martes, 24 de junio de 2014

Tute de reyes

TUTE DE REYES

Le has atizado fuerte, eh, Gervasia dice Herminia clavando la punta del bastón en el cuerpo que yace sobre las baldosas.  Creo que la has matado. Y ahora el pobre cactus qué, ahí en el suelo sin su maceta. Eres muy bruta.
Tú acércate más ordena Gervasia desde su silla de ruedas mientras recoge indignada las cartas  del tapete. ¿Respira aún?
No se mueve, no. Esto no me gusta. Yo me vuelvo al patio, no quiero ser cómplice de una malhechora.
¡Espérate, bruja! Tú también estás metida en el ajo, qué te has creído. A ver,  ¿qué diremos si nos detienen?
Ah, no sé. Piensa algo, tú que eres tan pragmática sugiere Herminia con ironía.
¿¿¿Qué me has llamado??? chilla lanzándole la baraja a la cabeza, esta vez sin acertar. Todo lo tengo que hacer yo, leñe. Pues le diré al juez que nos robaba las perras y que estoy harta de promulgar con ruedas de molino.
Comulgar, Gervasia, comulgaaar.
¿Eeeh?
Nada. Que mira, la arrastro hasta el lavabo y así pensarán que resbaló allí. Y guárdate ese rey de bastos, que nos puede venir bien para la partida de mus.


Sí, quiero

SÍ, QUIERO

Luego, si se fijan, acaban arrancando esa hilacha de su pantalón. O se llevan el puño cerrado a la boca y simulan un carraspeo, así como sin ganas. O miran de soslayo el reloj del padrino en un gesto inútil que ellas detectan al instante. Entonces es cuando, y aquí sí que hay que fijarse bien o no lo verán, de un codazo casi imperceptible pero firme, las novias reclaman su atención. No hay vuelta atrás, se dicen resignados. Casi todos, porque siempre hay alguno que se desmaya de verdad

martes, 17 de junio de 2014

El Big Bang

EL BIG BANG


Alguien ha empezado a tirar del hilo equivocado, el que descarté por llevar el genoma humano. Esto retrasa un poco mis designios, pero por tiempo no me puedo quejar. Mientras tanto, esperaré entre tinieblas para contemplar la autodestrucción del planeta azul. ¡Cuánta paciencia tiene uno que tener con estos diosecillos de medio pelo!

El guion

EL GUION


Mucho me temo que vienen a rescatarme el Padre y compañía otra vez, ¡cuantas dudas me crean! Pero por no enredarme con el Texto, yo seguiré negando hasta que cante el gallo.

miércoles, 11 de junio de 2014

Delicias de ultramar

DELICIAS DE ULTRAMAR

¡Cómo me apetece una tortilla de patata con pimientos! ¡Mmmm, qué rica tiene que estar! ¿Me oyes, Fernando?
Yo con este vinito dice derramando media copa sobre el mantel me fumaría un cigarrillo. Qué chulo, echar humo por la boca.
Deja un poco el cariñena y atiéndeme, anda. Mira, he estado pensando que deberíamos ampliar el reino. Los niños están creciendo y necesitan más espacio para jugar. Y alimentos más nutritivos. Me preocupa sobre todo Juana, la noto muy delgaducha y últimamente anda como atolondrada. Sí, ya sé que está en la edad del pavo, pero antes de que se nos descarríe quiero encontrarle novio. Uno que sea guapo.
Te veo pensando en boda, Isabel, y en tarta nupcial. Pues te diré que el chocolate engorda.
Tú qué sabes, si aún no lo conoces contesta enfadada.
Ni tú las patatas. Ni los pimientos se defiende él, despatarrándose sobre el trono.

Mañana sin falta insiste tozuda avisas al amigo tuyo aquel, el genovés que tenía un barco. ¿Cómo se llamaba? Crispín, o Críspulo, o algo así, y le convences para que vaya a colonizar nuevas tierras. Con un poco de suerte igual hasta descubre el picante.

lunes, 2 de junio de 2014

使用說明

使用說明

Nada, que no avanzo. Me he perdido, sí, lo reconozco. No consigo pasar del primer escollo y eso que solo hay dos. No puede ser tan difícil, por mucho que se empeñen en complicarlo poniendo estas letras enanas adrede, si casi no se ven. Ahora mismo voy a por mis gafas y empiezo desde el principio. Tengo que salir de este atolladero yo sola, no pienso aguantarle las bromitas a Miguel cuando vea que no he sabido cambiar la clave. De eso nada.
«Desde una posición indicada, gire a la derecha, inserte su código. Por favor, recuerde un código que insertó». Esto último sobra, la verdad, aunque hay mucho zote por ahí…. Pero ¿cuál será esa «posición indicada»? Aquí falta un dibujo, yo creo. A veeer, un número que no se me olvide… ¡Ya está! El 1·5·0, o sea, la multa que pagué ayer por hablar por el móvil con Miguel, que siempre me llama cuando estoy conduciendo. Encima por su culpa me he metido en este berenjenal, «nena, compra un candado donde los chinos que no me fío de los aeropuertos».

