martes, 21 de noviembre de 2017

La rabieta

LA RABIETA


—¡Jo, papá! —sollozaba Miko abrazado a la pierna de su padre—. ¡Con lo chulo que me había quedado!
El padre restregaba con hierbajos la pared mientras el niño suplicaba, impotente, viendo cómo resbalaban los chorretones marrón y ocre y rojo de su obra.
—No será porque no te lo ha repetido mil veces tu madre —decía el hombre arrastrándole por el suelo de piedra conforme se desplazaba de derecha a izquierda—: que no quiere ver un león ni en pintura.
—Cuando sea mayor y tenga mi propia gruta —hipaba desconsolado— haré todo lo que yo quiera.
—Venga, no llores. ¿Por qué no dibujas ciervos, o caballos?
—¿Y bisontes, papá? —preguntó más animado.
El hombre, con disimulo, se aseguró de que su esposa no miraba y cogiendo de la mano al pequeño lo condujo al fondo de la cueva.
—Pinta aquí. Pero que no se entere tu madre, ¿eh?


La madre

LA MADRE

«Otra vez septiembre; voy a forrar los libros de Pablo», se dice Julia, animada. Con unas tijeras de punta redonda recorta un trozo del rollo transparente, envuelve con él un manual de la estantería y dispone tiras de celo para pegarlo a las tapas. Mordiéndose la lengua, escribe con mayúsculas el nombre y apellido del muchacho en la solapa. Después, cierra los ojos y aspira el olor a papel metiendo la nariz entre las páginas.

Pablo se acerca tragando saliva, coloca el vademécum de Anatomía en su balda y la besa tiernamente en la cara. «Quita», protesta divertida, «me pincha tu barba».

Folios en blanco

FOLIOS EN BLANCO

El nombre en clave de la operación era Zeus. Copió la idea a los americanos, con sus huracanes Irma y Wendy y Harvey. Pero los dioses y los reyes le parecieron más pomposos, y tras comenzar con la «a» de Atila había llegado finalmente al rey del Olimpo.
Con letra mayúscula escribió la zeta; después la e, la u y la ese. Esto le ocupó toda la mañana, entre los imperativos «alza los pies que estoy pasando el aspirador», y «vete a la calle y no vuelvas hasta las dos» de su mujer.

Metió el folio en una carpeta, dijo hasta luego y se fue a clase. Se había inscrito en un curso de relato para mayores de sesenta. ¡Cuántas veces había imaginado a su comisario metido en embrollos! «La importancia de un buen título», había insistido la señorita el primer día, y ya tenía 27 capítulos por empezar.

Escarceos

ESCARCEOS


El crujir de las hojas les recuerda lo solos que están. Él trata de calmarla, acariciándole el cuello y acercando sus labios a su boca, pero Laura se le sacude de encima, cabreada. Sigue pensando que tenían que haberse quedado en el burger, tomando un refresco, en vez de venir a esta casa abandonada en mitad de un bosque lleno de aullidos espeluznantes y pisadas. Laura hinca las uñas al muchacho en el brazo y se tapa con la otra mano los ojos cuando escucha acercarse el ruido de una motosierra y la sangre empieza a salpicar la pantalla.


El tío Ambrosio

EL TÍO AMBROSIO

No hubo forma humana de hacer entrar en razón al del seguro.
—Todos los fardos de alfalfa desperdigados por el pajar. Tanto levantarme al alba y tanto embalar ¡para nada!
—¿El huracán Irma? —repetía enarcando una ceja, como el Sobera, el de la tele.
—Sí. Fíjese qué estropicio.
Y el tipo se reía tanto que hasta se le saltaban las lágrimas.
—Adiós, cuídese —dijo dándome un golpecito en el hombro. Y se fue.

No sé, me deja pensando. Estos arañazos en la cara, el carmín alrededor de mi bragueta, el olor a pescado que me acompaña desde que amanecí sobre una paca esta mañana y las agujetas que tengo… empiezo también yo a sospechar que lo de anoche no fue solo un sueño.

El pedido

EL PEDIDO


—Lo que usted diga, doctor Frankenstein. Sí, he tomado nota de todo: un serrucho, pegamento, un cúter, una caja de tornillos… Mañana lo tiene. Ah ¿que lo necesitaba para hoy? Rediós, qué prisas. No, nada nada, que sí, que esta misma tarde se lo acerca mi mujer. ¿Cómo que lo quiere para ya? Imposible, el mozo ha salido con los recados y estoy solo en la tienda. Pues hombre, si tan mal huele en su casa abra las ventanas, ¿no? De acueeerdo… después de comer yo mismo se lo llevo. Sí, hombre, sí, no me olvido de apuntar también dos garrafas de ambientador.

