sábado, 27 de octubre de 2012

En el infierno


EN EL INFIERNO

A las ocho y cuarto de la mañana abre la puerta de su oficina. Es temprano, aún falta casi una hora para que empiece el ajetreo diario. Hoy salió una hora antes de casa para dejar adelantado el trabajo y así poder tomarse la tarde libre, no todos los días celebra su aniversario de boda y reunirse con la familia al completo bien merece la pena.
«Seguro que mi suegra Nancy habrá preparado el pastel de manzana que tanto me gusta. Espero que el autobús de Greg, Catherine y los niños no llegue con retraso, como siempre. ¡Cuánto tiempo sin ver a mis nietos! Ah, que no se me olvide recoger el traje de la tintorería antes de regresar a casa».
Sentado frente al ordenador, se distrae unos instantes con la panorámica que se contempla desde la cristalera que hace de fachada en esta torre. Abajo, diminutos coches amarillos sortean hábilmente el denso tráfico; agujeros repartidos en el asfalto aquí y allá, vomitan hordas de seres en blanco y negro que apresurados cruzan las calles al ritmo de las luces de los semáforos; en las esquinas, quioscos de café y bollos calientes listos para llevar. Y en el horizonte, docenas de rascacielos compitiendo con las nubes en acariciar el amanecer, aún somnoliento.
«Cuando llegue Leslie y vea el desayuno que le ha traído su jefe se va a quedar boquiabierta, je,je. Siempre es ella la que se encarga, pero hoy quiero darle una sorpresa. Es un día muy especial para mí».
Mientras teclea y revisa lo redactado, una tremenda sacudida lanza su silla contra la puerta. Todos los objetos y carptetas caen de las estanterías, los armarios y percheros ruedan por los suelos. El estruendo es de tal magnitud que se queda sordo y solo siente un zumbido que martillea sus sienes. A partir de este momento, una serie de imágenes y recuerdos se agolpan caóticos en su cabeza.
«Tengo que llamar a Nicky para que corte el césped… las entradas para el teatro del viernes están en el cajón del aparador… el fontanero vendrá el viernes a revisar ese grifo que gotea… el lunes, partido de tenis con Patrick… ».
Intenta llegar hasta las escaleras, pero el aire irrespirable le obliga a retroceder. Una densa humareda le impide ver más allá de un metro  y las llamas empiezan a lamerle los pies. Asfixiado, se gira hacia las ventanas, o lo que queda de ellas, porque los cristales han saltado por los aires hechos añicos. Avanza torpe hacia ese aliento redentor pues los zapatos se van pegando al suelo, derretidos. Cuando consigue subirse al alféizar para escapar del horno en que se ha convertido la estancia, comprueba que está descalzo. Sus pies despellejados están cubiertos de ampollas reventadas que supuran un líquido rosáceo y de los zapatos solo queda una estela de piel negra licuada, adherida a la moqueta.
De pronto, oye varias explosiones procedentes de la zona de los ascensores.
«¡Dios santo, que ni mi secretaria ni nadie se encuentren atrapados en uno de ellos. No puedo, no puedo pensar. ¿Qué voy a hacer? ¡Oh, Dios, Dios!…».
Es extraño, no siente dolor en los pies, quizá es porque sus brazos también están achicharrados, les cuelgan jirones de piel. El olor que le llega es una mezcla de carne y cables quemados. Pese a que todos los aspersores se han disparado, los ordenadores se derriten como mantequilla y mil pequeñas hogueras avanzan por la moqueta. Por su cara resbalan gruesas gotas de sudor. Su cerebro, parado como las agujas de un reloj, reacciona solo cuando frente a él aparece la respuesta a la pregunta que se le atasca en las vísceras: un avión acaba de incrustarse en la panza de la Torre Sur, como un cuchillo que atraviesa una tarta nupcial, levantando una nube de fuego, humo, cenizas y papeles. Ahora sí siente una punzada de dolor: es su corazón que desbocado, pugna por salirse del pecho.
«Tranquilízate, esto es América. Ahora, como en las películas, llegará un helicóptero con un equipo de rescate y en cuestión de segundos volaré sujeto por unos arneses a un lugar seguro y me reuniré con mi querida Martha y todo volverá a su lugar».
Asido con una mano a los marcos hirvientes de la ventana, hace señales al abismo con lo poco que queda de su camisa. Entonces ante sus ojos cae el cuerpo de un hombre desde un piso más alto. En la fracción de segundo más prolongada de toda su vida, reconoce por primera vez la cara de la muerte reflejada en un rostro.
«Igual que los trapecistas del circo donde nos llevaba papá cuando Lucy y yo éramos niños, seguro que abajo habrá una red enorme y cuando casi toque el suelo, rebotaré varias veces sobre ella, daré unos volatines, saltaré al suelo y el público me recibirá con una calurosa ovación».
Entonces cierra los ojos y salta.