Esto sigue sin cerrar, grrr… ¡Hala, a tomar por saco el puñetero chisme este, que ya estoy harta!d

viernes, 23 de mayo de 2014

A pique

A PIQUE


No, él nunca fue un hombre desconsiderado. Por supuesto que le disgustaba contemplar cómo se hundía su barco y haber olvidado dar la alarma al pasaje. No, no se enorgullecía de haber pedido a los cinco tripulantes africanos que dormían en cubierta que subieran la preciada carga al bote salvavidas, ni de haberles abandonado luego a su suerte. No, tampoco era insensible a los gritos de auxilio que le taladraban los oídos mientras se dejaba arrastrar por la corriente. Pero se sentía dichoso abrazado a aquel cofre lleno de tesoros con los que pronto, muy pronto… glu glu glu.

Manual básico del político en ciernes

MANUAL BÁSICO DEL POLÍTICO EN CIERNES

1.  Matricúlese en alguna facultad, la que sea. No hace falta que se mate a estudiar, lo importante es que se integre en cualquier asociación de estudiantes. Y no pare hasta conseguir el liderazgo, le vendrá muy bien para ir practicando la oratoria hueca.
2. Si elige una opción liberal, deje que le crezca el pelo y recójaselo en una coleta en plan casual, sin peinar. Lleve camisetas con logotipos reivindicativos. Si es más de camisa, nunca se abroche los dos últimos botones y ni se le ocurra ponerse corbata. Dejarse patillas o perilla es opcional, pero ayuda.
3. Caso de que sienta afinidad con la derecha, vista polos color pastel y péinese con raya a un lado. Gomina, gafas de sol de marca y un reloj bien grande son los complementos ideales.
4. La clave de su discurso está en creerse sus propias mentiras y defenderlas contra viento y marea. Practique a todas horas y en cualquier situación y no olvide mover mucho las manos. Arriba, abajo, arriba, abajo. Repítalo todas las mañanas frente al espejo antes de salir de casa. Apréndase un par de frases contundentes y vaya alternándolas en cuanto tenga un microfono delante. Module su voz y grite mucho cuando se le agoten los argumentos.
5. Esto es un empleo, señor mío. Empiece desde abajo. La alcaldía de un pueblucho, cualquier consejería de su Comunidad… Todo irá llegando a su debido tiempo. Además, de mientras usted percibirá jugosas dietas y comisiones.
Y poco más. Los ciudadanos de España somos de muy buen conformar.




1.      

jueves, 1 de mayo de 2014

Mulatas y walkirias en Tokio

MULATAS Y WALKIRIAS EN TOKIO

Cada vez que dos o más miembros de la familia Nang coincidían en la entrada o en la cocina de su apartamento, tenían que cederse el paso acomodándose como piezas del tetrix. En cuanto cumpliera los dieciocho años, Ho, el hijo mayor, pensaba sacarse el carné y olvidarse para siempre de aquellas cuatro paredes. Encerrado en el cuarto de baño, fantaseaba con Tatiana, la diosa rusa que tumbada en cueros sobre un lago helado frotaba con nieve sus pezones; con la insaciable Joanna, que jugueteaba con su lengua entre los muslos de Giselle en la orilla de una playa del Caribe; y con Sandrina, la más viciosa de todas, que chupaba y mordía la...
Toc Toc. Unos golpes en la puerta le sacaron de su ensueño.
¡Ho, pesado! ¿Te falta mucho? le apremió uno de sus hermanos. Justo en el momento más crítico.
Ya… ca… si… es… toy… gimió balbuceante, dejando caer al suelo la revista.
Con un trozo de papel higiénico se secó la mano y tiró de la cisterna. Aún le quedaban dos años para poder hacerse socio del sex shop del centro comercial que con grandes letras de neón anunciaba cabinas.


Atrofia

ATROFIA

Aseguraban los antisistema de principios del siglo XXI que para ejercitar la memoria convenía escribir con bolígrafo y hacer las operaciones aritméticas a mano. A mí todo lo que suene a folclórico siempre me ha llamado mucho la atención, así que tecleé en el buscador «bolígrafo» y salió la foto de un individuo que con un tubito transparente entre los dedos escribía en un papel (luego buscaré «papel»).
Me propuse acercarme el domingo al mercadillo de antigüedades a ver si encontraba uno, pero como no me lo apunté en la agenda del portátil ¡vaya por Dios! se me olvidó por completo.


viernes, 25 de abril de 2014

La historia interminable

LA HISTORIA INTERMINABLE

Como cada mañana sobre las ocho, Mariola ficha con su tarjeta al llegar a la oficina.
—¡¡¡Cliiin!!! Plan-ta-ba-ja —retumba una voz átona.
Se monta en el ascensor junto a otros cinco, seis es el máximo permitido, según indica la chapa metálica del fabricante.
—Buenos días —saluda educado Chuchi, de Renta, el último en subirse.
—¡Serán para ti! Ayer en el telediario dieron sol y mira qué chupa traigo. ¡Nunca aciertan! —reniega Pepa, de IVA—. Menos mal que soy previsora. —Y saca unas manoletinas del bolso, explicando que lo mejor es llevarse calzado de repuesto para no estar con los pies calados todo el día.
Paco escucha muy atento la conversación.
—Yo vengo preparado —dice agitando su paraguas de colorines—. Se lo he cogido a mi hija.
—¿Pero el arcoíris no era la bandera del orgullo gay? —pregunta inocente Pedro.
—¡Paco, marica! —Charo, de Recaudación, siempre tan puñetera, termina de hundirle el día a Paco, que oculta sonrojado el paraguas debajo de la gabardina.
Como cada mañana cuando llega a su planta, Mariola decide que a partir del siguiente lunes sube por las escaleras, se ahorra los partes meteorológicos y así de paso hace un poco de ejercicio.



