miércoles, 4 de marzo de 2015

Penurias

PENURIAS

Antonia remueve el agua con fideos y la pastilla de caldo vegetal mientras añade un huevo duro troceado al puchero.
—Está buena —dice Mauricio sirviéndose otro cacillo—. Un poco sosa. ¿Tú no comes?
Antonia empuja el salero al brazo izquierdo del marido; del derecho le cuelga una manga vacía.
—Después, ahora no tengo apetito.
—¿Hay segundo?
—Si quieres, puedo asarte una manzana.
—Hace mucho que no comemos carne.
—El sábado traeré pollo. Pediré un adelanto a la señora.
—Trabajas demasiado, Antonia. Esos señoritingos se aprovechan. Para la miseria que te pagan…
—Nos da para pagar las facturas. —Al instante, se arrepiente—. No quise decir eso.
—No. Tienes razón. Soy un inútil.
—En serio, perdona.
—Mañana iré a ver al Genaro —se anima de pronto—, quizá necesite una mano con el reparto. —Sonríe amargamente tocándose el muñón—. Ya verás —le acaricia la mejilla— este domingo ¡chuletas!
—Claro, Mauricio —suspira ella tragándose las lágrimas.

—Y pasteles, Antonia. Y pasteles.

Negocio familiar

NEGOCIO FAMILIAR

Desde pequeña, Juliette se dedicaba a garabatear monigotes y paisajes hasta en el papel pintado de su habitación. Su madre los fregaba con lejía, pero la niña, testaruda, seguía haciendo retratos en el cuarto de baño y bodegones en las paredes del salón. Valiéndome de mi autoridad paterna, tuve que hacer algún secuestro furtivo de ceras y acuarelas, aunque según sus profesores tenía un gran futuro con los pinceles. Cuando al cumplir los dieciocho nos anunció que quería irse a vivir en plan bohemio a una mansarda frente al Sena, nos enfadamos mucho y le cortamos la asignación. En el negocio de tu padre, le dijo mi mujer, también puedes ganarte la vida con los colores. No sé si acertamos, porque ya no nos habla y anda siempre enfurruñada; con el buen salario que le pago como maquilladora en la funeraria.


Once de septiembre

ONCE DE SEPTIEMBRE

A nadie se le ocurrirá que solo quiso volar como hacían antes las mariposas en su estómago. La noticia abriría todos los informativos, y ella nunca podría perdonarse el haberle abandonado.
Antes de saltar desde la azotea apretará en su puño la alianza, pero el choque de aquel inoportuno avión contra la torre le robará todo el protagonismo.



La madre

LA MADRE


En el último momento la vocecita de Jana en el asiento trasero me hizo dar un volantazo antes de salirme en aquella curva. Miro por el retrovisor: nuestra pequeña se parece dolorosamente cada vez más a ti. Ahora consuela a su muñeca con la misma nana que inventaste para acunarla cuando una pesadilla le asaltaba en sueños. No ha vuelto a pedirme que se la cante; en estos siete meses hemos aprendido juntos a no vernos llorar.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Escarmiento

ESCARMIENTO

Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca. «Las carcajadas del público nos darán de comer, pero un ratón en mi chaleco fuera del escenario, no. Ahora verás lo que es reírse», le dice Andy arrastrándole hacia las fieras. Bertus se pone histérico: con su única mano le araña la cara, le mete dos dedos en los ojos hasta vaciar sus cuencas. Pero nada consigue detenerle.
Con medio cuerpo atrapado entre los barrotes, Bertus nota un zarpazo y cae hacia atrás. Lo último que ve, antes de desangrarse, es la cabeza de su siamés rodando entre las garras de los felinos. Lo último que oye, su esperpéntica risotada.







miércoles, 11 de febrero de 2015

Turismo espacial

TURISMO ESPACIAL

En la Base Espacial los científicos contemplaban atónitos en sus monitores cómo un agujero negro engullía la nave convertida en bola de fuego.
Hemos fracasado balbuceó hundido el director desplomándose en una silla.
¡Señor, rápido, aquí! chilló un técnico sujetándose los auriculares. Está llegando una señal. ¡Escuche!

Oh là là, mon Dieu. Parecía el millonario que viajaba de pasajero. ¡Esto es el PARAÍSO! Tías desnudas, palmeras, playas… Un momento, que el comandante no se aclara con el dueño del terreno. Listen, sir: apple, apfel, pomme, 蘋果. ¡Manzana, coño! Pero qué cabezota el barbudo, no nos permite tocar este árbol.

