viernes, 3 de julio de 2015

Escarmientos

ESCARMIENTOS


—Usted me entiende, ¿verdad que sí, don Blas? Ella era lo que más quería, y después de tantos años juntos ¡ahora pretendía abandonarme! Yo siempre animándola, «veeenga, que ya falta poooco». Pero nada. Caminaba a su lado, tiraba de ella y todo eran protestas. Puede que la culpa fuese mía, no digo que no; tan liado andaba con mis cosas que quizás no presté suficiente atención a sus necesidades. Y de mientras, ella fue volviéndose cada vez más exigente y achacosa y vieja y fea... Hasta que un día, harto de oír sus quejidos, me dije ¡basta! Y la empujé por aquel barranco.

Mientras pasa un trapo sucio por la barra, Blas escucha con aparente desinterés, como suele hacer con los parroquianos de ojos encharcados. Observa al pobre infeliz que ahoga sus penas en un vaso; una bicicleta despeñada no le parece mala idea. Ahora mismo está pensando en decirle un par de cosas a su Vespa, y esta vez va a ir muy en serio, qué se ha creído.



lunes, 1 de junio de 2015

La estocada

LA ESTOCADA


Por fin parpadeas, Sabeliña. ¿Esto es una lágrima? No, no llores, tontina, pero sobre todo no trates de hablar: con tanto tubo que te metieron por la boca y la nariz podrías lastimarte. Y deja de dar manotazos al aire, ¿qué andas buscando, el timbre de la enfermera? Lo enrollé en el gotero; hasta dentro de una hora no pasará el doctor. ¿Sabes que estás muy guapa con la cabeza vendada? Solo recordarte hace un mes, tendida en la cocina con los sesos desparramados por el suelo… ¡Qué sustos me das, malvada! Con lo dura de mollera que eres, me pasmó la facilidad con que reventó el cráneo al estrellarse contra las baldosas. Nunca quisiste entender que una mujer decente no puede ir por ahí insinuándose; claro, así luego el panadero te metía un bollito de regalo en la bolsa cada vez que ibas a comprar el pan, ¿o te crees que no me daba cuenta? Es eso, piensas que soy tonto, ¿verdad? Pues entérate: en el cuartelillo los guardias se tragaron mi patraña del ladrón. ¿Qué intentas ahora, infeliz? ¿Gritar? Mira, ayer estuve afilando el cuchillo jamonero; corta bien, ¿eh? Mala pécora, ya tuviste que estropearlo todo otra vez.

Magia express

MAGIA EXPRESS


—La inquisición no tardará en llegar ¡y este mejunje no rompe a hervir…! ¡Ayayay! —se impacientaba Agnes la coja—. ¿Estará lista la pócima antes de que se nos echen encima?
—Anda, calla un poco y haz algo. —Su prima Mirtha arrastraba un dedo pringoso sobre un pergamino con la receta que les salvaría de la hoguera—. ¿Has añadido el huevo de cuco?
—Sí, lo batí con la cabeza de murciélago y las ortigas, como dijiste.
—Bueno, esto ya hace chof chof; a ver qué pone aquí: «Aplicar sobre el rostro hasta formar una costra y en cinco minutos desaparecerán las verrugas sin dejar cicatriz».


Auras

AURAS

—…Y las azules, las del abuelo, revelan unos pulmones fríos. Porque aquel del puro chamuscándole los bigotes es tu abuelo, ¿no? dijo Theresse, apuntando con un dedo al porche mientras fumábamos unos canutos en el jardín—. Cáncer, sin duda.
respondí mosqueada. Los médicos le han dado dos meses de vida.
—El verde-grisáceo sobre tu cabeza —prosiguió refiriéndose a mí— indica un conflicto sin resolver. ¿Te pasa algo, reina?
—Tía Marta —interrumpió mi sobrino de catorce años, que se arrimaba a nosotros en cuanto le olía a hierba—: el rojo entre las piernas de Theresse y tu novio cuando se miran, ¿qué es?