Jueves santo en Macondo

JUEVES SANTO EN MACONDO


Mientras la impía lluvia borraba la rayuela que durante siglos los fantasmas habían conservado intacta en el patio trasero, la niña Montiel, translúcida, con las rodillas hundidas en el barro junto al murete de la casa donde habitaba pero no, y en pleno empacho de éxtasis, tierra y cal, sintió que se elevaba hacia el cielo llevada de la mano del arcángel Gabriel.

lunes, 21 de abril de 2014

Tiempos nuevos

TIEMPOS NUEVOS

Al principio, nadie le dio importancia. A todos les pareció hasta divertido que Laura, siempre tan desaliñada, que igual le daba andar con la misma falda toda la semana que con el pelo recogido de cualquier manera en una coleta, de pronto se pasara horas cepillándose la melena frente al espejo de su habitación.
Amparo fue la primera en darse cuenta de la metamorfosis. Un viernes a la hora de cenar, mientras servía en los platos unos muslos de pollo, se fijó en que llevaba las uñas pintadas de rosa chicle. Prefirió no molestarla con sus comentarios, pues Laura era muy suya y a veces demostraba muy mal carácter cuando veía invadido su terreno, pero se propuso vigilarla muy de cerca.
El sábado por la mañana apareció por la puerta de casa estrenando flequillo y una media melena color caramelo. La verdad es que le favorecía mucho.
—Oye, Lorenzo —Amparo se acercó hasta el sofá donde dormitaba su marido tapado hasta el cuello con las hojas del periódico— no te hagas el tonto, que has visto lo mismo que yo. ¿Qué te parecen esos cambios? Estoy un poco mosca, quizá deberíamos hablar con ella. —Dicho esto, le dio un manotazo en la cabeza—. ¿Me estás escuchando? Y baja los pies del sofá, corcho, te he dicho mil veces que tienes que dar ejemplo a tus hijos.
—Déjala tranquila, mujer, serán cosas de la edad. Además, ¿qué hay de malo en que quiera ponerse guapa? Ya era hora de que se arreglara, que iba hecha un asco —respondió Lorenzo entre bostezos.
Ese día por la tarde, mientras esperaban a que empezara el «Informe Semanal», Laura, que parecía progresar muy rápido en lo referente a su nuevo estilismo, se plantó en mitad del salón con los labios pintados de rojo y los ojos perfilados de negro.
—Me voy, que he quedado con unas amigas —informó mientras metía un brazo en una cazadora de piel que Amparo no recordaba haber visto antes—. No volveré tarde. Pasadlo bien. —Y a bordo de unos tacones, se fue hacia la puerta, contoneándose como una modelo de pasarela,
—Vale, vale… —balbuceó Amparo. No se le ocurrió nada mejor que decir.
Se asomó a la ventana, escondida tras las cortinas viendo cómo se alejaba a paso inestable calle abajo, y cuando se aseguró de que estaba lo suficientemente lejos, fue corriendo a su habitación. Sin revolver mucho para que no se notara que había estado fisgando en sus cosas, echó un vistazo a los cajones de la cómoda. No le sorprendió demasiado verlos llenos de esmaltes de uñas, pintalabios, pinceles, coloretes… En cambio, sí que se quedó pasmada al descubrir el nuevo fondo de armario de Laura. Había arrinconado los viejos pantalones y faldas y en las perchas colgaban ahora vaqueros de distintos colores, blusas con escote, vestidos de tirantes… Debajo de la cama, encontró varias revistas de moda. Pero lo que le alarmó sobremanera fue ver subrayados con rotulador algunos artículos: unos eran sobre operaciones de aumento de pecho y otros de relleno para los labios.
—¡Lorenzo, ven aquí en seguida! —chilló fuera de sí. El hombre se acercó hasta la habitación—. ¡Mira esto!— Muy nerviosa, golpeaba con el dedo sobre las tetas de silicona que lucía una mujer en una fotografía—. ¿Sigues pensando que exagero?— Amparo se dejó caer en la cama, abrumada— Aquí pasa algo raro y tú no lo quieres ver. No creo ni siquiera que haya quedado con sus amigas, más bien sospecho que se está viendo con un hombre.
Lorenzo, aunque intentaba disimular su estupor, también estaba sorprendido y no sabía qué decir.

—¿Pero es que no lo ves? ¡Si hasta está pensando en hacerse la cirugía de pato, qué horror! Eso sí que no lo soportaría, cruzarme con mi suegra todos los días en el pasillo y verla con esos morros de mamarracha. De mañana no pasa que hables con ella, que a mí nunca me escucha. A ver si pones un poco de orden en esta casa, ¡que ya está bien!

viernes, 18 de abril de 2014

Post-it chamuscado en la puerta de la nevera escrito por su futura viuda y que vicente no leyó, como era su costumbre cuando, recién llegado de echar la partida con los amigos en el bar, fue directo a coger una lata de cerveza.