Citius, altius, fortius


CITIUS, ALTIUS, FORTIUS

Por las páginas del álbum de fotos de Marcos se desliza un dedo tembloroso que acaricia cada una de las estampas: la carita del recién nacido, la sonrisa de dos dientes, sus primeros pasos, el pecoso disfrazado de ovejita…
Después llegaría la bici, el marinero de rodillas peladas, el adolescente respondón. En la última instantánea se frota la vista, evita mirar: su hijo sentado sobre la maldita moto que le compraron a los dieciséis. Y luego, nada. Las tinieblas ocuparon los rincones de la habitación juvenil y no se volvió a sentir la suavidad de la luz ni el sonido de las risas en aquella casa.
No hubo más fotos.
Un año de ingresos, operaciones, recaídas, lágrimas y desesperación. Y por último, el alta: «No se puede hacer más, la lesión es irreversible». Marcos se fue hundiendo en un abismo del que nadie conseguía sacarle. Hasta que un día apareció aquel psicólogo, que logró convencerle de que en la vida hay más opciones, todas igual de válidas. Un desganado Marcos aceptó seguir la terapia y nada más sumergirse en la piscina del hospital sintió que algo estallaba en su interior. 
—Mamá, cuando termine en el instituto estudiaré psicología y seguiré entrenando, dentro de cuatro años participaré en los Juegos Olímpicos, ya lo verás —sonríe el chico mientras enjuga las gotas saladas que caen del rostro de su madre, emborronando sus recuerdos.  Ella  termina de colocar la foto del muchacho saludando con la mano desde su silla de ruedas al borde del agua, listo para zambullirse.
Quedan muchas páginas en blanco en este álbum y está convencida de que, con su determinación, Marcos las  llenará de vida y color.

domingo, 21 de octubre de 2012

Viaje de ida

VIAJE DE IDA



La noche se ilumina con una constelación de estrellas en tu cucharilla de cenizas y liquido azul llameante, el veneno que te hace olvidar tu miedo e impotencia. Los días son borrosos, pero entre sombras y tinieblas te dejas guiar por esa luz que bombea paz con cada latido de tu corazón. Cegado por una gran llamarada, cabalgas dichoso al borde del precipicio. Siempre regresas aunque nadie te espera, pero hoy una enorme rata se ha acercado sigilosa a ti. Se arrastra sobre tu cuerpo olisqueándolo, percibiéndote como una inmundicia más de este callejón de contenedores, y sin ningún temor arranca de un mordisco un trozo de tu carne marchita. Qué importa,  tú ya has llegado al final del túnel.



Mujer de cepa

MUJER DE CEPA


Esa embriagadora sonrisa de carmín le tiene hipnotizado. La escruta a través del vidrio rosado imaginando su sabor a fruta madura, deseando aspirar su aroma, anticipando matices de maderas nobles...
Mas efímera es la felicidad: hoy no habrá cata. Abstraído en su copa de vino, diluye dulcemente su ilusión en un sorbo del líquido balsámico mientras los labios amados se estremecen en otra boca.

