viernes, 20 de abril de 2012

Sueño atrasado


SUEÑO ATRASADO

Se entrenaban para estar muertos todas las noches. Qué torpes, yo lo aprendí  enseguida; y a dar la pata, traer las zapatillas…, pero a ellos les costaba. Cuando mamá terminaba de acunarles y cantarles nanas, los mellizos caían en un sopor que solo duraba unas horas. Entonces comenzaban los berridos y vuelta a empezar. Y así cada día, cada semana, cada mes. Anoche, por fin, mamá consiguió lo que nunca: no han despertado para saciar su glotonería y ni siquiera se han movido de sus cunitas.
Aunque me haya quedado sin lecho, tenía que habérsele ocurrido antes lo del almohadón.

lunes, 26 de marzo de 2012

El destino

EL DESTINO


Lo que amortiguó la caída fue su abultado traje de plumas y la alfombra de hojas con que la estación había cubierto el suelo, así que solo se llevó un buen susto y algunas contusiones. Herido en su orgullo y muerto de hambre se alejó de allí a pasitos y se aventuró entre los árboles  del bosque.
Durante todo el día no fue capaz de atrapar ni una mísera lombriz. Comenzó a sentirse débil y se dejó caer en la hierba, abandonándose a su suerte. Empezaba a oscurecer cuando de pronto una bolita cayó a su lado. Se acercó hasta ella, se la tragó y enseguida empezó a sentirse mejor. Encontró otra y otra y otra más allá y animado siguió el reguero de miguitas hasta llegar a un claro donde escuchó unos ruidos. Sintió curiosidad, aquellas dos voces infantiles no le infundían ningún temor, pero ya había tenido suficientes emociones por hoy.
Aquella mañana, su madre le había expulsado a picotazos del nido acusándole de parásito e impostor; y todo por culpa de su hermano pequeño, que tembloroso le contó cómo había  empujado a codazos a los otros huevos.
Agotado tras esta jornada, se acunó entre la hojarasca y no oyó acercarse a aquel monstruo de enormes ojos amarillos.

sábado, 17 de marzo de 2012

Detrás de la puerta


DETRÁS DE LA PUERTA


Matías no regresa a casa nunca antes de las doce de la noche. Se levanta tarde y pasa las mañanas en el parque, donde comparte un mendrugo de pan con los patos del estanque. Después de la hora del almuerzo se deja caer por el piso de su sobrina, salvo los días festivos en que está el marido, («te lo advierto, no quiero ver a ese pordiosero en mi casa»).

Sentado en una banqueta de la cocina se toma a sorbitos un cuenco de sopa caliente o un café con leche. Mientras, la mujer friega la vasija y observa conmovida cómo el viejito sigue las líneas del periódico con un dedo tembloroso.  En la tele, el hombre del tiempo anuncia «la llegada de un frente polar que barrerá la península provocando un brusco descenso de las temperaturas, con cota de nieve a nivel del mar y fuertes ráfagas de viento en el litoral cantábrico. Recomendamos mucha prudencia en la carretera y permanezcan en lugares protegidos del frío».

Cuando el reloj avisa de la llegada del marido, Matías le roza la mejilla con la mano y se despide. Ella se traga las lágrimas y le desea buenas noches.

—Abríguese bien, tío, —insiste mientras le abotona hasta el cuello—, que está usted un poco acatarrado.

—Eres muy buena.


El anciano abandona el piso y desde las ocho deambula sin rumbo por las callejuelas del centro. Como le asusta el ajetreo y los bocinazos de los coches, se oculta entre las sombras o en los portales vacíos hasta que la calle queda desierta y se iluminan las ventanas de los edificios. Es entonces cuando sale confiado de sus escondrijos y se deja envolver por la oscuridad.

Esta noche se ha encontrado unas monedas en el bolsillo del abrigo, «esta mujer es una bendita, un día tengo que traerle un regalo», y se compra unas castañas en un puesto callejero. Primero se calienta las manos con ellas y cuando ya están tibias las desmenuza y las ablanda en la boca hasta hacerlas puré y poder pasarlas. Poco a poco se encamina hacia su casa.

