jueves, 13 de septiembre de 2012

La pleamar

LA PLEAMAR

Valentina observa con amargura cómo cada lametada del mar borra las huellas que la alejan de su arroyo de aguas claras, convertido en un barrizal de desprecios tras las últimas tormentas. Chapotea su angustia por la orilla salpicándose las piernas, sintiendo la invitación del océano a sumergirse en él.
Una brisa marina la empuja hacia esa inmensidad azul que la reclama, impaciente. Al principio le cuesta desvestirse, pero el deseo la vence y se tiende desnuda en la arena. Las olas la reciben fogosas, la resaca la envuelve y arrastra, se enreda en un remolino de placer. Da vueltas y gritos, traga agua, le falta el aire… Sus brazos se aferran a la arena y, convulsionada por una corriente de sensaciones que sacude su cuerpo, se deja llevar por la pasión. Por fin una gran ola rompe en la orilla y Valentina no puede contenerse más: un gemido prolongado emana de su interior y, extenuada, se abandona en el clímax de la marea.
El mar antes bravío vuelve a estar en calma. Tumbada bocarriba, aspira el salitre y saborea la espuma que cubre su piel. Nota un aliento que acaricia su cara y besa los labios salados de su amante.

domingo, 12 de agosto de 2012

Caminos

CAMINOS


Sofía se siente perdida en esta vía muerta donde todo es polvo y soledad. Ya no escucha el traqueteo del tren que ha abandonado, ni  distingue el rastro de humo de su chimenea diluido en un cielo de nubes grises.
Se ha apeado casi en marcha, con el cuerpo arrugado y el alma seca. Contempla los caminos de hierro por los que ha deambulado toda su vida de vagón en vagón, soñando con un destino.
A lo lejos presiente la llegada del siguiente convoy. Respira hondo, se gira y con la cabeza bien alta, da el primer paso hacia un futuro incierto. La visión del nuevo horizonte le inquieta, pero confía en que en el desierto no encontrará más espejismos.

jueves, 5 de julio de 2012

El principio del fin

EL PRINCIPIO DEL FIN

Apoyado contra la pared de la gruta, modela con cariño su muñeco de barro. Ya solo faltan unos pequeños retoques para lograr la imagen con la que tantas veces había soñado. Está exhausto, pero satisfecho: han sido seis días de emociones y dentro de nada llegará su merecido descanso. Pero poco le dura la dicha: afuera se ha levantado un vendaval que enturbia de arena el aire de la cueva, cegándole la vista.
Al salir, se cubre la cara para no presenciar el desastre. El mar se ha encolerizado: no soportaba ser testigo pasivo de los juegos de las palmeras mecidas por la  brisa;  que la luna impusiera límites a su furor y le impidiese lamer con su marea más allá de la orilla y participar así de la fiesta de sombras y baladas; que las gaviotas se aprovecharan de su despensa… Un huracán vengador riza una enorme ola que barre sin piedad toda la costa.
Abatido, se retira al interior de la caverna. Se topa con la figurita medio terminada que le mira desafiante, rascándose la entrepierna, y decide entonces abandonar el paraíso.
Regresará cuando todo haya terminado, para enterrar bien profundo los escombros de su obra imperfecta.

viernes, 15 de junio de 2012

Mil cuentos

MIL CUENTOS

Dado que ni los propios ciudadanos parecían percatarse del alcance de las nuevas medidas adoptadas por el consejo de jerarcas, un grupo de inconformistas, indignados con el estado de las cosas, ideó un plan para hacer entender a la plebe el abuso a que estaba siendo sometida y, lo que era más grave, las consecuencias que se avecinaban.
Así, inocularon en el acervo popular mil cuentos para explicar el panorama y sacudir la conciencia de un populacho tan pasota.
Proverbios, sentencias, tonadas,… comenzaron a oírse y divulgarse: «la gallina de los huevos de oro», «el cuento de la lechera», «no vendas la piel del oso antes de cazarlo», «poderoso caballero es don dinero», «quítate tú para ponerme yo», «las gallinas que entran por las que salen», «mismo perro con distinto collar», «a buen hambre no hay pan duro»… pero nada; seguían impasibles, asistiendo a las arengas de los provocadores como vaca al tren.
Entonces, algunos insurgentes empezaron a ganar adeptos y antes de que la fiebre se extendiera y descontrolara, las autoridades inventaron el fútbol y la tele.
Y parece que hasta ahora el cuento no les ha ido nada mal, la verdad.

