domingo, 30 de abril de 2017

Hubert

HUBERT

—¡Por favor, os lo suplico, que se vaya!  —Los chillidos de Giles se oían en todo el pabellón y traspasaban los muros del jardín—. ¡Lleváoslo de aquí, no quiero volver a verlo nunca más! —rogaba el pequeño con el rostro bañado en lágrimas.
—Es inútil que grites, ¿no ves que no te hacen caso? —musitaba Hubert, acariciándole la frente. Pese a encontrarse atado a la cama por varias correas, hacían falta dos enfermeras para sujetar firmemente al niño, que lanzaba patadas al aire con una fuerza descomunal.
La más joven sostenía una jeringuilla en la mano, pero no lograba acertar en la vena del brazo del niño.
—Si estas dos idiotas se fueran y nos dejaran a solas —gruñía Hubert, mirándolas con desprecio— podríamos tener una pequeña charla tú y yo.
—Eleanor, ya casi lo tengo —dijo la enfermera más joven— no lo sueltes.
—¡No, no me dejéis solo con él! ¡Por favooor, que no me toooque!
Cuando por fin consiguió inyectarle el sedante, el niño dejó de dar gritos, se relajaron sus brazos y piernas y en dos o tres minutos se quedó dormido. Las enfermeras anotaban en una libreta los cambios repentinos que se operaban en aquella criatura cada domingo por la tarde. Llevaba dos meses ingresado y siempre sufría las crisis a la misma hora.
—¿Te has dado cuenta? —dijo Eleanor, la más veterana.
—¿De qué?
—Los ataques… siempre le dan en domingo.
—Sí, es cierto —reconoció Marion.
—Y fue un domingo cuando cometió el crimen. Pobre Morris, ¿se llamaba así el otro niño, verdad?
—¡Mi amigo Giles no es ningún criminal, zorra! —bramó Hubert, poniéndose en jarras frente a la mujer.
—No lo des más vueltas, Eleanor. A veces el subconsciente se manifiesta así —razonó Marion muy seria, mientras le tomaba la tensión—. Está claro que padece una enfermedad psicótica grave.
Eleanor se resistía a compartir esa idea. Le conmovía aquel pequeño que tanto parecía sufrir.
—No estoy tan segura. Cuando le examinaron los psiquiatras pocas horas después del delito, el niño aseguraba que no había sido él. Acusaba a un tal Hubert. ¿De veras crees que este pequeño pudo haber clavado en los ojos de su mejor amiguito los lápices de colores?
—¡Putas! —aulló Hubert, poniéndose en pie sobre la cama—. ¡Su mejor amigo, su único amigo, soy yo!
—Salió en todos los periódicos —contestó Marion, mientras le cambiaba el pijama—. ¿Y qué me dices de la lata de pegamento que le obligó a tragarse? Cuando llegó la policía tuvieron que separarles con aguarrás. Y por cierto, la familia no conocía a ningún Hubert.
Marion le pasó un peine por los rizos alborotados.
—¡Así no le gusta, imbécil! —le chilló encolerizado Hubert, dirigiéndose a ella con los puños en alto—. ¿No ves que parece una niña? Solo faltaba que le pusieras dos coletas.
—Es de la misma edad que mi nieto Leo —suspiraba Eleanor—. El sábado cumplió seis años y montamos una barbacoa en el jardín, vino toda la familia. Y este infeliz aquí, tan solo…
—¡Bruja asquerosa, no está solo! —escupió Hubert muy cerca de su rostro, fuera de sí—. Yo nunca le dejaría solo, hicimos un pacto, ¿te enteras, gorda? —Hubert iba de acá para allá por la habitación, dando puñetazos en las paredes—. Vale, ahora solamente puedo venir los domingos, el resto del tiempo lo paso cuidando a Dennis en su cuna. ¡Pero yo soy el único amigo de Giles! —Y diciendo esto dio tal golpe a la mesilla que el vaso de agua se volcó y cayó al suelo.
Eleanor estaba echando las cortinas en ese momento.
—Vaya, qué torpe estoy —se lamentó, secando con un kleenex las baldosas. Después bajó la voz para añadir—: ¿Sabes, Marion? No te burles de mí, pero anoche pusieron en la tele un programa sobre exorcismos que me hizo pensar.
—¿Qué quieres decir? —preguntó también en voz baja.
—Pues que en los casi treinta años que llevo tratando a este tipo de pacientes, nunca había visto nada igual y… y a veces me parece que el chico está poseído.
—No hablarás en serio, ¿verdad?
—No, supongo que no.
En silencio terminaron de meter en una bolsa la ropa sucia, cambiaron la de la basura y salieron de la habitación cerrando con llave por fuera.
«Estúpidas», rugió Hubert, acercando una silla a la cama de Giles. Entonces se sentó a su lado, pensativo. Al rato se levantó. Dio varias vueltas por la habitación, con las manos en la espalda, concentrando su atención en las rayas oscuras que separaban las baldosas blancas del suelo. Se asomó a la ventana y luego volvió a sentarse, esta vez sobre el colchón. Giles dormía sobre un lado. Apartó los rizos que le cubrían la oreja  y acercó sus labios a él.
—Con que esas tenemos, ¿eh, pequeño cabrón? —le susurró al oído. La respiración del niño comenzó a agitarse—. Habíamos hecho una promesa, «nunca, por nada del mundo, hablaré de ti con nadie» y a la primera de cambio ya veo cómo te las gastas. Yo era tu mejor amigo, lo fui desde aquellos interminables días de invierno en los que tanto te aburrías. Pero ¡ay, Giles! En cuanto llegó agosto y el asqueroso de Morris vino al caserón de enfrente, te desentendiste de mí. Nunca entenderé por qué lo hiciste.
A Hubert le temblaba la voz, pero siguió hablando muy pausado—. Y cuando por fin te libro de él, vas y sigues renegando de mí. Muy bien. —Apoyó los brazos en el borde del colchón y de un bote saltó al suelo. Giles se removió nervioso bajo las sábanas. Hubert esbozó una sonrisa perversa—. Me vuelvo para tu casa, pero antes ¿quieres que te cuente un secreto? Estoy enseñando a tu hermanito Dennis a gatear, ¿y sabes qué? Creo que le estoy cayendo muy bien.
El niño se giró hacia él con la cara desencajada. Intentó gritar, pero ningún sonido salió de su garganta.