martes, 12 de mayo de 2015

Trapos sucios

TRAPOS SUCIOS

La misma tarde que una camioneta aplastó bajo sus ruedas a mi gato se averió la lavadora. De eso hace ya dos meses. Durante varias semanas mi único entretenimiento fue asomarme por el balcón del patio a mirar los tendales de las vecinas, pero siempre veía a sus mininos relamiéndose las patas sobre los alféizares, lo cual me causaba mucho disgusto y desazón. Un día me cansé de contemplar bragas, uniformes del Carrefour y calcetines de tenis. Cuando se me empezaron a acumular batas llenas de lamparones y pañuelos con mocos, me acordé de la lavandería que habían abierto hacía poco en el barrio. Así que metí toda la ropa sucia en una bolsa, compré en el quiosco de abajo el Hola, y en cinco minutos ya estaba en el local viendo cómo mi ropa giraba en el interior de un tambor.
Me senté en una silla frente a la lavadora y abrí la revista. Aunque no pasé ni de la primera hoja, me fue muy útil para ocultarme detrás de sus páginas y poder mirar con disimulo al tipo que acababa de entrar. Era un muchacho joven, con pinta de no haber pisado una peluquería en su vida, que solo paró de mover la cabeza adelante y atrás y tocar una guitarra imaginaria cuando metió a lavar un edredón, unas cortinas y un pijama de su talla; todo de Bob Esponja.
A la semana siguiente volví. En una de las máquinas al fondo del local, me fijé en un señor muy bronceado, elegantísimo dentro de su traje gris y con las canas engominadas hacia atrás, que doblaba cuidadosamente en una maleta de viaje de Louis Vuitton un montón de toallas blancas, todas con anagramas de hoteles como Sol Meliá, Palace, Hilton… Un poco más allá, un tío con los antebrazos cubiertos de tatuajes pasaba con mimo un cepillo a un osito que acababa de  sacar con todos los pelos de punta del centrifugado.
En un par de meses, ya era asidua del local y conocía a casi toda la clientela. Un día antes de salir, mientras esperaba a que terminara mi programa de secado, ayudé a doblar las fundas del sofá a Rosaura, la vecina del quinto, que casi siempre andaba por allí. La primera vez que vine tan desconsolada me dio todo su apoyo y un paquete entero de kleenex, eso no se olvida nunca. Sentada en un banco pegado a la pared, tejía un calcetín y charlaba animadamente con el de la guitarra. Oí que le comentaba lo calentita y entretenida que estaba aquí y que por eso venía todos los días con alguna muda o algún tapete salpicado de café.
Me despedí y camino de casa fui haciendo un recuento mental de toda la ropa que tenía olvidada en armarios y cajones y a la que no vendría mal un buen repaso. Decidí también que en cuanto naciera alguna camada de gatos en el barrio, me subiría uno al piso; metiendo un cojín dentro del tambor de la lavadora rota, bien podría servirle de cama.
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domingo, 10 de mayo de 2015

La tienda de antigüedades

LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES

El viajero está echado, boca arriba, sobre una chaise-longue forrada de cretona. La mujer que le acompaña, casi una niña, acomoda bajo su cabeza un almohadón. Él le acaricia la mano, agradecido. La joven cuelga en el perchero su blazer de lino y se pone a curiosear por la tienda: se prueba tocados frente a un espejo de bronce, abre y cierra un paraguas de encaje negro, se pasa un cepillo de marfil por los rizos mojados que caen sobre su frente… A ratos se acerca a la puerta para contemplar las callejuelas vacías, el cielo plomizo. Después continúa paseándose entre tanta maravilla, admirando las fotografías en sepia, acariciando los baúles de cuero, ojeando algún libro descolorido y volviéndolo a posar por ahí, encima de cualquier repisa.
El anticuario va solícito tras ella. Coloca las muñecas de porcelana de nuevo en sus sillitas, intenta seducirla con los joyeros de nácar, le detalla la procedencia de los relojes de cuco que tanto entusiasmo le causan.
Sin dejar de sonreír, la muchacha desvía ahora su mirada turquesa hacia el ventanal del escaparate. Unos rayos de sol comienzan a abrirse paso a través de los nubarrones. Entonces se dirige a donde dormita el hombre y le zarandea con suavidad.
—Abuelo, ha dejado de llover. Tenemos que darnos prisa si no queremos perder el último tren.