La espera

LA ESPERA

—De corazón y científicamente, lamento comunicarle que el diagnóstico no es nada halagüeño. La buena noticia es que se encuentra en excelentes manos, haré lo imposible por aliviarle.
—Pero, doctor… ¡deje de hurgarme en la oreja! Que donde me duele es en el pie.
—No me distraiga con tonterías. Además, si usted es parapléjico: no le puede doler un pie así como así.
—¡Llegué! Perdón por el retraso. Doctora, ese bigote le sienta muy bien.
—Enfermera,  inmovilice al paciente, que no para quieto. A ver… Ajá, lo que sospechaba ¡un tapón!
—Ustedes tres, vuelvan a la fila y estense calladitos. Aquí tienen, sus pastillas.

sábado, 6 de octubre de 2012

La decisión de Natasha


LA DECISIÓN DE NATASHA

Natasha aviva el tímido fuego de la chimenea con la última silla que queda en la cabaña y continúa con su labor. Los últimos tres días no ha hecho otra cosa que tejer y tejer. Sus dedos hinchados, llenos de sabañones, le entorpecen el trabajo, pero está determinada a soportar ese martirio hasta que termine la tarea. Teje a toda prisa, perseverante, firme.
Las primeras nieves se han anticipado al final del verano y han cogido desprevenido al puñado de habitantes de esta aldea perdida en las montañas. No hay suficiente hierba almacenada para alimentar al ganado, ni cereal para las gallinas, ni leña para calentar los hogares hasta la llegada del deshielo. La situación es desesperada y no hay nada que puedan hacer.
Hace frío, mucho, pero Natasha es una mujer acostumbrada a los rigores de la vida, al aislamiento, al abandono. El saquito del pequeño Igor lo terminó de coser enseguida. Unos mechones rubios asoman por la abertura, qué hermoso está mi niño. Y sigue tejiendo. Empecinada. Incansable.
Un manto blanco cubre los campos y bosques, borra los caminos, sobrecoge las almas. Inclemente, el cielo no ha cesado su descarga durante las últimas semanas. Se han perdido las cosechas y no será posible sobrevivir aquí. Los más jóvenes se preparan para abandonar la aldea y hacen acopio de lo imprescindible para huir ladera abajo hasta alcanzar el pueblo más cercano, antes de que sea demasiado tarde. Con suerte, llegarán a tiempo de dar la alarma para que un equipo de rescate acuda a socorrer al resto.
Para su padre, Dimitri, ya ha elegido el traje. Tiene que estar presentable, todos lo estarán, no quiere marcharse de cualquier manera y que les encuentren así, con sus gastadas ropas de labor. La chaqueta y el pantalón de lana que reserva para asistir a los servicios religiosos son lo más apropiado. Solo le falta encontrar el sombrero, luego lo buscará. De momento, pese a tener los dedos agarrotados, continúa tejiendo a toda velocidad. Obstinada, obcecada.
Con la ayuda de unos trineos de madera, un grupo de muchachos inicia el descenso. En la partida, solo alguno se atreve a mirar atrás. De un par de chimeneas aún sale un hilillo de humo, del resto cuelgan témpanos de hielo. Aprietan los puños, las lágrimas se congelan en sus rostros. Volveremos, no os preocupéis, saldremos de esta, se dicen para sus adentros sin demasiada convicción.
Natasha arroja las agujas al suelo: ha terminado la prenda. Con una pala retira la nieve acumulada y sale al patio trasero, donde la espera su familia desde hace tres días. Coloca el sombrero de fieltro al padre y acomoda al pequeño en su regazo. Les besa con dulzura, cuánto os quiero, estoy preparada, no tengo miedo. Partiremos los tres juntos y seguiremos siendo una familia. Siempre juntos, os lo prometo.
La rigidez de sus dedos le dificulta vestirse, pero con movimientos lentos va envolviendo su cuerpo con la mortaja. Se sienta al lado del anciano, se aferra a su mano helada y, antes de cerrar los ojos, contempla por un instante el cielo azul. Ha dejado de nevar.



El informe

EL INFORME

—…hasta chocarse contra una pila de maderos. Entonces tropezó y al caer se abrió la cabeza con esa piedra y se quedó tieso; créame, señor comisario, le digo lo que vi—. El negro gesticula con mucho aspaviento, los ojos se salen de sus cuencas y no para de contonearse al ritmo de una música inexistente.
El oficial busca apático un latido en el cuello lleno de cadenas de oro del cadáver. Un traficante menos en las calles, resuelve.  Saca el bloc de notas y muy concentrado apunta:
«Champán, dulces y rosas blancas. Condones». Y mira impaciente el reloj.