El piso de Matías ocupa la primera planta de un edificio de dos alturas. El de arriba está deshabitado desde que fallecieron sus inquilinos, hace unos años. El hombre sube las escaleras de madera que crujen bajo su peso, introduce la llave en la cerradura y empuja la puerta, pero esta solo cede unos centímetros. Insiste durante un rato, apoya la espalda contra ella, pero nada, solo se abre lo justo para pasar un brazo. Cansado por el esfuerzo, se rinde ante la evidencia. No tiene ánimos para volver donde la sobrina y enfrentarse con la mirada amenazadora del bigotes, así que se acurruca en el rellano, acomoda las bolsas que trae para formar una almohada y se queda dormido.

Tres días más tarde, alertados por la sobrina, una pareja de policías se presenta en el inmueble de Matías. Desde el portal escuchan un alboroto estremecedor. Cuando llegan al piso, la imagen que descubren les deja paralizados: al verse sorprendidas, docenas de ratas abandonan su festín, saltan sobre los restos del anciano y escapan escaleras arriba, hacia la calle y al interior de la vivienda escalando una montaña de bolsas de basura.


sábado, 10 de marzo de 2012

Desacuerdos

DESACUERDOS


«…y además nos hace daño, eso dijo el doctor». Las dos hermanas están enzarzadas en una pelea sin fin. Mathilda no da su brazo a torcer y menos ahora que comienza a surtir efecto la botella que empina desafiante. Está harta de que la ningunee, así que hará con su vida lo que le venga en gana. ¿Acaso le pidió su opinión al copular con aquel demente baboso? ¿Qué piensa hacer la muy idiota con un bebé en este hospicio? Y mientras la bruma etílica le nubla la mente, nota una punzada metálica en el único corazón que late en el cuerpo de las siamesas.

domingo, 4 de marzo de 2012

Tres por dos


TRES POR DOS

Tendría yo unos veinte años cuando aprobé las oposiciones y decidí independizarme. Mi hermana pequeña se quedó encantada con la habitación entera para ella sola y mis padres me ayudaron a amueblar el piso nuevo. Había llegado el momento de demostrar que podía valerme por mí misma y aunque no tenía ni idea de cocinar, ni de hacer la compra, ni del precio de las cosas, ni de nada, me daba igual: ya lo iría aprendiendo.
Unos meses después me di cuenta de que no podía vivir solo de latas, espaguetis y tortillas, así que un sábado me acerqué hasta el mercado de la ciudad donde solían gastar mi madre y mi abuela. Los puestos de frutas y verduras estaban ordenados en hileras en la calle y los de carne y pescado dentro del edificio, a la sombra, para preservarlos del calor. Me quedé maravillada de la gran variedad de nombres que tenían algunas frutas; de las berzas colgadas en las esquinas de los tenderetes; de las legumbres de todos los colores en saquitos para ser vendidas a granel. El trajín de las mujeres con sus carros llenos de bolsas, el vocerío del género, el olor a cebollas tiernas y quesos… Me sentí inmersa en un mundo lleno de vida que hasta entonces no conocía.
Mientras disfrutaba del paisaje y decidía qué iba a comprar—no llevaba una lista con lo necesario—  me quedé parada a la altura de un puesto de lechugas. Me llamó mucho la atención lo grandes que eran, pero no recuerdo haber pronunciado palabra.
—¡¡¡Niña, aprovéchate, que por el precio de dos te llevas tres!!! Y con una habilidad pasmosa para su envergadura, la mujer no había terminado la frase y ya me había colocado en la mano una bolsa con tres lechugas enormes. No supe negarme, no protesté. La bolsa estaba en mi mano, ¿cómo se la iba a devolver? No me pareció apropiado hacerle un desprecio, quizá era una de esas ofertas que no se podían rechazar…
Esta sencilla lección de economía quedó grabada a fuego en mi memoria. Terminé mis compras y acabé llevando doscientos gramos de jamón York que pesaron trescientos cincuenta, «guapina, se puede congelar, eh», casi dos kilos de naranjas (solo había pedido uno) y no sé qué más. «Hay que ver el remango que tienen en este sitio», pensé abrumada, «creo que me han visto cara de pardilla». Cuando llegué a casa rendida por el peso miré con cariño la tienda que hay justo debajo. Con cierto desasosiego me dejé caer en una silla de la cocina y contemplé abatida las bolsas. Tenía la sensación de que me habían estafado. ¿Qué voy a hacer con tanta lechuga? Se me ocurrió organizar una cena con los amigos a base de ensaladas, pero enseguida descarté la idea, pues en las reuniones solíamos tirar más de embutidos, quesos y pinchos. Se habrían extrañado, me habrían acosado a preguntas incómodas y habría tenido que reconocer mi torpeza, y no. También pensé en montar una granja de conejos, pero tampoco era viable, porque vivo en un segundo sin terraza.
Así que tuve que asumirlo: resolvería el problema verde yo sola. Durante los siguientes días me estuve alimentando de ensaladas y sándwiches vegetales, bien rellenos de hojas de lechuga y doble de jamón York. Pero llegó un momento en que se pusieron tan mustias y negras que ya no había por dónde cogerlas, así que no me quedó otra que tirarlas a la basura. En concreto, dos lechugas y un cuarto acabaron en el cubo: la inversión no había resultado rentable.
Como en esta vida hay que hacer una lectura positiva de todo, aprendí de la experiencia. Desde entonces adquiero solo lo necesario. Ya no pido la fruta por kilos, sino por piezas, y a ser posible las escojo yo; el jamón, por lonchas; no he vuelto a acudir a esos sitios donde atan con una gomita cinco o seis puerros y te los despachan en manojo; siempre voy con la lista hecha y tengo mucho cuidado con las ofertas. Puedo afirmar con orgullo que no tiro nunca nada por haber comprado en exceso.
Me sigue fascinando el bullicio de los mercados y cuando viajo a otras ciudades no dejo de visitarlos, pues siempre me ha parecido que aportan una información muy valiosa de la zona. Los que más me gustan son los de abastos de pescado y los mercadillos de flores. Pero si veo que hay poca clientela me quedo a una distancia prudente y los contemplo desde lejos, no vaya a ser que me pillen despistada y sufra una recaída.