POST-IT  CHAMUSCADO EN LA PUERTA DE LA NEVERA ESCRITO POR SU FUTURA VIUDA Y QUE VICENTE NO LEYÓ, COMO ERA SU COSTUMBRE CUANDO, RECIÉN LLEGADO DE ECHAR LA PARTIDA CON LOS AMIGOS EN EL BAR,  FUE DIRECTO A COGER UNA LATA DE CERVEZA.

«Olvidé antes decirte ¡ay, qué cabeza! que la bombona pierde gas.
Pues eso, que no fumes.»


Lidia

LIDIA

Desde que murió la pobre Claudia por complicaciones respiratorias tras una operación de amígdalas, Lidia no permite que Fernando contrate a ninguna asistenta para organizar la casa. Su turno como auxiliar de clínica le deja las tardes libres y desea ser ella misma quien les atienda.
A las siete y cuarto de cada tarde, Lidia descorre las cortinas del balcón que da a la calle principal y se queda allí mirando por la ventana. Espera paciente durante unos diez minutos, no sea que Fernando y su hijo, Dani, se adelanten y se pierda la escena. Hacia las siete y media aparecen doblando la esquina cogidos de la mano. Le encanta verlos llegar juntos. El padre sale antes del trabajo para recoger al niño en la escuela y juntos hacen a pie el camino de vuelta a casa.
Sobre la mesa del comedor, Lidia ha dispuesto dos platos y dos cucharas, para la sopa de fideos. Se cena temprano en esta casa, aunque últimamente no vienen con mucho apetito. Pero ella espera que la situación cambie pronto, para eso se está esforzando. Coloca al lado de los cubiertos un yogur de fresa para Dani y una manzana para Fernando. Más tarde, deja también preparados los tazones del desayuno y unos sándwiches para el almuerzo. Todos los días, de lunes a viernes.
Fernando llega agotado. Trabaja de jornada continua, haciendo una pausa de quince minutos para comer el bocadillo y así poder salir antes. Y para estar ocupado. Prefiere no tener ni un minuto libre para no pensar. Se levanta de la mesa dejando la sopa a medias y se deja caer en la butaca. Con el mando a distancia va cambiando los canales del televisor sin decidirse por ninguno.
El niño se termina el postre. Abre la boca en un gran bostezo y se acerca a su padre para darle un beso de buenas noches.
—Que sueñes con los angelitos, hijo.
Lidia le acompaña hasta la cama. Le arropa con el edredón de Bob Esponja y empieza a leerle un cuento, pero antes de pasar la primera página ya se ha quedado dormido. Entre las clases y las actividades extraescolares, está que se cae de sueño.
—Eres muy buena, Lidia —suspira Fernando—. Pero vete a descansar, que mañana madrugas. Ya has hecho bastante.
—¿Te masajeo la espalda? Tanto ordenador termina cargando las cervicales.
—No, gracias. Escucho un rato la radio y me voy a dormir. —Con el mando apaga la tele y cierra los ojos—.  Estoy muy cansado. Hasta mañana.
Lidia le roza con los labios la frente y se acerca a la cocina para terminar de recoger. Cierra la bolsa de basura y sale al descansillo de la escalera. Cuando entra en el ascensor, se mira en el espejo. Fernando no ha reparado en su nuevo corte de pelo. Da igual. No importa. Sabe esperar. Lleva toda la vida esperando a que cambien las cosas. Es lo que mejor sabe hacer: es-pe-rar.
Camina sin prisa hacia su casa, tres calles más abajo. «Pronto ocuparé mi lugar en esta familia» se va diciendo, animosa «ahora que mi hermana no está. Fue una desgracia para ella tener asma y que no soportara la presión de la almohada sobre su cara» un brillo maligno le atraviesa la mirada al recordar aquella mañana en el hospital «y un alivio para mí. A Fernando lo vi yo primero. ¿Qué se creía doña Perfecta, que iba a ganar siempre?»
Lidia no tiene prisa. Con el pequeño Dani ya tiene medio camino recorrido y está segura de que algún día Fernando terminará aceptándola en su vida. Y en su cama.
Paciente, continúa esperando.


miércoles, 9 de abril de 2014

El funeral del tabernero

EL FUNERAL DEL TABERNERO


¡La felicidad! No existe palabra más efímera, ¡aaay!Se le ve apenado al padre Eloy—. Recemos una oración por el hermano Blas y celebremos que ha sido llamado a la presencia de nuestro Dios.
Se oyen unos suspiros y carraspeos entre los feligreses cuando el cura se bebe de un trago el vino del cáliz.
—Alabado sea el Señor. Eleva una mano al cielo y les da la bendición, «…podéis ir en paz…». Cabizbajos y en silencio abandonan todos juntos la iglesia. Al llegar a la plazuela se quedan mirándose unos a otros, desorientados, sin saber dónde ir a ahogar sus penas.