Dominación

DOMINACIÓN

—Escucho un murmullo que se acerca, es como un lamento, parece que intenta comunicarse, espere… hay interferencias… estoy perdiendo la conexión… ¡Vaya, con lo cerquita que estábamos!  Yo que usted no pararía ahora. Si desea averiguar algo más de su difunto marido nos llevará otra sesión, podemos continuar o no, usted decide: ya sabe que son cincuenta euros la media hora, merece la pena llegar hasta el final…
Ella no responde, no puede: tiene la boca llena de la virilidad del maestro espiritual y los brazos sujetos a la espalda con un cilicio.
Para la próxima cita lo tiene claro: se pedirá el disfraz de alumna díscola y látigo.

jueves, 13 de septiembre de 2012

La pleamar

LA PLEAMAR

Valentina observa con amargura cómo cada lametada del mar borra las huellas que la alejan de su arroyo de aguas claras, convertido en un barrizal de desprecios tras las últimas tormentas. Chapotea su angustia por la orilla salpicándose las piernas, sintiendo la invitación del océano a sumergirse en él.
Una brisa marina la empuja hacia esa inmensidad azul que la reclama, impaciente. Al principio le cuesta desvestirse, pero el deseo la vence y se tiende desnuda en la arena. Las olas la reciben fogosas, la resaca la envuelve y arrastra, se enreda en un remolino de placer. Da vueltas y gritos, traga agua, le falta el aire… Sus brazos se aferran a la arena y, convulsionada por una corriente de sensaciones que sacude su cuerpo, se deja llevar por la pasión. Por fin una gran ola rompe en la orilla y Valentina no puede contenerse más: un gemido prolongado emana de su interior y, extenuada, se abandona en el clímax de la marea.
El mar antes bravío vuelve a estar en calma. Tumbada bocarriba, aspira el salitre y saborea la espuma que cubre su piel. Nota un aliento que acaricia su cara y besa los labios salados de su amante.

domingo, 12 de agosto de 2012

Caminos

CAMINOS


Sofía se siente perdida en esta vía muerta donde todo es polvo y soledad. Ya no escucha el traqueteo del tren que ha abandonado, ni  distingue el rastro de humo de su chimenea diluido en un cielo de nubes grises.
Se ha apeado casi en marcha, con el cuerpo arrugado y el alma seca. Contempla los caminos de hierro por los que ha deambulado toda su vida de vagón en vagón, soñando con un destino.
A lo lejos presiente la llegada del siguiente convoy. Respira hondo, se gira y con la cabeza bien alta, da el primer paso hacia un futuro incierto. La visión del nuevo horizonte le inquieta, pero confía en que en el desierto no encontrará más espejismos.

jueves, 5 de julio de 2012

El principio del fin

EL PRINCIPIO DEL FIN

Apoyado contra la pared de la gruta, modela con cariño su muñeco de barro. Ya solo faltan unos pequeños retoques para lograr la imagen con la que tantas veces había soñado. Está exhausto, pero satisfecho: han sido seis días de emociones y dentro de nada llegará su merecido descanso. Pero poco le dura la dicha: afuera se ha levantado un vendaval que enturbia de arena el aire de la cueva, cegándole la vista.
Al salir, se cubre la cara para no presenciar el desastre. El mar se ha encolerizado: no soportaba ser testigo pasivo de los juegos de las palmeras mecidas por la  brisa;  que la luna impusiera límites a su furor y le impidiese lamer con su marea más allá de la orilla y participar así de la fiesta de sombras y baladas; que las gaviotas se aprovecharan de su despensa… Un huracán vengador riza una enorme ola que barre sin piedad toda la costa.
Abatido, se retira al interior de la caverna. Se topa con la figurita medio terminada que le mira desafiante, rascándose la entrepierna, y decide entonces abandonar el paraíso.
Regresará cuando todo haya terminado, para enterrar bien profundo los escombros de su obra imperfecta.