Espejismo

ESPEJISMO

No era el mar pero se le parecía. Por suerte, el agua era dulce y bebió y bebió hasta calmar su sed. Estaba exhausto y como no sabía nadar se puso a bracear en la misma orilla, sacudiendo los pies al compás. Cuando se cansó, se tumbó en la arena con una caracola pegada a la oreja, se dejó mecer por el rumor de las olas y, soñando con una parrillada de cigalas, se quedó dormido.

Lo encontraron unos beduinos abrasado por el sol del desierto. El explorador sujetaba una roca contra la sien y de la nariz le colgaba un escorpión.

Esa boca...

ESA BOCA…


—¡Desgraciado, tarambana! Termínate el café ¡y a ordeñar! —rugía la Domitila echando achicoria al tazón del hijo. No había amanecido aún cuando el pobre hombre bajaba al establo. A ciegas, que ni bombillas había.
—¡Mierda! —exclamó al tropezar con algo. Fue decir esto y aparecer detrás la vieja con un cubo lleno de agua sucia y jabón y restregarle la boca.
—No se dicen palabrotas, ¡mentecato, retrasado!
Así empezaban los días; acababan dejándose ganar al chinchón.
—Siempre te gano, botarate, ssudnnodmmll… ¡agghhh!
Aquella noche, se le ahogaron los insultos con un paquete de cartas sin abrir atravesado en la garganta.


Enajenada

ENAJENADA


En esa casa no vive Mizuki Tanaka desde hace unas semanas. Ella jamás se habría olvidado de regar la camelia que se amustia junto a la ventana del cuarto, ni habría permitido que se cubrieran de polvo las estanterías donde se amontonan los peluches. Delicadamente los mete junto a bodies y baberos sin estrenar en una bolsa de basura y va a la cocina.
En el fogón sisea una tetera. Mizuki apaga de un soplido la llama antes de sentarse en el suelo. Esta vez, ningún vecino alarmado por el olor a gas podrá detenerla, sonríe amargamente mientras prende un cigarrillo. Llevaba nueve meses sin fumar.