El luto

EL LUTO


«8 de diciembre de 1980». Más de treinta años desde que se despeñara su amado y un movimiento del glaciar le devolvía ahora su cuerpo intacto. Antes de que lo metieran en una caja, Helga se arrodilló a su lado para besar suavemente sus labios violáceos, acariciar los carámbanos de sus pestañas, sollozar sobre su pecho helado. «Tanto tiempo esperándote, amor mío», susurraba la mujer mientras leía con extrañeza la fecha del medallón que le colgaba del cuello. Al girar intrigada aquel objeto desconocido, livideció al leer «Erik y Lisbet» en letras doradas de filigrana.

Ceguera

CEGUERA


—Desde ese día nadie vende barquillos en el parque —suspiraba el vejete mientras echaba pan a los patos—. No hay mamás tirando de sillitas ni turistas pululando con sus planos arrugados. Tampoco malabares o saltimbanquis. Nada. Añoro hasta las cáscaras de pipas donde los bancos.
Pero a las que no echo nada de menos —reniega golpeando una y otra vez el aire con su bastón blanco— son a las puñeteras palomas. Coño, que caguen en otro lado.


Armas de mujer

ARMAS DE MUJER


—¡Pe-pero Menchu! —balbucea Marcia—. Qué rejuvenecida te veo. —La mira de arriba abajo—. Pareces tu nieta —añade con bastante mala baba.
Menchu se gira como una peonza, meneando el culo sin mucha gracia.
—¿Y estos leggings? —Marcia hurga en su cintura buscando la etiqueta: talla 36—. Ya sé, no me digas más. Vienes de L´Estetic Clinique: Criolipolisis, Ultralift, Radiesse…
Menchu suelta un jijiji, mostrando una dentadura blanquísima tras sus morros de pato.
—No entiendo, cielo. ¿Radiesse? ¿Ultralift? ¿Tienes un diccionario?
—Muy graciosa. A ver ¿y tus patas de gallo?
—He descubierto el elixir de la juventud. Pero no lo largues por ahí, que es un secreto.
—Habla.
—Machacas en un mortero alcachofa, apio…

—¡Yo sí que te voy a machacar…!

Ardid

ARDID


Sigo observando mi trocito de cielo azul y el sol amarillo que desde una esquina guiña un ojo, sonriente. Tal como me dijo papá: que sonriera el sol. La doctora dice que eso le gusta, que pinte paisajes. Con los lápices marrón y verde dibujo unas montañas que cruzan la cuartilla y dejo los picos sin colorear, como si estuvieran nevadas las cumbres. A la doctora no le extraña que el sol no derrita la nieve, ni que siga con el anorak puesto pese al calor que hace en este ambulatorio, ni que escriba «papá» encima del monigote que sujeta un bastón.

Apodos

APODOS

La última vez que vi discutir a Maruja con sus hermanos fue en el despacho de la funeraria. Después de aquello no se volvieron a hablar.
—Don Román Hoz Galvano, el Boñigas —dijo mi cuñado el Bizco—, viudo de la Cuervo…
—Perdón —preguntó el de la funeraria dejando de darle al teclado—. ¿Puede repetirme el nombre del finado?
Mi otro cuñado, el Lombrices, repitió.
—El Boñigas. Así le conocían en el pueblo. Si no, no se van a enterar de que se murió cuando vean la esquela.
Mi mujer les dirigió una mirada desdeñosa. Yo permanecí en una esquina, callado.
—Y yo Maruja la Puñales, ¿no? Vaya un par de garrulos —estalló, dando un puñetazo a la mesa. Mis cuñados bajaron la cabeza, amedrentados—. ¿Vosotros dos sois mongolos o qué?—resopló, enervada.
—Es lo que él habría querido: el Boñigas. Así se hacía llamar —musitaron.
—Escriba usted el nombre de mi padre. Sin motes —ordenó enjugándose la frente con un pañuelo de seda—. Y vosotros iros a la mierda, que me tenéis hasta el higo.
Los dos hermanos salieron y se hizo lo que ella mandó. Del pueblo del Boñigas no vino nadie al entierro, ni siquiera el capellán. Sospecho que nadie se enteró.    



lunes, 21 de agosto de 2017

El grupo

EL GRUPO


Había escrito cien veces «te quiero» en la arena mojada. Fue en aquel campamento de verano, junto a la playa. Intentaba siempre tumbarme cerca de Sonia y sus amigas; entonces, cuando sabía que me miraba, dibujaba corazones con un palito, cogía para ella las conchas más bonitas que encontraba en la orilla o cargaba con su mochila rosa cuando regresábamos para la cena.
La noche de la despedida estuvimos cantando con los monitores y los niños más pequeños alrededor de la hoguera, hasta que las chicas me invitaron a acompañarlas a las dunas. Allí, me cortaron las trenzas y me llenaron la boca de algas, mientras a grito pelado chillaban «¡¡marimacho, marimacho!!».