Sin acritud

SIN ACRITUD

Tras varios meses de angustiosa espera y el ingreso en el hospital, Diego se llevó a su mujer y al pequeño Hugo, ya bastante recuperado de la operación, a Benidorm, donde habían pasado su luna de miel. El primer día de playa, cuando salía de darse un chapuzón, vio cómo ella besaba cariñosamente al socorrista.

Jamás preguntaría por qué aquel tipo, cuya cara le resultaba tan familiar, tenía esa cicatriz en un costado.

Mein Kampf

MEIN KAMPF

Ya no podíamos contar con él, había repetido entre lágrimas mientras hacía el macuto. La abuela le envolvió unas tortas de pan en un mantelito blanco y luego se dirigió con la cabeza gacha al corral a poner grano a las gallinas. Que si le echaríamos de menos, gritó a mitad del sendero. ¡Claro que sí, Hans, ten ánimo, hijo mío!, voceó llorosa mamá desde el zaguán agitando una mano de despedida.
Todavía siguió diciendo adiós mientras caminaba junto a otros muchachos hacia la estación de tren.
Y allí, entre campos de maizales, nos quedamos muy calladas las tres mirando pasar decenas de vagones negros.


Mapamundi

MAPAMUNDI


Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón. Esbozos de calles, postes en tres colores y caminos de rayas blancas y negras con flechas, para cruzar bien hasta el parque. La fachada del bar de Paco y un reloj en las dos: eso significaba la hora de comer. Un monigote de un señor calvo con narizota, parecido a Jacinto, el del kiosco, junto a unas monedas de euro, de veinte céntimos y de diez, le hizo sonreír. Pero qué buena es mi Amparito, suspiró, de nada se olvida. Y antes de que se le pasara pegó en la tapa del bloc una foto de ella dentro de un corazón.

La escena del crimen

LA ESCENA DEL CRIMEN 


El incómodo cadáver del mediador de familia, tirado en el suelo de la alcoba del servicio sobre un charco de sangre, cognac y vidrios rotos; la duquesa, esposada y en camisón, siendo conducida por dos agentes hacia el vehículo policial; la joven doncella, en cuclillas en una esquina, mordiéndose inconsolable la punta del delantal; y el pobre duque, medio legañoso aún, contemplando perplejo los añicos en que se había convertido la botella más valiosa de su colección.

El disparo

EL DISPARO

Desde que ayudé a papá a limpiar con un paño la escopeta y le apunté como en la tele y luego todo se llenó de olor a pólvora y a humo, y vinieron unos policías y me arrastraron por la alfombra del salón... los Reyes Magos ya no me traen insignias de sheriff, ni pistolas.
Solo ceras y acuarelas.

Mami llora cuando ve mis dibujos. 

Cuando se apaga la noche

CUANDO SE APAGA LA NOCHE

Cerramos enseguida, don Raimun… Le cuesta al mesonero tutear al viejo poeta. Rai. Es tarde.
Apenas repara en la deferencia, pero le entristece ese plural. «Tan solitario como yo», piensa. De un trago apura la ginebra y gruñe una despedida. Un hasta mañana. No se abrocha la chaqueta de franela, pues el temblor de sus manos tropieza con los botones. También con la máquina de escribir. Desde lo de Elisa.
Elevamos sueños, tesoro. «Cuánta soledad», se dice al oír a una puta apoyada en un contenedor. La mujer le acepta un cigarrillo y juntos arrastran sus sombras por el empedrado de la ciudad.