En este establecimiento

EN ESTE ESTABLECIMIENTO

—Un whisky con agua —pidió la mujer mientras sacaba un cigarrillo de su pitillera. Era bonita. La chica, digo, no la pitillera. Sentada en aquel taburete de hierro cromado, parecía una actriz de cine: melena ondulada, sedosa —no llegué a tocarla, claro, pero parecía suave—; labios rojo pasión, pestañas larguísimas… Enseguida supe que me había enamorado.
Seguí observándola de reojo. La muchacha, la diosa, volcaba ahora el contenido del bolso sobre la barra: kleenex, una caja de preservativos sabor naranja… Solícito, saqué mi mechero y le ofrecí fuego. Ella aspiró el humo, lentamente, y lo expulsó por la nariz.
—¿Vosotros dos estáis tontos, o qué? —dijo con voz de vinagre el camarero—. ¡A fumar a la puta calle!


ƎṆ ƎĻ ƠƬƦƠ ĻÂÐƠ

ƎṆ ƎĻ ƠƬƦƠ ĻÂÐƠ

Siente el aliento fétido del monstruo salpicándole la nuca y corre tan rápido como puede. En su huída tropieza con unas raíces, cae, se levanta, atraviesa la portilla abierta del jardín y resbala sobre el césped, arañándose con las ortigas. De un saltobien calculado se cuela por la ventana de su habitación, baja la persiana, se desviste y se acuesta, tirando tembloroso de la manta hasta cubrirse la cabeza. Casi cada noche.
Todas las mañanas, su madre entra a despertarle, le besa, le revuelve el pelo, le destapa. Pero hoy, al ver los rasguños, le pregunta aterrorizada si ha vuelto a tener pesadillas.
Él niega, confuso. Con una sonrisa forzada, asegura que ya es mayor mientras busca desesperado su otra zapatilla.


El náufrago

EL NÁUFRAGO

En el lugar más recóndito de la isla encuentra un arroyo de aguas cristalinas. Después de días mascando yerbajos —no hay cocoteros en este terreno rocoso—, se inclina sobre la orilla y bebe hasta calmar su sed. Satisfecho, se acurruca en el césped y se queda dormido.
Pero de repente le despierta un cacareo que le resulta vagamente familiar y al abrir un ojo ve al gallo en la puerta entreabierta del barracón y un poco más allá, un espantapájaros. Se incorpora torpemente del jergón, blasfema al tropezar con una botella vacía y, antes de que salga el sol, se apresura con sus aperos al viñedo del marqués.


El hombre de la casa

EL HOMBRE DE LA CASA

Y le manchaba los dedos de harina al entregarle el paquete de billetes: seiscientas pesetas a la semana por repartir por el barrio el pan. Aunque se apresuraba todo lo que podía, siempre llegaba tarde a la escuela, donde la mano blanca de tiza de la maestra le arrastraba al pupitre tirándole de una oreja.

El día de cobro, al terminar las clases, buscaba en el descampado al Granos y después corría a la farmacia a por el resto de medicación. Ya en casa, sujetaba la cabeza de su madre moribunda mientras le daba el jarabe. Acuclillada en la cocina veía a su hermana Macu, toda ojeras, inyectarse el maldito polvo gris.

El hijo adolescente

EL HIJO ADOLESCENTE


Antes de anticipar noches de sábado en vela esperando el regreso de Dani, «papaaá, todos mis amigos tienen moto menos yo…»; de imaginarse sentado junto a la ventana, escuchando el ruido de los camiones de la basura, mirando las salidas de sol y la cama del chico sin deshacer; del terror a que pudiera sonar el timbre de la puerta y que un hombre uniformado le preguntara si era el padre de Daniel Ramos… antes de que todo eso ocurriese, se dirigió a la habitación donde dormía el bebé, se inclinó sobre la cuna y apretó un cojín sobre su cara hasta que dejó de patalear.

El hallazgo

EL HALLAZGO


El armario donde acababa de encerrar a su muñeca, en el garaje de los abuelos, estaba lleno de herramientas, como las tijeras para podar los rosales, un rastrillo para barrer las hojas caídas en el jardín o el redeño para retirar los insectos que caían a la piscina. Y sus braguitas de Hello Kitty. Se lo diría a mamá en cuanto viniera a buscarla: que no se las había tragado la lavadora.