viernes, 15 de junio de 2012

Mil cuentos

MIL CUENTOS

Dado que ni los propios ciudadanos parecían percatarse del alcance de las nuevas medidas adoptadas por el consejo de jerarcas, un grupo de inconformistas, indignados con el estado de las cosas, ideó un plan para hacer entender a la plebe el abuso a que estaba siendo sometida y, lo que era más grave, las consecuencias que se avecinaban.
Así, inocularon en el acervo popular mil cuentos para explicar el panorama y sacudir la conciencia de un populacho tan pasota.
Proverbios, sentencias, tonadas,… comenzaron a oírse y divulgarse: «la gallina de los huevos de oro», «el cuento de la lechera», «no vendas la piel del oso antes de cazarlo», «poderoso caballero es don dinero», «quítate tú para ponerme yo», «las gallinas que entran por las que salen», «mismo perro con distinto collar», «a buen hambre no hay pan duro»… pero nada; seguían impasibles, asistiendo a las arengas de los provocadores como vaca al tren.
Entonces, algunos insurgentes empezaron a ganar adeptos y antes de que la fiebre se extendiera y descontrolara, las autoridades inventaron el fútbol y la tele.
Y parece que hasta ahora el cuento no les ha ido nada mal, la verdad.

jueves, 14 de junio de 2012

La hucha

LA HUCHA

—Por lo que más quieras lávate bien esas manos antes de acostarte —insiste Ángela, autoritaria
La reprimenda se la lleva Luis, porque Mariano se ha escondido en algún armario y hace rato que andan buscándole. «¿Por qué siempre te-te-tengo que pagar yo los platos rotos?», se pregunta el menor de los dos hermanos. «Bueno, que la Nanny diga lo que q-q-quiera, mientras no me deje sin postre… ¡Qué exigente, la go-go-gorda esta! Cuando termine la cena iré a esco-co-conder mi cerdito, que luego vienen a jugar Rodrigo, José Ignacio y la prima y siempre terminan metiendo un cu-cu-cuchillo por la ranura, se c-c-creen que no me entero, pero soy mucho más listo que ellos ¡ja!».

Un banco en el parque

UN BANCO EN EL PARQUE

Por las tardes, después de echarse la siesta, Roque se despide de su hija y sale a dar un paseo por el barrio. Camina con la ayuda de un bastón, los años no pasan en balde y la artrosis le dificulta mucho sus movimientos. Tras recorrer la pequeña distancia que separa su casa del parque, se sienta a descansar en el mismo banco de todos los días. Tiene suerte, siempre lo encuentra vacío porque las palomas han hecho de esta zona su territorio, y sus excrementos salpican el mobiliario urbano y alrededores. A Roque esto no le supone ningún problema, más bien al contrario. Prefiere estar algo alejado de la zona infantil de juegos, que ya alguna vez se ha llevado un pelotazo. Además le aturde un poco el griterío de los niños y las mamás: «Jessica, ¡que no empujes el columpio de tu hermano tan fuerte!»; «Te he dicho mil veces, Alejandro, que ese tobogán es para los mayores, mira que eres bruto»…
Para mantenerse ocupado hasta la hora de la cena, se suele llevar una bolsa de plástico llena de miguitas de pan que va repartiendo a las aves en minúsculas dosis. Algunas veces, como hoy, le gusta cerrar los ojos y sentir los picotazos de las palomas intentando robarle la bolsa, pero él la agarra con firmeza y hasta ahora nunca han conseguido su trofeo, las muy ladinas. A Roque esta pequeña lucha en la que siempre sale triunfante le resulta de lo más grata: algo de fuerza aún le queda en sus agarrotadas manos y lo percibe como la última batalla que puede ganarle a la vida. Con una sonrisa victoriosa en su rostro arrugado, sin darse cuenta, se queda dormido.
Las horas pasan y el parque se va quedando vacío: ha caído la noche. Dos jóvenes enamorados caminan de la mano y se adentran en la oscuridad que brindan los árboles, apremiados por su deseo de intimidad. En un banco del fondo divisan a Roque recostado. Al acercarse un poco más, examinan curiosos al anciano: en una mano sostiene un bastón, en la otra lo que queda de una bolsa medio rota y vacía. Las gafas han resbalado de sus orejas y le cuelgan torcidas de la nariz. Cualquier observador advertiría que el tránsito le ha sorprendido durante el sueño.
Nunca habrían llegado a imaginar que la muerte se reflejara con tanta paz en un rostro.