Intrusismo

INTRUSISMO

—Usted es el primero que la abre, ¿y dice que no quiere pedir ningún deseo? —El genio se daba golpecitos en la sien con el dedo índice mirando atónito a aquel hombrecillo que masticaba una manzana tras otra. Se rascó pensativo una oreja; este primer fracaso supondría una mácula en su incipiente carrera como personaje literario. Tras observarle un rato, se le ocurrió una idea.
—Le proporcionaré una compañera virtuosa… y sin que tenga que sacrificar ninguna costilla. ¿Qué dice?
—Que se ha confundido usted de fábula, amigo. —Y con las mismas le empujó dentro de la lámpara y la cerró con un tapón.


A la tercera

A LA TERCERA


«Le faltarán, al menos, un par de centímetros para alcanzar la barra del trapecio; como acróbata no me sirve», calculaba con cara de desaprobación el propietario del circo mientras ofrecía asiento al tipo enclenque que acababa de entrar en su camerino. «Ja, no irá a sacar una varita, ¿no?», pensó desconfiado cuando vio cómo acariciaba su maletín, «porque más que mago parece de la funeraria». El hombrecillo se ajustó con un dedo las gafas de pasta sobre su narizota roja. «¡Eso es, de payaso! ¿Cómo no me había fijado antes?».
—Buenos días —saludó el desconocido alargándole una tarjeta—. Me llamo Cristóbal Lapa, y vengo de la Inspección de…


sábado, 31 de enero de 2015

Verde pasión

VERDE PASIÓN

Con Anabel todo es distinto. Le cambié el nombre en cuanto me encariñé con ella: Pamela me sonaba más a puta. Cuando la vi el miércoles en aquella tienda, supe que tenía que ser mía; bueno, también por no aguantar a mi madre, qué pesada. «Hijo, ¿cuándo te vas a echar novia? Que tienes cincuenta y siete años y estás como amargao, ay». Así que me la traje a casa.

Al principio, a mis padres les costó aceptarla, y me molestaba mucho pillar a mi hermano babeando cada vez que la miraba. Por eso ahora, cada mañana, la desinflo y la guardo en su caja.

Una brisa en el alma

UNA BRISA EN EL ALMA

Isabella seguía en pie al borde del acantilado contemplando a su derecha la playa, la espuma de las olas en la orilla, un castillo de arena a medio terminar. Durante unos instantes cerró los ojos y aspiró el salitre, dejándose embargar por una deliciosa sensación de paz.

Entonces se sentó sobre una roca. A esperar. Unas horas más tarde la marea comenzó a retirarse abandonando sobre el arenal caracolas rotas, algas, un zapato sin cordones y una muñeca matrioska; de la colección de Marcel, su difunto, que tanto aborrecía a los niños y el mar. Con sus cenizas dentro.

Un poco de sal

UN POCO DE SAL

—No creo que pueda pedirse mucho más para ser un lunes por la tarde, ¿eh, zorra? —Ramón se sube la bragueta antes de colocarse la alianza en el dedo anular—. Lo has pasado bien, ¿a que sí? —dice mientras le soba los pezones chorreantes de cera derretida—. Ah, enseguida llegará Carlitos del cole, así que ya puedes ir limpiando el desorden. Y a la próxima te pones el tanga ese que tanto me excita, ya sabes, el de camuflaje. ¡Te vas a enterar!
Maricarmen se hace una coleta, recoge el condón de su marido, prepara la merienda del chiquillo y se pregunta por qué coño se ha dejado arrastrar a este estúpido juego.


La tierra prometida

LA TIERRA PROMETIDA


Nos despedimos de Hassam deseándole mucha suerte y arrancamos unos clavos mohosos de un tonel que había en la bodega para clavarlos en el borde de la caja. Entre Yusef y yo llevamos el cadáver del soldado a cubierta, lo lanzamos al océano y corrimos a escondernos en los bajos de un camión.

Tanatopraxis

TANATOPRAXIS

Inmediatamente pedí que cerraran la tapa del ataúd y, horrorizado, puse en el regazo de mi suegro la fotografía de sus Bodas de oro, la que siempre llevaba a todas partes y con la que había pedido ser enterrado. Pero justo en ese momento vi a mi sobrino pequeño encaramado a un lateral del féretro.