Con el flequillo tapándole la cara y las manos frotando sus lágrimas, Sonia era la que más fuerte gritaba.


domingo, 6 de agosto de 2017

Personajes secundarios

PERSONAJES SECUNDARIOS

Una merluza de poca talla y una sardina conversaban, algo desganadas, dentro del estómago de un bonito en la bodega de un barco.
—Tampoco se está tan mal aquí —decía por decir la merluza, no muy convencida—. Yo de mayor podría haber acabado, por ejemplo, con un anzuelo atravesado en el labio, en el paladar o, lo que es peor, en un ojo. Quita, quita, qué mal.
—No es eso lo que me roba el sueño, chica. —La sardina daba vueltas y más vueltas para un lado, para otro, en derredor, muy preocupada—. Qué más da ser tuerta a estas alturas. Yo solo te digo que hace unas horas nadábamos tan felices en el mar y ahora el pesquero este nos lleva a la costa vasca. Y ya sabes cómo es esa gente, que en cuanto agarra un cuchillo, ajo, harina y sal, terminas asada en una plancha o convertida en albóndiga en salsa, croqueta o pintxo marinado en una barra.


Tras un breve silencio se miraron algo más relajadas, pues a ninguna de las dos le pareció tan mal.

sábado, 1 de julio de 2017

Romance Express


ROMANCE EXPRESS


—¡Anda! ¿Y esta foto colgada en el baño?

—Un recuerdo del día que nos conocimos...

—¡Pero si fue anoche!

—… y la única decente que pueden ver mis padres; en las otras sales a cuatro patas o con el albornoz abierto o…

—¿Tus padres?

—Sí. Hoy vienen a comer. Pero tranquilo, son gente moderna.

—Bueno. Me llamo Luis, ¿y tú?

—Víctor. ¿Quieres casarte conmigo? Estamos genial juntos, ¿para qué esperar?

—Oh, qué orgullo, nadie me lo había pedido nunca. ¡Sí, quiero!


—Bien. Ah, antes de salir, no olvides quitar los pelos del lavabo, bajar la tapa, tirar de la cisterna, cerrar la pasta de…



miércoles, 28 de junio de 2017

Zozobra

ZOZOBRA


Antes de imaginarse en vela las interminables noches de sábado esperando el regreso de Dani, «jo, papaaá, ¡todos mis amigos tienen moto menos yooo!», pegado a la ventana, mordiéndose las uñas, escuchando el camión de la basura, viendo aparecer detrás de los edificios de la ciudad las primeras luces del alba, constatando por enésima vez que la cama del chico sigue sin deshacer; antes del pánico a que suene el timbre del portal y suba el ascensor y salga un hombre uniformado y le pregunte si es el padre de Daniel Gómez… Antes de que sea demasiado tarde, se dirige a la habitación donde duerme el bebé, «qué orgullo, ¿eh, Pepe? Es clavadito a ti, a ver si no sale tan calavera», coge el osito de peluche y lo aprieta con todas sus fuerzas. Incapaz de controlar el llanto, despierta sin querer al niño que lo mira gozoso desde la cuna sin dejar de patalear.


