EL ALIMENTO
Unas veces a rastras, otras a trompicones y en general dando bandazos,
tropezando y volviendo a tropezar, fue como atravesó Jonathan sus años
escolares. Repitió curso en tres ocasiones, aprobando siempre por los pelos o
simplemente porque al maestro no le apetecía tener a aquel gañán de catorce
años de bigotillo, granos purulentos y boñiga pegada en los botines y el
pantalón, sentado en el mismo aula que los nuevos alumnos, niños ―y niñas― inocentes, puros y
angelicales de tan solo diez años de edad.
Porque a Jonathan, ya desde la escuela primaria se le puso el tema del
aprendizaje cuesta arriba. Quizá fuera por una dislexia sin diagnosticar, un
déficit de atención, ese tipo de cosas a las que antes no se daba importancia,
o quizá puro desinterés debido a alguna mutación en la secuencia de su ADN.
Aunque lo más acertado sería concluir que fue porque su padre, pastor de la
pequeña comunidad donde vivían y que le responsabilizaba de la muerte de la
madre, que falleció desangrada al parirle, le propinaba pellizcos, coscorrones
y tirones de patilla las veces que traía a casa una mala nota, que eran muchas.
Odiaba al muchacho y así se lo hacía saber, en cualquier momento, hasta cuando
bendecía la mesa y le clavaba en el dorso de la mano las uñas hasta hacerle sangrar
mientras recitaba páginas enteras de los evangelios, dando gracias por los
alimentos que iban a comer, amén.
Siendo de carácter débil y pusilánime hasta decir basta, sus primeros años
de vida transcurrieron, por tanto, entre las burlas de sus compañeros, el
rechazo de sus profesores y el desprecio del padre. Después de abandonar la
escuela, la cosa no solo no mejoró sino que fue a peor. Trabajaba como una mula
en la granja, de sol a sol, segando la hierba, arando con la azada, cosechando
maíz, ordeñando las vacas, limpiando la mierda del gallinero, etcétera. Y todo
a cambio únicamente del jergón, una manta que picaba, las migajas que le dejaba
el progenitor cuando terminaba su almuerzo y cena y el alimento espiritual,
como lo llamaba él: cada noche le prohibía dormirse, obligándole a escuchar a
voz en grito un pasaje, a veces de varias horas de duración, de la biblia. Los
domingos iba a la parroquia, se vestía de monaguillo y se pasaba toda la
ceremonia sosteniendo el misal a su reverendo padre.
Así fueron pasando los años, uno tras otro, hasta que la vejez tomó
posesión del cuerpo del pastor en forma de artrosis severa, retorciendo y
atrofiando todas sus articulaciones de una forma muy cruel; la senilidad pudrió
su cerebro y la culpa trastornó su alma, dejándolo en un estado de vigilia
perenne. En otras palabras, no podía moverse ni razonar ni dormir. Así que,
postrado en la cama, atormentado al sentir el calor de las llamas del infierno
quemando su piel, aceptó la penitencia de pasar, los últimos años de su vida,
despierto y escuchando a Jonathan leer ―escupirle a la cara― una a una las páginas de la biblia
para después arrugarlas, diluirlas en una escudilla, aplastarlas con la cuchara y hacérselas comer.