martes, 28 de febrero de 2012

La señal



LA SEÑAL

Es otoño y una alfombra de amarillos y naranjas cubre los campos de esta aldea: es la época de la recolección de calabazas. La excelencia de este cultivo ha llamado la atención de compradores de toda la comarca que acuden puntuales en busca de tan preciado producto. Cada jueves, Julián prepara su mercancía para entregarla en la cooperativa: limpia a fondo el carro, dispone las mejores calabazas de su huerta y hace el recorrido a pie hasta el almacén, donde recogen su cosecha.  Después regresa a casa con algunos productos básicos que adquiere en el economato y no vuelve a aparecer por el pueblo hasta la semana siguiente.
Julián vive en un caserón que perteneció a sus abuelos, aislado y oculto por un bosquecillo. Aunque es un hombre muy querido ya no se relaciona con nadie. La primavera anterior —hace ahora seis meses— el automóvil de su mujer, entonces a punto de dar a luz a su primer hijo, apareció hundido en el río y aunque todo el pueblo se entregó a las tareas de rastreo, solo encontraron el vestido que llevaba puesto, roto y ensangrentado. Nada más. Julián no pudo conocer a su hijo, ni puede llevar flores a una tumba, pero tiene un presentimiento muy fuerte: algo en su interior le dice que ella no está lejos. Es la única motivación que le queda, lo que le mantiene vivo. Así que el resto de la semana se dedica a inspeccionar el camino junto a la vereda del río en busca de una pista, escudriñando cada matojo, cada repecho, cada roca… Cuando oscurece, se abandona en la soledad de su casa y solo le vence el sueño después de llorar durante horas. Este es su día a día.
Hoy es jueves y Julián se entrega a su rutina semanal. Recorre los kilómetros que distan del almacén y cuando está a un paso del aparcamiento lleno de furgonetas y carros, escucha un griterío. Como no es lo habitual, observa desde su posición al grupo que con gran alboroto se mofa de unas cajas apiladas en el suelo. Al propietario de las mismas, Jeremías, se le ve muy complacido de ser el centro de atención. Pero en cuanto Julián consigue atisbar por entre el corro el motivo de tanto jaleo, nota cómo un rayo le abrasa todo el cuerpo cortándole la respiración.
La pila de cajas que Jeremías, su vecino más cercano —un tipo grosero, lascivo y de mal beber, a quien todos en el pueblo evitan cruzarse por la calle—, ha descargado de su furgoneta está repleta de calabazas deformes: unas reproducen unas manos y otros detalles del cuerpo humano; las más celebradas son unas partes íntimas de mujer; otras parecen llevar una figura siamesa adosada, como un feto aferrado al vientre de la hortaliza.
Cuando por fin consigue despegar las manos del carro, Julián aspira unas bocanadas de aire fresco que le devuelven a la carretera donde se ha quedado inmóvil; se da la vuelta y retoma el camino por donde ha venido. Le llevará una hora llegar hasta el cobertizo de ese miserable, aguardar su regreso y abrirle la cabeza con una pala en cuanto atraviese el umbral. Después, se tomará todo el tiempo del mundo para excavar hasta el último centímetro del terreno y recuperar lo que el malnacido le arrebató, hace ahora seis meses.