jueves, 15 de junio de 2017

El vestido

EL VESTIDO

En el salón, apoyada en el respaldo de una silla, bien tiesa y envarada, está la abuela dale que dale a la máquina de coser. Tiene maña la señora, pero es lenta; con tal de ahorrarse las cuatro perras que cobraban en la tienda (se nota que ha pasado una posguerra) se ha ofrecido, voluntariosa que es una, a subir el dobladillo y entallar el vestido de comunión de Ángela, que qué chiquilla más desgalichada. Normal, todo el día brincando como una cabra de acá para allá. Si fuera su hija, no se cansa de repetirlo cada vez que pone los pies en esta casa, le tiraba a la basura todos esos pantalones de mamarracho, que ya va teniendo edad de vestir como una mujercita y, por supuesto, le dejaba una melena como Dios manda.
Con la aguja es un poco más rápida, y a golpe de dedal, tris tras, termina de coser la flor de gasa y organdí en la lazada. Así que hala, que venga la niña a probarse, ordena a Inés, su hija, mientras contempla complacida su obra.
Inés, que está planchando una montaña de ropa y viendo en la tele cómo un cocodrilo, medio escondido en el río, atrapa con sus fauces a un ñu, interrumpe su tarea y sale a por Ángela. La llama desde el pasillo y como no contesta entra a su habitación. Nada, vacía. Al intentar abrir la puerta del baño se la encuentra trancada por dentro.
—Ángela, sal, que ya ha terminado la abuela —dice, armándose de paciencia. Sabe bien que van a tener otra bronca por el dichoso vestido.
—¡Mamá, te he dicho que no y no! —responde una voz llorosa—. No voy a hacer la comunión con ese vestido, ya te lo he dicho.
—Haz el favor de salir, no me hagas enfadar —insiste, intentando suavizar la voz—. Ya hemos hablado de esto, hija, no lo pongas más difícil.
—¡Te lo pido por favor, mamá! —suplica la niña, sollozando. Se le encoge a uno el alma al verla tan sentida, tan triste.
Desde el salón, se oye a la abuela impacientarse. ¿Igual se piensan que no tiene más que hacer en toda la tarde?
—¡¡Jodeeer, Ángela!! —chilla Inés, aporreando la puerta. En este instante acaba de perder los nervios. Tiene unas ganas tremendas de terminar con esto y ponerse a empanar filetes y hacer croquetas de jamón, le relaja muchísimo cocinar.
La puerta del baño se abre y madre e hija, sin dirigirse la palabra, avanzan la una detrás de la otra hacia el salón. La abuela, rutando como siempre, obliga a Ángela a subirse a una silla, le mete el vestido por el cuello, le embute las mangas. No es demasiado cuidadosa, la verdad, porque algunos alfileres le pinchan a la niña en brazos y piernas y hasta en la cara. Con la cinta métrica en mano, la mujer sube una pizca de tela por aquí, baja otro poco por allá, pero que vamos, básicamente retoques mínimos. Una que es perfeccionista y lo ha sido siempre, qué se le va a hacer.
Ha terminado la tortura. La abuela cuelga en una percha el vestido, se la ve satisfecha. Mañana en un periquete lo deja terminado, ahora no le apetece; ahora está imaginándose con la blusa rosa y la falda floreada que estrenará el domingo en la comunión de la nieta. Y en cuando la vean las amigas y sus caras de admiración, ya las está oyendo, te favorece muchísimo, Concha. Y con ese pensamiento tan grato se cuelga el bolso al hombro y casi sin despedirse se marcha a su casa. Inés recoge la caja de hilos, pliega la mesa de la plancha, la apoya en el balcón y se va para la cocina.
Y Ángela, en braga, se queda sola en el salón. Antes no se ha dicho, pero no ha dejado, lo más quedamente que ha podido, de sorberse los mocos y tragarse las lágrimas con la mirada perdida en el cielo y los tejados de la ciudad que se ven desde la ventana.
Se dirige ahora al pasillo. Desde ahí ve a su madre en delantal, enharinada, picando muy fino el jamón york. Al fondo la puerta de su cuarto y en el cartel que preside la misma, la última letra de su nombre tachada con rotulador: Ángel. Se da la vuelta y atraviesa la sala en dirección al balcón. Aspira muy lentamente la brisa de la tarde y se encarama a la barandilla

Empieza a oscurecer. El viento juguetea con los visillos de lino en el salón vacío y empuja, o mejor dicho sopla, las nubes que avanzan demasiado algodonosas en el cielo crepuscular.

domingo, 30 de abril de 2017

Lección magistral

LECCIÓN MAGISTRAL

Los pelos del bigote negros y relucientes; el rabo tieso, apelmazado y bien peinado hacia atrás; y los colmillos, blanquísimos. Qué gustazo, se decía Matthew, el aprendiz de taxidermista. Y es que no había nadie en el mundo que fuera más feliz que él mientras pasaba el cepillo por la pelambrera, aplicaba esmalte a los dientes o coloreaba de marrón el hocico al gato.
Pero cuando de pronto una garra le arrancó de la mano el pincel y le seccionó la oreja, dejándole tres surcos rojos y goteantes que le llegaban hasta la nariz, se quedó como atontado mirando al minino maullar, saltar sobre la mesa y derramar en el suelo los frascos de acetona y tinte.
Al oír el jaleo, el profesor no tuvo más remedio que dejar de cabecear en el sofá e intervenir. Abrió su cartera de piel, sacó de un estuche un escalpelo, lo clavó en el pecho del animal y mientras le extraía el corazón le repetía al cariacontecido discípulo que lo primero y más importante antes de empezar a disecarlos era matarlos bien muertos.