—¡Tío Guillermo! chilló el pequeño tirando de la peluca color gris—. ¿Qué hace el abuelito Cruz disfrazado de señora?

lunes, 5 de enero de 2015

Escurridiza

ESCURRIDIZA


Me desesperaba que apareciera por casa cuando le daba a ella la gana, sin avisar; así, claro, siempre me cogía desprevenido. Hace apenas unos días descorrió la cortina de la ducha mientras me estaba jabonando, pero al intentar retenerla me sacó burlona la lengua y se escapó; en otra ocasión me pilló friendo unas croquetas y cuando fui a ver qué quería, casi se quedan pegadas a la sartén; anteayer se plantó a mi lado en la ventana mientras tendía la colada y por su culpa se me cayó al patio un calcetín. Muchas noches incluso me he quedado dormido en esta silla frente a la pantalla encendida del ordenador, esperándola. Qué duros estos destierros.
Pero hoy por la tarde me pareció oír un ruido en el pasillo: era ella, que se acercaba de puntillas a mi habitación. Entonces aguardé paciente a que entrara, aporreé con saña el teclado y por fin pude atraparla.
El caso es que ahora, que son ya las cuatro de la madrugada y llevo escritas varias páginas de mi novela, no me atrevo ni a levantarme para ir al baño. No sea que se escabulla otra vez.




Tradición oral

TRADICIÓN ORAL

Mariasun sirve otro cacillo de puré a su nieto. Está encantada de lo bien que come el niño cuando se queda con ellos alguna noche de sábado. Aunque sabe que no todo el mérito es suyo.
Esta por la brava Rosa, la mamá deee… continúa el abuelo Jesús, acercándole despacito una cucharada a la boca.
¡…del tío Vidal, el del río! chilla entusiasmado el pequeño.
Eso es. Y esta otra por Simona y Balbina, ¿te acuerdas, Pablito?
¡Síii! ¡Las carboneras!
Jesús rebaña bien el plato.
Y esta por los tatarabuelos Dionisio y Victoriano. Hala, se acabó. Le limpia con el babero y le besa en los mofletes. Y ahora a la camita, a dormir.
Abuelitooo… ¿Me contarás otro cuento esta noche?


(Dedicado a Jesús Alfonso Redondo Lavín)

viernes, 26 de diciembre de 2014

La ilusión del señor Floren

LA ILUSIÓN DEL SEÑOR FLOREN


Con la nariz pegada a una ventana de la sala y apoyado en su bastón, espera impaciente el señor Floren la llegada de Dori, su asistenta. Está muy ilusionado porque anoche no paró de nevar, ¡hoy es el gran día! Por fin distingue una figura que desciende del autobús y avanza con dificultad por la acera nevada en dirección a la casa. Como un chiquillo, se esconde detrás de la puerta antes de que la mujer la empuje para entrar.
—¡No me dé estos sustos, Floren! —protesta ella dando un respingo. Mientras cuelga en el perchero el chaquetón, le muestra una bolsita de papel—. Le he traído unos churros calentitos, voy a prepararle un café antes de ponerme con la aspiradora.
—Nada de eso, Dori —responde dirigiéndose a las escaleras—. ¿No ves que ha nevado? Deja la limpieza para mañana, que hoy tenemos otra misión. No lo habrás olvidado, ¿no?
«Oh, cielos, no me acordaba —se dice resignada la mujer—. Bufff, todos los años lo mismo, y no hay manera de hacerle cambiar de idea».
Y sin más demora, suben al desván. Dori tropieza con varios cachivaches antes de llegar hasta el muñeco. Como era de esperar, está cubierto de polvo, así que dedica un buen rato a pasarle el plumero. Después le anuda bien la bufanda, le sacude el sombrero y se lo coloca derecho. Entre los dos («o cada año pesa más o me estoy haciendo vieja. ¿Es que no se va a derretir nunca?») lo bajan al recibidor, se ponen los abrigos y los guantes, y arrastrándolo se acercan hasta el parque del barrio. Algunos peatones les señalan y cuchichean entre ellos; los niños se burlan sin ningún disimulo; un agente de policía se les queda mirando, «cada día se ven cosas más raras por la calle», le escucha una apurada Dori decir.
A una distancia prudente de los columpios, por si acaso, colocan el muñeco de nieve. El señor Floren le pone una pipa en la boca y se aleja unos pasos para contemplarlo; frunce un poco el entrecejo, algo no está en su sitio, pero enseguida detecta el qué y, sujetándose del brazo de la mujer, le dice:

—¡Qué despistados somos, Dori! Se nos ha olvidado parar en la frutería, no le vamos a dejar con esa zanahoria del año pasado, ¿verdad? Ayyy, qué cabeza…

Por si acaso

POR SI ACASO

Antes de cerrar la bolsa de la basura, te aseguras de no haberte olvidado nada. Deslizas los dedos sobre el mantel de cuadros grises y blancos del comedor sin encontrar las migas de sus insultos. Los azulejos de la cocina relucen después de frotar la humillación y enjuagar sus amenazas. Tampoco quedan señales de portazos en el pasillo, ni una lágrima en tu almohada. Abatida, contemplas los añicos en que se convirtió el marco con la fotografía de tu boda, y comprendes que tenías que haber limpiado toda esa porquería mucho antes de que él te abandonara.
Sales de casa arrastrando los pies por el camino de grava y depositas lentamente la bolsa dentro del contenedor. Con un suspiro que no es de alivio, porque sigue esa presión en tu pecho, regresas sobre tus pasos al zaguán.
Y dejas la puerta entreabierta. Por si decide volver.

Por si acaso.

A la vanguardia

A LA VANGUARDIA

A la una, a las dos… Tasio acariciaba nervioso la tecla de «inicio»—. ¡A las tres! —gritó pulsándola con decisión.
Sentado a la mesa, Luciano, su padre, removía con una cucharita el café y miraba desconcertado la cocina del apartamento del joven aspirante a chef: una impresora, cubetas, montones de tarros etiquetados con nombres irreconocibles…
—Esto parece un laboratorio —murmuró asustado, mirando un bol que burbujeaba nitrógeno—. ¿No estabas estudiando Cocina?
Mientras la máquina se calentaba y empezaba a hacer ruiditos, Tasio repasó mentalmente los ingredientes de su receta, por si hubiera olvidado algo: gelatina de mantequilla, huevos deconstruidos, azúcar crujiente y espuma de harina con reducción de anís, todo ello cocido al vapor de levadura. No, no faltaba nada. Con un embudo había volcado la mezcla en el cartucho de tinta y había introducido en la bandeja de papel un folio encerado.
—Padre, antes de volverse al pueblo quiero que pruebe mi última creación —dijo mientras la máquina expulsaba rítmicamente la copia en 3D—. El sobao Chez Lucien; lo he llamado así por usted. Es para la asignatura de «Brunch».
—Anda, anda… Siéntate conmigo a desayunar, que he traído de casa sobaos de los de verdad.





Enojo

ENOJO


Este se va a enterar de lo que vale un peine. ¿Acaso no se lo repetí hasta la saciedad? Que le dejaba quedarse a vivir en mis tierras, a él y a su compañera, y que podían disfrutar de ellas a su antojo: cazar venados en los bosques, pescar y bañarse en los arroyos de aguas cristalinas, brincar desnudos por las praderas, revolcarse entre las florecillas silvestres bajo la luz de las estrellas… «Todo lo que os apetezca», le dije, «menos zamparse los frutos de este manzano». ¿Que por qué de ese árbol en concreto? No sé. Me dio por ahí así, de repente, y ya está.

De andamios

DE ANDAMIOS


El mensaje era claro, conciso, breve y letal: no insistas, decía con un meneo despectivo de caderas, mientras se alejaba taconeando como una diva sobre los adoquines. Antes de doblar la esquina, ahuecó con desparpajo su melena pelirroja y desapareció de mi vista para siempre, dejándome con un calorcillo pegado a los pantalones que solo una morenaza de ceñidos vaqueros logró avivar una eternidad después; concretamente, medio saco de cemento y un muro de ladrillos más tarde.