Episodio I

EPISODIO I

Parecía tan hambriento, tan desplumado el pollo aquel, que Calimero enseguida se sintió conmovido.
—Toma esta lombriz —le ofreció, gustoso— que yo acabo de nacer y aún no tengo apetito. —Y con las tripas rutándole, vio cómo el cuco engullía su desayuno sin decir gracias ni nada.
A continuación, este abrió el pico hacia el cielo, piando como un energúmeno, exigiendo más. La mamá iba y venía, agotada, trayendo más insectos para aquel grandullón que abultaba el triple que ella. No aprobaba Calimero los modales del primogénito, pero siguió compartiendo con él sus miguitas, por ganarse su cariño y sentirse menos solo. Era extraño que no hubiera más huevos allí.
Cuando se sintió saciado, el cuco se repantigó todo lo largo que era. A punto estuvo de tirarle fuera del nido.
—Eh, no empujes —protestó Calimero.
Pero el cuco ni se inmutó.
—Mira, canijo —eructó, señalando con un ala el suelo—. ¿Ves esos huesos y plumas de ahí abajo? Pues como me cabrees mucho te mando a reunirte con tus hermanitos, ¿estamos?
Lloroso, Calimero se acurrucó en una esquinita y antes de cerrar los ojos se ajustó el cascarón a la cabeza, por si acaso.
Y menos mal.




El disgustazo de Hamlet

El DISGUSTAZO DE HAMLET  

—La he cagado pero bien —se lamentaba el príncipe Hamlet mientras se enjugaba la sangre de las manos en el bebedero de los caballos—. Con su padre atravesado por mi espada, la Ofelia se ha cogido un cabreo que para qué, ¡y ya no quiere casarse conmigo! Lo que no entiendo es qué demonios hacía este hombre en el campo de batalla, si anoche me comentó que no llegaría a tiempo, que tenía hora donde el galeno para ponerse un par de sanguijuelas. Y ya ves tú, que me lo he cargado sin querer…
—Sí, uno nunca sabe dónde la tiene —contestó apático el mozo de cuadra mientras cepillaba el lomo al corcel, como diciendo «a mí qué me cuentas».
—¡Mi señor! —se presentó haciendo una exagerada reverencia con su flequillo negro un emisario todo sudoroso—. Su futura promesa…
—¿Mi qué? Tú estás pensando en el torneo de caza…
—…Perdón. Su prometida, la joven Ofelia, se ha caído por un puente.
—¿Resbaló?
—No. Se tiró.
—Qué cabrona —musitó abatido Hamlet—. Ya me imagino que ahora seré yo el personaje malo malísimo que la lió parda. Y saldré muy mal parado en alguna novela, lo veo venir, eh.


El aflilador

EL AFILADOR

Desde que en tiempos inmemorables heredara la motocicleta con el esmeril y la piedra de afilar, el anciano hacía sonar su chiflo con la conocida melodía cada vez que aparcaba en la plaza del pueblo. A él acudía regularmente el de la taberna con su cuchillo jamonero, la criada del caserón con las tijeras de podar o el chaval pecoso con su navajita de sacar punta a las ramas.
La mañana que apareció su cadáver degollado en un callejón, la muchedumbre se amontonó a su alrededor admirando la limpieza del corte y el fulgor del filo de una guadaña ensangrentada.


Efímero

EFÍMERO


En un principio, me encantó cómo sujetaba mi cintura al bailar en la pista, sus dedos firmes apretándome las caderas y el aroma varonil de su loción de afeitado. Sí, aquel chico tan guapo me hacía levitar. Unas horas y varios ponches después se ofreció a llevarme en su Simca 1000 hasta casa. Como nunca bebo no me percaté de la encerrona y terminamos en el asiento trasero desnudos, hechos una madeja de brazos y piernas. Nueve meses después, los gemelos pusieron a la pasión un punto al final.

Cotilleos

COTILLEOS

¡No quiero volver a verte nunca más con los calcetines agujereados! —plañía desganada la viuda, mientras golpeaba con los puños la caja del difunto Matías. Tú siempre  dejándome mal, en boca de todas.
El Matías, el del molino comentaba la pescatera al dar el cambio a una clienta perdió una albarca cuando lo atropelló el tractor.
¿También viste tú sus calcetines sin remendar?
—No, pero me lo han contado. Una dejada ha sido esa mujer, toda la vida.                                                                

Así discurría el funeral del Matías, que a buena hora se le ocurrió cruzar la carretera sin mirar.