jueves, 7 de junio de 2012

Mala hierba

MALA HIERBA

En el otoño de mi existencia una semilla prendió en mi adorado pero estéril jardín. Después de años de atenciones y cuidados había perdido la esperanza de que un brote de vida iluminara esta tierra silenciosa; zarzas y matorrales habían ido avanzando sin compasión, arruinando todos mis desvelos.
Una tarde de mayo, con el arcoíris en su mirada y el descaro en sus labios, me reveló algo acerca de un retoño en ciernes, de un nuevo jardinero… La  espesa maleza que enredaba mi mente me impidió seguir escuchando; mi alma marchita, llena de espinas y amargura, solo pudo percibir el eco de risas imaginadas.
Con la misma pasión con que regaron y abonaron, mis manos han arrancado el problema de raíz y cubierto de baldosas el terreno. Han pasado los meses y para mi sorpresa los tallos que germinaron entre las juntas han comenzado a criar cientos de florecillas malvas.

martes, 5 de junio de 2012

Juguetes

JUGUETES

Desde que mi hermano Jesús, un año menor que yo, hizo la Primera Comunión, mi muñeca Nancy princesa había perdido todo protagonismo. Le habían regalado un Geyperman (muñeco de combate) con un carro de guerra, y por mucho que nos empeñáramos en llevarles juntos a todas partes, era evidente que no podía ser. El muñeco en cuestión, vestido de camuflaje y con la cara tiznada de negro (esto último se conseguía restregándole con un palito quemado) y pertrechado con granadas y metralletas, no sintonizaba con mi muñeca, que encima le sacaba unos cuantos centímetros de altura. Nos divertía provocar accidentes con el “Barriguitas” (muñeco tripudo, más pequeño), pero cuando acudía la Nancy a socorrerle, se notaba mucho que parecía que venía de fiesta y no de las trincheras.
Así que aproveché la siguiente tanda de regalos, o sea, los Reyes Magos, para renovar su vestuario. Ojeé un catálogo de juguetes y tras largas deliberaciones escogí un par de conjuntos de lo más apropiados para nuestros juegos. Uno era de soldado, por supuesto, pero en plan muy femenino: faldita corta, escote, gafas de sol... El otro era un conjunto de enfermera, seguramente debido a que había una prole de muñequitos más pequeños a los que fijo que sometíamos a todo tipo de calamidades.
Total, que llegado el día de marras, el día más ansiado por todos, buuuf, vaya decepción. Nuestra madre, tan práctica ella, había optado por agasajarnos con lo que le pareció más apropiado. Me pregunto si se habría molestado en leer la carta siquiera. Ella dice que, como éramos tantos, no se acuerda, vaya cara. Y sí, sí que la había leído, pero la había interpretado a su manera: en lugar del uniforme de soldado de batalla que yo había elegido, y las jeringuillas y maletín y cofia para mi Nancy enfermera, al abrir la caja (arrugada y mal pegado el celo, como muy de andar por casa), me encontré con un vestido de tirantes con rayitas amarillas que me recordó sospechosamente a la blusa que llevaba la hija de nuestra niñera un día que vino de visita; eso sí, con bolso y gorrito a juego.
Después de la llorera y del interrogatorio al que sometí a mi madre, y pasado el mal trago, mi hermano y yo comentamos que habría que suavizar el tono de nuestros juegos para adaptarlo a la nueva realidad.
Pero creo que no seguimos el plan.

sábado, 2 de junio de 2012

Antojos

ANTOJOS

«Además, el pollo rebozado siempre humea demasiado», repetía siempre su marido cuando se colaba en su territorio de ollas y sartenes.
Aún no ha amanecido y Belinda se viste a toda prisa. Recuerda con tristeza las manías culinarias que tanto le hartaban de toda la familia: los pequeños no querían ni oír hablar de la verdura, el abuelo detestaba el olor a pescado, la hija adolescente siempre estaba a régimen y el mayor se había vuelto vegetariano.
Si se apura y con algo de suerte, hoy conseguirá un buen puesto en la fila para canjear los bonos semanales por unos mendrugos de pan y un paquete de arroz.

