estropearlo todo otra vez.

Magia express

MAGIA EXPRESS


—La inquisición no tardará en llegar ¡y este mejunje no rompe a hervir…! ¡Ayayay! —se impacientaba Agnes la coja—. ¿Estará lista la pócima antes de que se nos echen encima?
—Anda, calla un poco y haz algo. —Su prima Mirtha arrastraba un dedo pringoso sobre un pergamino con la receta que les salvaría de la hoguera—. ¿Has añadido el huevo de cuco?
—Sí, lo batí con la cabeza de murciélago y las ortigas, como dijiste.
—Bueno, esto ya hace chof chof; a ver qué pone aquí: «Aplicar sobre el rostro hasta formar una costra y en cinco minutos desaparecerán las verrugas sin dejar cicatriz».


Auras

AURAS

—…Y las azules, las del abuelo, revelan unos pulmones fríos. Porque aquel del puro chamuscándole los bigotes es tu abuelo, ¿no? —dijo Theresse, apuntando con un dedo al porche mientras fumábamos unos canutos en el jardín—. Cáncer, sin duda.
—Sí —respondí mosqueada—. Los médicos le han dado dos meses de vida.
—El verde-grisáceo sobre tu cabeza —prosiguió refiriéndose a mí— indica un conflicto sin resolver. ¿Te pasa algo, reina?
—Tía Marta —interrumpió mi sobrino de catorce años, que se arrimaba a nosotros en cuanto le olía a hierba—: el rojo entre las piernas de Theresse y tu novio cuando se miran, ¿qué es?





martes, 12 de mayo de 2015

Trapos sucios

TRAPOS SUCIOS

La misma tarde que una camioneta aplastó bajo sus ruedas a mi gato se averió la lavadora. De eso hace ya dos meses. Durante varias semanas mi único entretenimiento fue asomarme por el balcón del patio a mirar los tendales de las vecinas, pero siempre veía a sus mininos relamiéndose las patas sobre los alféizares, lo cual me causaba mucho disgusto y desazón. Un día me cansé de contemplar bragas, uniformes del Carrefour y calcetines de tenis. Cuando se me empezaron a acumular batas llenas de lamparones y pañuelos con mocos, me acordé de la lavandería que habían abierto hacía poco en el barrio. Así que metí toda la ropa sucia en una bolsa, compré en el quiosco de abajo el Hola, y en cinco minutos ya estaba en el local viendo cómo mi ropa giraba en el interior de un tambor.
Me senté en una silla frente a la lavadora y abrí la revista. Aunque no pasé ni de la primera hoja, me fue muy útil para ocultarme detrás de sus páginas y poder mirar con disimulo al tipo que acababa de entrar. Era un muchacho joven, con pinta de no haber pisado una peluquería en su vida, que solo paró de mover la cabeza adelante y atrás y tocar una guitarra imaginaria cuando metió a lavar un edredón, unas cortinas y un pijama de su talla; todo de Bob Esponja.
A la semana siguiente volví. En una de las máquinas al fondo del local, me fijé en un señor muy bronceado, elegantísimo dentro de su traje gris y con las canas engominadas hacia atrás, que doblaba cuidadosamente en una maleta de viaje de Louis Vuitton un montón de toallas blancas, todas con anagramas de hoteles como Sol Meliá, Palace, Hilton… Un poco más allá, un tío con los antebrazos cubiertos de tatuajes pasaba con mimo un cepillo a un osito que acababa de  sacar con todos los pelos de punta del centrifugado.
En un par de meses, ya era asidua del local y conocía a casi toda la clientela. Un día antes de salir, mientras esperaba a que terminara mi programa de secado, ayudé a doblar las fundas del sofá a Rosaura, la vecina del quinto, que casi siempre andaba por allí. La primera vez que vine tan desconsolada me dio todo su apoyo y un paquete entero de kleenex, eso no se olvida nunca. Sentada en un banco pegado a la pared, tejía un calcetín y charlaba animadamente con el de la guitarra. Oí que le comentaba lo calentita y entretenida que estaba aquí y que por eso venía todos los días con alguna muda o algún tapete salpicado de café.
Me despedí y camino de casa fui haciendo un recuento mental de toda la ropa que tenía olvidada en armarios y cajones y a la que no vendría mal un buen repaso. Decidí también que en cuanto naciera alguna camada de gatos en el barrio, me subiría uno al piso; metiendo un cojín dentro del tambor de la lavadora rota, bien podría servirle de cama.
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domingo, 10 de mayo de 2015