Como gustéis

COMO GUSTÉIS


El mismísimo día del entierro del duque de Bois, la convivencia en palacio comenzó a hacerse insoportable. Bien es cierto que el aparente sosiego que reinaba entre aquellos muros (que por muy de piedra de sillería que fueran se oía todo) no se parecía ni de lejos a lo que el difunto hubiese querido.
El desmadre comenzó apenas abandonaron el camposanto. El heredero, Oliverio, se vino arriba con su nuevo estatus y Orlando, el hermano menor, habiéndose librado por fin del férreo control parental «que si a ver cuándo aprendes a galopar como Dios manda, que si no comas el jabalí con los dedos, que qué horas son estas de llegar al ducado» se largó a vivir a una cabaña del bosque con su novia Rosalinda, bisexual ella y, por qué no decirlo, un poco puta también, que en cuanto se aburrió de magrearse con los pastores de por allí invitó a su prima Celia a pasar unos días con ellos.
Total, que un día amaneció Orlando en el suelo enredado en un lío de brazos, trenzas y vaginas abiertas. Y mientras contemplaba en un espejo su barba enmarañada y las ojeras que afeaban su rostro juvenil, se dijo: ¡Basta! Bueno, también influyó el acordarse de que en breve comenzaría el torneo anual de tiro al arco. Y eso no pensaba perdérselo.
—Oye, Rosalinda —dijo echándole un jarro de agua en la cara a la muchacha, que roncaba hecha un ovillo sobre una esterilla—, que me vuelvo a la corte. Me apetece darme una ducha. Tú qué haces, ¿te vienes o qué?
La joven se frotó la cara y vio que Orlando iba en serio; miró a los pastores que pululaban alrededor y a su prima despatarrada y, con una resaca que tardaría días en quitar, decidió seguirlo.
E hizo muy, pero que muy bien. Porque a Oliverio le dio por abrazar la fe, irse a un convento, mandarlo todo a tomar por saco y dejarle el ducado en herencia a Orlando. Y así se cumplió su destino de convertirse en duquesa, porque «aunque no lo sepamos, desde que nacemos, la suerte está echada», como dijo Julio César.




Atrezo

ATREZO

Cuelgan de las cuerdas de la del quinto unas medias tupidas, un vestido sin adornos y una rebeca de lana gris.
Reposa en el fondo de un caldero una taza de café sumergida en el agua de fregar.
Cubren las baldosas de la cocina dos mendrugos de pan, el canastillo, una dentadura postiza, don Ricardo. Su vómito.
Desaparecen por el sumidero, con el chorro del grifo, unos polvos sobrantes volcados por la mujer.
Marca en el teléfono de góndola un número que conoce bien, ya vestida de luto, la reciente viuda.
Esbozan una mueca triunfal unos labios con demasiado carmín.


Armas de mujer

ARMAS DE MUJER

Paño y tarro de cera en mano, se dispone como cada lunes Marie a abrillantar la escalera del château. Frota que te frota, va tomando esta un tono satinado del que la doncella, según avanza la tarea, se siente cada vez más complacida. Desciende de rodillas cuando en el descansillo del segundo nota una manaza en el culo y el aliento baboso del viejo en la nuca.
«Oí un fuerte plooofff gimotea sentada en la cocina, enjugándose la nariz seca con el delantal, mientras un gendarme toma notas en un bloc—. Debió resbalar en un maldito escalón recién encerado y al caer por el hueco el pobre hombre se desnucó».




Amor de madre

AMOR DE MADRE

«Te quiere, mamá» bordado a punto de cruz en el babero; estampado en letras redondas en su cartilla de primaria, mientras le enseñaba a juntar sílabas y palabras; cosido en tiras de tela en chaquetas, camisas y pantalones cuando iba de campamento; escrito junto a un gran corazón en todas y cada una de las cartas que recibía cuando estudiaba lejos de casa. Tres palabras preciosas que un día descubrió, furibundo, que lucían también sobre las lápidas blancas de su hermano muerto por la difteria antes de que naciera él. «Te quiere, Louis», encargó que grabasen en su tumba una semana después.