Soliloquio

SOLILOQUIO

Sol·La·Si·Do. Cuánto añoro la melodía de tus gemidos, princesa.
Bajo las sábanas de aquella pensión, solíamos solazarnos los días que mi mujer tenía guardia. «Yo te alejaré de esta pocilga», te juraba, solemne, cruzando los dedos por detrás.
Anoche no te encontré en el solar; alguien me dijo que habías regresado a tu vida disoluta, a consolarte en otras camas. Salí con el ardor de un soldado y me adentré en aquellos tugurios de zombis desollados dispuesto a rescatarte.
Pero, insolidaria, tú ya habías elegido soltar amarras y resolviste quedarte en tu esquina, junto a tu farola. Cuando nuestras miradas se solaparon, escupiste en el suelo y me diste la espalda. Desolado, recogí de un charco mi orgullo y me fui a casa.
Hasta nunca, Sol.
Jamás me había sentido tan solo. Quién sabe; quizá mañana encuentre a otra solista que, aunque desafinando, entone de nuevo para mí el Sol·Fa··Re·Do.


lunes, 1 de diciembre de 2014

El marido de la carnicera

EL MARIDO DE LA CARNICERA

A Pascuala lo mismo le daba cubrir la mesa con un hule que con una sábana llena de cercos amarillos; total, para cenar con Nicolasa, su hija, tampoco hacía falta mucha ceremonia. Tras retirar las sobras del improvisado mantel, quedaron un racimo de uvas pochas y un vaso de gaseosa con una dentadura dentro.
Eztaba dudízimo el pavo refunfuñó chupando un huesecillo.
Era el Botas, madre. Padre dijo que, si ya no cazaba, mejor a la cazuela que al contenedor.
¡Te adanco la cabeza, zunodmal! chilló Pascuala, lanzándole el vaso. Tenía que habedte ahogado en el fdegadedo cuando nacizte, edez máz idiota que tu padde. Pod ciedto, ¿le tdoceazte bien con el hacha?
Sí.
 Bueno, ezcucha. Enzeguida zonadán laz campanadaz. Mientdaz yo me azomo pod la ventana y tido loz petaddoz, tú enchufaz la tditudadoda al mázimo y metez zuz cachitoz. ¿Eztá clado?
¿Qué haremos con el picadillo, madre?
Hambudguezaz. Y una badbacoa en el patio, con muuuchoz globoz. Azí invitaz al tontaina del cadtedo, a ved zi te cazaz de una vez y cuidaz de tu madde, una pobde anciana abandonada.
Nicolasa dio palmas de entusiasmo y abrió mucho la boca, dejando caer un hilillo de baba.


El encargo

EL ENCARGO


Pero ya nada sería igual para Chipi. Eso iba a descubrirlo enseguida, en cuanto la mamá de Gonzalo se perdiera con Carlota por donde las muñecas. Entonces este aprovecharía para sacarlo del bolsillo de su anorak y lo depositaría en la estantería de los videojuegos, susurrándole al oído «Locura Zombie Night, que no se te olvide». Nunca volvería a sentirse seguro entre los barrotes dorados de su jaula, dando vueltas y más vueltas en el columpio, desde que esa mañana al niño se le cayera su primer diente.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Beatísima

BEATÍSIMA

«En realidad esto del amor no tenía ninguna lógica», refunfuñaba doña Agustina a la salida de su misa diaria, cuando enganchada del brazo de la tontaina de su criada, «a Fernandita la he querido siempre como a una hija, a veces se me olvida que solo es la doncella», visitaba la tumba de su difunto esposo. Era injusto, con el dineral que le habían costado, que de aquellos rosales solo brotaran espinas; y que las estúpidas hortensias que había plantado la muy simplona fueran lo más florido de todo el camposanto.

Aunque lo más intolerable era el guiño que desde la foto hacía disimuladamente don Saturnino a la muchacha.

Brujas

BRUJAS


Empezó a pensar en un nuevo teorema que justificara las pisadas en el suelo recién fregado del pasillo. Era ella quien abría cada mañana la escuela; más tarde, a eso de las siete, solía llegar Arturo, el conserje. Pensativa, le dejó una pata de conejo en la garita. Luego se quitó los guantes de goma, cerró el cuarto de la limpieza y salió del edificio montada sobre su escoba.
Cuando iba a meter en el cajón la brocha y la espuma de afeitar, Arturo se encontró el amuleto peludo. Lo acarició indeciso y cruzando los dedos rogó para que a su mujer se le pasara lo del divorcio.