martes, 8 de abril de 2014

El origen de los tiempos

El ORIGEN DE LOS TIEMPOS

Le despertaron unos ruidos que procedían del exterior de la gruta. No sabía cómo había llegado allí ni recordaba nada de su pasado. Lo cierto es que le daba igual. Comenzó a desencajar la mandíbula como intentando un bostezo, aunque más que bostezo le salió una mueca amenazadora por los dos colmillos afilados y la lengua bífida que asomaba entre ellos. Estiró su alargado cuerpo y se desperezó, sacudiéndose la modorra acumulada durante todos los milenios que llevaba enroscada como un ovillo.
Después se restregó los ojos y se mudó la piel, dejando un montoncito de escamas pegajosas a su lado. Sintió un rugido en el estómago y como era lo que más cerca tenía las engulló de un bocado. Saciado el hambre, aguzó el oído hasta que los sonidos de antes le fueron llegando con más claridad, convertidos ahora en voces. Y luego en gritos. Al principio no lograba entender nada, pero poco a poco fue acostumbrando el oído a ese idioma hasta hace un momento desconocido y muy interesada se acomodó para seguir la conversación.
—¡Ya me has oído, no te lo pienso repetir! —Era una voz ronca, displicente. Le gustó.
El Creador estaba dando los últimos retoques a un muñeco de barro que no parecía muy conforme.
—Bueno, te voy a dar la razón porque la tienes. Tú eres mi gran obra, hecha a mi imagen y semejanza, y es lógico lo que pides. Necesitarás compañía para disfrutar del paraíso que he creado para ti.
—A ver, ya me contarás. Te ha quedado todo muy chulo, pero fíjate —señaló hacia una colina—, el ciervo con la cierva, el oso con la osa, ¡si hasta el cuco tiene compañera! No me puedes dejar aquí solo. Si no arreglas este desbarajuste, me declararé en huelga de hambre y moriré de inanición —aseveró muy serio cruzándose de brazos.
«Me ha salido respondón el monigote», se entristeció el Creador. Mientras se acariciaba la barba se le ocurrió una idea.
—Para que veas que soy benevolente, voy a modelar con una de tus costillas una mujer que te hará feliz. Un momento, no te muevas. ¿Listo? A la una, a las dos, a las tres… ¡Ya está! ¿Te ha dolido? —Tiró el hueso al suelo y cubrió el torso del hombre con un puñado de tierra.
—No, la verdad es que no me he dado ni cuenta —reconoció dando una patada a la costilla—. ¿Y de esto vas a sacar una pareja para mí? Estoy deseando verlo.
Aunque acusaba el agotamiento tras una larga semana creando ríos, océanos, estrellas, volcanes, animales y selvas, todavía le quedaban fuerzas para completar su obra.
—Espérame aquí, que voy fuera a  por un poco más de barro y verás —dijo al tiempo que desaparecía.
La serpiente no se había perdido detalle del espectáculo. Observó por el rabillo del ojo al hombre, que yacía en la entrada de la cueva y se dejaba acariciar por los rayos del sol mientras se hurgaba los dientes con un palito. Se arrastró silenciosa hasta donde había quedado la costilla, clavó sus colmillos en ella e inoculó hasta la última gota del veneno que almacenaba. Después regresó tan tranquila a su escondrijo y agazapada siguió muy atenta los siguientes acontecimientos.
El Señor modeló la nueva figurita de barro. Sus formas eran un poco más redondas que las del hombre, que no paraba de exigir determinados detalles en la fisonomía de la mujer: que si unas tetas más grandes, que si mejor un culo respingón, que si los ojos color turquesa… Al final llegaron a un acuerdo y Adán, ese era su nombre, quedó satisfecho con su media naranja, Eva. Cuando esta abrió los ojos, se quedaron mirando durante una eternidad, se cogieron de las manos y se fundieron en un prolongado magreo. El Señor carraspeó varias veces, incómodo, reclamando su atención.
—Solo quiero recordaros que la belleza que contempláis a vuestro alrededor —dijo abriendo mucho los brazos, abarcando todo el terreno— ha sido creada pensando en vuestro disfrute. No tendréis que trabajar y dispondréis de alimento y agua de sobra, animales de carga y de compañía, cobijo… No necesitaréis nada más. Y lo mejor de todo: seréis inmortales. Pero os impongo una única condición. —Salió de la gruta y se situó bajo la sombra que proporcionaba un espléndido árbol cargado de frutas rojas y verdes y amarillas—. ¿Veis este manzano? Pues no podréis comer de su fruto. Ni falta que os hará, porque ya veis que hay cientos, miles de ellos todos iguales, o sea, que sería tontería. Ahora bien, si decidís desobedecerme, si caéis en la tentación de probar sus manzanas, me enojaré y os expulsaré del paraíso. Tendréis que sudar para ganaros el sustento; padeceréis enfermedades, conoceréis el dolor... Vosotros veréis. Yo os dejo, que estoy agotado y necesito descansar. —Dicho esto agitó la mano y se despidió—. ¡Mucha suerte, chicos!
A Adán le pareció bien, aunque la advertencia le resultó innecesaria. Eva no dijo nada.
Durante algún tiempo, vivieron muy felices Eva y Adán bañándose en las aguas cristalinas de los arroyos, degustando los delicados manjares que les ofrecían los bosques, revolcándose entre las flores… Y durante ese tiempo la serpiente, que se había dedicado a explorar todo el paraíso de una punta a la otra, llegó a la conclusión de que aquello era de un aburrimiento mortífero y empezó a urdir un plan. Una mañana, se presentó ante la pareja y con la más falsa de sus sonrisas les ofreció un fruto recién arrancado del árbol prohibido.
—Jamás en vuestra vida habéis saboreado nada más delicioso que esto —les tentó con voz meliflua—. Néctar de los mismísimos dioses, no sabéis lo que os perdéis. Tomad, probadlo y me decís.
Una vez, cuatro veces, cien, se negó Adán a aceptarla, mientras apartaba a empujones a la joven de la presencia de la víbora. Pero Eva no quitaba ojo a la manzana y no hacía más que salivar. Estuvieron así ni se sabe cuánto tiempo, en un tira y afloja, hasta que al final vencieron el empecinamiento de la bicha y la curiosidad de la mujer frente a la oposición y la prudencia de Adán.
—Un mordisquito de nada, cariño, te lo prometo —le aseguró ella poniendo morritos. Y así fue como desobedecieron al Señor. Y este se enfureció, como ya había avisado. Y en cuestión de segundos, el cielo se cubrió de nubarrones negros, retumbaron miles de truenos, sintieron un frio atroz y cayeron de rodillas al suelo temblando de miedo, implorando clemencia. Habían despertado la ira de su Dios.
Pero, por desgracia para ellos, no había vuelta atrás.
Por su necedad, fueron forzados a abandonar el paraíso, y tuvieron que dedicarse a arar los campos para ganarse el alimento y criar ganado para tener ropas de abrigo y carne y leche y sufrir al parir a sus hijos y enfermar y morir…
Con el transcurso del tiempo, los hijos de los hijos de los hijos de los dos expulsados del paraíso fueron poblando la tierra con nuevas generaciones. La serpiente, siempre atenta a sus movimientos pero escondida entre tinieblas, intervenía de vez en cuando con alguna de las suyas.
Como aquella vez cuando convenció a Caín, el hijo mayor de Adán y Eva, de que lo mejor que podía hacer era aplastarle con una roca el cráneo a su hermano Abel y asegurarse así en exclusiva el cariño de sus padres.
O como en aquella otra ocasión, cuando se puso a diluviar y el planeta entero se inundó. Subido a la montaña más alta, Noé, un carpintero de la zona, trataba de poner orden en su arca de madera, donde parejas de animales de distintas especies se hacinaban para ser conducidas a un lugar seguro. Aprovechando el caos la serpiente, con su mala baba milenaria, se zampó al último par de palomas de la paz que había sobrevivido al hambre y al frío.
—¡Harta, estoy muy harta! —resopló al cabo de años de tedio. Le fastidiaba y mucho tanta caza y cópula, todo el rato lo mismo—. En cuanto te descuidas, se llena todo de cachorros y de mocosos humanos. ¿Esto no va a terminar nunca? De verdad que no lo soporto.