jueves, 14 de junio de 2012

La hucha

LA HUCHA

—Por lo que más quieras lávate bien esas manos antes de acostarte —insiste Ángela, autoritaria
La reprimenda se la lleva Luis, porque Mariano se ha escondido en algún armario y hace rato que andan buscándole. «¿Por qué siempre te-te-tengo que pagar yo los platos rotos?», se pregunta el menor de los dos hermanos. «Bueno, que la Nanny diga lo que q-q-quiera, mientras no me deje sin postre… ¡Qué exigente, la go-go-gorda esta! Cuando termine la cena iré a esco-co-conder mi cerdito, que luego vienen a jugar Rodrigo, José Ignacio y la prima y siempre terminan metiendo un cu-cu-cuchillo por la ranura, se c-c-creen que no me entero, pero soy mucho más listo que ellos ¡ja!».

Un banco en el parque

UN BANCO EN EL PARQUE

Por las tardes, después de echarse la siesta, Roque se despide de su hija y sale a dar un paseo por el barrio. Camina con la ayuda de un bastón, los años no pasan en balde y la artrosis le dificulta mucho sus movimientos. Tras recorrer la pequeña distancia que separa su casa del parque, se sienta a descansar en el mismo banco de todos los días. Tiene suerte, siempre lo encuentra vacío porque las palomas han hecho de esta zona su territorio, y sus excrementos salpican el mobiliario urbano y alrededores. A Roque esto no le supone ningún problema, más bien al contrario. Prefiere estar algo alejado de la zona infantil de juegos, que ya alguna vez se ha llevado un pelotazo. Además le aturde un poco el griterío de los niños y las mamás: «Jessica, ¡que no empujes el columpio de tu hermano tan fuerte!»; «Te he dicho mil veces, Alejandro, que ese tobogán es para los mayores, mira que eres bruto»…
Para mantenerse ocupado hasta la hora de la cena, se suele llevar una bolsa de plástico llena de miguitas de pan que va repartiendo a las aves en minúsculas dosis. Algunas veces, como hoy, le gusta cerrar los ojos y sentir los picotazos de las palomas intentando robarle la bolsa, pero él la agarra con firmeza y hasta ahora nunca han conseguido su trofeo, las muy ladinas. A Roque esta pequeña lucha en la que siempre sale triunfante le resulta de lo más grata: algo de fuerza aún le queda en sus agarrotadas manos y lo percibe como la última batalla que puede ganarle a la vida. Con una sonrisa victoriosa en su rostro arrugado, sin darse cuenta, se queda dormido.
Las horas pasan y el parque se va quedando vacío: ha caído la noche. Dos jóvenes enamorados caminan de la mano y se adentran en la oscuridad que brindan los árboles, apremiados por su deseo de intimidad. En un banco del fondo divisan a Roque recostado. Al acercarse un poco más, examinan curiosos al anciano: en una mano sostiene un bastón, en la otra lo que queda de una bolsa medio rota y vacía. Las gafas han resbalado de sus orejas y le cuelgan torcidas de la nariz. Cualquier observador advertiría que el tránsito le ha sorprendido durante el sueño.
Nunca habrían llegado a imaginar que la muerte se reflejara con tanta paz en un rostro.