La novedad

LA NOVEDAD

—¡Nunca había visto nada igual! —aullaba la muchacha señalando fuera de la gruta.
―Tranquilízate, Mika ―gruñó la madre alargándole un cuenco con un mejunje verde.
—¿No hay nada para picar? 
—¡Deja eso, que es el aperitivo de tu padre! —exclamó arrebatándole una escudilla llena de lombrices—. Toma ―añadió ofreciéndole un trozo de carne sanguinolenta― hígado. ¿Qué ha pasado?
—Pues que estaba haciéndome un collar de flores…
—En eso no has salido a mí —le cortó disgustada—. Siempre dispersándote con tonterías. ¿Cuándo sentarás la cabeza?
—¿Continúo —bostezó Mika— o me echo una siestecilla?
—¡No! Sigue…
—Fue un espectáculo. Comenzó a llover y cayó un dios del cielo, como decís papá y tú. Pero era un rayo; no, no pongas los ojos en blanco, mamá: era un rayo normal y corriente. Entonces partió el tejo donde estaba apoyada, menudo susto. Y ahí que aparece el Gori.
―¿Y qué hizo el mamarracho de tu marido?
―Agarró una rama encendida y corrió donde los otros cazadores. Fíjate si será memo que se le cayó encima del mamut descuartizado, y se pusieron todos a comer ¡carne quemada!
—Por favor, ¡qué asco!
—Sí…

Mika se quedó pensativa, salivando, contemplando el humo a lo lejos.

Desde el más allá

DESDE EL MÁS ALLÁ

En vida el señor Cosme fue un apocado, un don nadie. Pero al morir, la cosa cambió a mejor. Ocurrió un martes, cuando salía del cafetín donde echaba las tardes; allí, se pedía siempre una tila y se quedaba mirando a Maritere, la dueña, de quien estaba secretamente enamorado. Aquel día al cruzar la calle una furgoneta le pasó por encima.
—Quiero ser enterrado en mi pueblo, junto a la tumba mis padres ―dijo, y expiró.
La bolsa con sus cenizas se la llevó Maritere, que fue la única que asistió a las exequias. Por guardarlas en algún sitio, las volcó en un florero que puso de adorno en la mesa del patio de atrás, donde se manoseaban los amantes.
Por primavera, el agua de lluvia traía alguna semilla que fertilizaba las cenizas y salía una flor. Entonces las parejitas la deshojaban, esperanzadas:

―Me quiere, no me quiere…

Supervivencia

SUPERVIVENCIA

El agua espantaba a las avispas escondidas bajo las hojas de las acacias, urgía hacia sus túneles a las hormigas portadoras de saltamontes despiezados, arruinaba las provisiones tan cuidadosamente embaladas por las arañas.
La colonia surgida en la estación seca junto al cauce agrietado del río Mara luchaba por su existencia, igual que la manada de elefantes que, atraída por la crecida de sus aguas, aplastaba con cada pisotón el pequeño ecosistema.


La pesadilla de Macbeth

LA PESADILLA DE MACBETH
 

Como cada madrugada sobre las dos, el ruido de unas cadenas arrastrándose por el suelo despierta al rey Macbeth. Al abrir los ojos nota cómo se le congela la sangre al ver al fantasma de Duncan, el monarca asesinado, atravesando el muro de sus aposentos.
—Qué hay, Macbeth —resopla la sábana blanca mientras toma asiento en la cama—. No podía dormir. ¿Va todo bien? Esas ojeras, chico, mmm, te hacen parecer viejo. 
—¡Otra vez no, ten compasión! —implora subiéndose la manta hasta la nariz—. Tienes que asumir de una vez que estás muerto. Esto no es vida, ni para ti ni para mí.
—No me apetece todavía —responde el fantasma, echándole su aliento gélido en la cara—. Me estoy divirtiendo mucho fastidiándote. 
—Así no se puede reinar —protesta débilmente el rey Macbeth—. Mañana temprano tengo una partida de caza y llevo toda la semana en vela por tu culpa… 
—Ah, ¡se siente! No haberme matado —zanja el fantasma, cruzándose de brazos—. Vas a pagar caro haberme arrebatado el trono. —Y susurrándole al oído «so memo, los fantasmas no existen; solo soy tus remordimientos» desaparece entre las sombras.

 Afuera se oye el canto del gallo.