Y dicho esto, abandonó la jungla en busca de un cambio de aires. Siguiendo un reguero de rumores que circulaba por aquí y por allá, fue reptando por el calendario de los siglos hasta llegar al año cero, a un pueblo llamado Belén, lleno de arroyos, lavanderas, pastores, gallinas y cerdos, donde un tal Rey Herodes la recibió con un abrazo en las puertas de su castillo. Después de compartir confidencias y hacerse tan amiguitos, maquinaron un plan muy perverso que bañó de sangre la aldea. Y aunque no obtuvieron el éxito deseado, la serpiente se sintió tan a gusto en aquella nueva civilización que dos mil años después todavía sigue por allí dando sus coletazos.

Clase de gimnasia

CLASE DE GIMNASIA

Le deseé que tuviera un buen turno al pasarle el testigo y para mi sorpresa me dio un abrazo. No me soltaba el muy idiota, para qué le habré dicho nada, pensé. Desde las gradas, sonaban silbidos y abucheos. También algún insulto. Para cuando se decidió a arrancar, ya habíamos perdido toda la ventaja y quedamos los últimos clasificados.

Ya en el vestuario tuvo que soportar varios coscorrones y burlas por parte de los otros chicos. Yo no me atrevía a levantar la mirada del suelo, turbado, sintiendo un agradable latido entre las piernas que nunca antes había experimentado.

La beata

LA BEATA


La vergüenza que nos ganamos aquella noche, en cambio, nos acompañaría para siempre: los dos en cueros, danzando ebrios delante de una hoguera en una playa de Brasil, qué cruz. Cada vez que me acerco al confesionario me santiguo una y mil veces para alejar el tormento de mi corazón. Noto que se me eriza hasta el vello del pubis, pese a la ventanilla cuadriculada que me separa del atractivo padre Greg, tan bronceado... 

martes, 1 de abril de 2014

En el infierno

EN EL INFIERNO

—Jopeee, qué calor— refunfuña Ramón mientras se sube el saco hasta las cejas. Se cree así a salvo del enemigo, pero a ratos necesita respirar y al destaparse queda expuesto de nuevo a los ataques. Desde su trinchera de plumas enciende el móvil y alumbra alrededor; solo distingue sombras y los números de la pantalla. ¡Ostras, las cuatro de la mañana! Entonces empieza a arrepentirse de haber renunciado al sosiego de su casa para emprender esta travesía por tierras inhóspitas. ¡Cómo añora su cama! ¡Hogar, dulce hogar…! Pero es inútil lamentarse, ahora tiene que velar por su integridad y la de Marta, que ronca a su lado ajena al peligro que corren.
«No me rendiré o acabarán con nosotros». Inmóvil como un cesto, aguza el oído hasta que percibe un zumbido: ha localizado a otro intruso. Saca un brazo fuera del saco y sujetando el mapa ¡zas! lo aplasta de un golpe. Sonríe triunfante al imaginar los pegotes espachurrados en las páginas;. De momento, va ganando la batalla.
Oye, Ramón le recrimina Marta dándole la espalda tú sigue embadurnando de sangre el plano y mañana me cuentas cómo encontramos la ruta. Es la última vez que salgo contigo de acampada. 