Mujer fatal

MUJER FATAL

Teresa ensaya una mirada de insinuación mientras observa complacida el reflejo de su imagen en el espejo del ascensor. No puede presumir de cuerpazo, para qué nos vamos a engañar, pero sabe sacar partido de sus atributos más femeninos. Hoy estrena un vestido bien ajustado a su figura, con un escote por el que sobresalen unos pechos dignos de admiración. Sus facciones no son armónicas y a sus cincuenta años la piel ha perdido lozanía, por eso ha aprendido todos los trucos de maquillaje: maneja con soltura la brocha y el perfilador y sabe bien cómo hacer destacar sus labios carnosos. Su metro cincuenta de estatura queda por debajo de la media, pero camina con un garbo que ya quisieran muchas a bordo de unos taconazos que se ha puesto para la ocasión. Se siente muy orgullosa de su melena con reflejos rubios que aporta un toque de seducción y combina de maravilla con el bronceado de su piel y el rojo de su vestido y uñas.
Se baja en la décima planta de La Torre Europa, un edificio acristalado de oficinas, lo último en diseño. Unos paneles solares acumulan energía suficiente para el consumo de agua y luz, y la temperatura se mantiene constante en el punto óptimo recomendado sin necesidad de abrir las ventanas, así que están condenadas. Desde su bufete de abogada, disfruta de una panorámica envidiable; ahora bien, no puede asomarse para respirar aire puro. «Servilismos del progreso», se abanica resignada cuando le entran los sofocos asociados a  su edad.
El primer viernes de cada mes, Teresa tiene una cita en su despacho a las nueve de la mañana. Bueno, no es exactamente una cita, pero como si lo fuera. Hoy se ha levantado más temprano que de costumbre para arreglarse a conciencia, merece la pena, y además ¡qué pasa! ¿Es que no puede una ponerse guapa cuando le dé la gana? Así pues, a las nueve menos cuarto abre la puerta de su oficina. Algo nerviosa enciende el ordenador que está justo al lado de la ventana y se sienta frente a él, fingiendo que mira el boletín oficial del día. Coqueta, se sube un poco el vestido por encima del muslo.
Puntual como siempre, desciende desde el piso superior la plataforma sujeta por unos cables. Primero se ven unas botas, piernas y torso. Por las venas de Teresa circula lava ardiendo en vez de sangre y cuando por fin aparece la sonrisa del limpiacristales nota que su cerebro se licúa sin remedio.
Y así todos los meses.

jueves, 24 de mayo de 2012

Lapsus

LAPSUS

Cuando, como cada tarde, regrese su padre, Lucas estará sentado en el rellano de la escalera del garaje esperándole. Los viernes siempre se retrasa y antes de apearse examina su boca en el espejo del retrovisor, restriega una manchita del cuello de la camisa, se alisa la corbata… Al subir los tres escalones hacia el interior de la vivienda lanza una mirada de asco al pequeño, «siempre con la baba colgando, mierda de crío».
Lucas se acerca silencioso a la sala. Hoy han venido los abuelos a cenar, y en mitad de la reunión saca del bolsillo de la americana la alianza que papá ha olvidado ponerse.


Fumar mata

FUMAR MATA

La estampida de las fieras al crepitar las ramas, la confusión de aleteos y plumas en el aire… Nada de eso llega a tus oídos. Apenas percibes un remoto olor a madera y follaje quemados. Si mirases por el retrovisor, divisarías a lo lejos una nube de humo y cenizas —te recordaría a esa niebla que arruina tus batidas de caza— que envuelve el tapiz de ocres y naranjas hasta cubrirlo por completo.
Indiferente, sigues con tu rutina. Elevas el volumen de la música, pisas a fondo el acelerador y enciendes otro cigarrillo.