La soledad de las cosas

LA SOLEDAD DE LAS COSAS


Siempre le había fascinado la pequeña tienda del final de la calle por la que pasaba cada martes, un poco antes de las diez, para acudir a su cita con el psiquiatra.
Aquella mañana de finales de abril amaneció soleada, aunque el parte meteorológico pronosticaba una jornada lluviosa. «La borrasca atravesará toda la cornisa cantábrica», repetía a cada momento el reloj-despertador, que iba de una emisora a otra mientras Ramón se desperezaba entre las sábanas. 
Cuando subió la persiana de su dormitorio, no vio ninguna nube que amenazara tormenta. «Nunca aciertan», pensó mientras sacaba del armario un pantalón beige, una camisa blanca de algodón y unos mocasines. Entró en el despacho para coger la americana del respaldo de la silla y miró luctuoso a la Remington, su vieja máquina de escribir, que acumulaba polvo sobre la mesa. Desde que un año atrás a su esposa le diagnosticaran un linfoma, no había vuelto a escribir en ella.
En la entrada se tropezó con el paraguas, que le esperaba junto a la puerta. Pero no le apetecía cargar a lo tonto con él y lo metió de vuelta en el paragüero. Al hacerlo, le pareció oír un ggrrr. Cerró la puerta de casa, se metió en el ascensor y salió a la calle.
Antes de entrar en la consulta del doctor, Ramón se entretuvo unos instantes frente al escaparate de la tienda. Le apasionaba contemplar el batiburrillo de objetos que allí se amontonaban: una muñeca de porcelana con su camisita y su canesú a juego, libros viejos con las hojas y tapas amarillentas, un clavicordio, un gramófono, un juego de té, más libros… Y dos maniquíes: uno de mujer vestido con una falda y una blusa de lino floreadas, aunque algo descoloridas; y otro de hombre, con unos vaqueros desgastados y unas zapatillas de deporte.
A Ramón le encantaban las tiendas de segunda mano. Los objetos que habían pertenecido a otras personas cobraban para él un encanto especial. En su casa, tenía varios cachivaches adquiridos en mercadillos y tiendas de antigüedades. Echó una mirada a su reloj de pulsera y se apresuró al consultorio, que estaba a la vuelta de la esquina. «¿A qué hora la abrirán? —se preguntó mientras pulsaba el timbre del primer piso—. Qué pena, siempre está cerrada».
—¿Qué tal le va con las nuevas pastillas, Ramón? —le preguntó el psiquiatra, señalándole el diván para que se tumbara mientras iba garabateando cosas en una libreta. A Ramón le pareció que las gafas del doctor resbalaban por su nariz hasta casi caerse y luego volvían a ajustarse en su lugar. Pero no comentó nada.
—Estupendamente, doctor.
Odiaba mentir. Pero con los años se había especializado. Desde bien joven sabía que de «esas cosas» no convenía hablar. Aún recordaba el disgusto que se había llevado su madre cuando le contó que las canastas que lanzaba sin puntería se encestaban solas, o que las ecuaciones de segundo grado se resolvían en cuanto las ignorabas («se hacen las interesantes, mamá, pero les gusta quedar sin borrones en el cuaderno»). Aquellos delirios del muchacho habían desbordado a sus padres, que tras consultar con varios médicos, decidieron ingresarlo en un hospital horrible, con paredes acolchadas y olor a lejía y alcanfor, de donde regresó unas semanas más tarde con la firme determinación de no volver a pisar nunca más un lugar así. Había aprendido la lección.
—¿Ha dejado de afeitarse con maquinillas desechables? —comenzó a preguntarle el doctor.
—Sí, desde luego. Solo utilizo la eléctrica, como me aconsejó.
—¿Y lo de dejar velas encendidas por la casa…?
—Eso se acabó, doctor. Además, ahora me molesta el olor a cera quemada.
—Y por las noches, ¿se acuerda de cerrar todas las ventanas?
—Y bajo las persianas, también. La alfombra del salón no ha vuelto a salir … —Ramón se detuvo y rectificó a tiempo—; no ha vuelto a llenarse de polvo. Mucho mejor, así tengo menos que limpiar.
Miró de reojo al médico, que en ese momento disimulaba un bostezo mientras seguía escribiendo en la libreta, y respiró aliviado al no percibir en su rostro ninguna mirada suspicaz.
Ramón respondía a todo en tono distendido. Le caía bien aquel hombre; amigos no eran, aunque se conocían desde hacía casi un año. Había comenzado la terapia para tranquilizar a Lorenzo, su hijo. Trabajaba como anestesista en una clínica y le había convencido para que visitara al doctor Simons, colega suyo de la facultad.