Enterrado vivo

ENTERRADO VIVO


Luego cruzó el pasillo, bajó al sótano y mató al prisionero con una espada de samurái. Tras aclararse las manos con agua sucia se tumbó en el camastro, abrazado a él. Al día siguiente le estampó un puñetazo directo en la frente, en eso había sido de joven campeón. Noche tras noche, año tras año, repitió la misma rutina probando distintos métodos: una soga al cuello, la cabeza metida en la taza del váter, un tiro en la sien… Cuando cuarenta años después un juez anuló su sentencia a morir en la horca, el anciano que atravesó el corredor de la muerte hacia la salida iba acompañado de miles de cadáveres andantes.

martes, 11 de marzo de 2014

El mal

EL MAL


«Hubo una, no habrá otra y nadie la echará de menos jamás», se regocijaba la serpiente mientras se hurgaba los colmillos con la auténtica costilla de Adán.

Rutina

RUTINA


Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida. Olvidadas por las habitaciones del caserón de Félix y Ángela, docenas de palanganas languidecen llenas de agua, un agua al principio clara y escasa, que con el paso del tiempo ha comenzado a derramarse por los bordes creando canales y ríos, estanques y mares, y así hasta formar un océano cada vez más profundo que inunda todo el piso. Un agua que años después se ha teñido de negro, de óxido, como si los techos y vigas y tabiques y suelos de este lugar se hubieran aliado para llamar la atención, «¡¡¡…ehhh, necesitamos revoco, que alguien sustituya las tejas rotas, hay que tapar estas grietas…!!!», pero ni Félix ni Ángela advierten la urgencia de esas voces y así continúan, con la monotonía de un matrimonio anegado de goteras y silencios, de charcos e indiferencias, de humedades y apatía. Como toda la vida.

Bob

BOB

Nuestros mismos ojos tiene, no le des más vueltas que me mareas; es nuestro nieto y punto. Sí, está como descafeinado desde que nació, no se oscurece ni a la sombra. ¡Pero mira qué gracioso y chiquitajo es el muy endemoniado, eh!  Déjale, mujer, déjale que dé palmas al barril, que no lo va a romper. No, yo tampoco sé de dónde se ha sacado esa palabra, ¿cómo era? Ah, sí, reggae. ¿Que no se deja cortar el pelo? Bueno, ¿y qué? A mí me gustan esas greñas.





El vigilante

EL VIGILANTE

Tanto visitante inesperado me tiene más que harto: una legión de japoneses no para de lanzar flashes con sus cámaras; una guía con un paraguas abierto dirige a unos rubios gordinflones y medio borrachos que aplauden sin ton ni son cada cuadro de la galería… Pero los que me dan pena son los estudiantes de Bellas Artes ahí, sentados en el banco frente al cuadro, inmóviles como estatuas, con sus lápices afilados, incapaces de dibujar nada en sus cuadernos sin estrenar...
En la tienda del museo venden láminas del famoso «Lienzo en blanco». No sé qué pensará mi mujer cuando me vea llegar esta noche con una de esas réplicas a casa.



domingo, 2 de marzo de 2014

La familia Dumm

LA FAMILIA DUMM

—Pero ¿cómo pudo salir el bebé despedido por el parabrisas? —preguntó el técnico a su compañero, que tomaba fotografías del cuerpo desmadejado en el asfalto a quince metros del vehículo—. ¿No iba sujeto con el cinturón a la sillita? Estas distracciones, Douglas, salen muy caras, qué desastre… ¿Dónde ha ido a parar la cabeza?
—Un lamentable error, sí —reconoció este. Metió el despojo en una bolsa que llevaba al hombro y señaló hacia las ramas de un árbol—. ¿No es aquello de allí?
Asintió con fastidio y siguió anotando en su cuaderno hasta el último detalle del accidente: al señor Dumm le habían desaparecido la nariz y los ojos tras estampar la cara contra la luna delantera. Al menos a la del asiento del copiloto se le había abierto el airbag y solo tenía algunos rasguños en la frente y varias costillas rotas.
—Queda demostrado que a noventa en una curva, con charcos y lloviendo, estos neumáticos no agarran bien, tendremos que seguir investigando. Ah, y no olvides revisar el dispositivo de apertura de los airbag.
Terminado el informe, sujetaron por las piernas a los dos muñecos y los arrastraron hasta el almacén.

Sin perdón

SIN PERDÓN


Agazapado tras su mesa de roble, el ministro miró por el objetivo y apuntó al chico de gafas que tenía un libro entre sus manos, al músico callejero y a un mimo disfrazado de estatua de la libertad.

