LA
CABINA
Doris
está anudándose la bufanda para marcharse cuando suena el teléfono.
«Nunca
llego puntual al cole a recoger a Yeremi, carajo; tendré que ir pensando en
cambiar de empleo», piensa resignada mientras se restriega la nariz con el puño
y se coloca de nuevo el auricular y los cascos.
―Servicio de emergencias, buenas tardes.
Al
otro lado del hilo se oye una respiración profunda, como procedente de una
caverna.
―¡Por fin! ¿Hay alguien ahí? ¡Hola, hola, aquí! ¡A mí!
¡Socorro!
―Señor, ¿en qué puedo ayudarle?
―Me he quedado atrapado en una cabina y…
―¿Una cabina? ¿De ascensor?
―De teléfono, señorita. Y déjeme terminar, que solo me
quedan tres pesetas. Yo pensaba que esta llamada era gratis.
«¿Pesetas?».
―Escúcheme, joven. Esta mañana me metí aquí para telefonear
a mi jefe porque llegaba tarde…
―¿Dónde trabaja usted? ―pregunta por curiosidad. «Qué tío más viejuno,
¿no tiene móvil?».
―En Galerías Preciados. Desde su apertura, ¿eh?, soy de los
veteranos. Entonces se atascó la puerta y unos desalmados vinieron con un camión
grúa y me remolcaron hasta este almacén ¡lleno de cadáveres! Pero de camino me
he fijado bien, tome nota: está justo detrás de la fábrica de Mirinda, no tiene
pérdida. ¡Envíen ayuda, rápido…!
Cuando
se corta la llamada, Doris se abotona el abrigo, estornuda, «vaya, me he resfriado
otra vez», espera un par de minutos y como el hombre no vuelve a llamar, se
levanta y ahora sí se marcha.