jueves, 7 de junio de 2012

Mala hierba

MALA HIERBA

En el otoño de mi existencia una semilla prendió en mi adorado pero estéril jardín. Después de años de atenciones y cuidados había perdido la esperanza de que un brote de vida iluminara esta tierra silenciosa; zarzas y matorrales habían ido avanzando sin compasión, arruinando todos mis desvelos.
Una tarde de mayo, con el arcoíris en su mirada y el descaro en sus labios, me reveló algo acerca de un retoño en ciernes, de un nuevo jardinero… La  espesa maleza que enredaba mi mente me impidió seguir escuchando; mi alma marchita, llena de espinas y amargura, solo pudo percibir el eco de risas imaginadas.
Con la misma pasión con que regaron y abonaron, mis manos han arrancado el problema de raíz y cubierto de baldosas el terreno. Han pasado los meses y para mi sorpresa los tallos que germinaron entre las juntas han comenzado a criar cientos de florecillas malvas.

martes, 5 de junio de 2012

Juguetes

JUGUETES

Desde que mi hermano Jesús, un año menor que yo, hizo la Primera Comunión, mi muñeca Nancy princesa había perdido todo protagonismo. Le habían regalado un Geyperman (muñeco de combate) con un carro de guerra, y por mucho que nos empeñáramos en llevarles juntos a todas partes, era evidente que no podía ser. El muñeco en cuestión, vestido de camuflaje y con la cara tiznada de negro (esto último se conseguía restregándole con un palito quemado) y pertrechado con granadas y metralletas, no sintonizaba con mi muñeca, que encima le sacaba unos cuantos centímetros de altura. Nos divertía provocar accidentes con el “Barriguitas” (muñeco tripudo, más pequeño), pero cuando acudía la Nancy a socorrerle, se notaba mucho que parecía que venía de fiesta y no de las trincheras.
Así que aproveché la siguiente tanda de regalos, o sea, los Reyes Magos, para renovar su vestuario. Ojeé un catálogo de juguetes y tras largas deliberaciones escogí un par de conjuntos de lo más apropiados para nuestros juegos. Uno era de soldado, por supuesto, pero en plan muy femenino: faldita corta, escote, gafas de sol... El otro era un conjunto de enfermera, seguramente debido a que había una prole de muñequitos más pequeños a los que fijo que sometíamos a todo tipo de calamidades.
Total, que llegado el día de marras, el día más ansiado por todos, buuuf, vaya decepción. Nuestra madre, tan práctica ella, había optado por agasajarnos con lo que le pareció más apropiado. Me pregunto si se habría molestado en leer la carta siquiera. Ella dice que, como éramos tantos, no se acuerda, vaya cara. Y sí, sí que la había leído, pero la había interpretado a su manera: en lugar del uniforme de soldado de batalla que yo había elegido, y las jeringuillas y maletín y cofia para mi Nancy enfermera, al abrir la caja (arrugada y mal pegado el celo, como muy de andar por casa), me encontré con un vestido de tirantes con rayitas amarillas que me recordó sospechosamente a la blusa que llevaba la hija de nuestra niñera un día que vino de visita; eso sí, con bolso y gorrito a juego.
Después de la llorera y del interrogatorio al que sometí a mi madre, y pasado el mal trago, mi hermano y yo comentamos que habría que suavizar el tono de nuestros juegos para adaptarlo a la nueva realidad.
Pero creo que no seguimos el plan.

sábado, 2 de junio de 2012

Antojos

ANTOJOS

«Además, el pollo rebozado siempre humea demasiado», repetía siempre su marido cuando se colaba en su territorio de ollas y sartenes.
Aún no ha amanecido y Belinda se viste a toda prisa. Recuerda con tristeza las manías culinarias que tanto le hartaban de toda la familia: los pequeños no querían ni oír hablar de la verdura, el abuelo detestaba el olor a pescado, la hija adolescente siempre estaba a régimen y el mayor se había vuelto vegetariano.
Si se apura y con algo de suerte, hoy conseguirá un buen puesto en la fila para canjear los bonos semanales por unos mendrugos de pan y un paquete de arroz.