Servicio doméstico


SERVICIO DOMÉSTICO

Y allí sigue en silencio, acumulando polvo, junto al proyector de cine, el barco pirata y la nave espacial. Toooda una colección de chatarra en la estantería que cada mañana tengo que repasar con el plumero.
Arturito, con las legañas todavía puestas, no les quita ojo mientras yo paso el aspirador de un extremo a otro de la sala. Su padre, sin afeitar y pendiente del teléfono, rumia que «este niño tiene madera, se fija en todos los detalles, le veo  futuro como artista…». Vaya cantidad de sandeces. Lo único que veo yo son dos zapatillas de Bob Esponja debajo de la mesa del salón. Malditas vacaciones escolares. Y ya veremos si este mes me pagan.



sábado, 1 de marzo de 2014

Malos tiempos

MALOS TIEMPOS

Qué nubes tan negras… ¿Ni en abril nos va a dar el tiempo un respiro? —se lamentaba Luigi apoyado en el quicio de la ventana. Le dio otro ataque de tos «…me acabo este paquete y lo dejo, son ya más de cuarenta años fumando…» y se acercó a escupir al lavabo, evitando mirar el rostro cetrino que le devolvía el espejo. Arrojó la colilla al inodoro y tiró de la cisterna.
Lo primero que hacía Luigi nada más levantarse era liarse un cigarrillo. Se vestía a toda prisa para no quedarse helado, despertaba con suavidad a Mary y calentaba en el hornillo el café que había sobrado del día anterior. Mientras se abrasaba la lengua con el brebaje, la observaba ponerse el disfraz y sacaba de debajo de la cama la antorcha y los zapatones. Después, le pintaba la cara de verde y ella le dibujaba algo parecido a una sonrisa con ceras de colores. Ya preparados, bajaban las escaleras de la pensión en dirección al parque. Hacía dos años que Luigi compartía acera y cama con Mary, la Estatua de la Libertad.
—Si se da bien el día, hoy cenamos en la taberna —le prometió él.
Se despidieron rozándose los labios para no estropearse el maquillaje. «…Y no fumes tanto, Luigi, que no te hace bien…» le insistió la mujer antes de irse a buscar la caja de cervezas vacía que escondía en un callejón cercano. Se colocó junto a un semáforo, se subió encima de la caja y se dispuso a pasar la jornada allí, inmóvil, observando a los ejecutivos hablando por sus móviles; a los escolares con sus mochilas a cuestas; a las señoras arrastrando los carros de la compra… Él caminaba de arriba abajo saludando a los peatones, ofreciendo sus globos medio desinflados a las mamás con niños, haciendo juegos de malabares…
—Ese payaso debería mudarse de vez en cuando ¡vaya lamparones! —Dos señoras sujetaban con ambas manos sus bolsos mientras se alejaban alameda abajo a paso ligero. De tanto en tanto volvían la cabeza. Luigi se dejó caer en un banco; a veces la presión del pecho no le dejaba respirar.
—No les hagas caso, Luigi —le intentó animar el barbudo del violín ofreciéndole tabaco de liar al tiempo que señalaba con un dedo el cielo gris—. Igual hoy aguanta, ni los de la tele lo saben. Pero estoy pensando en irme a alguna ciudad del sur donde no llueva todo el año. Y tú deberías hacer lo mismo, esta humedad no es buena para la salud.
—Gracias, amigo. Mientras saquemos para dormir y comer caliente, estaremos bien. A mi edad ya no espero nada. En cambio, me preocupa Mary, oh Dios… Si la hubiese conocido hace treinta años… Pero mejor no darle vueltas.
Un trueno retumbó a lo lejos. Los días que les pillaba la lluvia, las gotas de agua resbalaban por sus caras arrastrando sus máscaras, emborronándoles el rostro, lo que significaba tener que regresar temprano a la pensión con apenas un puñado de monedas en el bolsillo. Entonces se sentaban sobre el colchón a compartir un bocadillo de mortadela hasta la hora de meterse bajo las sábanas. Unas veces muy pegados el uno al otro, como el que presiente que se hunde el suelo bajo sus pies; otras, cada uno en su lado de la cama, en silencio, con la mirada fija en la pared desconchada de enfrente, aguardando la llegada del sueño.
—Date prisa, Mary, que va a caer una buena. —Un cielo cada vez más encapotado les urgía, amenazante. Escondieron la caja al fondo del callejón y cogidos de la mano atravesaron corriendo el parque.
Al llegar al cuartucho los dos estaban empapados. Se secaron con unas toallas y comieron unas galletas. Mary colgó las ropas caladas en unas perchas antes de meterse tiritando en la cama. Luigi se acostó a su lado, abrazándola por la espalda hasta que se quedó dormida.
Con mucho cuidado para no despertarla, Luigi se levantó y se dirigió al váter. Tapándose con un puño la boca, trató de ahogar la tos mientras escupía sangre en el lavabo. Con la mano con la que se aferraba a la loza se topó con la maquinilla de afeitar. Deslizó una y otra vez un dedo sobre el filo oxidado y con los ojos cerrados se dejó caer sobre las baldosas
Afuera, la lluvia seguía golpeando furiosa el cristal de la ventana.