La profecía


LA PROFECÍA

—Veo junto al reloj unos números grabados en su piel cubiertos por una maraña de vello, parecen tres nueves. El sospechoso balbucea palabras inconexas, creo que está drogado. ¿Le detenemos, señor?
El sargento recibe en su despacho el informe telefónico. Ese tatuaje no pertenece a ninguna de las bandas criminales de los bajos fondos y un mal presagio le retumba en el cerebro.Tras unos instantes, la secuencia numérica se le aparece invertida. Pero cuando Intenta restablecer contacto con el agente para prevenirles ya es demasiado tarde.
Al otro lado del hilo solo se escuchan los estertores de los dos policías que agonizan y de fondo un aullido estremecedor.

Morriña


MORRIÑA

A día de hoy, frente a esta pantalla y teclado que sustituyen al papel y bolígrafo de siempre, escribo mis memorias; bueno, más bien mis recuerdos. Cuando me jubilé decidí introducir algunos cambios en mi estudio y contraté a Benito, mi carpintero de confianza, para hacer una mesa-estantería. Ahora disponía de todo el día libre y mi afición siempre fue escribir, así que pensé que había llegado el momento de dedicarle más tiempo. Le encargué una pieza sobria que tuviese un espacio debajo de las baldas para escribir y le insistí en que fuera amplio, porque quería tener todo lo necesario a mano. Al cabo de unos días el mueble de roble —siempre me han gustado los materiales de calidad— estaba casi terminado.
Mientras leía una novela en mi butaca favorita, oí a Benito que me reclamaba desde la habitación contigua. “Acérquese, don Lorenzo, a ver qué le parece, que ya está casi terminada. Solo faltan algunos detalles”. El conjunto respondía a mis expectativas: ahí cabrían varios de los libros que hasta entonces andaban por todas partes apilados de cualquier manera.  Me fijé entonces en algo que no me esperaba: había una balda extraíble que sobresalía entre la mesa y la silla.
—Muy bien, Benito, pero esta bandeja ¿para qué es? —le miré extrañado.
—Es para cuando decida usted comprarse un ordenador. Aquí se pone el teclado, por comodidad.
Si quiero ser sincero, que es mi intención en estas memorias, siempre he renegado, y mucho, de los avances tecnológicos. Recuerdo como si fuera ayer que en nuestras primeras conversaciones sobre el diseño de la futura estantería, algo me había mencionado sobre el nuevo artilugio que empezaba a hacer furor, sobre todo entre los más jóvenes. Yo le había asegurado que eso no ocurriría jamás, que ya estaba yo muy mayor para aprender estas cosas y que me las apañaba de maravilla con mis folios, mis bolígrafos y el tippex. Además ya tenía una máquina de escribir, ¿no era esto más que suficiente? Pero se ve que el hombre no captó el mensaje. “Bueno”, me dije, “no es grave. A fin de cuentas puedo poner ahí mis bártulos de escribir, no me estorba para nada”.
Y así continué durante unos años, con mi rutina de escritor chapado a la antigua.
Pero las navidades pasadas, cuando vino toda la familia a cenar, mi hijo trajo a casa uno de esos aparatos y me comentó, como quien no quiere la cosa, que le habían regalado a mi nieto un ordenador nuevo, porque “el anterior se le ha quedado pequeño y a ti te puede venir bien, papá. Es muy sencillo, yo te enseño”. Por curiosidad observé el manejo del chisme y cuando se fueron me quedé con el gusanillo, pero no mostré mayor interés: uno tiene que mantenerse firme en sus convicciones.
—Bueno, déjalo ahí, ya le echaré una ojeada.
A la mañana siguiente, después de desayunar y de que mi mujer saliera a hacer la compra (o sea, cuando me quedé solo, que uno tiene su orgullo y conoce sus limitaciones), me acerqué con reservas al aparato. Lo encendí tal y como me había indicado mi hijo, que además había dejado unas anotaciones sobre el uso del Word encima de la mesa, y me puse a darle a las teclas. Con el tiempo y mucha paciencia le fui cogiendo el tranquillo. Aprendí a borrar, a guardar y archivar, a copiar y pegar, a utilizar las negritas y las cursivas, los márgenes y los distintos tipos de letra (¡cuánta variedad y qué bonitas algunas!), a subrayar…
No me queda más remedio que reconocer que el ordenador es un grandísimo invento, sin duda alguna. Ahora conservo mis artículos y borradores de una manera eficaz y los localizo sin pérdida de tiempo en los archivos que etiqueto conforme avanzo en mis recuerdos.
Pero soy un hombre nostálgico. No sé si cualquier tiempo pasado fue mejor, pero echo de menos ver mi escritura rasgada, mis dedos tiznados de azul o negro, el índice de la mano derecha calloso; añoro la papelera llena de bolas de papel con datos desahuciados, a la que miraba de vez en cuando en busca de inspiración; y mis notas y tachones repartidos aquí y allá sobre la mesa de trabajo, llenos de ideas cogidas al vuelo…
¡Qué tiempos aquellos!