La tienda de antigüedades

LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES

El viajero está echado, boca arriba, sobre una chaise-longue forrada de cretona. La mujer que le acompaña, casi una niña, acomoda bajo su cabeza un almohadón. Él le acaricia la mano, agradecido. La joven cuelga en el perchero su blazer de lino y se pone a curiosear por la tienda: se prueba tocados frente a un espejo de bronce, abre y cierra un paraguas de encaje negro, se pasa un cepillo de marfil por los rizos mojados que caen sobre su frente… A ratos se acerca a la puerta para contemplar las callejuelas vacías, el cielo plomizo. Después continúa paseándose entre tanta maravilla, admirando las fotografías en sepia, acariciando los baúles de cuero, ojeando algún libro descolorido y volviéndolo a posar por ahí, encima de cualquier repisa.
El anticuario va solícito tras ella. Coloca las muñecas de porcelana de nuevo en sus sillitas, intenta seducirla con los joyeros de nácar, le detalla la procedencia de los relojes de cuco que tanto entusiasmo le causan.
Sin dejar de sonreír, la muchacha desvía ahora su mirada turquesa hacia el ventanal del escaparate. Unos rayos de sol comienzan a abrirse paso a través de los nubarrones. Entonces se dirige a donde dormita el hombre y le zarandea con suavidad.
—Abuelo, ha dejado de llover. Tenemos que darnos prisa si no queremos perder el último tren.

Sin acritud

SIN ACRITUD

Tras varios meses de angustiosa espera y el ingreso en el hospital, Diego se llevó a su mujer y al pequeño Hugo, ya bastante recuperado de la operación, a Benidorm, donde habían pasado su luna de miel. El primer día de playa, cuando salía de darse un chapuzón, vio cómo ella besaba cariñosamente al socorrista.

Jamás preguntaría por qué aquel tipo, cuya cara le resultaba tan familiar, tenía esa cicatriz en un costado.

Mein Kampf

MEIN KAMPF

Ya no podíamos contar con él, había repetido entre lágrimas mientras hacía el macuto. La abuela le envolvió unas tortas de pan en un mantelito blanco y luego se dirigió con la cabeza gacha al corral a poner grano a las gallinas. Que si le echaríamos de menos, gritó a mitad del sendero. ¡Claro que sí, Hans, ten ánimo, hijo mío!, voceó llorosa mamá desde el zaguán agitando una mano de despedida.
Todavía siguió diciendo adiós mientras caminaba junto a otros muchachos hacia la estación de tren.
Y allí, entre campos de maizales, nos quedamos muy calladas las tres mirando pasar decenas de vagones negros.


Mapamundi

MAPAMUNDI


Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón. Esbozos de calles, postes en tres colores y caminos de rayas blancas y negras con flechas, para cruzar bien hasta el parque. La fachada del bar de Paco y un reloj en las dos: eso significaba la hora de comer. Un monigote de un señor calvo con narizota, parecido a Jacinto, el del kiosco, junto a unas monedas de euro, de veinte céntimos y de diez, le hizo sonreír. Pero qué buena es mi Amparito, suspiró, de nada se olvida. Y antes de que se le pasara pegó en la tapa del bloc una foto de ella dentro de un corazón.

La escena del crimen

LA ESCENA DEL CRIMEN 


El incómodo cadáver del mediador de familia, tirado en el suelo de la alcoba del servicio sobre un charco de sangre, cognac y vidrios rotos; la duquesa, esposada y en camisón, siendo conducida por dos agentes hacia el vehículo policial; la joven doncella, en cuclillas en una esquina, mordiéndose inconsolable la punta del delantal; y el pobre duque, medio legañoso aún, contemplando perplejo los añicos en que se había convertido la botella más valiosa de su colección.

El disparo

EL DISPARO

Desde que ayudé a papá a limpiar con un paño la escopeta y le apunté como en la tele y luego todo se llenó de olor a pólvora y a humo, y vinieron unos policías y me arrastraron por la alfombra del salón... los Reyes Magos ya no me traen insignias de sheriff, ni pistolas.
Solo ceras y acuarelas.

Mami llora cuando ve mis dibujos. 

Cuando se apaga la noche

CUANDO SE APAGA LA NOCHE

―Cerramos enseguida, don Raimun… ―Le cuesta al mesonero tutear al viejo poeta―. Rai. Es tarde.
Apenas repara en la deferencia, pero le entristece ese plural. «Tan solitario como yo», piensa. De un trago apura la ginebra y gruñe una despedida. Un hasta mañana. No se abrocha la chaqueta de franela, pues el temblor de sus manos tropieza con los botones. También con la máquina de escribir. Desde lo de Elisa.
―Elevamos sueños, tesoro. ―«Cuánta soledad», se dice al oír a una puta apoyada en un contenedor. La mujer le acepta un cigarrillo y juntos arrastran sus sombras por el empedrado de la ciudad.