domingo, 29 de marzo de 2015

El móvil

EL MÓVIL

—¿Cuándo piensa aparecer el fiscal? —El juez sacaba aburrido papeles del portafolios y los volvía a meter. Miró de nuevo el reloj de la sala. —Llevamos  una hora de retraso y tengo otra vista en breve. «Encima estoy sin tablet y no puedo navegar», masculló disgustado.
—El señor Romero —intervino Yagüez, el charlatán de Siniestros— me acaba de mandar un wassap, señoría. —Se acercó al estrado y le mostró la pantalla. «¡Qué fenómeno este dispositivo, si no pesa nada! Y yo con esta mierda patatera del siglo pasado», murmuró manoseando la pantalla. —Parece ser —prosiguió Yagüez, intentando sin éxito arrebatarle el aparato— que subió el viernes a la nieve, pero ha coincidido con la semana blanca del calendario escolar y dice que hay atasco; o sea, que aún tardará en llegar.
El juez garabateó en su agenda la marca y modelo del móvil y suspendió la sesión.



El extranjero

EL EXTRANJERO

Con este decomiso ya van cuatro hoy aseveró el juez al tipo que levitaba en la sala, señalando la esterilla tirada delante del estrado. Y esta vez tenemos el testimonio del propietario de la lavandería, que le vio salir con ella. Y dirigiéndose al traductor, prosiguió—: ¿No cree que el detenido debería considerar un plan serio de futuro como, no sé, sacarse el carné de conducir, por ejemplo?  Es peligroso ir volando por ahí en una moqueta, ¿sabe? Y no digamos en un tapete de cartas. ¿Tiene algo que decir?
El acusado, señor intervino tímidamente el intérprete ronca hace rato. ¿Podemos aplazar la vista unas horas?
Tendrá sueño, pobre se enterneció el juez, arropándole con una alfombra de la sala—. No me extraña, con tanto trajín. Que descanse, déjele. Pero asegúrese de que, cuando despierte, no vaya a escaparse subido en el felpudo de la entrada.



El reino pobre

EL REINO POBRE

Cansada de esperar al marido y al hijo, la Reina se levantó de la mesa y fue a buscarles por el castillo.
¡Doriiistires! ¡Pepiiindio! ¡Que se enfría la sopa!
Recorrió pasadizos y aposentos, lamentándose de los desconchones y humedades en las paredes; bajó a las mazmorras tapándose la nariz, y subió las escaleras con cuidado de no tocar la barandilla agrietada.
¿Qué estáis haciendo aquí?
Pepindio se ha fundido la colección de monedas en juergas. Esta mañana llegó haciendo eses y se cayó al foso, así que le he ordenado fregar los cañones. Si no quiere casarse, algo útil tendrá que hacer.
—¡Estoy harto de tanto frotar!
Hijo, por una vez  tu padre tiene razón; deberías encontrar una princesa adinerada que nos saque de esta ruina.
Vaaale... Pero la elijo yo
—¡Con lo escogido que eres! Que si la que se pinchó el dedo con la rueca es un muermo, que si la del guisante bajo el colchón una tiquismiquis…
En la taberna he oído hablar de la Princesa del Pueblo. Es de un reino muy lejano: Hispania o algo así.

Toma —se entusiasmó el Rey—: papel, tintero y pluma. Escríbele una carta. Pero sin faltas de ortografía, ¿eh?