domingo, 9 de noviembre de 2014

Depredadores

DEPREDADORES

Lo que aterrorizaba a Samia cuando cumplió los once años no eran las sombras que atravesaba cada mañana cuando dejaba atrás el campamento camino de la escuela, ni los gruñidos de los coyotes.
Madre, no me obligues a vivir donde el tío Malik suplicaba agarrada de su túnica.
Hija, se hará lo que tu padre ordene sollozaba esta, mientras doblaba su ropita dentro de un saco.
Desde entonces, cada vez que se acostaba, Samia apretaba muy fuerte los ojos. Y las piernas. 
Cuando tres años después llegó su hermana pequeña al infierno de adobe, supo lo que debía hacer.
Aquella tarde, dos niñas corrieron de la mano hacia las dunas.
Aquella noche, no se escuchó ningún aullido en el desierto.






Lapidación

LAPIDACIÓN


El muñeco fue el primero en cerrar los ojos. Los apretó fuerte, muy fuerte, hasta dolerle toda la cara. Cuando cesó la lluvia de piedras sobre el cuerpo de su dueña, los volvió a abrir, pero no consiguió ver nada detrás de aquella cortina roja.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Champán y sal

CHAMPÁN Y SAL

Recuerdo que rodé por los escalones un par de veces antes de ser arrastrado por esta vikinga a su camarote. ¿Qué le habrían puesto al ponche aquel? ¡Si yo antes del tercer brindis no canto nunca! Dos sorbitos, un meneo en la pista de baile y hala, ya tenía su lengua metida hasta el paladar. ¿Cuánto tiempo llevaremos tumbados en esta cama? Qué mareo me está dando con la cabeza aprisionada entre sus muslos, casi no me llega el aire. Tengo la boca seca de tanto lamerle el caramelito, que a ratos parece a punto de descorcharse, pero nada, que no. Cómo tarda la tía, y eso que esta mañana no me afeité. ¿En qué idioma estará gimiendo… Astrid? ¿Ashley? ¿Cómo dijo que se llamaba? Ah, qué alivio, por fin ha terminado; vaya sacudida, del empellón me he caído al suelo. ¡Eh! ¿Qué hace la litera pegada a la pared y la ventana en el techo? Me da vueltas la habitación, menuda borrachera he pillado. Anda, esto que se me clava en la espalda, ¿qué es? ¿El pomo de la puerta? ¿Y por qué está entrando agua por debajo de… Glu glu glu.


Antes del Sapiens

ANTES DEL SAPIENS

Nada más ponerse erguidos sobre sus patas traseras comenzaron a mirar por encima del hombro a sus congéneres. Cuando se aburrieron de tener ociosas las manos, se les ocurrió fabricar útiles de cocina y herramientas, pusieron baldas en las cavernas y establecieron unas rutinas diarias
Para alimentarse, decidieron organizarse en cuadrillas de caza. Por las mañanas, bien temprano, los machos afilaban las puntas de sílex y al anochecer volvían agotados con corzos y liebres ensartados en palos que las hembras asaban en hogueras; más que nada para diferenciarse de aquella chusma.
¡Qué asco me dan! gruñían unos, arrojando piedras a los primates. Míralos, solo saben despiojarse, copular y… copular.
Nunca llegarán a nada asentían otros, altivos.
Y así continuaron, madrugando y trabajando, ante la mirada divertida de aquellos salvajes, que no hacían más que despiojarse, copular y… copular.



Alumno aventajado

ALUMNO AVENTAJADO

Descubrí la clave en el último verso del haiku que nos dictaba el señor Jiang, que cuando aquello vivía en un apartamento pegado al de mis padres. Detrás de dos frases muy raras que leí veinte veces sin entenderlas, me encontré con la tercera, que decía: «con la guadaña». Cinco sílabas que le daban todo el sentido al poema. Me percaté entonces de la indirecta que me estaba lanzando el tío, que siempre que coincidíamos en el ascensor se lamentaba de lo mustia que veía a su planta. Y se me ocurrió una idea.
Esa misma tarde, al salir de clase, cogí el primer autobús para regresar a toda prisa a casa. Mi madre todavía no había vuelto del taller de costura; mejor, porque nunca me dejaba enredar con los cuchillos. Así que cogí las tijeras del cajón de la cocina y podé el bonsái que tenía el profesor en el rellano de la escalera.
Ese año repetí curso.