Mujer fatal

MUJER FATAL

Teresa ensaya una mirada de insinuación mientras observa complacida el reflejo de su imagen en el espejo del ascensor. No puede presumir de cuerpazo, para qué nos vamos a engañar, pero sabe sacar partido de sus atributos más femeninos. Hoy estrena un vestido bien ajustado a su figura, con un escote por el que sobresalen unos pechos dignos de admiración. Sus facciones no son armónicas y a sus cincuenta años la piel ha perdido lozanía, por eso ha aprendido todos los trucos de maquillaje: maneja con soltura la brocha y el perfilador y sabe bien cómo hacer destacar sus labios carnosos. Su metro cincuenta de estatura queda por debajo de la media, pero camina con un garbo que ya quisieran muchas a bordo de unos taconazos que se ha puesto para la ocasión. Se siente muy orgullosa de su melena con reflejos rubios que aporta un toque de seducción y combina de maravilla con el bronceado de su piel y el rojo de su vestido y uñas.
Se baja en la décima planta de La Torre Europa, un edificio acristalado de oficinas, lo último en diseño. Unos paneles solares acumulan energía suficiente para el consumo de agua y luz, y la temperatura se mantiene constante en el punto óptimo recomendado sin necesidad de abrir las ventanas, así que están condenadas. Desde su bufete de abogada, disfruta de una panorámica envidiable; ahora bien, no puede asomarse para respirar aire puro. «Servilismos del progreso», se abanica resignada cuando le entran los sofocos asociados a  su edad.
El primer viernes de cada mes, Teresa tiene una cita en su despacho a las nueve de la mañana. Bueno, no es exactamente una cita, pero como si lo fuera. Hoy se ha levantado más temprano que de costumbre para arreglarse a conciencia, merece la pena, y además ¡qué pasa! ¿Es que no puede una ponerse guapa cuando le dé la gana? Así pues, a las nueve menos cuarto abre la puerta de su oficina. Algo nerviosa enciende el ordenador que está justo al lado de la ventana y se sienta frente a él, fingiendo que mira el boletín oficial del día. Coqueta, se sube un poco el vestido por encima del muslo.
Puntual como siempre, desciende desde el piso superior la plataforma sujeta por unos cables. Primero se ven unas botas, piernas y torso. Por las venas de Teresa circula lava ardiendo en vez de sangre y cuando por fin aparece la sonrisa del limpiacristales nota que su cerebro se licúa sin remedio.
Y así todos los meses.

jueves, 24 de mayo de 2012

Lapsus

LAPSUS

Cuando, como cada tarde, regrese su padre, Lucas estará sentado en el rellano de la escalera del garaje esperándole. Los viernes siempre se retrasa y antes de apearse examina su boca en el espejo del retrovisor, restriega una manchita del cuello de la camisa, se alisa la corbata… Al subir los tres escalones hacia el interior de la vivienda lanza una mirada de asco al pequeño, «siempre con la baba colgando, mierda de crío».
Lucas se acerca silencioso a la sala. Hoy han venido los abuelos a cenar, y en mitad de la reunión saca del bolsillo de la americana la alianza que papá ha olvidado ponerse.


Fumar mata

FUMAR MATA

La estampida de las fieras al crepitar las ramas, la confusión de aleteos y plumas en el aire… Nada de eso llega a tus oídos. Apenas percibes un remoto olor a madera y follaje quemados. Si mirases por el retrovisor, divisarías a lo lejos una nube de humo y cenizas —te recordaría a esa niebla que arruina tus batidas de caza— que envuelve el tapiz de ocres y naranjas hasta cubrirlo por completo.
Indiferente, sigues con tu rutina. Elevas el volumen de la música, pisas a fondo el acelerador y enciendes otro cigarrillo.

viernes, 11 de mayo de 2012

Próxima parada...

PRÓXIMA PARADA…

Ese maravilloso viaje que le habían prometido al abuelo duró hasta que unas horas después de la partida le entraron ganas de orinar. Nada más meterse en el retrete de la gasolinera el automóvil arrancó y desapareció dejando tras de sí una estela de polvo.
Cuando se abrió la puerta el hombre que salió del lavabo no se parecía ni de lejos al que había entrado: ya no se apoyaba en su bastón, caminaba como un junco con una mochila repleta de fajos de billetes a su espalda  y con una mueca de alivio se sentó a esperar la llegada del siguiente autobús de pasajeros.