Agosto

AGOSTO 


Eugenio yacía en una camilla arrimada a una pared de la sala de espera. Junto a él, otros dos ancianos y una señora gruesa, no tan mayor, aguardaban en sendos bancos de plástico a ser atendidos por el personal de Urgencias. Cada uno de ellos sujetaba en su regazo una bolsa de viaje. Uno de los viejos dormitaba con la cabeza caída hacia delante; el otro garabateaba la página de pasatiempos del periódico, mordiéndose la lengua; la señora gruesa se miraba la punta de los zapatos, aburrida.
Charo, la mujer que le acompañaba, se había visto sorprendida por la presencia inesperada del doctor («qué joven parece, tendrá la misma edad que Gonzalito», pensó) justo cuando estaba intentando subir una maleta a la camilla.
—Disculpe, señora, ¿necesita ayuda? —le preguntó el médico, agarrando el asa y tirando del bulto hacia arriba.
—¿Có-cómo dice? —se había sobresaltado ella. Cuando se fijó en la bata verde y la tarjeta que llevaba prendida a la solapa, «Dr. Javier Zurita. Servicio de Nefrología», le dio un vuelco el corazón y notó que le subía la sangre a la cara; lo último que se le habría ocurrido es que acudiera un médico tan rápidamente. A esas horas de la mañana, la sala siempre estaba abarrotada.
—Eeestooo… —acertó a musitar—. No, nada, gracias. Ya me iba —dijo echando una mirada al móvil que tenía en la mano. «Uf, las ocho menos diez, ¡voy a perder el avión!».
—Un momento, por favor. Este señor de aquí —El doctor señaló a Eugenio—, ¿ha venido con usted? ¿Qué problema tiene? ¿Es familiar suyo?
Le sudaban tanto las manos a Charo que decidió esconderlas en el interior de su chaqueta de lino para secarlas disimuladamente. Intentó decir algo, pero se había quedado muda.
—Aaayyy, doctor, estoy muy mal… —El hilillo de voz provenía de la camilla. Charo se sintió levemente aliviada—. Tengo un dolor horrible aquí —Eugenio se palpó el abdomen— y aquí —ahora se dio unas palmaditas en el corazón— y aquí...
La señora gruesa dejó de interesarse por sus zapatos y se acomodó en el asiento para seguir atenta la conversación.
El doctor se volvió hacia el enfermo. Tenía unas ojeras enormes. Sacó un palito de un envase de plástico que llevaba en el bolsillo de la bata y le examinó la boca.
—La lengua está limpia. —Miró interrogativo a la mujer, que en ese momento estaba tecleando en el móvil—. ¿Me oye, señora? ¿Cuál es el motivo que les ha traído aquí?
A Charo se le daba fatal improvisar y no sabía mentir.
—Verá, yo…
Eugenio salió en su ayuda.
—¿Pero es que no me ha oído, doctor? Tengo la tensión bajísima y unos calambres horrorosos que me van desde el pecho hasta la cintura. Es un malestar general, me duele todo. Menos mal que este señor —dijo apuntando con un dedo al viejo que en ese momento ojeaba las esquelas— me ha cedido su camilla. Si no, me habría desmayado.
Como ya había completado el Sudoku y leído las noticias varias veces, el del periódico se atrevió a intervenir.
—Con su permiso, doctor. Este hombre tiene muy mal aspecto, fíjese qué ojeras. Yo diría que puede tratarse de alguna complicación pulmonar. ¿Fuma usted, amigo?
El médico buscó en sus bolsillos, sacó una linternita y abrió con el pulgar y el índice los párpados del viejo. Dirigió la luz a la retina. Cuando apartó la mano de su cara, tenía los dedos tiznados de negro.
—Pe-pero ¿qué broma es esta? —exclamó, aturdido—. Oiga, señora… —Pero cuando se giró para preguntarla, ya se había esfumado.
El del periódico se compadeció.
—Es usted nuevo, ¿verdad, doctor… Zurita? —Se dirigió a él con voz paternal.
—Bueno, sí, me he incorporado hace un par de días —contestó, sorprendido por la pregunta—. Aprobé con nota el examen de Médico Residente —añadió con orgullo— y voy a hacer las prácticas en este hospital. De momento, como ve, cubriendo las guardias. A los más veteranos les cuesta lo de hacer turnos. Pero —prosiguió, intrigado—, ¿por qué lo dice? ¿Tanto se me nota? ¿Y por qué —inquirió algo enfadado al de la camilla— se ha pintado usted de negro las ojeras? ¿Es que quiere hacerse el enfermo y pasar la noche en el hospital?
El anciano de la camilla suspiró con tristeza. Se incorporó hasta quedar sentado y se frotó con el puño las mejillas para eliminar la pintura.
—No, desde luego que no. Donde yo quisiera estar es en mi casa del pueblo. Pero desde que se derrumbó el tejado no he vuelto por allí.