Insomnio

INSOMNIO

Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad. Tardó unos minutos en acomodarse sobre el colchón mientras recordaba a su marido escupiendo por la ventanilla del coche, costumbre que repetía cada vez que se tomaba unas copas de cava en casa de sus suegros. «Si tiene que escupir, que lo haga. Lo único que pido es que se ahorre el gorgoteo».

Cuando sonaron cuatro campanadas en el reloj de pared de los vecinos, escuchó unos balidos apremiantes al pie de su cama y se dio cuenta de que el sedante no había hecho efecto. Entonces asumió, resignada, que tendría que contar ovejas otra noche más.

La venda

LA VENDA


Amelia trajinaba alegre por la cocina, canturreando. Ojeaba por encima el periódico abierto sobre la mesa mientras hervía la leche para el café y tostaba pan para el desayuno de Julio, su marido, que seguía acostado quejándose de agujetas. Al llegar a las páginas de deportes, buscó su nombre en la clasificación de la carrera. Recorrió durante unos minutos la hoja hasta que lo encontró, entre los diez últimos. «Si todas las tardes sale a entrenar. Además anoche llegó tan contento…». Ya en silencio, acabó de fregar la vajilla y sacó la ropa de la lavadora. «¿Esta mancha de qué es?».
Sobre el adoquín del patio se estrellaron juntos la pinza que Amelia sostenía en la boca, «me juró que aquello había terminado» y el poco orgullo que luchaba por conservar. Cuando recobró el aliento, se levantó de la banqueta y metió a remojo el calzoncillo manchado de carmín.


lunes, 13 de octubre de 2014

Pesca y caza

PESCA Y CAZA

«Recluida en el pozo seco, pronto se callará», decide Bruno escondiendo detrás del acuario la red mojada. Arrodillado con la oreja muy cerquita de la piraña, el niño cree escuchar su boqueo. Mientras, su hermana persigue por la tienda al dependiente de ojos aguamarina, que le explica que las tortuguitas son más sucias; que los peces naranjas son todos idénticos y que, cuando se mueren, los pequeños de la casa no distinguen a los intrusos en la pecera al llegar del cole.
Para cuando su hermana toda despeinada y el dependiente de ojos aguamarina salen del almacén, el pez ha muerto y Bruno lleva un rato dormido en el suelo.


sábado, 11 de octubre de 2014

Esta noche te cuento

ESTA NOCHE TE CUENTO


Atrás dejó el despertador, los viajes en metro, los recreos, las reuniones de padres y la pastilla para la tensión. Todo aquello quedó olvidado cuando se vino a vivir a este pueblo escondido entre montañas, donde podría hacer realidad su sueño: dedicarse a escribir.
Cada noche, después de podar manzanos, segar el campo, cosechar arándanos y limpiar las brozas del jardín, cogía papel y boli y antes de quedarse dormido soñaba con la primera frase de su siguiente cuento.

(Dedicado a JAMS)


domingo, 5 de octubre de 2014

La cabina

LA CABINA

Doris está anudándose la bufanda para marcharse cuando suena el teléfono.

«Nunca llego puntual al cole a recoger a Yeremi, carajo; tendré que ir pensando en cambiar de empleo», piensa resignada mientras se restriega la nariz con el puño y se coloca de nuevo el auricular y los cascos.

Servicio de emergencias, buenas tardes.

Al otro lado del hilo se oye una respiración profunda, como procedente de una caverna.

¡Por fin! ¿Hay alguien ahí? ¡Hola, hola, aquí! ¡A mí! ¡Socorro!

Señor, ¿en qué puedo ayudarle?

Me he quedado atrapado en una cabina y…

¿Una cabina? ¿De ascensor?

De teléfono, señorita. Y déjeme terminar, que solo me quedan tres pesetas. Yo pensaba que esta llamada era gratis.

«¿Pesetas?».

Escúcheme, joven. Esta mañana me metí aquí para telefonear a mi jefe porque llegaba tarde…

¿Dónde trabaja usted? pregunta por curiosidad. «Qué tío más viejuno,  ¿no tiene móvil?».

En Galerías Preciados. Desde su apertura, ¿eh?, soy de los veteranos. Entonces se atascó la puerta y unos desalmados vinieron con un camión grúa y me remolcaron hasta este almacén ¡lleno de cadáveres! Pero de camino me he fijado bien, tome nota: está justo detrás de la fábrica de Mirinda, no tiene pérdida. ¡Envíen ayuda, rápido…!