miércoles, 18 de marzo de 2015

La asistenta

LA ASISTENTA

A su edad, bastante agradecida tiene que estar Gregoria a doña Luisa por no echarla de la casa y sustituirla por una chica joven y vigorosa; porque con setenta y ocho años, la verdad, una ya no trajina igual con los cacharros y la colada que cuando era moza y no sufría de artritis. Por eso realiza las tareas del hogar feliz y sin rechistar. Y en silencio. Que la señora, desde lo del esposo, anda un poco de los nervios y cualquier ruido de nada le suele alterar.
Así que cada mañana, después de tomarse despacito las galletas reblandecidas con el café y las pastillas que le ha recetado el doctor, Gregoria se pone a acaldar la casa: que si airea estas sábanas por el balcón, que si pica ajo y cebolla para el caldo de pollo, que si revisa las bolitas de alcanfor repartidas por armarios y cómodas…
A lo largo de la jornada, ella va tomándose sus descansos. Hay veces que hasta se queda traspuesta en la mecedora de la galería, tan a gustito al sol, o en alguna de las camas; pero en cuanto consigue reponerse, continúa doblando camisones o pasando el polvo de las baldas; de las más bajas, que a las otras no llega.
Cuando a eso de las nueve y media doña Luisa se bebe su vasito de leche caliente con ron y empieza a bostezar, Gregoria va al cajón de la cocina, se pone los guantes de podar los rosales y entre las dos levantan del sillón de orejas el cuerpo disecado de don Federico y lo acuestan en su cama. A continuación, Gregoria da las buenas noches, apaga las luces del pasillo y se retira derrengada a su alcoba.
Y al día siguiente vuelta a empezar.


miércoles, 4 de marzo de 2015

Penurias

PENURIAS

Antonia remueve el agua con fideos y la pastilla de caldo vegetal mientras añade un huevo duro troceado al puchero.
—Está buena —dice Mauricio sirviéndose otro cacillo—. Un poco sosa. ¿Tú no comes?
Antonia empuja el salero al brazo izquierdo del marido; del derecho le cuelga una manga vacía.
—Después, ahora no tengo apetito.
—¿Hay segundo?
—Si quieres, puedo asarte una manzana.
—Hace mucho que no comemos carne.
—El sábado traeré pollo. Pediré un adelanto a la señora.
—Trabajas demasiado, Antonia. Esos señoritingos se aprovechan. Para la miseria que te pagan…
—Nos da para pagar las facturas. —Al instante, se arrepiente—. No quise decir eso.
—No. Tienes razón. Soy un inútil.
—En serio, perdona.
—Mañana iré a ver al Genaro —se anima de pronto—, quizá necesite una mano con el reparto. —Sonríe amargamente tocándose el muñón—. Ya verás —le acaricia la mejilla— este domingo ¡chuletas!
—Claro, Mauricio —suspira ella tragándose las lágrimas.

—Y pasteles, Antonia. Y pasteles.

Negocio familiar

NEGOCIO FAMILIAR

Desde pequeña, Juliette se dedicaba a garabatear monigotes y paisajes hasta en el papel pintado de su habitación. Su madre los fregaba con lejía, pero la niña, testaruda, seguía haciendo retratos en el cuarto de baño y bodegones en las paredes del salón. Valiéndome de mi autoridad paterna, tuve que hacer algún secuestro furtivo de ceras y acuarelas, aunque según sus profesores tenía un gran futuro con los pinceles. Cuando al cumplir los dieciocho nos anunció que quería irse a vivir en plan bohemio a una mansarda frente al Sena, nos enfadamos mucho y le cortamos la asignación. En el negocio de tu padre, le dijo mi mujer, también puedes ganarte la vida con los colores. No sé si acertamos, porque ya no nos habla y anda siempre enfurruñada; con el buen salario que le pago como maquilladora en la funeraria.


Once de septiembre

ONCE DE SEPTIEMBRE

A nadie se le ocurrirá que solo quiso volar como hacían antes las mariposas en su estómago. La noticia abriría todos los informativos, y ella nunca podría perdonarse el haberle abandonado.
Antes de saltar desde la azotea apretará en su puño la alianza, pero el choque de aquel inoportuno avión contra la torre le robará todo el protagonismo.



La madre

LA MADRE


En el último momento la vocecita de Jana en el asiento trasero me hizo dar un volantazo antes de salirme en aquella curva. Miro por el retrovisor: nuestra pequeña se parece dolorosamente cada vez más a ti. Ahora consuela a su muñeca con la misma nana que inventaste para acunarla cuando una pesadilla le asaltaba en sueños. No ha vuelto a pedirme que se la cante; en estos siete meses hemos aprendido juntos a no vernos llorar.