—¿Había estado antes en este centro, don…?
—Eugenio Valle. Ya lo creo que sí, doctor. Varias veces, por desgracia, en los últimos años.
—Luego pediré su historial, pero antes dígame, ¿tiene alguna dolencia cardíaca? ¿Complicaciones respiratorias? ¿Recuerda en qué planta estuvo ingresado?
—Bueno, el verano pasado estuve quince días en Traumatología y otros quince en Oncología. Pero donde más simpáticas son las enfermeras es en la Unidad de Neonatos. Aunque allí hace demasiado calor.
El doctor escrutó su rostro detenidamente. Aquel hombre le desconcertaba, pero no parecía que estuviera bromeando. Quizá solo fuera demencia senil.
—Oh, entonces ha tenido usted un nieto hace poco…
—No, qué va. Mi único nieto, Gonzalito, ya está en la Universidad. Es el hijo de Gonzalo. Mi otra hija, Pilar, no pudo tener niños. Mejor así, menuda pécora.
—¿Son sus hijos, Gonzalo y Pilar? —interrumpió la señora gruesa—. Yo también me llamo Pilar. Tata Piluchi, me dicen mis nietos. Solo se acuerdan de mí cuando les falta dinero —balbuceó con los ojos empañados.
El doctor, conmovido, tendió un kleenex a la mujer. Por lo visto llevaba de todo en los bolsillos de su bata. Se quedó dudando unos instantes, antes de preguntar.
—¿Sufrió entonces una caída hace un año, se fracturó algún hueso?
—No, no. De hecho, a mis ochenta años, no necesito ni bastón. Y salgo a pasear por el parque todos los días.
—¿Qué tipo de… ejem… tumor le diagnosticaron?
—¿Cáncer? No, gracias. Hace dos años aproveché mi estancia en el Servicio de Dermatología para quitarme dos lunares de aquí —se señaló el cuello—, pero eran benignos.
El médico estaba cada vez más confundido. Si el tipo aquel estaba sano y fuerte, ¿qué demonios hacía tumbado en la camilla de un hospital?
—Disculpe, Eugenio, pero no entiendo. ¿Tiene algún síntoma que no me haya contado? ¿Por qué ha venido usted a Urgencias?
Se hizo un silencio. El del periódico lo abrió y ocultó la cara en las páginas de deportes. Pilar seguía enjugándose los ojos, cada vez más abatida. Por fin Eugenio habló.
—Perdone, doctor, olvidaba que es usted nuevo. Normalmente nos recibe el Dr. Bermúdez, que enseguida nos busca una habitación vacía en alguna planta. ¿Está de vacaciones?
—Está en un congreso en Milán —repuso acalorado—. ¿Es amigo suyo Bermúdez? ¿Qué significa eso de que les busca una habitación? Esto no es un hotel, señor, pero de eso ya se habrá dado cuenta, ¿verdad?
—¿Ni Bermúdez ni nadie le han explicado a usted…?
—¿Qué es lo que me tienen que explicar? —respondió visiblemente enojado, poniendo los brazos en jarras.
—Verá, doctor —Eugenio bajó la voz—, cuando llegan las vacaciones, nuestros hijos se deshacen de nosotros para irse a la costa. A mí, la primera vez, me dejaron en una gasolinera con un puñado de billetes para pagar la pensión. Siempre es más barato que una residencia. Me pasé toda la noche llorando en el lavabo, hasta que me quedé dormido. Al día siguiente me encontró la limpiadora tiritando en el suelo.
El médico no daba crédito a sus palabras, pero al ver cómo asentían los otros dos y reparar en las bolsas de deporte que apretaban entre sus manos, comprendió. Jamás se habría imaginado que la historia esa de la gasolinera pudiese llegar a ser cierta, ni que los hijos fueran abandonando a los abuelos en hospitales para irse a la playa.
—Esa vez sí que estuve pachucho de verdad. Una neumonía grave. La policía localizó a Gonzalo y su mujer en un hotel de Benidorm. Le ahorro el resto del relato, no quiero aburrirle. Desde entonces, simulo estar enfermo y me paso el mes de veraneo en algún centro sanitario. He llegado a un acuerdo con ellos en ese sentido, y así al menos no me dejan tirado en cualquier sitio. No se está tan mal, ¿sabe? y en agosto suelo coincidir con Dimas —señaló al viejo del periódico, que hizo un gesto de disculpa dirigido al médico—. Es Charo, mi nuera, la que me deja en Urgencias y luego se va; Gonzalo siempre fue un cobarde. Hoy la ha pillado usted por los pelos, supongo que ya estarán en el aeropuerto. Creo que iban a Canarias, pero no sé a qué isla. La verdad, me importa un carajo.
«Doctor Zurita, doctor Zurita, acuda a Recepción, por favor».
El doctor se excusó ante los ancianos y se alejó tambaleante por el pasillo, sintiendo una presión en el pecho que no le dejaba respirar.