—Él podrá ayudarte, papá, es un buen profesional —le había insistido ante su negativa a que le tratara ningún matasanos—. Porque como sigas asustando a los vecinos con contenedores de basura que engullen los gatos desaparecidos en el barrio o semáforos que se compadecen de los cojos y tardan más en cambiar, te denunciarán y terminarás ingresado en un centro de salud mental. Y Laura y yo no queremos eso. Lo que nos gustaría es que vieses crecer a tus nietos. Por favor te lo pido, papá: tienes que seguir un tratamiento y dejar de inventarte historias. Desde que murió mamá estás muy descentrado. Nunca te había visto así.
«Tiene razón», reflexionó. Desde aquel episodio de su infancia, no había hablado con nadie de «esas cosas». Pero al fallecer su esposa había vuelto a interactuar a todas horas con los objetos que le rodeaban. Como cuando era niño.
Ramón dio su brazo a torcer y aceptó. ¿Cómo iba a perderse ver crecer a sus dos nietos? De lunes a viernes lo único que le empujaba a levantarse de la cama era llevar a Celia y Juan a la escuela por la mañana y por la tarde, cuando salían, a los columpios hasta que su nuera salía de trabajar.
Desde entonces los martes, después de dejarlos en la puerta del colegio, acudía a tumbarse en aquel diván y contarle al sujeto de la bata blanca lo que este deseaba oír.
—Parece que todo está en orden, Ramón —se levantó el médico acompañándole a la puerta—, pero no deje de tomar la medicación —añadió extendiéndole una receta—. Por cierto —recordó de pronto—. ¿Cómo va con sus cuentos? ¿Ha conseguido escribir algo?
—Eso lo tengo un poco abandonado, la verdad —se sinceró por primera vez—. Desde lo de mi mujer, no he vuelto a sentarme frente a la máquina de escribir. Aunque las ideas andan revoloteando por ahí, en mi cabeza.
—Pues le animo a que se ponga a ello. Si es la ilusión de su vida, como me comentó, debería comenzar cuanto antes. Ahora que está jubilado es el momento perfecto. Tenga, llévese este taco de folios —dijo ofreciéndole un paquete de cuartillas—. Yo ya no los necesito —señaló al ordenador—. Ahora todo se envía por e-mail.
—Sí, tiene usted razón. Muchas gracias por el consejo.
—Bueno —se despidió el doctor dándole un apretón de manos—, hasta la próxima semana. Cuídese.
Cuando salió a la calle llovía a mares. Entró a la farmacia a canjear la receta por un frasco de pastillas y se lamentó de no haber cogido el paraguas. Llegaría calado a casa. Comenzó a caminar pegado a la fachada del edificio y cuando dobló la esquina le sorprendió muy gratamente ver abierta la tienda de segunda mano. «¡Por fin, qué bien!», se dijo ilusionado.
Lo primero que le llamó la atención nada más entrar fue la música de fondo. Era un sonido antiquísimo, nunca había escuchado nada igual. Luego se fijó en los dos maniquíes, que lucían ahora sendos impermeables y unos gorritos de agua. ¡Pero si solo hacía un rato que había comenzado a llover!
Buscó con la mirada en derredor, pero no vio a nadie. De pronto, sintió un movimiento hacia el fondo del escaparate, donde estaba el clavicordio. Su mirada se posó sobre las teclas que se presionaban solas justo en el momento en que una anciana apoyada en un bastón bajaba la tapa. La música dejó de sonar.
—Buenos días, señora —saludó educadamente—. Verá, todas las semanas paso por delante de su tienda y hoy es la primera vez que me la encuentro abierta. Tiene usted unas cosas muy bonitas. ¿Le importa que me quede un rato a curiosear, mientras deja de llover? Es que he salido de casa sin paraguas.
—Por supuesto, por supuesto —respondió risueña la viejecilla. Calculó que no tendría menos de noventa años—. Solo abro por las tardes, sabe usted; pero hoy he recibido un pedido especial —dijo señalando una caja de cartón llena de sellos que reposaba encima del mostrador.
Ramón asintió. Luego se acercó con curiosidad a los maniquíes. Los examinó. No solo tenían puestos los dos impermeables, sino que llevaban debajo unos polos de cuello alto y calzaban botas de goma en lugar de las sandalias y las deportivas de hacía una hora.
—Se conserva usted de maravilla, señora  —dijo en tono amable.
—Oh, eso intento —se sonrojó esta—. A las ocho cuando cierro, y antes de subir las escaleras —señaló con el bastón unos escalones que separaban la estancia de su vivienda—, me acerco hasta el contenedor de ahí —miró hacia la acera— a tirar la basura. ¿Por qué lo dice?
—Bueno, ha cambiado usted la ropa de los maniquíes en un santiamén. Hace una hora me fijé que iban con atuendo de primavera.
La mujer miró hacia el suelo. Parecía incómoda.
—Y también la he oído tocar el clavicordio… —Ramón dudó antes de seguir—. ¿O era un disco lo que sonaba?
Ella le miró a los ojos. Dulce, fijamente.