La vuelta al cole


LA VUELTA AL COLE  

Y al otro lado de la ventana, nada de nada. Con la nariz pegada al cristal contemplo aterrada el patio vacío. Noto una presión en el pecho, las piernas me sostienen lo justo para llegar hasta mi mesa. Me trago las lágrimas, qué vergüenza que me vean llorar. A Bruno hace rato que se le pasó el berrinche, las mellizas Ana y Marta están más relajadas después del recreo y al terminar la jornada ya son todos tan amiguitos, pero yo sigo intranquila a pesar de los consejos de mamá al despedirnos esta mañana:
—Isabel, respira hondo y cálmate, A tus treinta años no debería intimidarte una clase de párvulos.
.

viernes, 4 de mayo de 2012

Amigo del alma

AMIGO DEL ALMA

La última alma humana que queda en este  lugar lleva mucho tiempo dando tumbos desorientada. Yo permanezco fiel a su lado y le intento guiar hacia el dichoso túnel que anda buscando, pero ya hemos atravesado unos cuantos y todos estaban a oscuras. Me pregunto si se admitirá en el más allá la presencia de un amigo invisible. En caso contrario, ¿sería capaz de abandonarme?

En el horizonte diviso un destello de una luz blanquísima. Mi amigo avanza a tientas, pero yo tiro de la correa en la otra dirección: no quiero quedarme aquí solo.

viernes, 20 de abril de 2012

Sueño atrasado


SUEÑO ATRASADO

Se entrenaban para estar muertos todas las noches. Qué torpes, yo lo aprendí  enseguida; y a dar la pata, traer las zapatillas…, pero a ellos les costaba. Cuando mamá terminaba de acunarles y cantarles nanas, los mellizos caían en un sopor que solo duraba unas horas. Entonces comenzaban los berridos y vuelta a empezar. Y así cada día, cada semana, cada mes. Anoche, por fin, mamá consiguió lo que nunca: no han despertado para saciar su glotonería y ni siquiera se han movido de sus cunitas.
Aunque me haya quedado sin lecho, tenía que habérsele ocurrido antes lo del almohadón.

lunes, 26 de marzo de 2012

El destino

EL DESTINO


Lo que amortiguó la caída fue su abultado traje de plumas y la alfombra de hojas con que la estación había cubierto el suelo, así que solo se llevó un buen susto y algunas contusiones. Herido en su orgullo y muerto de hambre se alejó de allí a pasitos y se aventuró entre los árboles  del bosque.
Durante todo el día no fue capaz de atrapar ni una mísera lombriz. Comenzó a sentirse débil y se dejó caer en la hierba, abandonándose a su suerte. Empezaba a oscurecer cuando de pronto una bolita cayó a su lado. Se acercó hasta ella, se la tragó y enseguida empezó a sentirse mejor. Encontró otra y otra y otra más allá y animado siguió el reguero de miguitas hasta llegar a un claro donde escuchó unos ruidos. Sintió curiosidad, aquellas dos voces infantiles no le infundían ningún temor, pero ya había tenido suficientes emociones por hoy.
Aquella mañana, su madre le había expulsado a picotazos del nido acusándole de parásito e impostor; y todo por culpa de su hermano pequeño, que tembloroso le contó cómo había  empujado a codazos a los otros huevos.
Agotado tras esta jornada, se acunó entre la hojarasca y no oyó acercarse a aquel monstruo de enormes ojos amarillos.

sábado, 17 de marzo de 2012

Detrás de la puerta


DETRÁS DE LA PUERTA


Matías no regresa a casa nunca antes de las doce de la noche. Se levanta tarde y pasa las mañanas en el parque, donde comparte un mendrugo de pan con los patos del estanque. Después de la hora del almuerzo se deja caer por el piso de su sobrina, salvo los días festivos en que está el marido, («te lo advierto, no quiero ver a ese pordiosero en mi casa»).