El traje


EL TRAJE

En la terraza de aquel hotelito se reunían todas las noches del mes de agosto decenas de veraneantes. Jóvenes y no tan jóvenes se divertían al son de la música; los más atrevidos chapoteaban en la piscina, otros ni se movían de las hamacas, saboreando el placer de una buena conversación. André, el atractivo turista que se alojaba en la suite, bebía y bailaba como si fuera a ser la última velada. Disfrutaba como el que más seduciendo a las más hermosas jovencitas, que se dejaban encandilar con risitas de colegialas.
Los cócteles de frutas y licores circulaban a buen ritmo hasta altas horas de la madrugada, y a la mañana siguiente la tintorería siempre aparecía a rebosar de bolsas llenas de trajes de etiqueta y vestidos de mujer impregnados de las vergonzosas señales del ajetreo de la noche anterior. Lo habitual era encontrar trocitos de algún manjar pegados a las corbatas, manchas de bebidas de colores, restos de carmín en el cuello de las camisas, roces de césped en las prendas íntimas…  Las bolsas de ropa sucia, etiquetadas con el número de habitación de los huéspedes, eran arrojadas para su limpieza por un hueco al que cada una de las estancias tenía acceso, para evitar así indiscreciones por parte del personal. Aunque también estaban los que preferían entregar sus prendas en persona, como André. Casi no había amanecido cuando Claudia llegó a su puesto y allí estaba él, esperándola en paños menores. Con una sonrisa encantadora, le entregó el traje, insistiendo que lo necesitaba bien planchadito y almidonado para esa misma tarde. «Tengo que estar impecable en la despedida, vendrá todo el mundo. No lo olvide, que quede bien almidonado».
Claudia ya había visto de todo, o casi, en este lugar y estaba inmunizada contra las sorpresas. Pero lo que desde luego no se esperaba al recoger el chaqué era que cayese al suelo un papel doblado: una nota de suicidio. Muy asustada, corrió en busca del gerente del hotel, pero a esa hora todos dormían y aún faltaban unos veinte minutos para que llegasen los camareros y abrieran la cafetería para los desayunos. Así que tuvo que tomar una decisión, algo había que hacer.
Telefoneó a la suite y al no recibir respuesta subió las escaleras hasta el último piso. La puerta estaba entreabierta y al asomarse comprobó con horror que había llegado demasiado tarde: colgando de una lámpara del techo se balanceaba el cuerpo sin vida de aquel adonis, el mismo que la noche anterior había deslumbrado a tantas mujeres con su elegancia. Con la nota temblorosa entre las manos, Claudia terminó de leer las últimas líneas: «…y este traje será mi mortaja. Que quede tieso, y que huela a alcanfor…». Incidía, y mucho, en lo del almidón «…y que quede bien almidonado».

domingo, 12 de febrero de 2012

Revancha

REVANCHA

Se dibuja una sonrisa mellada en la puerta giratoria y repite el mismo gesto en el espejo que preside la entrada y en el mostrador de aluminio de la cafetería. Una enfermera le conduce a una cabina donde se pone un camisón verde. Mientras contempla por última vez su rostro en la tarjeta de identidad, Salvatore solo piensa en dejar atrás en este quirófano clandestino los rasgos y huellas del monstruo para salir en busca del hijo puta de uniforme que le reventó de un disparo la boca.