Cuando se corta la llamada, Doris se abotona el abrigo, estornuda, «vaya, me he resfriado otra vez», espera un par de minutos y como el hombre no vuelve a llamar, se levanta y ahora sí se marcha.

 


Tres son multitud

TRES SON MULTITUD

Cuando tan solo se encuentra a unos pasos de la frutería, Pepa dobla la esquina en sentido contrario, embriagada por un aroma que le hace salivar.
Te dije que dieras un rodeo y tú nada se lamenta abatida una voz interior.
¡Ni caso, reina! estalla una segunda voz. A ver, que llevas toda la semana masticando acelgas y tomando yogures desnatados. Qué tristeza, hija, de verdad.
Pepa se detiene frente al escaparate de la confitería del barrio. Antes, mete barriga para plegar las lorzas que sobresalen por encima del vaquero. Hoy está contenta: en el último mes ha conseguido bajar de la talla 46. Aunque, eso sí, el botón lo lleva incrustado en el ombligo.
Mmm se relame la voz tentadora. Fíjate en esa bandeja: bombas de hojaldre y nata recién hechas. Como para resistirse, ¿eh?
Peepaaa, date media vuelta y vete por donde has venido.
Una señora sale de la tienda y Pepa le sostiene la puerta. Ya está con un pie dentro.
Bah, por un dulce de nada, ¿qué te va a pasar? insiste la voz dominante. Luego subes andando las escaleras de casa y listo.
Buenos días saluda a la dependienta. Por favor, póngame un par de…


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Amor de nuera

AMOR DE NUERA


Ella no tiene habilidad ninguna para recogerse el pelo, ni para pintarse el ojo. Además siempre está con los dientes manchados de carmín y la línea de las cejas torcida. Vamos, un cromo, la vieja. Por eso yo misma me ofrecí esta mañana para peinarla y arreglarla un poco, aunque ya me imaginaba que no me dejarían ni entrar en su habitación. Casi que mejor, menudo pestazo que salía de ahí dentro. No entiendo cómo mi suegro, tan adorable, tan pincel, le tiene esa pasión. Cuatro brazos han hecho falta para separarle del ataúd.

lunes, 4 de agosto de 2014

Eterno candidato

ETERNO CANDIDATO

A Jero siempre se le dio bien todo lo relacionado con las actividades físicas. De pequeño fue un niño muy inquieto, así que no era de extrañar que con tan solo cuatro años cabalgara sin ningún miedo por el territorio Sioux a lomos de un potrillo; y que con ocho supiese tensar el arco con soltura y fuera capaz de acertar a gran distancia con sus flechas en el tronco de un sauce, habilidad que con los años iría perfeccionando hasta convertirse en un experto, para orgullo de su padre, el gran jefe indio. De carácter extrovertido, si había que bailar era el primero en apuntarse, lo que le vino pero que muy bien para aprender enseguida los pasos de la Danza del Sol. Y en cuanto veía que el jefe de otra tribu y su padre, con rostro por fin relajado, salían de la tienda y cogían una pala, corría a ofrecerse voluntario para cavar un agujero en la tierra y así poder enterrar el Hacha de Guerra que tanto le disgustaba.

Pero todo esto nunca fue suficiente para ser admitido en el grupo de los aspirantes al puesto de mando. Año tras año, Jero era siempre rechazado cuando, en la prueba de La Pipa de la Paz, le daba un tremendo ataque de tos.

sábado, 2 de agosto de 2014

Demencia

DEMENCIA

Desde que encontraron el cadáver de Holly hundido en el pozo negro, mamá se pasa los días deambulando como un fantasma por los pasillos y habitaciones sin parar de repetir «no olvides bajar la tapa, hija, no olvides bajar la…» cada vez que me ve entrar o salir del cuarto de baño. Está convencida de que se escurrió por el agujero del inodoro que ahora engulle cada nuevo cachorro de setter que obstinado trae papá cuando misteriosamente desaparece el anterior.
Solo el eco de esa cantinela, las descargas de la cisterna y los ladridos suplicantes me mantienen distraída. Porque desde aquello nadie habla ya de mi hermana. Ni de ella ni de nada. Por eso yo, para sentirme menos sola, sigo llevando mascotas a su tumba y en las noches de luna llena me quedo allí un ratito a jugar con sus sombras.



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