—Es usted muy observador. ¿De veras le pareció oír el clavicordio?
Él le mantuvo la mirada y sintió que le desnudaba por dentro. En ese momento supo que no debía mentir.
—Vi —confesó, pronunciando muy despacio las palabras— que las teclas se movían solas. Eso es lo que vi.
La vieja se removió en su sitio, inquieta. Con la mano que tenía libre, se ató y desató un botón de la chaqueta, estiró con el puño la manga, la metió y volvió a sacar del bolsillo de la rebeca. Entonces, apoyando todo el peso de su cuerpo sobre el bastón, se dejó caer en una mecedora, infinitamente cansada.
—No se asuste, señora. Lleva toda la vida ocurriéndome. Mis padres pensaban que estaba chalado y ahora es mi hijo quien lo cree. Por eso voy al psiquiatra de aquí al lado. —Nunca antes se había sentido tan esponjado, tan ligero, tan feliz. ¡No era el único al que le pasaban «esas cosas»!
La vieja le miró. Tenían un brillo travieso sus ojos turquesa. Las arrugas que surcaban su rostro se habían suavizado.
—¿De verdad lleva toda la vida ocurriéndole? —le preguntó señalándole una silla para que se sentara y ofreciéndole una taza de té.
—Sí, señora.
Ella revolvió un azucarillo negro que había puesto en el suyo y continuó.
—Los maniquíes se cambian ellos solos la ropa. Son muy frioleros, sobre todo él. Ella es más presumida. A veces la verá usted en tirantes en pleno invierno.
Ramón se soltó. Como nunca antes se hubiera atrevido. Le contó que en ocasiones, cuando estaba al borde de las lágrimas recordando a su mujer, el tocadiscos se ponía a girar con un disco —que él no había dejado allí— de Astor Piazzola. Esa música le relajaba mucho; que cuando se despertaba empapado en sudor por culpa de una pesadilla —desde niño tenía pánico a la oscuridad—, la casa aparecía completamente iluminada con velas (aunque una vez tuvieron que venir los bomberos avisados por una vecina por un pequeño incendio en el tapete de la mesita de la entrada); que cerraba las ventanas por las noches porque un domingo que madrugó había pillado a la alfombra del salón llegando a las tantas con sus gafas encima; para colmo apestando a alcohol y con el sello de una discoteca en los cristales. 
Le comentó, también, que su máquina de escribir debía estar oxidada, pues hacía tiempo que no daba señales de vida.
Estuvieron intercambiándose anécdotas sobre los objetos que les rodeaban hasta que Ramón oyó que a la señora le rugían las tripas. El reloj de cuco que colgaba de la pared marcaba la una y veinte. Ramón carraspeó y se levantó de la silla. Extendió la mano a la mujer, que ayudada por él hizo otro tanto. Ella se dirigió al mostrador, rasgó con un estilete la caja de cartón y sacó una latita de bronce.
—Es un aceite especial, me lo envían de muy lejos —dijo guiñándole un ojo—. Desatasca cualquier aparato. Tenga, para su máquina de escribir. No, no me pague ahora. Antes pruébelo.
Ramón prometió volver y contarle cómo le había ido. La anciana le acompañó hasta la puerta y se despidió agitando la mano mientras se alejaba por la calle en dirección a su casa. Seguía lloviendo. Llevaba en un bolsillo de la americana el frasco de pastillas, en otro la latita de aceite y en la mano el taco de folios que le había regalado el doctor Simons. 
Caminaba muy animado, liviano; ni notaba el agua de la lluvia que le iba empapando. Cuando estuvo a unos metros de su edificio, el llavero salió del bolsillo de su pantalón, se le adelantó y le abrió el portal, y luego la puerta del piso. Ramón dejó los folios junto a la máquina de escribir y roció el carro de la Remington con unas gotitas de aceite. Lo siguiente que hizo fue tirar el frasco de pastillas en el cubo de la basura, como hacía todos los martes. 
Tras cambiarse de ropa y calentar en el microondas una sopa de fideos, Ramón se sentó en la butaca con un vaso de vodka, para celebrar aquel extraordinario encuentro, y puso un disco de Astor Piazzola. Como no estaba acostumbrado a beber, le entró un agradable sopor y enseguida se quedó dormido.
Una hora más tarde, mientras se espabilaba de la siesta para ir a buscar a los niños, vio desde la sala que sus gafas —las mismas que algunos sábados se iban de jarana— se movían en el aire, de izquierda a derecha, a escasos centímetros de la máquina de escribir. Las teclas de la vieja Remington subían y bajaban, golpeando rítmicamente el folio que había en el carro. Se acercó sin hacer ruido y miró por encima de ellas. Sus ojos se humedecieron y una sonrisa iluminó su rostro mientras leía la primera frase:
«Siempre le había fascinado la pequeña tienda del final de la calle…».