Abajo el Telón

ABAJO EL TELÓN

Para implorarle que vuelva a casa consigue evitar el tic del ojo y no levanta la voz, lo ha practicado montones de veces frente al espejo. No titubea para asegurarle que sí, que sigue yendo a la consulta de la doctora Fabiana mientras cruza los dedos detrás de la espalda. También ha ensayado, y mucho, lo de aceptar con una enorme sonrisa el capuchino de máquina que le trae Amanda, la secretaria pelirroja.

Hasta ahí bien. Pero nunca consigue que atraviese el umbral de la puerta, porque se pone a gritar y tirarse de los pelos cuando le ve entrar sin limpiarse los zapatos en el felpudo.

martes, 18 de abril de 2017

La tienda de antigüedades

LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES

El vestido de fiesta era auténtico y el carruaje y los caballos también, así que la clienta se fue contentísima con la ganga. Pero pasadas las doce de la noche me despertó hecha una fiera, amenazándome con un zapato de cristal, y tuve que devolverle el dinero. Se lo había advertido lo de la medianoche, venía bien clarito en el libro de instrucciones, pero ni caso. Y mírame ahora: recogiendo del mostrador jirones de seda, pedrería y organdí y dando escobazos a estos dos ratones.
De verdad, qué descuidada es la gente, ¡está todo inservible! En cuanto amanezca quemaré los harapos en la chimenea, sacaré a la gata para que acabe con los intrusos y pondré una olla con agua a hervir para hacer crema de calabaza.


miércoles, 4 de enero de 2017

El enchufe

EL ENCHUFE

De una viga del desván cuelga una bufanda con un nudo de horca en el extremo inferior. Justo debajo, sobre un gran charco de agua, languidecen la pipa y el sombrero del abuelo, una zanahoria renegrida y dos canicas de cristal. «Vaya por Dios, qué desconsiderado el muñeco», masculla el padre mientras baja a por el cubo y la fregona.
En la cocina, la madre se afana en quitar una a una las plumas al pavo antes de degollarlo y meterlo al horno. Andan tan ocupados que ninguno de los dos advierte lo silencioso que está Tommy en la salita, decorando con las luces el árbol de Navidad, ni el olor a carne quemada.


miércoles, 27 de julio de 2016

En ruta

EN RUTA

Pese a sus frecuentes viajes a Rabat, Antonio no conseguía acostumbrarse a aquellos calores. Mientras le cargaban el pescado en el camión, aprovechó para tomarse una limonada en la cantina.
Yusuf tenía mucha sed. Había tardado siete horas en llegar al puerto, pero su sueño de convertirse en una estrella del fútbol seguía inquebrantable.
Antonio se acercó a un tenderete a comprar unos dátiles rellenos para su Conchi. ¡Qué ganas tenía de verla!
Yusuf acariciaba el balón que llevaba en su macuto. En cuanto llegase a España, donde vivía su primo Ahmed, demostraría lo buen futbolista que era.
Mientras Antonio firmaba unos albaranes, Yusuf se coló en el remolque del primer vehículo que vio, el de Antonio, y se acurrucó detrás de unas cajas de forespan.
Tras desembarcar del ferry, Antonio cruzó la frontera, muy contento de que no le parasen en el control. Eso le ahorraría al menos media hora de viaje. En cuanto llegara a casa lo primero sería una ducha fría. Y después, su Conchi…
El funcionario de aduanas también estuvo de suerte. Se evitó abrir el remolque y encontrar junto a las cajas de merluza el cuerpo congelado de un chiquillo envuelto en una camiseta blaugrana.