Sentado en una banqueta de la cocina se toma a sorbitos un cuenco de sopa caliente o un café con leche. Mientras, la mujer friega la vasija y observa conmovida cómo el viejito sigue las líneas del periódico con un dedo tembloroso.  En la tele, el hombre del tiempo anuncia «la llegada de un frente polar que barrerá la península provocando un brusco descenso de las temperaturas, con cota de nieve a nivel del mar y fuertes ráfagas de viento en el litoral cantábrico. Recomendamos mucha prudencia en la carretera y permanezcan en lugares protegidos del frío».

Cuando el reloj avisa de la llegada del marido, Matías le roza la mejilla con la mano y se despide. Ella se traga las lágrimas y le desea buenas noches.

—Abríguese bien, tío, —insiste mientras le abotona hasta el cuello—, que está usted un poco acatarrado.

—Eres muy buena.


El anciano abandona el piso y desde las ocho deambula sin rumbo por las callejuelas del centro. Como le asusta el ajetreo y los bocinazos de los coches, se oculta entre las sombras o en los portales vacíos hasta que la calle queda desierta y se iluminan las ventanas de los edificios. Es entonces cuando sale confiado de sus escondrijos y se deja envolver por la oscuridad.

Esta noche se ha encontrado unas monedas en el bolsillo del abrigo, «esta mujer es una bendita, un día tengo que traerle un regalo», y se compra unas castañas en un puesto callejero. Primero se calienta las manos con ellas y cuando ya están tibias las desmenuza y las ablanda en la boca hasta hacerlas puré y poder pasarlas. Poco a poco se encamina hacia su casa.

El piso de Matías ocupa la primera planta de un edificio de dos alturas. El de arriba está deshabitado desde que fallecieron sus inquilinos, hace unos años. El hombre sube las escaleras de madera que crujen bajo su peso, introduce la llave en la cerradura y empuja la puerta, pero esta solo cede unos centímetros. Insiste durante un rato, apoya la espalda contra ella, pero nada, solo se abre lo justo para pasar un brazo. Cansado por el esfuerzo, se rinde ante la evidencia. No tiene ánimos para volver donde la sobrina y enfrentarse con la mirada amenazadora del bigotes, así que se acurruca en el rellano, acomoda las bolsas que trae para formar una almohada y se queda dormido.

Tres días más tarde, alertados por la sobrina, una pareja de policías se presenta en el inmueble de Matías. Desde el portal escuchan un alboroto estremecedor. Cuando llegan al piso, la imagen que descubren les deja paralizados: al verse sorprendidas, docenas de ratas abandonan su festín, saltan sobre los restos del anciano y escapan escaleras arriba, hacia la calle y al interior de la vivienda escalando una montaña de bolsas de basura.


sábado, 10 de marzo de 2012

Desacuerdos

DESACUERDOS


«…y además nos hace daño, eso dijo el doctor». Las dos hermanas están enzarzadas en una pelea sin fin. Mathilda no da su brazo a torcer y menos ahora que comienza a surtir efecto la botella que empina desafiante. Está harta de que la ningunee, así que hará con su vida lo que le venga en gana. ¿Acaso le pidió su opinión al copular con aquel demente baboso? ¿Qué piensa hacer la muy idiota con un bebé en este hospicio? Y mientras la bruma etílica le nubla la mente, nota una punzada metálica en el único corazón que late en el cuerpo de las siamesas.

domingo, 4 de marzo de 2012

Tres por dos


TRES POR DOS

Tendría yo unos veinte años cuando aprobé las oposiciones y decidí independizarme. Mi hermana pequeña se quedó encantada con la habitación entera para ella sola y mis padres me ayudaron a amueblar el piso nuevo. Había llegado el momento de demostrar que podía valerme por mí misma y aunque no tenía ni idea de cocinar, ni de hacer la compra, ni del precio de las cosas, ni de nada, me daba igual: ya lo iría aprendiendo.
Unos meses después me di cuenta de que no podía vivir solo de latas, espaguetis y tortillas, así que un sábado me acerqué hasta el mercado de la ciudad donde solían gastar mi madre y mi abuela. Los puestos de frutas y verduras estaban ordenados en hileras en la calle y los de carne y pescado dentro del edificio, a la sombra, para preservarlos del calor. Me quedé maravillada de la gran variedad de nombres que tenían algunas frutas; de las berzas colgadas en las esquinas de los tenderetes; de las legumbres de todos los colores en saquitos para ser vendidas a granel. El trajín de las mujeres con sus carros llenos de bolsas, el vocerío del género, el olor a cebollas tiernas y quesos… Me sentí inmersa en un mundo lleno de vida que hasta entonces no conocía.
Mientras disfrutaba del paisaje y decidía qué iba a comprar—no llevaba una lista con lo necesario—  me quedé parada a la altura de un puesto de lechugas. Me llamó mucho la atención lo grandes que eran, pero no recuerdo haber pronunciado palabra.
—¡¡¡Niña, aprovéchate, que por el precio de dos te llevas tres!!! Y con una habilidad pasmosa para su envergadura, la mujer no había terminado la frase y ya me había colocado en la mano una bolsa con tres lechugas enormes. No supe negarme, no protesté. La bolsa estaba en mi mano, ¿cómo se la iba a devolver? No me pareció apropiado hacerle un desprecio, quizá era una de esas ofertas que no se podían rechazar…
Esta sencilla lección de economía quedó grabada a fuego en mi memoria. Terminé mis compras y acabé llevando doscientos gramos de jamón York que pesaron trescientos cincuenta, «guapina, se puede congelar, eh», casi dos kilos de naranjas (solo había pedido uno) y no sé qué más. «Hay que ver el remango que tienen en este sitio», pensé abrumada, «creo que me han visto cara de pardilla». Cuando llegué a casa rendida por el peso miré con cariño la tienda que hay justo debajo. Con cierto desasosiego me dejé caer en una silla de la cocina y contemplé abatida las bolsas. Tenía la sensación de que me habían estafado. ¿Qué voy a hacer con tanta lechuga? Se me ocurrió organizar una cena con los amigos a base de ensaladas, pero enseguida descarté la idea, pues en las reuniones solíamos tirar más de embutidos, quesos y pinchos. Se habrían extrañado, me habrían acosado a preguntas incómodas y habría tenido que reconocer mi torpeza, y no. También pensé en montar una granja de conejos, pero tampoco era viable, porque vivo en un segundo sin terraza.
Así que tuve que asumirlo: resolvería el problema verde yo sola. Durante los siguientes días me estuve alimentando de ensaladas y sándwiches vegetales, bien rellenos de hojas de lechuga y doble de jamón York. Pero llegó un momento en que se pusieron tan mustias y negras que ya no había por dónde cogerlas, así que no me quedó otra que tirarlas a la basura. En concreto, dos lechugas y un cuarto acabaron en el cubo: la inversión no había resultado rentable.
Como en esta vida hay que hacer una lectura positiva de todo, aprendí de la experiencia. Desde entonces adquiero solo lo necesario. Ya no pido la fruta por kilos, sino por piezas, y a ser posible las escojo yo; el jamón, por lonchas; no he vuelto a acudir a esos sitios donde atan con una gomita cinco o seis puerros y te los despachan en manojo; siempre voy con la lista hecha y tengo mucho cuidado con las ofertas. Puedo afirmar con orgullo que no tiro nunca nada por haber comprado en exceso.
Me sigue fascinando el bullicio de los mercados y cuando viajo a otras ciudades no dejo de visitarlos, pues siempre me ha parecido que aportan una información muy valiosa de la zona. Los que más me gustan son los de abastos de pescado y los mercadillos de flores. Pero si veo que hay poca clientela me quedo a una distancia prudente y los contemplo desde lejos, no vaya a ser que me pillen despistada y sufra una recaída.